Ignorada CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Claudia llegó a casa con la sensación de arrastrar todavía el peso del día.

Subió las escaleras despacio mientras se soltaba el pelo, pensando únicamente en llegar al piso, darse una ducha y desconectar durante unas horas de todo lo que había ocurrido.

Sin embargo, al alcanzar el rellano, algo hizo que se detuviera.

Había una caja delante de su puerta. No era especialmente grande ni llamaba la atención a simple vista, pero estaba completamente segura de que no se encontraba allí cuando salió aquella mañana.

La observó durante unos instantes sin acercarse.

La experiencia le había enseñado a desconfiar incluso de las cosas más simples.

Finalmente se aproximó con cautela, la levantó y comprobó que apenas pesaba.

El rellano estaba vacío. No había nadie.

Entró en casa, dejó la caja sobre la mesa del salón y permaneció unos momentos observándola antes de decidirse a abrirla.

El olor llegó primero. Después, cuando sus ojos se acostumbraron a lo que tenía delante, distinguió el pequeño animal muerto y la nota colocada a su lado.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, procesando lo que acababa de ocurrir.

Luego cogió la nota y la desplegó con cuidado.

"DEJA DE INVESTIGAR"

Claudia volvió a leer aquellas palabras sin apartar la vista del papel.

Notó cómo la tensión recorría todo su cuerpo de forma inmediata, no por el contenido del mensaje, sino por lo que implicaba.

Aquello no era una amenaza lanzada al azar.

Alguien había averiguado dónde vivía, había estado delante de su puerta y se había tomado la molestia de dejar aquella caja para que la encontrara al volver a casa.

La advertencia era clara. Y también muy personal.

Sin perder de vista la mesa, cogió el móvil y marcó un número.

—Alex.

—Dime.

—Necesito que vengas.

El tono de su voz bastó para que él entendiera que ocurría algo grave.

—Claudia ¿qué pasa? Voy para allá.

La llamada terminó y Claudia permaneció donde estaba. No tocó nada más ni intentó ordenar sus pensamientos. Se limitó a esperar.

Alex tardó muy poco en llegar. Encontró la puerta entreabierta y, al entrar, vio a Claudia sentada en el salón con la mirada fija en la mesa.

No necesitó preguntar demasiado. Le bastó acercarse a la mesa para entender por qué Claudia lo había llamado con tanta urgencia.

La caja seguía abierta, la nota estaba a un lado y el pequeño animal muerto permanecía en el interior. No hacía falta ninguna explicación.

—Joder...—Leyó el mensaje una vez y después volvió a observar el contenido de la caja—Esto no es una simple amenaza.

—No.

—Quien haya hecho esto sabe dónde vives.

Claudia levantó la mirada todavía asustada.

—Y sabe que estoy investigando.

Alex dejó la nota sobre la mesa y volvió a centrar toda su atención en ella.

—Precisamente por eso no deberías quedarte aquí sola.

—No pienso marcharme.

—Y no te estoy pidiendo que lo hagas.

Su respuesta llegó sin reproches ni intentos de convencerla a la fuerza. Había preocupación en su voz, pero también una calma que Claudia agradeció más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Lo único que digo es que no tienes por qué pasar esta noche sola.

Aquellas palabras encontraron una grieta en el muro que llevaba levantando desde que abrió la caja.

Había mantenido el control durante horas, aferrándose al trabajo y a la rabia para no pensar demasiado en lo que acababa de ocurrir, pero de pronto resultó mucho más difícil seguir fingiendo que aquella amenaza no la había afectado.

—No va a detenerme—Alex no discutió aquella afirmación. Conociéndola, sabía perfectamente que ninguna amenaza iba a conseguir que abandonara una investigación—Pero esto ya no es solo una investigación.

Aquellas palabras quedaron resonando entre ellos mientras la mirada de Claudia regresaba inevitablemente a la caja que seguía sobre la mesa.

