CAPÍTULO 50
UN AÑO DESPUÉS...
Un año podía parecer muy poco tiempo. O toda una vida. Para Claudia había sido ambas cosas.
Mientras cruzaba la plaza frente a la comisaría, levantó la vista hacia la fachada del edificio.
Durante años había entrado y salido por aquellas puertas con la sensación de que siempre llegaba tarde a alguna parte, de que cada caso era una deuda pendiente y de que detenerse solo significaba perder tiempo. Ahora era distinto.
Respiró hondo antes de subir los últimos escalones y sonrió para sí.
Había necesitado un año entero para comprender que alejarse no era rendirse.
Después de todo lo ocurrido, la excedencia había dejado de parecerle un lujo para convertirse en una necesidad.
Durante aquellos meses había aprendido a vivir sin mirar constantemente el teléfono, sin despertarse sobresaltada en mitad de la noche y sin sentir que el mundo podía venirse abajo cada vez que alguien llamaba a su puerta.
Había vuelto a leer por placer. Había viajado.
Había pasado tardes enteras sin hacer nada más que disfrutar del silencio.
Y, poco a poco, había descubierto una versión de sí misma que llevaba demasiado tiempo olvidada.
La puerta de la comisaría se abrió antes de que pudiera seguir dándole vueltas.
— ¡Inspectora!
Claudia se giró al escuchar la voz. Uno de los agentes más jóvenes se acercaba con una sonrisa que dejaba claro que la había reconocido desde el otro lado del vestíbulo.
—Bueno... inspectora ya no, ¿no?
Ella soltó una pequeña risa.
—Depende de lo formal que quieras ser.
—Entonces tendré que empezar a acostumbrarme a llamarla inspectora jefe.
—Será mejor que practiques, porque a mí todavía me suena rarísimo.
Los dos rieron.
—Me alegro mucho de verla de vuelta. Se la echaba de menos por aquí.
Aquellas palabras consiguieron emocionarla. Durante un instante volvió la vista hacia la sala, donde algunos compañeros levantaban la mano para saludarla al verla entrar.
—Gracias... Me alegra volver a casa.
Mientras atravesaba el vestíbulo fue encontrándose con rostros conocidos. Algunos la saludaban con una sonrisa; otros se acercaban a darle un abrazo o simplemente le estrechaban la mano.
Hacía un año había abandonado aquel lugar convencida de que necesitaba escapar de él. Ahora regresaba sin sentir el peso que durante tanto tiempo había llevado sobre los hombros. No porque hubiera olvidado lo ocurrido. Eso nunca sucedería. Sino porque, al fin, había aprendido a convivir con ello.
La mañana transcurrió entre reuniones, firmas y bromas inevitables sobre el despacho que ahora ocupaba.
— ¿Ya te has acostumbrado al despacho de dirección? —preguntó uno de los inspectores al verla salir.
Claudia negó divertida.
—Todavía me siento como si hubiera entrado en el despacho equivocado.
—Dale una semana.
— ¿Solo una?
—Vale... un mes.
Las risas relajaron el ambiente. Cuando el reloj marcó el final de la jornada, Claudia apagó el ordenador y permaneció unos segundos observando el despacho vacío.
Durante mucho tiempo había imaginado aquel momento.
Pensaba que, cuando llegara, sentiría orgullo.
O satisfacción. Sin embargo, lo único que sintió fue una calma inesperada.
Cogió el bolso, apagó la luz y cerró la puerta tras de sí.
Al salir del edificio, el aire cálido de la tarde le arrancó una sonrisa.
Y entonces lo vio. Alex esperaba apoyado junto al coche, con los brazos cruzados y esa expresión tranquila que parecía haberse convertido en su estado natural durante el último año, sonrió antes incluso de que llegara hasta el coche.
—Mírate... un solo día como inspectora jefe y todavía no has salido corriendo.
Claudia dejó el bolso sobre el techo del coche mientras lo miraba divertida.
—He estado tentada un par de veces, no te voy a engañar.
—Lo imaginaba. ¿Cuántas reuniones llevas ya?
—Tres.
Alex abrió mucho los ojos.
— ¿Tres? Entonces has sobrevivido mejor de lo que esperaba.
—Pregúntame otra vez dentro de un mes.
—No hace falta. Para entonces ya estarás hablando de presupuestos y horarios con la misma ilusión con la que antes hablabas de los homicidios.
—Eso no va a pasar nunca.
—Ya veremos.
Mientras hablaban, Alex rodeó el coche y abrió la puerta del acompañante con una solemnidad exagerada.
—Si la señora inspectora jefe es tan amable...
Claudia lo observó divertida antes de subir.
—Qué servicial te has vuelto.
—No te acostumbres.
— ¿Ah, ¿no?
Alex cerró la puerta con una sonrisa.
—Mi obligación es recordarte que el ascenso no te convierte en alguien importante.
Ella bajó la ventanilla justo a tiempo para responder.
—Llegas un año tarde. Tú llevas tratándome como si mandara desde mucho antes.
Alex apoyó un brazo sobre la puerta y la miró con esa media sonrisa que Claudia conocía de memoria.
—Eso era diferente.
— ¿En qué sentido?
—En que entonces todavía podía discutirte las órdenes.
—Y ahora también.
—Eso ya lo veremos... jefa.
El coche fue alejándose poco a poco de la comisaría mientras Barcelona recuperaba su ritmo alrededor de ellos.
