CAPÍTULO 40
La lluvia nos recibió como una bendición y una maldición.
Nos lavaba la sangre, el polvo, el olor a pólvora y a muerte, pero también nos calaba hasta los huesos, convirtiendo cada movimiento en un esfuerzo titánico.
Salimos de la rampa del hospital, cojeando, arrastrándonos, apoyándonos los unos en los otros como un escuadrón de mutilados que huye de un campo de batalla.
Darío iba delante, la pistola vacía en la mano, escrutando el parking de ambulancias con la paranoia de quien sabe que la muerte tiene muchas caras y todas llevan botas tácticas.
Elena sostenía a Juan por un lado, su cuerpo delgado temblando bajo la chaqueta empapada.
Yo lo sostenía por el otro, sintiendo cómo su peso muerto tiraba de mi hombro, cómo su respiración se había convertido en un silbido húmedo, superficial, el sonido de un pulmón que lucha por no colapsar.
—No podemos quedarnos aquí —mascullé, mirando hacia la carretera principal. Los coches de la UCO pasaban a toda velocidad, las sirenas aullando hacia el hospital, hacia el humo negro que empezaba a elevarse desde el sótano—. Si nos ven, si nos identifican, entonces estamos muertos.
—Marc —dijo Darío, escupiendo sangre y agua de lluvia—. Marc tiene una casa. En el norte. Cerca de Portinatx. Nadie va allí. Nadie sabe que existe.
—¿Cómo coño vamos a llegar hasta Portinatx? —espetó Elena, la voz cargada de una desesperación que no intentaba ocultar—. Juan no puede caminar. Yo apenas puedo mantenerme en pie. Tú estás sangrando otra vez.
Darío se miró el costado. La herida que le había cosido en Formentera, la que había vuelto a abrirse en la morgue, había vuelto a sangrar. La chaqueta estaba empapada en un rojo oscuro que se extendía como una flor de sangre seca.
—Puedo caminar —replicó, la voz firme, a pesar del temblor que le sacudía las manos—. Puedo caminar hasta el infierno si hace falta.
Buscamos refugio bajo un contenedor de obra, en un callejón lateral, lejos de las luces de las ambulancias, lejos de las cámaras de seguridad. El olor a basura podrida y a orina seca se mezclaba con el de la lluvia, creando una atmósfera densa, asfixiante, que se pegaba al paladar.
Saqué el móvil. La pantalla estaba agrietada, pero funcionaba. Marcé el número de Marc. Sonó tres veces antes de que contestara.
—¿Sí? —dijo una voz ronca, cargada de tabaco y de años de noches sin dormir.
—Soy yo —dije, la voz baja, plana—. La forense. Necesitamos tu casa. La del norte. La que nadie conoce.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, un suspiro.
—¿Qué ha pasado, doctora? —preguntó Marc, la voz cargada de una urgencia que no intentaba ocultar.
—La morgue ha volado —respondí, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. Juan está herido. Darío está herido. Y los rusos que quedan nos están cazando. Necesitamos escondernos hasta que llegue el equipo de Moscú.
Otro silencio. Más largo esta vez.
—Venid —murmuró finalmente—. Pero rápido. Si los rusos os siguen, si os ven conmigo, entonces estamos todos jodidos.
—¿Cómo llegamos hasta allí? —pregunté, mirando a Darío.
—Tengo un coche en el parking del hospital —respondió Marc—.
Aparcado en la zona de personal. Matrícula 4523 BLM.
Las llaves están bajo el taparruedas delantero izquierdo.
Conducid hasta el norte. Tomad el desvío de Sant Vicent.
La casa está al final del camino, después de la curva cerrada.
No tiene letrero. No tiene luces. Solo una puerta roja.
Colgué. Guardé el móvil en el bolsillo. Miré a Darío.
—¿Puedes conducir? —pregunté.
Darío asintió, un gesto mínimo, pero suficiente.
—Puedo conducir —murmuró, la voz un hilo ronco—. Pero necesito que alguien me cubra. Si los rusos nos siguen, si nos tienden una emboscada, entonces necesito que alguien dispare.
—Yo conduzco —replicó Elena, la voz firme, cargada de una determinación que me heló la sangre—. Tú cubre. Sofía, tú quédate con Juan. Mantenedlo consciente. Mantenedlo respirando.
Asentí, ajustando mi agarre en Juan. Su piel estaba fría, sudorosa, los labios cianóticos. La fiebre había vuelto, una llama oscura que le consumía las fuerzas, que le nublaba la mirada, que le arrancaba gemidos involuntarios cada vez que se movía.
—Vamos —ordené, ayudando a Juan a incorporarse.
