Ignorada CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Barcelona amanecía bañada por una luz limpia y tranquila, de esas que consiguen colarse por cualquier rendija y hacen que durante unos minutos todo parezca más sencillo de lo que realmente es.

Los primeros rayos del sol atravesaban las cortinas del dormitorio cuando Claudia abrió los ojos.

Al otro lado del cristal, la silueta de la Sagrada Familia destacaba entre los edificios.

Le costó unos instantes situarse. Hacía mucho tiempo que no despertaba con aquella sensación de calma, sin sobresaltos, sin llamadas a primera hora y sin que el caso ocupara inmediatamente cada rincón de su cabeza.

Permaneció tumbada observando el techo mientras los recuerdos de la noche anterior regresaban poco a poco.

La amenaza seguía existiendo. La caja también.

Pero no fue lo primero en lo que pensó. Lo primero que notó fue el espacio vacío a su lado.

Giró la cabeza y descubrió que Alex ya no estaba allí.

Una pequeña arruga apareció en su frente antes de incorporarse.

Se recogió el pelo con una mano y al levantarse una sonrisa apareció sin que pudiera evitarlo.

La ropa seguía desperdigada por el suelo.

Su chaqueta tirada junto a la cama. La camiseta de Alex había terminado sobre una silla.

Y aquel pequeño caos doméstico bastó para que los recuerdos de la noche anterior regresaran con absoluta claridad.

Al salir del dormitorio se vio envuelta en aquella extraña sensación de tranquilidad que hacía años que no formaba parte de sus mañanas. Cruzó el salón y el aroma a café recién hecho llegó desde la cocina antes incluso de que pudiera verlo.

Cuando cruzó la puerta se encontró a Alex de espaldas, sin camiseta, moviéndose con absoluta naturalidad entre la encimera y la cafetera. Llevaba el pelo ligeramente despeinado y parecía tan cómodo allí que cualquiera habría pensado que llevaba semanas viviendo en aquel piso.

Claudia se apoyó en el marco de la puerta sin hacer ruido. Lo observó durante unos instantes. Y tuvo que reconocer que la imagen le gustaba bastante más de lo que estaba dispuesta a admitir.

— ¿Piensas quedarte ahí mirándome mucho rato?

La voz de Alex la pilló desprevenida.

—No te estaba mirando.

—Claro que no.

Él se giró con una sonrisa divertida.

—Y yo llevo cinco minutos cocinando sin darme cuenta de que estabas ahí.

—Tu ego sigue perfectamente.

—Me alegra que lo hayas notado.

Alex dejó un plato sobre la mesa y se acercó lo justo para depositar un beso breve en sus labios antes de regresar a la cocina.

Lo hizo con una naturalidad desarmante, como si aquel tipo de gestos formaran parte de una rutina compartida desde hacía años y no de algo que apenas acababa de empezar.

Y precisamente por eso consiguió alterarla mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

—Buenos días.

—Ahora sí parecen buenos.

Alex sonrió satisfecho.

—Sabía que las tortitas funcionarían.

—No te vengas arriba tan rápido.

—Demasiado tarde.

Claudia negó con la cabeza mientras tomaba asiento y lo observaba moverse de un lado a otro por la cocina.

—No sé qué me sorprende más, verte preparando un desayuno completo o la naturalidad con la que te has adueñado de mi cocina en menos de doce horas.

Alex apoyó una mano sobre la encimera y la miró con una mezcla de diversión y falsa resignación.

—Eso ha sido cruel.

—Y bastante preciso.

—Acabas de destrozar toda la imagen que intentaba construir.

—No parecía una imagen muy sólida.

La carcajada de Alex llenó la cocina durante unos segundos. Después ocupó la silla frente a ella y le acercó una taza de café.

—Prueba las tortitas antes de juzgarme.

Claudia probó un bocado bajo la atenta mirada de Alex, que parecía esperar el veredicto como si se tratara de una cuestión de vida o muerte.

—No están mal.

—Eso, traducido de tu idioma, significa que son espectaculares.

—No exageres.

—Espectaculares.

—Aceptables.

—Espectaculares.

Claudia terminó sonriendo mientras negaba suavemente con la cabeza.

—Eres imposible.

—Y aun así aquí estás.

La respuesta consiguió que la mirada de ambos permaneciera un instante más de lo habitual. Había algo nuevo en aquella complicidad, una cercanía que hasta hacía muy poco ninguno de los dos se había permitido explorar y que ahora resultaba sorprendentemente natural.

El desayuno continuó sin prisas. Hablaron de cualquier cosa y de nada al mismo tiempo, enlazando temas absurdos con pequeñas bromas que habrían parecido impensables unas semanas atrás.

Resultaba extraño compartir una mañana así, sin informes sobre la mesa, sospechosos a los que perseguir o teorías que desmontar.

