Ignorada CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

Durante unos segundos permaneció inmóvil, incapaz de apartar la vista del teléfono que sostenía entre las manos.

Su cabeza se resistía a aceptar lo evidente, mientras la mirada recorría una y otra vez la calle en busca de una explicación que desmintiera lo que acababa de descubrir.

Quizá Claudia hubiera entrado un momento en algún establecimiento.

Quizá se le hubiera caído el móvil sin darse cuenta.

Quizá...  Ni él mismo consiguió dar credibilidad a aquella última idea.

Guardó el móvil en el bolsillo de la chaqueta y echó a correr calle abajo.

Recorrió la acera de un extremo a otro, asomándose a cada portal, inspeccionando los coches aparcados y buscando cualquier rastro que pudiera indicar hacia dónde se la habían llevado.

Cuando alcanzó la esquina y comprobó que no había absolutamente nada, se obligó a detenerse.

Permanecer allí un segundo más no iba a ayudar a Claudia.

Dio media vuelta, regresó corriendo hasta el coche y arrancó con una brusquedad poco habitual en él.

Mientras se incorporaba a la circulación, una única idea empezaba a abrirse paso entre el caos que tenía en la cabeza.

Si aquello había sido un secuestro, el tiempo acababa de convertirse en su peor enemigo.

Apenas reparaba en los semáforos ni en el tráfico.

Conducía por puro instinto mientras su cabeza repasaba una y otra vez todo lo ocurrido desde la noche anterior.

La nota. La puerta del piso abierta. Las amenazas.

La ausencia de cualquier rastro. Y, sobre todo, la insistencia de Rubén en sembrar dudas sobre él apenas una hora antes.

¿Por qué ahora? ¿Por qué justo antes de que Claudia desapareciera?

Apretó el volante con fuerza. No podía dejarse arrastrar por las emociones.

Si quería encontrarla, tendría que pensar como siempre lo hacía: apoyándose en hechos, no en sospechas.

Aparcó frente a la comisaría de cualquier manera y entró sin reducir el paso.

Su expresión bastó para que varias conversaciones se interrumpieran a su alrededor.

Buscó con la mirada al primer agente que encontró.

— ¿Dónde está el inspector jefe?

El agente levantó la vista, desconcertado por el tono con el que Alex había formulado la pregunta.

—Ha salido hace un rato.

— ¿Sabes a dónde?

El policía negó con la cabeza.

—No. Solo comentó que tenía que hacer una gestión.

Alex apretó la mandíbula con fuerza. Aquello no hacía más que alimentar el mal presentimiento que llevaba creciendo desde que encontró el teléfono de Claudia.

Sin esperar nada más, continuó caminando hacia el despacho de Rubén.

Un compañero intentó preguntarle qué estaba ocurriendo, pero pasó junto a él sin detenerse.

En ese momento solo había una idea ocupando su cabeza. Necesitaba comprobar una cosa.

Llegó a la puerta del despacho y apoyó la mano sobre el pomo durante un segundo.

Respiró hondo. No sabía exactamente qué esperaba encontrar al otro lado.

Quizá nada. Quizá solo un despacho igual que cualquier otro.

O quizá el detalle que llevaba demasiado tiempo escapándosele.

Giró el pomo, abrió la puerta y entró...

El despacho permanecía exactamente igual que siempre.

Silencioso. Ordenado. Como si nadie hubiera pasado por allí en todo el día.

Alex cerró la puerta a su espalda sin apartar la vista de la mesa.

Algo dentro de él seguía diciéndole que las respuestas estaban mucho más cerca de lo que parecía.

Y estaba dispuesto a encontrar la primera antes de que fuera demasiado tarde.

Permaneció unos segundos inmóvil, recorriendo el despacho con la mirada.

No buscaba un objeto concreto. Buscaba una incoherencia.

Algo que rompiera el orden casi obsesivo que Rubén cuidaba siempre.

Durante años había aprendido que una habitación decía tanto de una persona por lo que mostraba como por lo que intentaba esconder.

Avanzó despacio alrededor de la mesa, observando cada detalle antes de tocar nada.

Los archivadores estaban perfectamente alineados.

Sobre el escritorio apenas había un ordenador, una lámpara y un par de carpetas colocadas con una precisión casi milimétrica.

Demasiado impecable. Pero no era aquello lo que le llamaba la atención.

