ICE QUEEN DE MADRID (Amores de proximidad forzada nº 1) CAPÍTULO 6. GRAN VÍA ARDE
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CAPÍTULO 6. GRAN VÍA ARDE

Gran Vía arde

A las cuatro y treinta y seis, la sala de crisis ya no parecía una sala de crisis, sino una pecera después de una tormenta.

Las pantallas seguían encendidas. El comunicado provisional había frenado la caída libre, pero no había apagado nada.

En internet, la calma no existía; solo había intervalos entre dos formas distintas de indignación.

Paula había conseguido que varias publicaciones relevantes recogieran la retirada preventiva de materiales sin traducirla como confesión.

El equipo de datos había trazado la conversación hasta convertirla en un mapa de incendios pequeños.

Altamar+ había aceptado, con la elegancia de quien se traga un cristal, iniciar el proceso de escucha.

Y Claudia Valcárcel seguía de pie.

Vega la observaba desde el extremo de la mesa mientras revisaba una lista de asesoras, nombres cruzados con documentos, correos antiguos y piezas de campaña.

Tenía el cuerpo vencido por el cansancio, pero la cabeza demasiado despierta.

Le dolía la espalda. Le ardían los ojos.

Se le había quedado en la boca el sabor metálico del café malo y de las frases no dichas.

Claudia no parecía cansada.

Eso era imposible, claro. Nadie podía llevar más de diez horas sosteniendo a un cliente en llamas sin que el cuerpo pasara factura.

Pero Claudia había perfeccionado una forma de agotamiento invisible: se le tensaba la mandíbula, reducía aún más los gestos, contestaba con menos palabras y volvía mortal cualquier pausa. No se desmoronaba. Se comprimía.

Vega empezó a pensar que aquella mujer no descansaba: se archivaba.

—Necesito aire —dijo, sin dirigirse a nadie en concreto.

Paula levantó una mano desde su silla sin apartar los ojos de la pantalla.

—Yo necesito una herencia, pero de momento seguimos.

Vega sonrió apenas.

—Bajo cinco minutos.

Claudia giró la cabeza.

—No bajes sola.

Vega alzó las cejas.

—¿Perdón?

—Hay prensa cerca del edificio. Y varias cuentas ya han publicado fotos de la entrada.

—No voy a fugarme con el algoritmo.

—Vega.

Ese tono. Bajo, firme, sin volumen. Una orden disfrazada de nombre propio.

Vega cerró el portátil con suavidad.

—¿Quieres acompañarme para proteger la estrategia o para vigilarme?

Claudia no contestó enseguida. Miró la pantalla principal, luego a Nerea, que hablaba por teléfono al fondo del pasillo con la expresión de quien negociaba entre minas. Después dejó el rotulador sobre la mesa.

—Ahora mismo ambas cosas son compatibles.

—Qué romántico.

La palabra salió antes de que Vega pudiera frenarla.

No fue grave. No debería haberlo sido. Pero algo cambió en la cara de Claudia. Nada visible para cualquiera. Para Vega, que llevaba toda la noche aprendiendo el idioma secreto de sus inmovilidades, fue suficiente. Un parpadeo. Un cierre mínimo. Una puerta interna que se aseguraba desde dentro.

—Cinco minutos —dijo Claudia.

Vega se puso el abrigo.

Bajaron en el ascensor sin hablar. El edificio parecía distinto de madrugada.

Sin el tránsito elegante de clientes, sin recepcionistas, sin mensajeros, sin tacones cruzando el vestíbulo, Valcárcel & Montalvo revelaba su esqueleto: cristal, piedra, seguridad, silencio.

Un lugar construido para que todo pareciera transparente salvo lo importante.

En la calle, Madrid las recibió con una lluvia fina y una luz sucia de farolas, taxis y marquesinas lejanas.

La noche tenía ese brillo de ciudad agotada que no acepta dormirse del todo.

Las Salesas olía a asfalto mojado, tabaco de alguien que ya se había marchado y flores húmedas de maceteros municipales.

Vega respiró como si acabara de salir de debajo del agua.

—Joder —murmuró—. Casi había olvidado que fuera existía oxígeno.

Claudia se colocó a su lado, no demasiado cerca, no demasiado lejos. Llevaba el abrigo negro cerrado y el pelo recogido. Bajo la lluvia, parecía aún más inaccesible. Una estatua carísima con conocimientos de gestión de crisis.

—No deberíamos alejarnos mucho.

—Claro. La noche podría cometer una irregularidad no documentada.

—La noche no me preocupa.

—Qué valiente.

Claudia la miró de perfil.

—Me preocupa que mañana haya una foto tuya fumando en la puerta de la agencia con un titular sobre la estratega radical de Altamar+.

—No fumo.

—El titular no necesitaría ese dato.

Vega apretó los labios. Tenía razón. Eso era lo irritante: Claudia casi siempre tenía razón en la parte que no importaba del todo, y usaba esa exactitud para esconder la parte que sí importaba.

Caminaron hacia Gran Vía. No había sido una decisión explícita.

La ciudad pareció arrastrarlas. Cruzaron calles casi vacías, pasaron junto a escaparates apagados y portales donde la luz automática se encendía al menor movimiento, como si Madrid también estuviera monitorizando riesgos.

Vega metió las manos en los bolsillos del abrigo.

—El comunicado ha funcionado mejor de lo que esperabas.

—Ha funcionado menos de lo necesario.

—Eso no es una respuesta.

—Es la respuesta verdadera.

Vega soltó una risa pequeña.

—Eres capaz de convertir una buena noticia en una auditoría.

—Las buenas noticias sin auditoría duran poco.

—Y ahí está, señoras y señores: Claudia Valcárcel, inventora de la alegría con cláusula de revisión.