Salimos del callejón, pegándonos a las sombras, evitando las luces de las farolas, evitando las cámaras de seguridad. El parking del hospital estaba lleno de coches de la UCO, de ambulancias, de vehículos de emergencias. Las sirenas aullaban, las luces rotativas giraban, el caos era absoluto.
Encontramos el coche de Marc. Un todoterreno viejo, gris, sin marcas distintivas.
Darío levantó el taparruedas, sacó las llaves, abrió la puerta.
Subimos. Yo ayudé a Juan a sentarse en el asiento trasero, recostándolo, poniéndole el cinturón.
Elena se sentó a su lado, tomándole la mano.
Darío se sentó al volante. Yo me senté a su lado, la pistola en el regazo, escrutando el parking.
—Rápido —murmuré, la voz tensa—. Antes de que alguien nos vea.
Darío arrancó el motor. El coche rugió, escupiendo una nube de humo gris. Salimos del parking, girando hacia la carretera principal, mezclándonos con el tráfico de las ambulancias, de los coches de la UCO, de los vehículos de emergencias que iban hacia el hospital.
Condujimos en silencio. La lluvia golpeaba el parabrisas, creando una cortina de agua que distorsionaba las luces de la ciudad hasta convertirlas en manchas de colores enfermos. El limpiaparabrisas chirriaba, luchando una batalla perdida contra el diluvio.
Juan estaba inconsciente en el asiento trasero, la respiración entrecortada, el rostro pálido, los ojos hundidos.
Elena le tomaba la mano, mirándolo con una expresión que no había visto antes.
No era amor. No era culpa. Era reconocimiento.
El reconocimiento de una mujer que acaba de descubrir que el hombre que creía su enemigo era, en realidad, el que la había protegido.
—¿Crees que va a sobrevivir? —preguntó Elena, la voz baja, cargada de una ansiedad que no intentaba ocultar.
No respondí de inmediato. Miré a Juan. Su pecho subía y bajaba con dificultad, cada respiración un esfuerzo titánico. La herida del costado había vuelto a abrirse, la sangre empapando la camisa de hospital, formando un charco oscuro en el asiento.
—No lo sé —murmuré finalmente, la voz quebrada—. Pero si no llega a un hospital en las próximas dos horas, entonces va a morir.
—No podemos ir a un hospital —replicó Darío, los ojos fijos en la carretera, escrutando el retrovisor—. La UCO nos busca. Los rusos nos buscan. Si entramos en urgencias, si damos nuestros nombres, entonces estamos muertos.
—Entonces morimos aquí —contraataqué, la rabia hirviéndome en las venas, quemando el cansancio, el frío, el dolor—. Morimos en este puto coche, en esta puta carretera, en esta puta isla que nos ha devorado.
Darío no respondió. Se limitó a pisar el acelerador, el coche rugiendo mientras devorábamos los kilómetros hacia el norte.
El paisaje se difuminaba tras la lluvia, una mancha de verde oscuro y gris plomizo.
Los pinos se alzaban como columnas de una catedral en ruinas.
El mar rugía a lo lejos, un animal herido que no perdonaba.
Tardamos cuarenta minutos en llegar a Portinatx.
Dejamos atrás la zona turística, los hoteles cerrados por la temporada, los bares con las persianas bajadas.
Giramos por el desvío de Sant Vicent, un camino de tierra batida que serpenteaba entre acantilados rojos que caían a un mar negro y embravecido.
La casa apareció entre los árboles como un cadáver olvidado.
Era una construcción baja, de piedra blanca, con el tejado de tejas árabes medio desplomado en un lateral.
Las ventanas estaban tapiadas con tablones de palé, las puertas cerradas con cadenas oxidadas.
No había luces, ni señales de vida. Solo el silencio denso, asfixiante, de un lugar abandonado durante años.
Darío detuvo el coche. Apagó el motor. El silencio cayó sobre nosotros como una losa, roto solo por el golpeteo de la lluvia en el techo y el jadeo entrecortado de Juan.
—Aquí estamos —murmuró Darío, abriendo la puerta—. La casa de Marc.
Salimos del coche. La lluvia nos golpeó la cara, helada, cortante. El aire olía a sal y a posidonia podrida. El suelo estaba cubierto de agujas de pino, una alfombra mullida que amortiguaba nuestros pasos.
Darío se acercó a la puerta principal. Sacó una llave del bolsillo de la chaqueta, la deslizó en la cerradura. El metal gimió, oxidado, antes de ceder con un chasquido seco. Empujó la puerta. Se abrió con un chirrido que resonó en el silencio de la mañana.
El interior olía a moho, a madera podrida, a años de abandono.
