Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

El conducto de evacuación me tragó como una garganta de acero.

El espacio era apenas medio metro de diámetro, lo justo para que mis hombros rozaran las paredes de chapa galvanizada con cada movimiento.

El olor era una mezcla nauseabunda de formaldehído rancio, fenol y algo más dulzón, como carne cocida que se hubiera pegado a las paredes internas durante décadas de autopsias.

Me arrastré sobre los codos, las rodillas raspando contra el metal frío.

La oscuridad era absoluta, solo rota por el haz estrecho de mi linterna frontal, que rebotaba en las costillas de soldadura y en las telarañas muertas que colgaban como cortinas grises.

Cada respiración me llenaba los pulmones de un aire viciado, metálico, que me quemaba la garganta.

Detrás de mí, el sonido de los disparos llegó amortiguado, sordo.

Las balas impactaban contra la mesa de autopsias, contra las paredes de azulejos, contra el techo mismo bajo el cual me arrastraba.

El estruendo reverberó en el conducto, amplificándose, convirtiéndose en un trueno que me vibraba en los dientes.

—¡Sofía! —la voz de Darío llegó desde algún punto más adelante, distorsionada por el eco del metal—. ¡Date prisa! ¡El conducto sale al tejado, a la derecha!

Pisé el acelerador de mis propios músculos, ignorando el dolor en las articulaciones, ignorando el sabor a cobre que me llenaba la boca.

Mis dedos encontraron una bifurcación. A la izquierda, el conducto seguía recto, descendiendo ligeramente.

A la derecha, una curva ascendente, más estrecha, donde el aire olía menos a muerte y más a lluvia.

Giré a la derecha.

El conducto se estrechó aún más. Tuve que girar el cuerpo de lado, pegando la mejilla al metal frío, arrastrándome como una serpiente en un tubo demasiado pequeño.

La claustrofobia me golpeó el pecho, un animal de garras afiladas intentando salir de mi propia piel.

Cerré los ojos un segundo, contando hasta tres, obligando al pánico a retroceder.

No era momento de morir asfixiada en un tubo de ventilación. No después de todo.

La luz del amanecer apareció al final del túnel. Un resplandor grisáceo, difuso, filtrado por la rejilla de salida. Me acerqué, empujando con los pies, las uñas arañando el metal. La rejilla estaba suelta, oxidada, cedía con cada empujón.

Con un último esfuerzo, la chapa cedió y cayó al exterior con un estruendo metálico que fue devorado por el rugido de la lluvia.

Salí al tejado del Hospital Can Misses.

El aire frío me golpeó la cara como una bofetada de agua helada. La lluvia caía a cántaros, un diluvio gris que convertía la cubierta de hormigón en un espejo negro y resbaladizo. Me incorporé sobre las rodillas, tosiendo, escupiendo el aire viciado, aspirando la lluvia como si fuera oxígeno puro.

El tejado era una llanura de antenas, conductos de aire acondicionado y claraboyas de plástico opaco.

A lo lejos, la silueta de Ibiza Town emergía de la niebla, una mancha de grises y blancos bajo el cielo plomizo.

El mar rugía al norte, una masa oscura y encrespada que golpeaba los acantilados con una violencia sorda.

Darío estaba agachado junto a una unidad de aire acondicionado, la pistola en la mano, el rostro pálido, la chaqueta empapada.

Elena sostenía a Juan, que estaba sentado en el suelo, la cabeza entre las manos, la respiración entrecortada.

El vendaje de su costado estaba completamente rojo, la sangre mezclándose con la lluvia, formando un halo rosado en el hormigón.

—¿Estás bien? —pregunté, acercándome a ellos, arrodillándome junto a Juan.

Él levantó la vista. Sus ojos estaban vidriosos, las pupilas dilatadas por el dolor y la pérdida de sangre. Pero sonrió. Una sonrisa torcida, triste, que le llegó a los ojos por primera vez en días.

