Ignorada CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

Cuando regresaron al piso, la luz de la tarde se colaba por las ventanas con un tono anaranjado que hacía que el salón pareciera más acogedor de lo habitual.

Resultaba casi irónico que todo transmitiera tanta calma cuando ninguno de los dos conseguía apartar de la cabeza la conversación que acababan de mantener en la cafetería.

Claudia cerró la puerta, dejó las llaves sobre el mueble de la entrada y se quitó la chaqueta con un suspiro cansado. Después se soltó el pelo, disfrutando durante unos segundos de aquella pequeña rutina que siempre marcaba el final de una jornada especialmente dura.

Alex entró detrás de ella arrastrando algo. El sonido de las ruedas hizo que Claudia se girara. Una maleta. No pudo evitar arquear una ceja mientras apoyaba un hombro en la pared del recibidor.

—Dime que eso no es lo que creo que es.

Alex siguió avanzando con absoluta tranquilidad hasta dejarla junto al sofá.

—Depende de lo que estés pensando.

—Estoy pensando que has venido con equipaje para una semana.

—Qué poca fe tienes en mí. Solo he traído lo imprescindible.

Claudia recorrió la maleta de arriba abajo con una expresión divertida.

—Conociéndote, ahí dentro caben tres mudas, un ordenador, media biblioteca y seguramente una cafetera.

Alex soltó una risa y fingió sentirse ofendido.

—Lo de la cafetera me ha dolido.

— ¿Porque no la has traído?

—Porque ya había visto la que tienes en la cocina y he decidido darte una oportunidad.

Ella acabó sacudiendo la cabeza con una sonrisa que desmentía cualquier intento de parecer seria.

—No empieces a coger demasiadas confianzas. Te recuerdo que esto es algo temporal.

—Eso mismo dijiste cuando me dejaste dormir aquí—Hizo una breve pausa antes de añadir con una sonrisa llena de intención: —Y míranos ahora.

Claudia intentó mantener el gesto serio, pero no tardó en rendirse.

—Eres insufrible.

—Cinco minutos más y dirás encantador.

—Cinco días más y te pongo de patitas en la calle.

Alex levantó ambas manos en señal de rendición.

—Acepto el reto.

Claudia resopló con una mezcla de resignación y diversión. Con él era prácticamente imposible mantener una discusión durante demasiado tiempo.

—Deja la maleta donde quieras antes de que me arrepienta.

—Eso ya suena mucho más hospitalario.

Mientras Alex llevaba el equipaje hasta un rincón del salón, Claudia caminó hacia la cocina para servirse un vaso de agua. Fue entonces cuando vio la bolsa de papel sobre la encimera. La sonrisa desapareció casi al instante.

—No me digas que...

Alex siguió la dirección de su mirada.

—Sí. La he traído.

Sacó la caja con el mismo cuidado con el que la había guardado aquella mañana.

—Pensé en dejarla en la comisaría, pero en cuanto Rubén la viera empezarían las preguntas. Prefiero que la revisemos nosotros primero y, si encontramos algo útil, ya decidiremos qué hacer.

Claudia dejó el vaso sobre la encimera y se acercó.

—Tiene sentido.

Los dos se colocaron frente a la mesa del salón. Y durante unos instantes ninguno tocó la caja. A pesar de que ya conocían su contenido, la sensación desagradable seguía siendo exactamente la misma.

Alex levantó la tapa con cuidado. El pequeño animal seguía allí. Y, junto a él, la nota. Claudia se puso unos guantes de látex antes de coger el papel, no quería dejar más huellas de las que ya dejó cuando encontró la caja.

—La impresión es demasiado corriente. Papel barato, tinta doméstica... cualquiera podría haberla hecho.

Alex observó la hoja desde el otro lado de la mesa.

—Precisamente por eso me preocupa. Ha evitado cualquier detalle que pudiera llevarnos hasta él.

Claudia examinó despacio el borde del cartón, deteniéndose en cada pliegue como si esperara encontrar una mínima imperfección que hubiera pasado desapercibida.

—O quiere que pensemos eso.

Alex siguió el recorrido de sus manos antes de plantear la posibilidad que empezaba a rondarle la cabeza.

— ¿Crees que ha dejado alguna pista de forma intencionada?

Claudia se tomó unos segundos antes de responder.

—No lo sé. Pero alguien que prepara algo así mide cada movimiento. Si ha decidido que encontremos algo, será porque le interesa que lo encontremos.

—El cartón es corriente, pero está limpio. No hay restos de cinta vieja, etiquetas ni marcas de haber sido reutilizado.

—Eso significa que la compró expresamente para esto.

—O que nunca pensó volver a utilizarla.

Claudia dejó la nota sobre la mesa.

