ICE QUEEN DE MADRID (Amores de proximidad forzada nº 1) CAPÍTULO 3. LA MUJER QUE NO SONREÍA
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CAPÍTULO 3. LA MUJER QUE NO SONREÍA

Vega descubrió dos cosas antes de que el café llegara a la mesa: la primera, que Valcárcel la segunda, que esa leyenda llevaba traje gris pizarra y probablemente revisaba los signos de puntuación de sus amenazas.

El café estaba a cinco minutos de la agencia, en una esquina de Las Salesas donde las mesas pequeñas obligaban a elegir entre apoyar el portátil o conservar la dignidad de los codos.

Paula había insistido en sacarla de la oficina «para que el aterrizaje no fuera traumático».

Vega sospechó que aquello era lenguaje corporativo para decir: vamos a contarte dónde has metido el pie antes de que pises algo con dientes.

Paula dejó su taza sobre la mesa y miró hacia la puerta, como si Claudia pudiera aparecer invocada por su nombre.

—Antes de nada —dijo—, no te tomes lo de Claudia como algo personal.

Vega se quitó la bufanda.

—¿Qué parte? ¿La mirada de auditoría fiscal o la capacidad de reñirte sin subir una ceja?

Una consultora del equipo soltó una risa rápida. El diseñador que se había sentado junto a la ventana la miró con respeto nuevo, la clase de respeto que se concede a quien acaba de hacer una broma sobre un animal carnívoro estando todavía dentro de su territorio.

Paula sonrió, pero con prudencia.

—Eso es casi cariño, viniendo de ella.

—Me tranquiliza muchísimo. Siempre he querido ser acogida con temperatura de quirófano.

—Claudia no acoge. Claudia evalúa.

Vega removió el café. Era demasiado amargo. Por supuesto. Cerca de aquella agencia, incluso la cafeína parecía haber firmado un código ético.

—¿Y sobrevive alguien a la evaluación?

—Sí. Si eres útil, precisa y no le haces perder tiempo.

—Qué bonito. Parece el lema de una secta con buen diseño gráfico.

El diseñador bajó la voz.

—No bromees mucho con eso delante de Nerea. Una vez dijo que, si montaran una secta, por lo menos tendrían calendario editorial.

Paula le lanzó una mirada.

—No ayudes.

Vega apoyó los antebrazos en la mesa. Desde la ventana se veía pasar a gente con abrigos caros, bolsas pequeñas, paraguas negros.

Las Salesas tenía esa elegancia que no gritaba dinero porque sabía que el dinero ya hacía bastante ruido por su cuenta.

A Vega le gustaba y le irritaba a la vez. Como Claudia. Mal asunto.

—Entonces —dijo—, Claudia Valcárcel: manual de uso.

Paula suspiró.

—Eficaz. Temida. Imposible.

—Vaya. Tres palabras y ninguna incluye «simpática».

—No le interesa ser simpática.

—Eso ya lo he notado. Lo lleva muy trabajado.

—Tampoco es cruel —añadió Paula—. Eso conviene saberlo.

Puede parecerlo, pero no lo es. Si te equivocas, te corta.

Si el cliente intenta comerte, se pone delante.

Si alguien del equipo se queda hasta las tres de la mañana, ella lleva desde las ocho sin decirlo.

Si algo sale mal, firma con su nombre antes de dejar que te señalen.

Vega dejó de remover el café.

—Eso no encaja con el mito de la reina de hielo.

—Por eso el mito funciona. Porque la parte buena no la enseña.

La consultora asintió.

—Claudia no hace gestos. Hace estructuras.

—Eso ha sonado a frase de culto —dijo Vega—. Me preocupa que tengáis cánticos.

Paula se rio por fin.

—Tenemos hojas de cálculo. Es peor.

Vega también sonrió, pero su atención se había quedado en otra parte.

Claudia no hace gestos. Hace estructuras.

La frase era demasiado exacta. Explicaba algo que Vega había visto en la reunión: Claudia no había defendido sus palabras por afinidad, ni por impulso, ni por simpatía.

Había movido el tablero lo justo para que la verdad cupiera sin romperlo todo antes de tiempo.

Eso era inteligencia. También era control. Y Vega no confiaba del todo en la gente que controlaba tan bien el daño. Había visto demasiadas veces cómo el control se convertía en una forma educada de no reparar nada.

—¿Y Nerea? —preguntó.

—Nerea es quien consigue que Claudia no convierta cada reunión en una operación militar con catering —dijo Paula—. Si Claudia es bisturí, Nerea es anestesia.

—¿Y tú?

—Yo soy quien guarda los archivos que nadie quiere buscar.

Vega alzó la taza.

—Eso sí que es poder.

Paula la miró con una seriedad repentina.

—En este proyecto, sí.

El comentario se quedó flotando entre ellas. La broma perdió brillo y debajo apareció algo más áspero: Todas las Luces, Altamar+, asesoras invisibles, testimonios convertidos en atmósfera. La razón real por la que Vega estaba allí.

Paula dejó unas monedas junto a la taza.

—Vamos. Te enseño la sala de documentación antes de que Claudia decida que respirar fuera de la agencia era una pérdida de productividad.

—¿Ella siempre sabe dónde está todo el mundo?

—No.

Paula se levantó.

—Solo lo parece.

La sala de documentación no era exactamente una sala.