Era otra cosa...Rubén llevaba más de media hora fuera de la comisaría.

Y, sin embargo, el despacho parecía preparado para que cualquiera pensara que seguía allí trabajando.

Alex fue abriendo los cajones uno a uno.

El primero solo contenía bolígrafos, blocs de notas y material de oficina perfectamente colocado.

En el siguiente encontró expedientes ordenados con una pulcritud casi excesiva, separados por fechas y categorías como si alguien hubiera dedicado horas a mantener aquel orden impecable.

Siguió revisando el resto con el mismo cuidado, procurando no alterar nada de lo que tocaba.

No buscaba un documento concreto; buscaba un error, cualquier pequeño descuido que pudiera romper aquella imagen de perfección.

Cuando terminó, cerró el último cajón despacio y volvió a recorrer el despacho con la mirada.

Nada...Cuando ya estaba a punto de marcharse, volvió la vista una vez más hacia el despacho.

Había algo que seguía incomodándolo, aunque todavía no sabía ponerle nombre.

Entonces lo vio...La cafetera. Se acercó sin hacer ruido y apoyó la mano sobre el cristal.

Seguía templado. Alex permaneció unos instantes en silencio mientras reconstruía mentalmente la secuencia de las últimas horas.

Si Rubén había salido cuando le acababan de decir, aquel café llevaba demasiado poco tiempo hecho.

Aquello, por sí solo, no demostraba nada.

Pero empezaba a haber demasiadas piezas que dejaban de encajar.

Abrió la puerta y regresó a la sala principal.

Esta vez todos dejaron lo que estaban haciendo al verlo aparecer.

Su expresión bastó para que nadie hiciera preguntas.

—Necesito saber exactamente cuándo salió Rubén de la comisaría y quién lo vio por última vez.

Varios agentes intercambiaron una mirada antes de que uno de ellos se acercara al ordenador. Mientras consultaba el registro, otro rompió el silencio.

Alex... ¿qué demonios está pasando?

Él pasó la vista por todos los presentes antes de responder.

—Claudia ha desaparecido.

Durante unos segundos nadie pareció comprender el alcance de aquellas palabras.

—Encontré su teléfono hace apenas un rato junto a la entrada del hotel. Estaba en el suelo... y ella no aparecía por ninguna parte. Claudia jamás se habría marchado así.

La expresión de los agentes cambió casi al mismo tiempo. Algunos intercambiaron miradas; otros abandonaron lo que estaban haciendo sin necesidad de que nadie diera una orden. En ese momento, el policía que estaba consultando el registro levantó la vista de la pantalla.

—Rubén salió hace cuarenta y dos minutos.

Alex hizo el cálculo casi de manera automática.

Cuarenta y dos minutos. Exactamente el tiempo transcurrido entre la salida de Claudia del hotel y el momento en que él encontró su teléfono.

Rubén era el único que sabía en qué hotel se encontraban.

Permaneció unos segundos en silencio mientras su cabeza empezaba a enlazar acontecimientos que, hasta entonces, había intentado analizar por separado.

La caja, la ausencia de huellas, las notas, la insistencia de Rubén para sembrar dudas sobre él y, ahora, su desaparición justo cuando Claudia acababa de ser secuestrada.

De repente dejó de ver una sucesión de casualidades. Todo empezaba a encajar dentro de una misma secuencia, una posibilidad que hasta ese momento se había negado a contemplar porque las consecuencias eran demasiado graves. Levantó lentamente la vista hacia los agentes.

—Quiero las grabaciones de todas las cámaras que cubran el hotel y las calles de alrededor. También necesito localizar el vehículo de Rubén y saber si alguien ha hablado con él desde que salió de aquí.

Uno de los policías asintió inmediatamente.

—Nos ponemos con ello. Pero Alex...estamos hablando del jefe.

Alex permaneció unos segundos en silencio haciendo caso omiso al comentario.

Todas las piezas empezaban a encajar con una claridad que le revolvía el estómago.

El miedo seguía ahí, pero ya no podía permitirse dejar que marcara el siguiente paso.

Si Rubén estaba detrás de todo aquello, llevaba demasiada ventaja.

Alex recorrió la sala con la mirada y habló con una firmeza que no admitía discusión.

—Vamos a encontrarla cueste lo que cueste, y sea quien sea el que esté detrás de todo esto.