CAPÍTULO 43 #2
Claudia caminó unos metros en silencio, como si necesitara alejarse del edificio antes de permitirse pensar en todo lo que acababa de pasar.
Cuando el aire de la calle le rozó el rostro, redujo el paso hasta quedarse completamente inmóvil.
Alex, que había respetado aquel silencio desde que salieron del despacho, se volvió hacia ella en cuanto la vio detenerse.
—Claudia...
Ella cerró los ojos un instante y se llevó una mano al puente de la nariz, intentando recuperar un control que llevaba demasiado tiempo sosteniendo a la fuerza.
—No puedo seguir fingiendo que esto no me está afectando.
Las palabras apenas fueron un murmullo, pero bastaron para que Alex entendiera que ya no estaba hablando la inspectora acostumbrada a soportarlo todo.
Estaba hablando la mujer que llevaba demasiados días acumulando miedo, cansancio y culpa.
Él se acercó despacio, procurando no invadir el pequeño espacio que ella parecía necesitar.
—No tienes que demostrarle nada a nadie.
Claudia dejó escapar una risa amarga.
—Ojalá fuera tan fácil—Desvió la mirada hacia el movimiento de la avenida, aunque en realidad no estaba viendo nada de lo que ocurría a su alrededor—Ha entrado en mi casa, Alex.
Ha recorrido cada habitación con una tranquilidad que me pone los pelos de punta.
Ha tocado mis cosas... ha dejado una nota sobre mi mesa...
y sabía perfectamente el efecto que iba a provocar.
Su voz se quebró apenas un instante.
—Ya no sé dónde termina el caso y dónde empiezo yo.
Alex permaneció en silencio unos segundos antes de responder.
—Eso es exactamente lo que busca.
Claudia volvió la vista hacia él con el rostro cansado.
—Que pierda el control.
—Lo que busca no es solo amenazarte—dijo Alex con calma—Quiere que empieces a desconfiar de todo. De tu casa, de la gente que tienes cerca, de cada decisión que tomes... Incluso de ti misma.
—Pues está muy cerca de conseguirlo.
—No confundas el miedo con la derrota. Después de todo lo que ha hecho es normal que tengas miedo. Lo importante es que no ha conseguido apartarte del caso.
Claudia guardó silencio unos instantes antes de hablar.
—No quiero que vuelva a pasar lo mismo. No quiero volver a llegar tarde.
Aquellas palabras bastaron para que Alex entendiera que ya no hablaba de Daniela. Ni siquiera de Paula. Estaba hablando de Lucía. Recordó la culpa que llevaba años arrastrando y comprendió que el asesino acababa de encontrar la única herida que nunca había terminado de cerrar.
—No vas a repetir aquella historia.
Claudia sonrió con tristeza.
—Eso mismo me repetía entonces.
Alex no respondió enseguida. Sabía que ninguna frase iba a borrar tantos años de culpa. En lugar de intentarlo, tomó otra dirección.
—Vamos a hacer una cosa. Se me acaba de ocurrir una idea.
Claudia levantó la vista hacia él, esperando que continuara.
—A partir de ahora nos llevamos todo al hotel. Y trabajaremos allí.
Ella tardó un instante en entender a qué se refería.
— ¿Todo el material del caso?
—Todo. Informes, fotografías, la pizarra... no quiero que quede absolutamente nada en tu despacho.
Claudia seguía sin verle el sentido.
— ¿Y para qué moverlo todo?
—Porque ya no sabemos hasta dónde llega esta persona.
Ha entrado en tu casa y conoce demasiado bien cómo trabajamos.
Cuanto menos repartido esté el material y más tiempo pasemos juntos revisándolo, menos oportunidades le daremos para volver a sorprendernos.
No quiero que vuelvas a trabajar aquí hasta que sepamos exactamente con quién nos estamos enfrentando.
Si alguien ha sido capaz de entrar en tu casa una vez, no pienso darle una segunda oportunidad.
Claudia permaneció unos segundos pensándolo. Siempre había intentado llevar sola el peso de cada investigación, pero esta vez empezaba a comprender que no tenía por qué hacerlo. Y, aunque reconocerlo le costaba más de lo que estaba dispuesta a admitir, agradecía que Alex estuviera allí.
— De acuerdo.
Regresaron a comisaría y, durante la siguiente hora, el despacho de Claudia fue perdiendo poco a poco el aspecto que había tenido durante semanas.
Las cajas comenzaron a llenarse de carpetas, fotografías, informes y notas manuscritas.
Alex desmontó la pizarra con cuidado mientras ella revisaba que no quedara ningún documento importante olvidado en los cajones.
Trabajaron casi sin hablar, los dos sabían que aquel gesto significaba mucho más que un simple cambio de lugar.
Era una forma de proteger la investigación. Y también de protegerla a ella.
Cuando terminaron de cargar la última caja en el coche, Claudia echó un último vistazo al despacho antes de apagar la luz.
Nunca le había parecido un lugar especialmente acogedor.
Aun así, mientras cerraba la puerta, tuvo la extraña sensación de estar dejando atrás la poca normalidad que todavía conservaba.
Cuando llegaron al hotel, la habitación dejó de parecer un lugar pensado para descansar en cuestión de minutos.
Las cajas fueron ocupando el suelo, la mesa terminó cubierta de carpetas y fotografías, y la pizarra encontró su sitio junto a la pared, rodeada de mapas, anotaciones y copias de los informes que habían ido acumulando desde el inicio de la investigación.
Claudia contempló el resultado con una sonrisa apenas perceptible.
—Creo que el personal del hotel va a pensar que hemos montado una oficina clandestina.
Alex dejó la última carpeta sobre la cama y se encogió de hombros.
—Mientras no intenten cobrarnos un suplemento por exceso de pruebas, me conformo.
Ella soltó una risa breve, pero auténtica. la primera completamente sincera desde la noche anterior.
—Eres idiota.