—Vivo —murmuró, la voz un hilo ronco—. Por ahora.

—La bomba —dije, mirando a Darío—. ¿Cuánto tiempo tenemos?

—No lo sé —respondió él, escupiendo agua de lluvia—. Pero si el chip de Kovač era un detonador remoto, si los que quedan abajo no reciben señal, entonces va a explotar. Minutos. Quizás menos.

Me puse de pie, mirando hacia la rejilla por la que acababa de salir. El conducto de gases. Si la bomba explotaba en la morgue, la onda expansiva subiría por los conductos de ventilación, por los ascensores, por las escaleras. El hospital entero se convertiría en una trampa mortal.

—Tenemos que bajar —dije, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. Tenemos que salir del hospital. Tenemos que alejarnos antes de que explote.

—¿Y cómo coño bajamos? —espetó Darío, señalando hacia el borde del tejado—. Las escaleras de emergencia están al otro lado del edificio. Y si los sicarios han subido, si nos están buscando, entonces nos van a ver antes de que lleguemos.

—Entonces corremos —replicó Elena, la voz cargada de una determinación que me heló la sangre—. Corremos hacia las escaleras. Y si nos disparan, entonces nos cubrimos. Y si no podemos cubrirnos, entonces moriremos. Pero no vamos a morir aquí. No en este tejado. No bajo la lluvia.

Juan intentó ponerse de pie. Las piernas le temblaron, y tuve que empujarlo hacia arriba, pasando su brazo por mis hombros. Su cuerpo pesaba, una masa de carne y hueso empapada, ardiente por la fiebre.

—Puedo caminar —masculló, apretando los dientes—. No me dejéis aquí.

—No te vamos a dejar —repliqué, ajustando mi agarre—. Pero si te desmayas, si no puedes seguir, entonces te arrastraremos. Aunque tengamos que romperte los huesos para hacerlo.

Empezamos a movernos hacia el borde del tejado, pegándonos a las unidades de aire acondicionado, usando los conductos de ventilación como cobertura.

La lluvia nos empapaba, calándonos hasta los huesos, convirtiendo el hormigón en una pista de hielo.

Cada paso era un riesgo, cada movimiento una posibilidad de resbalar, de caer, de delatar nuestra posición.

Llegamos a la esquina del edificio. Desde allí, podíamos ver la puerta de las escaleras de emergencia, una salida de incendios de metal rojo, oxidado por años de intemperie. Estaba a treinta metros. Treinta metros de hormigón desnudo, sin cobertura, sin escondite.

—Ahora —susurré, apretando la mano de Juan—. Corred. No miréis atrás.

Echamos a correr.

El sonido de nuestras botas sobre el hormigón mojado fue ahogado por el rugido de la lluvia. El viento aullaba, arrastrando el agua en ráfagas diagonales que nos golpeaban la cara como agujas de hielo.

A mitad de camino, el sonido de una puerta siendo pateada en el tejado. Detrás de nosotros. Los sicarios habían subido.

—¡Al suelo! —gritó Darío, empujando a Elena hacia una unidad de aire acondicionado.

Nos tiramos al hormigón, el agua helada empapándonos al instante. Las balas empezaron a impactar a nuestro alrededor, levantando pequeños cráteres en el hormigón, silbando sobre nuestras cabezas como avispones metálicos.

Me arrastré sobre el vientre, arrastrando a Juan conmigo. Su cuerpo pesaba, inerte, la respiración un silbido húmedo. Darío y Elena devolvían el fuego, sus pistolas disparando en ráfagas cortas, precisas, cubriendo nuestra retirada.

Llegamos a la puerta de las escaleras. Darío la abrió de una patada, empujándonos hacia adentro. El hueco de la escalera estaba a oscuras, iluminado solo por la luz grisácea que se filtraba por las ventanas de los rellanos. El olor a pintura vieja y a polvo nos recibió.