Era un cuarto largo, sin ventanas, con estanterías blancas, una mesa central, dos pantallas grandes y un sistema de archivo digital que Vega entendió enseguida que había sido diseñado por alguien con problemas de confianza perfectamente justificados.

Todo estaba etiquetado. Todo tenía permisos. Todo dejaba rastro.

Paula le creó acceso temporal, le explicó la estructura del servidor y le abrió la carpeta de Altamar+. Vega se sentó frente a la pantalla, todavía con el abrigo puesto. La calefacción de la agencia tenía la delicadeza de una negociación de presupuestos: existía, pero no se comprometía demasiado.

—Aquí tienes lo enviado por Rodrigo —dijo Paula—. Presentaciones, calendario, piezas aprobadas, algunas versiones descartadas y la carpeta de escucha comunitaria. Lo que falta, falta porque Altamar+ aún no lo ha entregado.

—O porque espera que nadie lo pida con suficiente mala leche.

—Para eso estás tú, según parece.

Vega le dedicó una sonrisa.

—Me halaga que mi marca personal esté tan clara.

Paula se marchó dejándola con dos pantallas, una botella de agua y una advertencia.

—Si encuentras algo feo, no lo mandes por correo todavía. Claudia odia enterarse tarde.

—¿Y si lo feo es Claudia?

Paula se detuvo en la puerta.

—Entonces avísame primero. Quiero verlo venir.

Vega se quedó sola.

Durante la primera hora, el material fue exactamente lo que esperaba: demasiado bonito, demasiado pulido, demasiado seguro de su propia sensibilidad.

Clips de actrices hablando de deseo sin culpa.

Fotos nocturnas de Madrid con neones suaves.

Frases sobre identidad, memoria, libertad, luces que se encienden cuando una deja de esconderse.

Nada era ofensivo por sí mismo. Ese era el truco.

Lo verdaderamente sucio rara vez aparecía manchado. Solía venir maquetado.

Abrió la carpeta de descartes.

Allí empezó el ruido.

Primero encontró un documento titulado «Voces reales / inspiración».

Había fragmentos anónimos de entrevistas internas: «Yo no quería una historia perfecta, quería una que no me hiciera sentir prestada».

«Salí del armario en un bar de Lavapiés porque en mi casa no cabía entera».

«La noche de Madrid me salvó cuando el día todavía me daba miedo». Vega leyó cada línea despacio.

Luego abrió las piezas finales de campaña.

La noche también puede ser casa.

Una historia donde por fin cabes entera.

Madrid enciende lo que el día escondía.

Vega sintió una presión incómoda detrás de los ojos.

No era plagio literal. No era lo bastante obvio para que un abogado torpe lo llamara robo y durmiera tranquilo.

Era peor: una digestión estética de vivencias ajenas.

La experiencia convertida en lema. El dolor limpiado, perfumado, vendido como promesa de estreno.

Siguió buscando.

En otra carpeta aparecían hojas de cálculo con nombres parcialmente ocultos, honorarios, fechas de reunión.

Algunas asesoras figuraban como «participantes no acreditables».

Otras tenían observaciones: perfil sensible, evitar exposición, posible conflicto, útil para tono Lavapiés, buena frase sobre deseo tardío.

Vega se quedó mirando aquella última celda.

Útil para tono Lavapiés.

Sintió ganas de levantarse, salir al pasillo y preguntar, en voz bastante alta, en qué momento alguien había decidido que una mujer podía ser reducida a tono de barrio.

No lo hizo. Respiró. La rabia, si se dejaba cruda, ocupaba demasiado espacio en la página.

Y Claudia, maldita fuera su precisión, tenía razón en algo: aquello había que documentarlo.

Vega abrió un archivo nuevo y empezó a ordenar hallazgos.

Fragmento original. Pieza derivada. Riesgo ético. Riesgo reputacional. Acción recomendada.

Retirar. Revisar. Contactar. Acreditar. Compensar. Escuchar antes de hablar de escucha.

Cada verbo pesaba.

A media tarde, Paula volvió con otra taza de café y una chocolatina.

—Te traigo azúcar. Tienes cara de haber visto el PowerPoint del infierno.

Vega no apartó los ojos de la pantalla.

—El infierno tendría mejor trazabilidad.

Paula dejó la chocolatina junto al teclado.

—¿Tan malo?

Vega giró la pantalla un poco para que pudiera ver las columnas. Paula leyó en silencio. Su expresión cambió muy despacio, del cansancio profesional a la incomodidad real.

—Joder —murmuró.

—Sí.

—Esto no estaba en la presentación de Rodrigo.

—Qué sorpresa. Un ejecutivo no ha abierto la reunión con «buenos días, hemos convertido testimonios de lesbianas en copy emocional sin permiso claro». Me pregunto por qué.

Paula apoyó una mano en el respaldo de la silla.

—¿Se lo vas a llevar a Claudia?

Vega miró el documento. Veintisiete coincidencias blandas.

Nueve casos de posible reutilización simbólica.

Cinco personas sin acreditación clara. Dos pagos ridículos en comparación con el uso posterior del material.

Y una frase en una nota interna que todavía le quemaba: «no mencionar reparación, abre marco de culpa».

—Sí —dijo—. Cuando lo tenga limpio.

Paula arqueó una ceja.

—Pensé que te gustaba lanzarlo todo con gasolina.

Vega sonrió sin alegría.