Claudia observó las calles desfilar tras la ventanilla con una tranquilidad que un año atrás le habría parecido imposible.
Alex no dijo nada. Tampoco hacía falta. Habían compartido tantos silencios difíciles que aquel, sereno y sin peso alguno, resultaba casi un lujo.
—Gracias por venir a buscarme.
Alex desvió un instante la vista hacia ella antes de volver a la carretera.
—No iba a dejar que cogieras un taxi el primer día.
—Podía haberlo hecho.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué has venido?
Él sonrió de medio lado.
—Porque llevaba un año imaginando cómo sería este momento... y no pensaba perdérmelo.
Claudia apoyó la cabeza contra el respaldo.
—Ha ido mejor de lo que esperaba.
—Te dije que estabas preparada.
—Sí... pero necesitaba creérmelo yo.
Alex asintió sin añadir nada más. Sabía que aquella respuesta encerraba mucho más de lo que acababa de decir.
Abandonaron el centro de Barcelona mientras el tráfico iba quedando atrás poco a poco.
Las calles dieron paso a zonas más tranquilas y, unos minutos después, el coche se detuvo frente a la casa.
Claudia bajó despacio. Aún seguía sorprendiéndose cada vez que metía la llave en aquella puerta.
No porque sintiera que no pertenecía allí.
Sino porque, después de tantos años viviendo sola, todavía le parecía increíble haber encontrado un lugar que realmente pudiera llamar hogar.
Claudia rebuscó en el bolso hasta encontrar las llaves.
Se quedó unos segundos mirándolas antes de hacerlas girar distraídamente entre los dedos.
— ¿Qué pasa? —preguntó Alex al verla sonreír para sí.
Ella levantó el llavero.
—Todavía me cuesta creer que estas sean las llaves de nuestra casa.
—Pues más te vale ir acostumbrándote.
— ¿Por?
Él sacó otra copia del bolsillo y la hizo sonar entre los dedos.
—Porque no pienso mudarme otra vez. En esta casa tendremos hijos y nietos. Eso sí, todos parecidos a ti, pero con mi carácter risueño.
Claudia soltó una carcajada, mientras abría la puerta dijo: —Vale vale, ahora sí que te has emocionado, pero si eso se hace realidad algún día espero que no salgan a ti, porque tendría que aguantar a más de un Alex a la vez y no sé si podría—Dejó el bolso sobre el mueble de la entrada y estaba a punto de seguir hacia el salón cuando se detuvo en seco.
—Espera...—Permaneció unos instantes escuchando, como si intentara averiguar de dónde procedía aquel murmullo— ¿No oyes eso?
Alex dejó las llaves sobre el recibidor y la miró con absoluta tranquilidad.
— ¿Qué pasa? ¿Oír el qué?
Los dos permanecieron quietos un instante. Desde algún punto de la casa llegaban voces apagadas y una música apenas perceptible.
Claudia volvió la cabeza hacia él.
—Alex...
Él se encogió de hombros con una naturalidad tan exagerada que resultaba casi sospechosa.
—No te quedes ahí parada. Ve a mirar.
La tranquilidad con la que Alex respondió terminó de convencerla de que ocultaba algo. Atravesó el salón despacio y empujó la puerta corredera. En cuanto puso un pie en el jardín, el murmullo de las conversaciones se transformó en una ovación.
— ¡Sorpresa!
Claudia abrió mucho los ojos. Le costó unos segundos reaccionar.
Había mesas repartidas por todo el jardín, una barbacoa encendida, música sonando de fondo y un buen número de caras conocidas que la observaban con una sonrisa.
Compañeros de la comisaría, amigos, vecinos...
incluso algunos rostros que hacía tiempo que no veía.
Se llevó una mano a la frente y volvió la vista hacia Alex—No puede ser...—Claudia seguía mirando el jardín como si esperara descubrir que todo era una broma.
Alex se acercó un poco más y levantó las manos con gesto inocente.
—Antes de que empieces a echarme la bronca, quiero dejar claro que yo solo cedí la casa.
— ¿Solo? —se oyó decir entre la gente.
Daniela apareció abriéndose paso hasta ellos con una sonrisa imposible de disimular.
—No le hagas ni caso. Ha estado metido en esto desde el primer día.
Alex negó con una falsa indignación.
—Eso no es verdad.
— ¿Ah, ¿no? ¿Quién fue el pesado que llevaba un mes preguntándome si ya lo tenía todo organizado?
Claudia no pudo evitar reír.
—Así que estabais los dos compinchados...
—Y casi nos pillas más de una vez—admitió Daniela mientras señalaba a Alex con el pulgar—Si llega a depender de este, te enteras hace quince días.
—Eso es una calumnia.
— ¿Perdón? ¿Quién dejó abierta la lista de invitados encima de la mesa del salón?
Alex carraspeó con evidente incomodidad.
—Fue... un pequeño despiste.
—Un pequeño despiste que tuve que arreglar yo antes de que llegaras.
Claudia los observaba divertida, incapaz de borrar la sonrisa.
—No me puedo creer que hayáis conseguido ocultármelo tanto tiempo.
—Ha costado lo suyo—reconoció Daniela—Pero queríamos que hoy fuera un día especial. Bastante serio ha sido este último año como para recibirte con otra reunión de trabajo.
—Pensamos que ya tocaba celebrar algo bueno.