—Lo que más me inquieta no es la caja.

Alex comprendió enseguida a qué se refería.

—Es la facilidad con la que consiguió dejarla delante de tu puerta.

—Exacto. No solo sabe dónde vivo. También conoce mis horarios y actúa con la seguridad de quien tiene claro que nadie va a detenerse a preguntarle qué hace aquí.

Alex fue enlazando las piezas casi al mismo tiempo que ella.

—Eso puede significar dos cosas. O conoce perfectamente el edificio... o tiene muy claro que nadie va a fijarse en él, aunque lo haga.

La conversación dio un nuevo giro.

—Lo siguiente serán las cámaras de seguridad.

—Revisaremos las del portal y las de toda la calle. Si ha pasado por aquí, en algún sitio tiene que haber quedado registrado.

Claudia no parecía tan convencida.

—Ojalá fuera tan sencillo. Alguien que ha sido capaz de llegar hasta mi puerta sin levantar sospechas difícilmente va a dejarse grabar por una cámara por un descuido.

Se pasó una mano por el pelo mientras intentaba ordenar el caos que tenía en la cabeza. Cuanto más pensaba en todo lo que había ocurrido desde que apareció la caja, más convencida estaba que se les escapaba algo importante.

—Hay algo que no deja de darme vueltas.

Alex cerró la tapa y la dejó a un lado.

— ¿El qué?

—Todo esto.

Hizo un gesto abarcando la caja, la nota y el salón que los rodeaba.

—Sabe dónde vivo, conoce mis horarios, ha dejado esa caja justo delante de mi puerta y, además, estaba convencido de que no iba a contárselo a Rubén. Son demasiadas cosas para alguien que solo pretende intimidarme.

Alex terminó de encajar aquella posibilidad antes de ponerla en voz alta.

—Eso significa que conoce muy bien tu forma de actuar.

—O que lleva demasiado tiempo observándome para saber cómo voy a reaccionar.

Empezaban a contemplar una posibilidad que hasta entonces había pasado desapercibida: quizá el asesino no solo conocía la investigación. También los conocía a ellos.

—Universidad... comisaría... —murmuró Alex.

—O alguien que tenga acceso a ambos mundos.

Claudia comenzó a caminar despacio por el salón mientras ordenaba las ideas en voz alta.

—Puede que llevemos semanas mirando en la dirección equivocada. Quizá estamos convencidos de que el asesino apareció cuando desapareció Daniela... y en realidad lleva mucho más cerca de nosotros desde el principio.

Alex siguió su razonamiento sin perder detalle.

—Eso explicaría por qué siempre parece ir un paso por delante.

—Y también por qué sabe exactamente cuándo aparecer y cuándo desaparecer sin dejar rastro.

El cansancio empezó a hacerse notar de golpe. Se pasó una mano por la frente y dejó escapar una sonrisa agotada.

—Creo que mi cabeza acaba de decidir que ya ha trabajado bastante por hoy.

Alex la observó durante un instante.

—Llevas muchas horas sin desconectar de verdad.

—Ni siquiera recuerdo la última vez que lo hice.

Se quedó quieta en mitad del salón antes de mirarlo con resignación.

—Necesito parar, aunque solo sea media hora. Si sigo dándole vueltas a esto voy a acabar viendo sospechosos hasta en el vecino del quinto.

—Eso sería un problema... sobre todo si resulta que el pobre hombre solo baja la basura.

—Voy a darme un baño.

—Buena idea.

Ella ya caminaba hacia la habitación cuando escuchó su voz detrás.

—No tardes demasiado.

Se volvió con una sonrisa divertida.

— ¿Me estás dando una hora de llegada?

—Solo intento asegurarme de que no te quedes dormida dentro.

—No prometo nada.

Desapareció por el pasillo mientras Alex recogía con cuidado la caja y la guardaba dentro de un armario del salón. Después entró en la cocina. Abrió uno de los cajones, buscó unas velas que Claudia había comprado meses atrás y sonrió para sí.

—Espero que esto no me reste puntos por invasión de domicilio...

Cuando Claudia salió de la habitación vestida con un pantalón corto y una camiseta amplia, llevaba el pelo suelto y la expresión de quien solo pensaba en meterse bajo el agua caliente durante un buen rato.

Sin embargo, se quedó inmóvil antes de llegar al baño.

La puerta estaba entreabierta. Desde allí escapaba una luz cálida acompañada por el suave aroma de las sales de baño.

Abrió intrigada y entró despacio, la bañera ya estaba llena.

Unas cuantas velas iluminaban la estancia y el vapor empañaba ligeramente el espejo.

Alex esperaba apoyado junto al lavabo con los brazos cruzados, sin camiseta y una expresión tan satisfecha que Claudia no supo si echarse a reír o regañarlo.