Se había repetido que aquello no cambiaba nada, que seguiría adelante exactamente igual que antes, pero la realidad era mucho más complicada.

Porque aquella amenaza no había llegado a la comisaría. Había llegado a su casa.

—Oye...—La voz de Alex sonó mucho más suave de lo habitual—Estoy aquí.

Claudia levantó la vista y durante unos instantes se quedó observándolo sin decir nada.

Había pasado todo el día aferrándose al trabajo, a las pistas y a la necesidad de seguir avanzando para no detenerse a pensar en lo que realmente significaba aquella caja.

Sin embargo, ahora que él estaba allí, resultaba mucho más difícil seguir fingiendo que nada de aquello la había afectado.

La amenaza seguía sobre la mesa. El mensaje seguía grabado en su cabeza.

Y, aun así, por primera vez desde que había cruzado la puerta de casa, la sensación de peligro dejó de ocuparlo todo.

Alex se acercó un poco más, sin invadir su espacio, dejándole la posibilidad de apartarse si lo deseaba.

Pero no lo hizo. La distancia entre ambos había desaparecido hacía tiempo, aunque ninguno hubiera querido reconocerlo en voz alta.

Estaba en cada conversación que se alargaba más de la cuenta, en cada mirada que permanecía un segundo más de lo necesario y en esa forma que tenían de buscarse constantemente incluso cuando hablaban del caso.

Aquella noche ya no parecía tener sentido seguir aplazando lo inevitable.

Cuando Alex llevó una mano hasta su rostro, Claudia cerró los ojos un instante y apoyó la frente contra la suya. Durante unos segundos permanecieron así, respirando el mismo aire, sintiendo el peso de todo lo que habían callado.

El beso llegó despacio, casi con cautela al principio.

Como una pregunta. Como una última oportunidad para detenerse.

Pero ninguno de los dos quería hacerlo. Claudia fue la primera en acercarse un poco más.

Alex respondió rodeándola por la cintura y atrayéndola hacia él.

El beso se hizo más profundo, más intenso, y toda la tensión acumulada durante semanas terminó rompiéndose de golpe.

Habían pasado demasiado tiempo fingiendo indiferencia.

Demasiado tiempo esquivando miradas. Demasiado tiempo convenciéndose de que aquello podía seguir bajo control.

Las manos de Alex recorrieron lentamente su espalda, acercándola aún más a él.

Claudia sintió cómo se aceleraba su pulso y apoyó una mano en su nuca, incapaz de mantener ninguna distancia entre los dos.

Cada vez que se separaban apenas unos centímetros, volvían a encontrarse de nuevo, como si les resultara imposible hacer otra cosa.

La investigación desapareció. La amenaza desapareció. Solo quedaba aquella sensación de alivio después de semanas conteniendo algo que llevaba demasiado tiempo creciendo entre ellos. Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban con dificultad.

—Ya era hora—murmuró.

Claudia soltó una pequeña risa nerviosa, incapaz de apartar la mirada.

—Pensaba que nunca ibas a atreverte.

La sonrisa de Alex se amplió.

—Llevo semanas intentando no hacerlo.

Y aquella confesión resultó más peligrosa que cualquier beso. Porque los dos sabían exactamente lo que significaba.

—Alex...

Claudia levantó la cabeza lo justo para mirarlo.

—Quédate esta noche.

Algo cambió en la expresión de Alex. La ironía habitual desapareció de sus ojos y Claudia tuvo la extraña sensación de que acababa de decir algo mucho más importante de lo que pretendía.

—Pensaba hacerlo, aunque no me lo pidieras.

Ella negó con la cabeza, sonriendo.

—Qué considerado.

—Lo sé. Es una de mis muchas virtudes.

—No recuerdo haberte preguntado.

—Porque te intimida hablar de ellas.

Claudia soltó una carcajada y le dio un golpe suave en el pecho.

—Idiota.

—Pero te gusto.

—No te pongas insoportable.

—Llegas unos meses tarde para eso.