Claudia no sonrió, pero algo en la línea de su boca se ablandó.

—No me atribuyas inventos ridículos.

—Entonces deja de patentarlos.

Llegaron a Gran Vía con la lluvia más visible bajo los neones.

La avenida seguía despierta: autobuses nocturnos, taxis, grupos pequeños saliendo de bares, una pareja discutiendo bajo un paraguas, repartidores atravesando pasos de cebra como si hubieran firmado un pacto con la muerte.

Las pantallas publicitarias seguían vendiendo perfumes, musicales, estrenos, cuerpos imposibles y futuros con descuento. Todo brillaba. Todo prometía algo.

Vega miró hacia arriba.

—Es obsceno.

—¿El qué?

—La ciudad. Mira eso. Luces, anuncios, carteles enormes diciéndote qué sentir. Compra esto, mira esto, desea esto, sé esto. Y luego una serie como Todas las Luces se cree muy distinta porque pone dos mujeres besándose con plano bonito y música triste.

Claudia siguió su mirada hacia una marquesina donde otra campaña, ajena a la crisis, mostraba una actriz con los ojos húmedos y una frase sobre atreverse a vivir.

—La industria cultural siempre ha vendido emoción.

—No es vender emoción lo que me molesta. Es alquilar verdad ajena para parecer valiente.

Claudia guardó silencio.

Vega la miró. Tenía el perfil recortado contra las luces de Gran Vía: pómulo, mandíbula, boca seria. Había algo injusto en que una mujer tan controlada pudiera resultar más peligrosa quieta que otras gritando.

—Hoy has hecho algo decente —dijo Vega.

—No lo digas como si te sorprendiera.

—Me sorprende que lo hayas hecho tan pronto.

Claudia giró la cabeza.

—¿Tan pronto?

—Pensé que tardarías más en dejar de proteger al cliente de la verdad.

La lluvia le había dejado pequeñas gotas en el pelo. Claudia se fijó en una, justo sobre la sien, y Vega vio el movimiento de sus ojos antes de que ella pudiera disimularlo. Un detalle mínimo. Suficiente para que el aire se estrechara.

—No protejo a los clientes de la verdad —dijo Claudia—. Protejo los márgenes en los que la verdad todavía puede servir para algo.

—Eso suena precioso.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo he archivado como tal.

Vega se detuvo bajo el voladizo de un teatro cerrado.

Claudia dio dos pasos más antes de advertirlo y volvió sobre sí misma.

La lluvia caía entre ambas y la avenida, fina, persistente, casi cinematográfica.

Vega odió pensar esa palabra. Cinematográfica.

Hasta sus pensamientos parecían contaminados por campañas.

—Tú archivas todo —dijo.

—Trabajo con información sensible.

—No hablo del trabajo.

Claudia se quedó quieta.

Vega notó el riesgo de lo que acababa de abrir. Estaba cansada. Demasiado cansada para ser estratégica. Demasiado despierta para fingir que aquella conversación seguía tratándose de Altamar+.

—Archivas las frases antes de sentirlas —continuó—. Archivas el miedo como prudencia, el deseo como conflicto de intereses, la culpa como protocolo. Si pudieras, le pondrías número de expediente a cada cosa que no puedes controlar.

La mirada de Claudia se enfrió.

—No sabes tanto de mí.

—No. Pero sé leer salas.

—Yo no soy una sala.

—No. Eres peor. Una sala al menos no finge que la puerta no existe.

Claudia dio un paso hacia ella. No fue amenazante.

Fue una aproximación contenida, exacta, como todo en ella.

Vega sintió el cuerpo responder antes que la cabeza: la espalda más recta, la respiración más corta, una corriente baja en el vientre que no tenía permiso para estar allí y por eso estaba con más fuerza.

—Vas demasiado rápido —dijo Claudia.

—Llevamos horas arreglando un incendio causado por gente que fue demasiado lenta para escuchar.

—No confundas lucidez con derecho a entrar donde no te han invitado.

—No me invites entonces.

El silencio cayó sobre la frase con un peso absurdo.

La avenida seguía moviéndose a pocos metros, indiferente, pero bajo aquel voladizo el mundo pareció cerrarse alrededor de las dos.

Vega sintió la lluvia en los tobillos, el frío en los dedos, la tela del abrigo húmeda en los hombros.

Y a Claudia delante, demasiado cerca, con esa tensión en la boca que ya no parecía solo enfado.

Claudia habló más bajo.

—No sabes lo que estás pidiendo.

Vega casi se rio, pero no había humor suficiente.

—No he pedido nada.

—Sí.

La palabra fue tan suave que dolió.

Vega tragó saliva.

Claudia la miraba como si estuviera intentando calcular una salida y encontrara, por primera vez en toda la noche, que ninguna era limpia.

—Tienes razón —dijo Claudia—. Archivaría todo si pudiera.

Vega no esperaba aquella rendición mínima. Se le desarmó una réplica en la lengua.

—¿Por qué?

Claudia apartó la vista hacia Gran Vía. En la pantalla gigante de enfrente, una modelo giró la cabeza en bucle, sonrió sin cansarse nunca y volvió a empezar.

—Porque lo que no se ordena acaba ordenándote a ti.

La frase llegó sin dramatismo. Por eso fue peor.

Vega sintió un impulso extraño, feroz, de tocarla.

No para consolarla. No solo. Para comprobar si debajo de aquella precisión había pulso, calor, desorden.

Para saber si Claudia Valcárcel era de verdad tan inmune como parecía o si toda su vida era una sala de cristal a punto de romperse por el lado más bello.

—Eso es una excusa muy cara —dijo Vega, pero la voz le salió menos firme.

Claudia volvió a mirarla.

—Puede ser.

—Y triste.

—También.

La honestidad cayó entre ambas como una cerilla.