CAPÍTULO 1. LA SALA DE CRISTAL #2
Vega Serrano pensó que Valcárcel & Montalvo parecía diseñada por alguien que había tenido una mala experiencia con la calidez humana y había decidido vengarse con cristal templado.
Todo brillaba. Todo era caro, limpio, exacto.
Las plantas parecían escogidas por su capacidad de no expresar opiniones.
La mesa era tan larga que invitaba a la diplomacia o al crimen lento.
Y en la cabecera estaba Claudia Valcárcel, mucho más serena de lo que convenía a alguien con una crisis cultural ardiendo en la pantalla.
Vega la reconoció al instante. No porque la hubiera visto muchas veces, sino porque había mujeres que no entraban en una habitación: la definían por oposición.
Claudia tenía el pelo oscuro cortado con precisión, un traje gris pizarra y una quietud peligrosa.
No parecía fría exactamente. Parecía haber despedido al departamento encargado de parecer.
—Vega Serrano —dijo Nerea, levantándose apenas—. Gracias por venir tan rápido.
—Gracias por avisar tan tarde. Me ayuda a mantener baja la esperanza en la planificación humana.
Alguien del equipo sonrió. Poco. Lo justo para no quedar registrado.
Claudia no sonrió.
—Siéntate, por favor.
La voz era baja. No amable, no hostil. Una voz que no necesitaba elegir todavía.
Vega dejó el abrigo en el respaldo de una silla y ocupó el lugar libre sin abrir la carpeta. En la pantalla seguía congelado el cartel de Todas las Luces. Lo miró durante dos segundos.
—Ese cartel ya es parte del problema.
Rodrigo giró hacia ella con una cortesía automática.
—Acabas de llegar.
—Y el cartel lleva semanas circulando. Estamos en igualdad de condiciones: ambos hemos perdido tiempo.
El silencio que siguió tuvo una textura deliciosa.
Vega lo sintió pasar por encima de la mesa, chocar contra las paredes de cristal y volver con más fuerza.
No le gustaba provocar por deporte. Bueno, no siempre.
Pero había salas donde, si una entraba pidiendo permiso, salía convertida en decoración.
Claudia entrelazó las manos.
—Desarróllalo.
Vega señaló la pantalla.
—Dos mujeres deseándose bajo luces de Madrid, estética íntima, noche segura, promesa de representación emocional. Todo correcto en apariencia. El problema es que la conversación no va de si la serie muestra deseo sáfico. Va de quién ha pagado el coste de que ese deseo parezca auténtico.
Rodrigo se acomodó en la silla.
—La serie cuenta con asesoría.
—La campaña cuenta con extracción.
—Eso es una acusación grave.
—No. Es un diagnóstico preliminar. La acusación grave la están haciendo fuera, con capturas, nombres y bastante menos paciencia que yo.
Claudia no apartaba los ojos de ella. Vega lo notó como se nota una lámpara demasiado cerca: no quemaba, pero obligaba a medir cada movimiento.
—Según Altamar+ —dijo Claudia—, se trata de una crisis de percepción pública.
Vega abrió por fin la carpeta y sacó tres hojas impresas. Las dejó sobre la mesa, orientadas hacia Claudia, no hacia Rodrigo.
—Según Altamar+, claro. Las empresas siempre prefieren tener problemas de percepción. Son más baratos que los problemas de verdad.
Nerea miró las hojas.
—¿Qué es esto?
—Comparativa entre testimonios publicados durante la fase de escucha comunitaria y frases adaptadas en piezas promocionales.
No es plagio literal. Es peor para comunicación: es reconocimiento emocional sin consentimiento claro.
La gente no se enfada porque una marca mienta.
Eso ya lo da por hecho. Se enfada cuando reconoce su propia herida convertida en copy.
Rodrigo endureció la sonrisa.
—Con todo respeto, Vega, necesitamos soluciones, no una lectura activista del asunto.
Vega le sostuvo la mirada.
—Con todo respeto, Rodrigo, si llamas activista a cualquier lectura que no os deje dormir, vais a necesitar más café que estrategia.
Esta vez nadie sonrió. Mejor. La frase había aterrizado donde tenía que aterrizar.
Claudia bajó los ojos a las hojas. No las tocó todavía.
—En esta agencia —dijo—, las intuiciones deben convertirse en estrategia documentable.
Vega sintió el filo. No era una desautorización completa. Tampoco era respaldo. Era una frontera.
—Perfecto —respondió—. Entonces documentemos que vuestra primera hipótesis es insuficiente.
Rodrigo soltó aire por la nariz.
—¿Nuestra hipótesis?
—Que esto se arregla reconduciendo el relato.
No se arregla así. Si la serie usó trabajo invisible, hay que acreditarlo.
Si la campaña reutilizó testimonios, hay que retirarla o reformularla.
Si las asesoras no reconocen el resultado, hay que escucharlas antes de escribir «escuchamos» en un comunicado.
Y si Altamar+ quiere una mesa redonda, que no la llame diálogo si ya ha decidido las conclusiones.
La sala permaneció quieta.
Vega, por primera vez, miró directamente a Claudia sin usar a Rodrigo como pantalla intermedia.
—No tenéis una crisis de comunicación. Tenéis una crisis de explotación simbólica.
Claudia no reaccionó de inmediato. Ese era su talento, supuso Vega: convertir la pausa en una herramienta de presión. La directora de la agencia miró el cartel, luego las hojas, luego a Rodrigo. Cuando volvió a mirar a Vega, algo había cambiado muy poco. Lo suficiente.
—Rodrigo —dijo Claudia—, vamos a necesitar el material completo hoy.
—Ya hemos dicho que...
—Completo. No seleccionado. No preparado. No ordenado para tranquilizarnos.
Rodrigo apretó los labios.
—Hay información sensible.
—Las crisis suelen tener esa mala costumbre.
Nerea tomó nota.
Vega se recostó en la silla, pero no se permitió relajarse. Claudia Valcárcel acababa de darle espacio sin concederle victoria. Era una maniobra elegante. Irritante. Atractiva de una forma que Vega archivó de inmediato bajo la categoría de no seas idiota, gracias.
—Vega se incorporará al diagnóstico —dijo Claudia—. Revisará materiales, detectará puntos de daño comunitario y propondrá escenarios de reparación. Todo lo que se presente al cliente pasará por fases, costes y riesgos.
—¿Y si la reparación no es compatible con el calendario de estreno? —preguntó Rodrigo.
Claudia apoyó la mano sobre las hojas que Vega había dejado en la mesa.
—Entonces quizá el calendario sea parte de la crisis.
La frase no sonó heroica. Sonó contractual. Precisamente por eso funcionó.
Vega observó la mano de Claudia sobre sus papeles: dedos largos, uñas cortas, un anillo de plata discreto.
Una mujer que tocaba los documentos como si fueran pruebas y no papel.
Una mujer capaz de respaldar una verdad con la misma expresión con la que habría despedido a alguien por usar Comic Sans en una propuesta institucional.
Peligrosa, pensó Vega.
Claudia levantó la vista.
Y, por cómo la miró, Vega supo que ella había pensado exactamente lo mismo.