La forma en que la miró después hizo que la sonrisa se le quedara atrapada en los labios. Había algo peligroso en aquella mirada. Algo que llevaba demasiado tiempo escondido detrás de conversaciones sobre asesinatos, informes y cafés a deshoras.

Alex se  acercó un poco más...

— ¿Sabes qué es lo peor?

—A ver.

—Que llevo semanas intentando comportarme como una persona razonable.

—Y te está costando muchísimo.

—Una barbaridad.

Claudia bajó la vista un instante, incapaz de ocultar la sonrisa.

—Pobrecito.

—No te imaginas cuánto.

Esta vez fue ella quien se inclinó para besarlo.

Alex respondió de inmediato, rodeándola con los brazos y atrayéndola contra él hasta borrar el último espacio que quedaba entre los dos.

El beso fue apasionado y más hambriento.

Ya frenar esa atracción entre los dos era imposible.

Cuando por fin consiguieron separarse unos centímetros, ambos sonrieron, todavía demasiado cerca.

—Esto tampoco está ayudando mucho a mi autocontrol.

—Es un problema terrible.

—Gravísimo.

—Quizá deberías denunciarlo.

—Creo que voy a investigarlo personalmente.

—Qué profesional.

—Siempre.

Claudia apenas tuvo tiempo de reírse antes de que Alex la levantara en brazos.

— ¡Alex!

— ¿Qué?

—Bájame.

—No.

—Puedo andar sola.

—Lo sé inspectora.

—Entonces...

—Pero así llegamos antes.

—Eres ridículo.

—Y aun así me has pedido que me quede.

La mirada que intercambiaron hizo desaparecer la broma.

Alex siguió avanzando por el pasillo sin apartar los ojos de ella.

Al llegar a la habitación la dejó en el suelo con una lentitud que contrastaba con la impaciencia que había en sus gestos.

Durante un instante permanecieron simplemente mirándose, demasiado cerca.

Después él le apartó un mechón de pelo de la cara.

—Ven aquí.

La puerta se cerró a sus espaldas con un golpe seco cuando Alex la empujó contra la madera, sin darle tiempo a dar un solo paso hacia la cama.

—Se supone que eras una persona razonable—murmuró Claudia contra sus labios, aunque fue ella la que le agarró la camiseta con fuerza para pegarlo más a su cuerpo.

—Te dije que me estaba costando muchísimo.

Alex no esperó. Le buscó la boca con un beso hambriento que le cortó el aliento a los dos, robándole cualquier otra réplica inteligente.

Sus manos bajaron firmes hasta su cintura, metiéndose por debajo de la ropa para sentir la piel caliente de su espalda, levantándole la prenda sin contemplaciones.

Claudia dejó escapar un gemido ahogado entre sus labios mientas se deshacía de la camiseta de él, dejándola caer al suelo sin importarles dónde pisaban.

—La inspectora tendría que arrestarte por esto—alcanzó a decir ella entre besos, hundiendo los dedos en su pelo para obligarlo a mirarla.

—Que lo intente.

Alex la levantó por los muslos para subirla a la cómoda que había junto a la entrada.

Claudia se arqueó hacia adelante cuando la boca de él bajó de golpe hacia su cuello, mordiéndole la piel en ese punto exacto entre la clavícula y la mandíbula que la hacía perder el control.

La respiración de ambos se volvió entrecortada, una mezcla de la necesidad contenida durante semanas y el ritmo frenético con el que las prendas iban desapareciendo en mitad de la penumbra.

Ya no había espacio para la ironía, ni para las respuestas evasivas.

Solo la fricción directa de sus cuerpos, el peso de las manos de Alex atrapando sus caderas y las ganas de Claudia rodeándole la cintura con las piernas, arrastrándole con ella hacia la cama cuando el espacio se le quedó pequeño.

Las conversaciones pendientes, las amenazas y todo lo que les esperaba al día siguiente quedaron al otro lado de la puerta.

Por unas horas, el resto del mundo tendría que arreglárselas sin ellos.