Y precisamente por eso estaba siendo agradable. Sin embargo, la tregua duró poco.

Al levantar la vista, Claudia dirigió la mirada hacia el salón casi de forma involuntaria.

La caja ya no estaba allí, pero el recuerdo seguía ocupando exactamente el mismo espacio dentro de su cabeza.

El cambio en su expresión fue mínimo, pero Alex ya la conocía lo suficiente como para darse cuenta de que acababa de volver a pensar en la caja.

—Ya has vuelto al trabajo, ¿verdad?

Claudia dejó la taza sobre la mesa.

—Tenemos que hablar de lo de anoche.

Alex asintió, perdiendo parte de la ligereza que había dominado la mañana.

—Sí.

—La caja...

Sus ojos buscaron el salón de manera automática.

—No está ahí—se adelantó Alex—La he guardado.

Claudia volvió la atención hacia él y asintió.

—Bien.

Hasta ese momento habían conseguido disfrutar de una tregua inesperada, pero bastó aquella simple referencia para que ambos regresaran de golpe a la investigación. La amenaza seguía presente, aunque la caja hubiera desaparecido de la vista.

— ¿Se lo vas a contar a Rubén? —preguntó Alex.

Claudia negó despacio.

—No. Al menos de momento.

— ¿Porque te apartaría del caso?

—Porque en cuanto sepa que la amenaza me afecta personalmente, dejará de verlo como una simple línea de investigación y empezará a verlo como un problema de seguridad. Y entonces sí, me apartará.

Alex comprendió la respuesta sin necesidad de más explicaciones.

—Entonces nos ocuparemos nosotros.

Claudia asintió.

—Sí. Pero lo que pasó anoche cambia muchas cosas.

Alex permaneció unos instantes pensativo antes de responder. La imagen de la caja seguía demasiado presente como para apartarla de su cabeza.

—Ahora sabemos que no se limita a observarnos desde la distancia.

—Y también que está mucho más cerca de lo que pensábamos.

Aquella posibilidad permaneció entre ellos mientras ambos valoraban las implicaciones.

—Hay algo que sigue sin cuadrarme—comentó Alex al cabo de unos segundos—Si realmente quisiera detener la investigación, habría escogido una forma mucho más directa.

Claudia permaneció pensativa unos instantes.

—No creo que quisiera detenernos.

—Entonces, ¿qué pretendía?

—Que dudáramos.

Alex la observó con atención mientras intentaba encajar aquella idea con todo lo que habían descubierto hasta el momento.

— ¿Dudar de qué?

—De nuestras conclusiones. De nuestros pasos. De las personas que estamos investigando.

Cuanto más lo explicaba, más sentido parecía tener.

—Quiere que perdamos tiempo. Que miremos donde no debemos mirar.

—Entonces alguien está moviendo las piezas para que nunca lleguemos donde deberíamos mirar.

—Exacto.

La seguridad con la que respondió hizo que ambos comprendieran el alcance de aquella afirmación.

—Y no se trata de cualquiera. Quien está detrás de esto conoce nuestra forma de trabajar mejor de lo que debería.

La observación hizo que Alex repasara mentalmente todos los nombres que llevaban días apareciendo una y otra vez en la investigación.

—Eso reduce bastante la lista de personas.

—Y ninguna de las opciones me gusta especialmente.

—Universidad...

—O comisaría.

—O ambas. Y sinceramente, esa posibilidad empieza a parecerme cada vez menos descabellada.

Ninguno de los dos parecía especialmente cómodo con aquella conclusión. Porque si el asesino realmente conocía tan bien la investigación, significaba que las respuestas podían encontrarse mucho más cerca de lo que habían imaginado al principio.

—Voy a ser sincero. Todo esto empieza a darme bastante mala espina.

Claudia tomó un sorbo de café mientras seguía dándole vueltas a la idea.

—Bienvenido a mi mundo.

La breve sonrisa que compartieron apenas duró unos segundos antes de desaparecer.

—Hay otra cosa. No pienso dejar que te quedes aquí sola.

Claudia abrió la boca para replicar, pero Alex la conocía demasiado bien a esas alturas.

—Y ahórrate el discurso porque no va a funcionar.

Aquello consiguió arrancarle una pequeña sonrisa.

—No necesitas quedarte.

—Quizá no— Alex respondió sin apartarse de su decisión, con una tranquilidad que hacía imposible confundir sus intenciones—Pero quiero hacerlo.

La sencillez con la que lo dijo terminó desarmando cualquier argumento que Claudia pudiera haber preparado. No sonó a obligación, ni a protección exagerada, ni siquiera a preocupación profesional. Sonó a alguien que simplemente quería estar allí. Y esa diferencia lo cambiaba todo.

—Está bien.

La respuesta pareció tranquilizar a Alex más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

—Menos mal. Empezaba a pensar que iba a tener que pasarme el día discutiendo contigo.

