ICE QUEEN DE MADRID (Amores de proximidad forzada nº 1) CAPÍTULO 2. DAÑOS CONTROLADOS #2
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CAPÍTULO 2. DAÑOS CONTROLADOS #2

—Y las consecuencias no pueden ser siempre la excusa de quien tiene poder para no moverse.

Claudia dio un paso apenas más cerca. No invadió. Midió. Vega lo notó en el cuerpo antes que en la cabeza, y eso la molestó más de lo razonable.

—No sabes nada de cómo uso el poder.

—Sé cómo suena cuando alguien está acostumbrada a que la sala espere su permiso para respirar.

—Eso no es poder. Es disciplina.

—Qué nombre tan bonito para el miedo cuando lleva traje.

Los ojos de Claudia cambiaron. No mucho. Lo justo para que Vega entendiera que había tocado algo real. Durante un segundo, sintió la tentación de retirar la frase. No por cobardía. Por precisión. Había querido desafiarla, no herirla.

Pero Claudia no le dio la oportunidad.

—Ten cuidado con convertir cada reserva en cobardía. Es una forma cómoda de no tener que leer matices.

Vega apretó los dedos sobre la carpeta.

—Y tú ten cuidado con convertir cada matiz en un sótano donde esconder lo importante.

El pasillo seguía vacío. Desde la zona abierta de la agencia llegaba un murmullo de teclados, llamadas contenidas, tazas sobre mesas. La vida profesional haciendo como que no escuchaba, esa gran especialidad de las oficinas caras.

Claudia inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Siempre respondes así a quien puede echarte de un proyecto?

—Solo cuando sospecho que no lo hará.

—Eso es mucha confianza.

—No. Es lectura de sala.

Por primera vez, Claudia casi sonrió. Casi. Fue un movimiento mínimo, abortado antes de existir. Vega lo vio y, con una estupidez privada que no pensaba reconocer ni bajo tortura, quiso verlo otra vez.

—Te equivocas en algo —dijo Claudia.

—Solo en algo. Voy mejor de lo habitual.

—No te mantengo en el proyecto porque me caigas bien.

—Sería rarísimo. Nos conocemos desde hace cuarenta minutos y ya me has reñido con puntuación invisible.

—Te mantengo porque tienes razón en lo suficiente para ser peligrosa.

Vega sintió la frase como una mano apoyada en la nuca. No era halago. No del todo. Pero tenía una temperatura que ninguna de las dos había autorizado.

—¿Y eso te molesta?

—Me obliga a vigilarte.

—Qué romántico.

—Qué inexacto.

—Qué rápido has contestado.

Otra vez el ascensor abrió sus puertas. Esta vez apareció dentro una mujer del equipo con un vaso de café en la mano. Al verlas, se quedó inmóvil una fracción de segundo. Demasiado poco para ser indiscreta, demasiado para ser invisible.

—Perdón —dijo—. ¿Bajáis?

—No —respondió Claudia.

—Sí —respondió Vega al mismo tiempo.

La mujer miró a una, luego a la otra, y decidió que la supervivencia consistía en salir del ascensor.

—Entonces... subo luego.

Se marchó por el pasillo con una velocidad digna de una emergencia pequeña.

Vega miró a Claudia.

—Tu equipo te tiene un cariño precioso. De esos que activan el sistema nervioso.

—Mi equipo sabe trabajar.

—Eso no refuta lo que he dicho.

Claudia dejó escapar aire por la nariz. No era una risa, pero estaba más cerca de una risa que de una orden. Vega decidió no señalarlo. Tenía instinto de conservación, aunque a veces pareciera de alquiler.

—Necesito que revises los materiales descartados esta tarde —dijo Claudia—. Quiero una lista de riesgos concretos, no un manifiesto. Qué se usó, de dónde pudo salir, quién puede reclamar, qué gesto de reparación tendría sentido y qué gesto sería cosmético.

—Eso último te preocupa.

—Me preocupa todo lo que, mal planteado, puede empeorar el daño.

—No pareces alguien a quien le preocupe empeorar daños. Pareces alguien a quien le preocupa que se noten.

La temperatura bajó.