—No me digas que todo esto es obra tuya.

Él hizo un gesto alrededor.

— ¿Qué te parece?

Claudia recorrió el baño con la mirada antes de volver a detenerse en él.

—Creo que acabas de dejar el listón peligrosamente alto.

—Era justo la intención.

Ella se acercó despacio hasta quedar frente a él.

— ¿Y si ahora me acostumbro a todo esto?

Alex sonrió acercándose más.

—Ese riesgo estoy dispuesto a asumirlo.

—Eres consciente de que, si alguien de la comisaría te viera ahora mismo preparando baños con velas, tu reputación desaparecería para siempre.

—Por suerte ninguno está aquí.

—Ni se te ocurra contárselo a Marcos.

—Eso sí sería peligroso.

Los dos rompieron a reír. La tensión acumulada durante todo el día pareció aflojarse un poco. Claudia levantó una mano y colocó el pelo despeinado de Alex. Cada vez estaba más enganchada a él.

—Gracias.

La palabra escapó casi en un susurro. Él comprendió enseguida que no estaba dándole las gracias por la bañera.

—No tienes que dármelas.

—Sí. Las tengo.

Dio un paso hasta quedar todavía más cerca de él. Apenas unos centímetros los separaban cuando sus dedos buscaron la mano de Alex y la entrelazaron con la suya.

—Llevaba demasiado tiempo olvidándome de lo que era llegar a casa y sentir que alguien estaba intentando cuidarme.

La mano de Alex encontró su cintura con una naturalidad que hizo sonreír a Claudia incluso antes de que él dijera una sola palabra. En lugar de apartarse, fue ella quien terminó acortando la escasa distancia que aún los separaba.

—Empieza a acostumbrarte.

Ella alzó una ceja con ese gesto entre divertido y desafiante que tanto le gustaba a Alex.

—Eso empieza a sonar peligrosamente parecido a una amenaza.

Él soltó una risa apenas perceptible.

—Las amenazas dan miedo—Se inclinó despacio hasta quedar a escasos centímetros de sus labios—Yo solo hago promesas que pienso cumplir.

Bastó un instante más de cercanía para que la tensión terminara imponiéndose.

Alex volvió a besarla con una mezcla de deseo y ternura que hizo que Claudia respondiera al momento, aferrándose a él como si no quisiera romper aquel instante.

Las manos de Alex recorrieron lentamente su espalda hasta detenerse en la cintura.

Con un movimiento suave levantó apenas el borde de la camiseta, dejando que sus dedos acariciaran la piel con una delicadeza que consiguió erizarla al instante.

Claudia respondió acercándose todavía más a él.

Rodeó su cuello con los brazos mientras el beso se hacía cada vez más profundo, más pausado y también más intenso, como si ninguno quisiera ser el primero en ponerle fin.

Cuando Alex apartó apenas unos centímetros los labios para recuperar el aire, apoyó la frente contra la de ella y sonrió.

— ¿Sigues pensando darte un baño sola?

Claudia todavía agitada respondió:

—Creo que ese plan acaba de estropearse.

—Menos mal.

Sin dejar de mirarla, le tendió la mano.

— ¿Vienes?

Ella entrelazó sus dedos con los de él y fue la primera en meterse en el agua. El calor envolvió su cuerpo de inmediato. Alex entró después y la bañera dejó de parecer un simple refugio para convertirse en un rincón del mundo donde, por unas horas, nada más existía.

El vapor dibujaba una ligera neblina entre los dos, pero la escasa distancia hacía imposible ignorar la presencia del otro...

Alex acortó la distancia de golpe. No hubo miradas infinitas, simplemente se movió hacia ella, haciendo que el agua de la bañera se agitara y se desbordara por los bordes.

Le puso las manos directamente en los costados, calientes y húmedas, y subió sin rodeos hasta atrapar sus pechos, apretándolos con una urgencia que a Claudia la hizo arquear la espalda y soltar un gemido ronco.

Ella no se quedó quieta. Le echó los brazos al cuello, pegando su cuerpo mojado contra el de él, sintiendo el calor directo de su piel y la dureza de su pecho.

Alex la pegó más a sí mismo mientras buscaba su boca con desesperación, un beso con sabor a agua y a ganas contenidas, de esos que muerden y casi dejan sin aire.

Con una mano todavía fija en su pecho, Alex bajó la otra por su vientre bajo el agua, buscando espacio entre los dos en la estrechez de la bañera.

Claudia hundió los dedos en su pelo empapado, respirando entrecortado contra sus labios, completamente entregada al ritmo rápido y torpe que imponía el espacio, donde ya no importaba nada más que la fricción y el calor de sus cuerpos.