Ignorada CAPÍTULO 43 #3
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CAPÍTULO 43 #3

— Eso ya lo sabía. Lo importante es que has vuelto a reírte.

Claudia negó con la cabeza, aunque aquella respuesta consiguió aliviar un poco la presión que llevaba encima. Durante la siguiente hora revisaron algunos documentos, reorganizaron las fotografías y recolocaron varias notas en la pizarra hasta que Alex terminó cerrando una de las carpetas.

—Ya está bien por hoy.

Claudia levantó la vista.

—Todavía podríamos revisar las declaraciones de...

—Podríamos. Y dentro de diez minutos encontrarías otra cosa que revisar después.

—Me conoces demasiado.

—Empiezo a hacerlo.

Pidieron algo de cenar y, cuando la comida llegó, terminaron sentados sobre la alfombra, rodeados de cajas abiertas y montones de papeles que convertían la habitación en una improvisada base de operaciones.

Hablaron del caso durante unos minutos, comentando pequeños detalles que quizá habían pasado por alto, pero poco a poco la conversación fue alejándose de la investigación.

Recordaron anécdotas de sus primeros años como policías, discutieron sobre quién preparaba peor el café en comisaría e incluso terminaron riéndose al descubrir que ambos compartían la misma incapacidad para montar un mueble siguiendo las instrucciones.

Hacía tiempo que Claudia no se permitía un momento así.

No porque hubiera dejado de pensar en el asesino.

Simplemente, durante un rato, había conseguido que dejara de ocuparlo absolutamente todo.

Cuando terminaron de cenar, recogió los envases y los dejó sobre la mesa.

Permaneció unos segundos mirando por la ventana antes de guardar los últimos papeles, se puso la chaqueta y buscó el paquete de tabaco en el bolsillo.

—Voy a bajar un momento. Necesito fumarme un cigarro y despejar un poco la cabeza.

Alex dejó el rotulador sobre la mesa y se volvió hacia ella.

—Si quieres, te acompaño.

Ella sonrió con ese cansancio que llevaba reflejándose en su cara desde la noche anterior.

—No hace falta. Dame cinco minutos. Creo que me vendrá bien estar un rato sola.

Alex estuvo a punto de insistir. Después de todo lo que había ocurrido durante las últimas horas, la idea de dejarla salir sin compañía no terminaba de convencerlo. Sin embargo, acabó cediendo.

—Vale... pero cinco minutos.

Claudia salió de la habitación y la puerta se cerró lentamente a su espalda.

Alex volvió a la pizarra con la intención de revisar una última vez las fotografías de Paula y Daniela, aunque apenas consiguió concentrarse. Volvió varias veces al mismo párrafo sin llegar a leerlo de verdad. Algo hizo que levantara la vista hacia el reloj.

Más de cinco minutos.

«Estará acabando el cigarro», pensó.

Intentó convencerse de ello y retomó el informe, pero la concentración ya había desaparecido.

Cuando miró la hora de nuevo, rozaban los diez minutos.

Dejó la carpeta sobre la mesa, desbloqueó el móvil y le envió un mensaje.

Al no obtener respuesta, la llamó inmediatamente.

Escuchó el tono una y otra vez mientras esperaba que contestara. Nada...

Una incómoda sensación comenzó a instalarse en su cabeza. No sabía explicar de dónde nacía, pero después de tantos años enfrentándose a situaciones límite había aprendido a prestar atención a ese tipo de intuiciones.

La inquietud terminó por imponerse. Alex se puso la chaqueta mientras se dirigía hacia la puerta y salió de la habitación casi sin darse cuenta de lo que hacía.

Pulsó el botón del ascensor, pero, al ver que seguía sin llegar, cambió de idea y se lanzó hacia la escalera de emergencia.

Bajó los peldaños de dos en dos hasta alcanzar el vestíbulo y cruzó la recepción casi sin detenerse.

— ¿Ha salido hace un momento la inspectora que iba conmigo?

La recepcionista levantó la vista.

—Sí... hará unos diez minutos.

Alex apenas esperó a que terminara de hablar.

Salió a la calle con la respiración todavía acelerada y recorrió la acera de un extremo a otro buscando a Claudia entre la gente que caminaba a aquellas horas.

No la vio. Siguió avanzando, cada vez más deprisa, convencido de que aparecería en cualquier momento con el cigarro aún entre los dedos.

Pero, cuando estaba a punto de llegar a la esquina, algo captó su atención.

Junto a uno de los grandes maceteros había un teléfono móvil en el suelo.

El estómago se le encogió incluso antes de agacharse. No necesitó cogerlo para saber de quién era. La pantalla seguía iluminada con la llamada perdida que acababa de hacer unos segundos antes. Alex levantó lentamente la cabeza y volvió a recorrer la calle con la mirada.

La ciudad seguía su ritmo, ajena a todo. Los coches continuaban circulando, la gente hablaba en las terrazas y las luces de los escaparates seguían iluminando la acera como si no hubiera pasado absolutamente nada. Solo él sabía que algo acababa de romperse. A Claudia se la habían llevado.

Mientras sujetaba el teléfono entre las manos, comprendió con un nudo en el estómago que el asesino acababa de dar el golpe que llevaba días preparando.