Claudia sostuvo su mirada. Vega comprendió, demasiado tarde, que había vuelto a empujar donde quizá no debía.

Pero Claudia no se retiró. Esa era la parte desconcertante.

Otra persona habría cortado la conversación.

Claudia se quedaba. Fría, sí. Cerrada, sí.

Pero presente. Como si aceptar el golpe fuera también una manera de controlar el terreno.

—Te equivocas más cuando intentas acertar demasiado deprisa —dijo Claudia.

Vega tragó una respuesta fácil. Tenía varias. Todas buenas. Todas peores que el silencio.

—Puede —admitió.

Claudia pareció registrar la concesión con una atención casi clínica.

—Y tú te equivocas —añadió Vega— cuando crees que hablar bajo hace menos ruido.

La pausa fue distinta. No agresiva. Densa.

Claudia miró hacia la zona común de la agencia. Varias cabezas bajaron con una coordinación sospechosa. El equipo, por supuesto, no estaba escuchando. El equipo estaba desarrollando una relación íntima con sus pantallas.

—Hay una sala de documentación al fondo —dijo Claudia—. Paula te dará acceso al archivo digital. Si encuentras algo serio, me lo traes antes de enviarlo a nadie.

—¿Porque lideras el proyecto?

—Porque respondo por él.

—No es lo mismo.

—No. Pero hoy coincide.

Vega asintió despacio.

—De acuerdo.

Claudia pareció a punto de marcharse. Luego se detuvo.

—Y una cosa más.

—Me encantan las cosas más. Suelen venir con amenaza incorporada.

—No confundas mi contención con indiferencia.

Vega no esperaba aquello. La frase entró limpia, sin adornos, y dejó menos espacio para la ironía del que le habría gustado.

—No lo haré —dijo.

—Bien.

Claudia se alejó por el pasillo con la misma precisión con la que había dirigido la reunión: sin prisa, sin duda, sin permitir que nada en su cuerpo delatara el menor desorden.

Vega se quedó junto al ascensor cerrado, con la carpeta contra el pecho y la desagradable certeza de que aquella mujer no era solo una jefa fría con alergia al caos. Era mucho más complicada. Peor aún: era interesante.

Desde la sala de cristal, Nerea observaba a través de la pared transparente con una expresión que mezclaba cálculo, advertencia y una pizca de diversión profesionalmente inaceptable.

Claudia entró de nuevo en la sala.

—Vega se queda —dijo, antes de que Nerea preguntara.

—No iba a preguntar.

—Sí ibas.

Nerea apoyó la cadera en la mesa.

—Iba a decir que acaba de llamarte miedosa en un pasillo con cristal.

—Ha dicho que mi disciplina se parece al miedo.

—Ah, perdón. Finísimo. Casi un ramo de flores.

Claudia recogió sus documentos.

—Tiene lectura.

—Tiene dinamita.

—A veces es lo mismo.

Nerea la estudió con demasiada atención.

—Claudia.

—No.

—Solo he dicho tu nombre.

—Lo has dicho con Recursos Humanos al fondo.

Nerea sonrió.

—Solo voy a recordarte que Vega entra en un proyecto con jerarquía directa, cliente nervioso y una crisis con componente comunitario. No necesitamos otra variable inestable.

Claudia cerró la carpeta.

—Precisamente por eso necesito verla de cerca.

Nerea no contestó de inmediato. El silencio, entre ellas, tenía años de práctica.

—Claro —dijo al fin—. Cerca. Por estrategia.

Claudia la miró.

—Por estrategia.

Al fondo del pasillo, Vega hablaba ya con Paula, señalando algo en la pantalla de un portátil. Gesticulaba poco, pero todo en ella parecía moverse: la atención, la voz, la energía, la manera de inclinarse hacia los problemas como si no temiera que pudieran devolverle el golpe.

Claudia apartó la mirada antes de que mirar se convirtiera en otra cosa.

—Prepara la sala de crisis para esta tarde —ordenó—. Y pide a Teresa que revise las cláusulas de confidencialidad.

—¿Las del cliente?

Claudia tardó medio segundo en responder.

—Todas.