Ignorada CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

Alex abrió los ojos mucho antes de decidir levantarse.

Durante unos instantes permaneció inmóvil, disfrutando de esa extraña sensación de calma que rara vez acompañaba sus mañanas.

El recuerdo de la noche anterior seguía demasiado reciente como para desaparecer al despertar.

La bañera, las risas, los besos y aquella forma en la que Claudia había terminado quedándose dormida entre sus brazos parecían pertenecer a otra vida, no a la de dos policías que llevaban días persiguiendo a un asesino.

El suave murmullo de la cafetera terminó por devolverlo al presente.

Giró la cabeza hacia el otro lado de la cama.

Claudia ya no estaba. Sonrió para sí antes de incorporarse despacio.

Todavía podía percibirse el ligero aroma de su perfume impregnado en la almohada, detalle que consiguió arrancarle una sonrisa mucho más sincera de la que estaba dispuesto a reconocer.

Se pasó una mano por el pelo y salió de la habitación.

El olor del café recién hecho terminaba de llenar el piso.

Claudia estaba de espaldas, concentrada en el desayuno.

Llevaba una camiseta amplia que parecía haber encontrado al azar entre la ropa más cómoda del armario y el pelo recogido en un moño.

No había rastro de la inspectora seria que recorría los pasillos de la comisaría imponiendo respeto con solo una mirada.

Aquella imagen le gustó mucho más de lo que esperaba.

Se quedó apoyado unos segundos en el marco de la puerta, observándola sin hacer el menor ruido.

—Empiezo a sospechar que llevas una doble vida.

Claudia giró la cabeza y, al descubrirlo allí, arqueó una ceja con gesto divertido.

— ¿Solo ahora?

—La inspectora que conozco desayuna café y prisas.

—Esa vuelve dentro de una hora.

Alex cruzó la cocina hasta situarse frente a ella. El aroma del café recién hecho y aquella inesperada calma hacían difícil creer que, en apenas unas horas, volverían a sumergirse en la investigación.

—Pues dile que hoy se tome la mañana libre.

Claudia dejó la taza delante de él. Cuando sus dedos se rozaron al cogerla, fingió no darle importancia.

—No te acostumbres.

Él sostuvo el café unos segundos sin apartar la vista de ella, divertido.

—Empiezo a pensar que utilizas esa frase como mecanismo de defensa cada vez que algo empieza a gustarte.

—Porque funciona.

—No demasiado. Ya llevo dos días aquí.

Ella resopló con una sonrisa imposible de esconder.

—Y todavía no entiendo cómo has conseguido instalarte tan rápido.

—Tengo mucho talento para hacerme imprescindible.

—Eso está todavía por demostrar.

—Dame un par de semanas.

—Ni se te ocurra coger confianza.

—Llegas tarde inspectora.

Aquella respuesta consiguió que volviera a reír. Le gustaba comprobar que con Alex las mañanas podían empezar de aquella manera, sin el peso constante del trabajo sobre los hombros. Mientras preparaba unas tostadas, él no dejó de observarla.

— ¿Qué?

—Nada.

—Te conozco. Ese "nada" nunca es nada.

—Solo estaba pensando que esta versión de ti debería salir más a menudo.

Claudia dejó el cuchillo sobre el plato y se apoyó un momento en la encimera antes de responder.

—La verdad es que esa versión de mí casi nunca sale a la superficie. El trabajo acaba ocupándolo todo... y cuando llego a casa normalmente ya no me quedan fuerzas para mucho más.

Alex no apartó la vista de ella.

—Pues creo que te estás perdiendo una parte de ti que merece bastante la pena.

Aquellas palabras consiguieron que Claudia bajara la mirada un instante con una sonrisa difícil de disimular.

Hacía mucho tiempo que nadie era capaz de decirle algo así con tanta naturalidad.

Tomó la taza de café, dio un pequeño sorbo y, cuando volvió a mirarlo, la inspectora había regresado poco a poco a su sitio.

—Será mejor que disfrutes de este momento mientras puedas.

Alex comprendió enseguida lo que quería decir incluso antes de que continuara.

—Dentro de cinco minutos volveremos a hablar del caso... y la mañana dejará de ser tan tranquila—dio un sorbo al café resignándose— ¿Eso significa que la inspectora acaba de volver?

—Exactamente.

Su expresión cambió apenas lo justo. La cercanía entre los dos seguía intacta, pero la investigación terminó abriéndose paso, como hacía siempre, incluso en los momentos que más merecían ser disfrutados.

—Tenemos que regresar a la universidad.

Alex comprendió enseguida por dónde iban sus pensamientos. Dejó el café sobre la mesa y la observó con curiosidad.

— ¿Quieres volver a hablar con Gabriel?

—Sí. Ayer fuimos buscando respuestas sobre Paula, pero creo que nos equivocamos de punto de partida. Hoy quiero centrarme en Daniela. Si él sabe algo y decidió callárselo, es más fácil que cometa un error si cambiamos el enfoque.

—Y mientras tú hablas con él...

Ella comprendió la idea antes incluso de que terminara la frase.