—No te emociones. Sigue siendo una posibilidad bastante real.

Alex dejó escapar una breve carcajada.

—Eso sí que me lo creo.

La complicidad regresó durante unos segundos, permitiéndoles disfrutar de un momento de normalidad antes de volver a enfrentarse a todo lo que los esperaba fuera de aquella cocina.

Terminaron el desayuno sin prisas. La conversación se fue apagando poco a poco mientras ambos regresaban inevitablemente a la investigación.

La amenaza seguía ahí. También la sensación de que alguien había decidido intervenir de forma directa en aquella partida.

—Vamos —dijo Claudia finalmente mientras recogía la taza—Tenemos que ir a comisaría.

—Lo estaba temiendo.

Alex se levantó al mismo tiempo que ella y recogió los platos antes de llevarlos a la encimera. Claudia lo observó durante un instante.

— ¿Qué?

—Nada.

—Esa respuesta nunca significa nada bueno.

Una sonrisa de lo más pícara apareció en los labios de Claudia.

—Solo estaba pensando que te adaptas demasiado rápido a las cocinas ajenas.

—Tengo muchos talentos ocultos.

—Eso está todavía por demostrar.

Alex dejó el plato en el fregadero y se acercó a ella.

— ¿Ah, sí?

—Sí.

—Qué injusta eres.

—Y tú demasiado confiado.

La distancia entre ambos desapareció casi sin darse cuenta. Alex apoyó las manos a ambos lados de la encimera y la atrajo suavemente hacia él.

—Creo que después del desayuno merezco algo más de reconocimiento.

—No te acostumbres a recibir elogios tan fácilmente.

—No eran elogios. Era una recompensa.

Claudia arqueó una ceja, aunque le resultó difícil mantener la misma seguridad de siempre. Tener a Alex tan cerca provocaba un efecto inesperado sobre ella, uno al que todavía no terminaba de acostumbrarse.

— ¿Y quién ha decidido eso?

—Yo mismo.

Antes de que pudiera responder, Alex acortó la distancia que los separaba y la besó.

Lo que empezó como un gesto impulsivo terminó convirtiéndose en algo mucho más difícil de interrumpir.

Claudia había pensado que después de la noche anterior aquella tensión desaparecería, pero ocurrió exactamente lo contrario.

Tenerlo tan cerca, sentir aquella confianza y descubrir lo natural que resultaba estar con él no hacía más que complicar las cosas.

Alex volvió a besarla sin prisas, como si el tiempo hubiera dejado de importar durante unos minutos. La rodeó por la cintura y la atrajo hacia él, arrancándole una sonrisa que desapareció en cuanto sus labios volvieron a encontrarse.

Sus manos ascendieron despacio por su espalda, deteniéndose un instante en su cintura antes de volver a atraerla hacia sí.

Claudia cerró los ojos, sintiendo cómo aquel simple gesto conseguía acelerar su pulso más que cualquier palabra.

El aire se escapó de sus labios en un suave jadeo antes de que pudiera contenerlo, incapaz de mantener la respiración y la distancia entre los dos.

La cocina, la comisaría, la amenaza y el caso quedaron relegados a un segundo plano.

Por un instante solo existían ellos dos.

La forma en que se miraban y besaban. La facilidad con la que la cercanía se había convertido en algo necesario.

Y aquella sensación tan extraña de estar exactamente donde querían estar.

Cuando finalmente se separaron, ninguno pareció demasiado convencido de que hubiera sido una buena idea hacerlo. Claudia apoyó las manos sobre sus hombros y dejó escapar una pequeña risa.

—Tenemos que irnos.

—Lo sé.

Sin embargo, ninguno hizo el menor intento de moverse. Alex apoyó la frente contra la suya durante un instante.

—Cinco minutos más.

—Eso dijiste hace diez minutos.

—Y sigo pensando que era una propuesta razonable.

La sonrisa de Claudia apareció de nuevo antes de negar suavemente con la cabeza.

—Ahora sí que vamos a llegar tarde.

—Probablemente.

Ninguno de los dos sonó especialmente preocupado.

—Ha merecido la pena.

—Eso ya lo veremos cuando Rubén empiece a preguntarse dónde estamos.

Alex soltó una pequeña carcajada y terminó apartándose.

—Siempre consigues arruinar los momentos románticos.

—Es una habilidad profesional.

La sonrisa seguía presente cuando ambos abandonaron la cocina. Sin embargo, al cruzar el salón, la mirada de Claudia se dirigió de forma automática hacia el lugar donde había estado la caja. Ya no estaba allí. Pero la sensación que había dejado seguía intacta.

Y cuanto más pensaba en todo lo ocurrido durante las últimas horas, más convencida estaba que alguien llevaba demasiado tiempo intentando dirigir aquella investigación desde las sombras. Y no iba a parar hasta descubrirlo...Alguien los estaba guiando.