El suelo estaba cubierto de una capa de polvo y hojas secas que crujieron bajo nuestras botas.
Las paredes estaban desconchadas, la pintura amarillenta cayendo en tiras como piel muerta.
En el centro de la habitación, una mesa de madera coja, rodeada de sillas desvencijadas.
En una esquina, un sofá de cuero rajado, el relleno asomando por las grietas como entrañas expuestas.
—Aquí —apuntó Darío, señalando el sofá—. Dejadlo aquí.
Ayudamos a Juan a sentarse. Se dejó caer, el cuerpo flácido, los ojos cerrados, la respiración entrecortada.
Elena se arrodilló a su lado, tomándole la mano, mirándolo con una expresión que no había visto antes.
No era amor. No era culpa. Era miedo. El miedo de una mujer que acaba de descubrir que va a perder al hombre que ama.
—Necesita un médico —murmuré, sacando mi kit forense de la mochila—. Necesita antibióticos. Necesita una transfusión. Necesita...
—No hay médicos aquí —replicó Darío, la voz cargada de una resignación que le encorvaba los hombros—. No hay hospitales. No hay nada. Solo estamos nosotros.
Me arrodillé junto a Juan. Le quité la mano de Elena, apartándola con suavidad.
Le desabroché la camisa de hospital, exponiendo la herida.
El vendaje estaba completamente empapado, la sangre oscura coagulada, pegada a la piel.
Lo retiré con cuidado, tirando de los bordes para no arrancar los puntos que el médico de la UCO le había puesto en la finca de Martínez.
La herida era un desastre. Los puntos se habían abierto, la piel inflamada, los bordes enrojecidos, brillantes por la infección. La carne olía a pus y a carne dulce, ese olor inconfundible de la sepsis que empieza a devorar los tejidos.
—Necesito coser esto de nuevo —dije, la voz plana, clínica. La voz de la morgue—. Pero primero tengo que limpiar la infección. Va a doler.
Juan no respondió. Estaba inconsciente, la respiración entrecortada, el rostro pálido.
Vertí alcohol sobre la herida. Juan gruñó, un sonido gutural, animal, que se le atascó en la garganta. Su cuerpo se tensó, los músculos del cuello marcados como cables de acero. Le agarré el hombro con una mano, inmovilizándolo, mientras con la otra limpiaba la herida con gasas empapadas en suero.
La sangre salió, oscura, espesa, mezclada con pus y restos de tejido necrótico.
El olor era insoportable, una mezcla de cobre y de carne podrida que me revolvió el estómago.
Pero no me detuve. Seguí limpiando, raspando, hasta que la herida quedó limpia, los bordes de la piel expuestos, rosados, vivos.
Saqué la aguja curva, el hilo de poliamida. Empecé a coser, punto a punto, la piel cerrándose bajo mis dedos con una precisión mecánica. Juan respiraba con dificultad, los ojos cerrados, el sudor cayendo por su rostro, empapando el cuello de la camisa.
—Ya está —murmuré finalmente, cortando el hilo con las tijeras—. Pero necesita antibióticos. Si no, la infección va a volver. Y la próxima vez, no voy a poder coserte.
Darío se acercó, dejando una botella de whisky y un botiquín de primeros auxilios viejo, manchado de óxido. Lo dejó sobre la mesa, junto a la botella.
—Tengo algo en el coche —murmuró, abriendo el botiquín—. Antibióticos de amplio espectro. Marc los guardaba. Para emergencias.
Sacó un vial de meropenem, el antibiótico más potente que tenía. Preparó la jeringa con movimientos mecánicos, ensayados. Sus dedos, largos y callosos, rozaban el metal con una delicadeza obscena.
—Esto va a ayudar —dijo, clavando la aguja en el brazo de Juan, empujando el émbolo con el pulgar—. Pero no es suficiente. Necesita un hospital. Necesita una transfusión. Necesita...
—Lo sé —repliqué, la voz quebrada—. Pero no podemos ir a un hospital. No podemos movernos. No podemos dejar que nos encuentren.
Elena me miró. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no lloró.
—¿Y si muere? —preguntó, la voz baja, cargada de una desesperación que me aplastaba el pecho—. ¿Y si Juan muere aquí, en esta puta casa abandonada, en esta puta isla que nos ha devorado?
No respondí. Porque no tenía respuesta. Porque no sabía si Juan iba a sobrevivir. Porque no sabía si alguno de nosotros iba a sobrevivir a esta puta guerra.
Me acerqué a la ventana tapiada, asomando la cabeza por una rendija. El mar rugía a lo lejos, las olas rompiendo contra las rocas con una violencia sorda, constante, hipnótica. El viento aullaba, arrastrando el olor a sal y a lluvia.