—Tú vuelves a echar un vistazo al despacho.

—Esta vez con más calma.

—Procura que no nos echen de la universidad.

Alex levantó ambas manos en señal de inocencia.

—Siempre he sido un alumno ejemplar.

—No sé por qué tengo la sensación de que acabas de mentirme.

—Porque ya me conoces demasiado bien.

Una hora después cruzaban de nuevo la entrada principal de la universidad.

El ambiente era muy distinto al del día anterior.

Los pasillos estaban llenos de estudiantes que entraban y salían de las aulas, profesores cargados de carpetas y conversaciones que se mezclaban hasta formar un murmullo constante.

Aquella actividad jugaba a su favor. Cuanta más gente hubiera alrededor, más fácil resultaría pasar desapercibidos.

Claudia llamó un par de veces con los nudillos antes de abrir la puerta. Gabriel levantó la vista del ordenador y, durante un breve instante, la sorpresa cruzó su rostro antes de recuperar la serenidad habitual.

—No esperaba volver a veros tan pronto.

—Nosotros tampoco pensábamos hacerlo—respondió Claudia mientras entraban en el despacho—pero al revisar las declaraciones nos dimos cuenta de que había un asunto sobre el que apenas profundizamos.

Gabriel cerró la carpeta que tenía abierta y señaló las dos sillas frente a su mesa.

—Entonces supongo que será mejor que os sentéis— Esperó a que ambos lo hicieran antes de preguntar: — ¿Qué necesitáis?

Claudia no apartó la vista de él.

—Ayer centramos casi toda la conversación en Paula. Hoy nos interesa hablar de Daniela. Queremos repasar algunas cosas por si, con un poco de perspectiva, recuerda algún detalle que en ese momento le pareciera insignificante.

Gabriel permaneció unos segundos pensativos, repasando mentalmente aquellos días.

—La verdad es que llevo dándole vueltas desde que os marchasteis. He intentado recordar alguna conversación fuera de lo habitual o cualquier cambio en su comportamiento... pero sigo sin encontrar nada que realmente me llame la atención.

—A veces lo más importante es precisamente lo que parece no tener importancia.

—Eso suena muy propio de una inspectora.

—Normalmente lo es.

Mientras la conversación avanzaba, Alex comenzó a recorrer el despacho con la misma naturalidad que el día anterior, deteniéndose de vez en cuando ante una estantería o una fotografía, como si la curiosidad fuera completamente casual.

En realidad, buscaba una sola cosa. La bandeja de documentos. Y seguía exactamente en el mismo sitio.

Gabriel siguió respondiendo a las preguntas de Claudia con aparente tranquilidad, aunque empezaba a medir cada palabra mucho más de lo que había hecho el día anterior.

—No recuerdo que Daniela tuviera ningún problema con otros alumnos. Era una chica bastante reservada. Venía a tutorías cuando lo necesitaba, hablábamos unos minutos y volvía a clase. Nunca llamó especialmente la atención.

Claudia no dejó pasar el matiz.

— ¿Nunca? ¿Ni siquiera durante las semanas previas a su desaparición?

Gabriel desvió la vista un instante hacia la ventana, como si rebuscara en la memoria.

—Quizá estaba algo más distraída... pero no sabría decirte si tenía relación con lo que ocurrió después. En aquel momento no le di importancia.

Mientras tanto, Alex seguía moviéndose por el despacho con absoluta naturalidad. Se detuvo frente a una estantería repleta de libros, hojeó distraídamente uno de ellos y comentó el título como si realmente le hubiera llamado la atención.

—No imaginaba que también dieras clases de criminología.

Gabriel esbozó una sonrisa, como si aquella observación le hubiera resultado más curiosa que comprometida.

—No doy clases de forma habitual. De vez en cuando colaboro en algunos seminarios, pero poco más.

Aquella respuesta bastó para que Alex continuara caminando hasta la bandeja metálica que se encontraba sobre un archivador. Allí seguía. Los mismos documentos. Y, debajo de ellos, la hoja que había llamado su atención el día anterior. Esperó el momento justo.

Claudia acababa de formular otra pregunta y Gabriel volvió a centrar toda su atención en ella. Alex tomó uno de los informes superiores, lo hojeó unos segundos y señaló una anotación escrita a mano.

—Perdona... ¿esto es un listado de tutorías?

Gabriel apenas le dedicó un vistazo.

—Sí.

— ¿Te importa si lo miro un momento? Hay un nombre que me suena y no consigo ubicarlo.

—Claro.

La respuesta llegó con tanta naturalidad que casi resultó desconcertante.

Alex sacó con cuidado la hoja que realmente le interesaba, dejó el resto exactamente en la misma posición y volvió junto a Claudia sin alterar el gesto.

Todo había durado apenas unos segundos. Cuando volvió a sentarse, Claudia comprendió enseguida que lo había conseguido.

No hizo el menor comentario. Simplemente retomó la conversación.

—Una última cosa—Gabriel volvió a mirarla— ¿Daniela mencionó alguna vez a una persona ajena a la universidad? ¿Alguien bastante mayor que ella?