—Bajad —ordenó Darío, cerrando la puerta a su espalda, bloqueándola con una silla de plástico que encontró en el rellano—. Yo cubro la retirada.

—No te vamos a dejar solo —replicó Elena, la voz cargada de una terquedad que me heló la sangre.

—No me estáis dejando solo —contraatacó Darío, empujándola hacia las escaleras—. Me estáis protegiendo. Protegiendo a Juan. Protegiendo la verdad. Si nos pillan a todos, si nos matan a todos, entonces la carpeta se pierde. Entonces los nombres se pierden. Entonces todo esto habrá sido en vano.

Elena lo miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era aceptación. La aceptación de una mujer que ha decidido que va a luchar, aunque sepa que va a perder.

—Vale —murmuró finalmente, la voz quebrada—. Pero si no sales en cinco minutos, vuelvo a buscarte. Y te juro que te voy a matar yo misma si te quedas ahí arriba esperando a que te maten.

Darío sonrió. Una sonrisa torcida, triste, que le llegó a los ojos por primera vez en días.

—Trato hecho —respondió, empujándola hacia las escaleras.

Empezamos a bajar, peldaño a peldaño, la mano de Juan apretada en la mía, su cuerpo pesando contra mi hombro. La lluvia seguía cayendo fuera, golpeando las ventanas de las escaleras, creando un telón de agua que nos aislaba del mundo.

A los tres pisos, escuchamos el estruendo.

No fue un sonido. Fue una sensación. Una onda expansiva que nos golpeó el pecho, que nos levantó del suelo, que nos lanzó contra la pared de hormigón. El edificio entero se sacudió, crujiendo, gimiendo, como si fuera a desmoronarse sobre nosotros.

La bomba.

La morgue había volado. Y con ella, medio sótano del hospital.

Me incorporé sobre los codos, tosiendo, escupiendo polvo y yeso. Juan estaba a mi lado, pálido, los ojos cerrados, la respiración entrecortada. Elena estaba sentada en un peldaño, la carpeta 042 apretada contra el pecho, el rostro cubierto de polvo blanco.

—¿Estáis bien? —pregunté, la voz ronca, cargada de una ansiedad que no intentaba ocultar.

Elena asintió, un gesto mínimo, pero suficiente. Juan abrió los ojos, mirándome con una expresión que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era alivio. El alivio de un hombre que acaba de descubrir que sigue respirando.

—Darío —murmuré, poniéndome de pie, las piernas temblando—. Darío sigue arriba.

—Lo sé —respondió Elena, incorporándose, limpiándose el polvo de la cara—. Pero va a salir. Siempre sale.

Bajamos las escaleras, peldaño a peldaño, hasta llegar a la planta baja. La puerta de salida daba a la rampa de acceso de ambulancias. La abrí con cuidado, asomando la cabeza.

El hospital estaba en caos. Las alarmas de incendio sonaban, un aullido mecánico que resonaba en los pasillos.

Los médicos y enfermeras corrían de un lado a otro, llevando pacientes en camillas, gritando órdenes, intentando mantener la calma.

El olor a humo y a polvo se mezclaba con el de los antisépticos, creando una atmósfera densa, asfixiante.

Salimos a la rampa. La lluvia nos golpeó la cara, lavando el polvo, el sudor, la sangre. El aire frío nos caló hasta los huesos, pero no me importó. Estábamos vivos. Estábamos fuera.

—¿Y ahora? —preguntó Elena, mirando hacia la carretera, hacia el mundo que nos esperaba más allá del hospital.

—Ahora nos escondemos —respondí, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. Hasta que llegue el equipo ruso. Hasta que la isla esté limpia. Hasta que podamos volver.

—¿Y Darío? —insistió Elena, la voz cargada de una desesperación que me aplastaba el pecho.

No respondí. Porque no tenía respuesta. Porque no sabía si Darío iba a salir. Porque no sabía si iba a volver a verlo. Porque no sabía si alguno de nosotros iba a sobrevivir a esta puta guerra.

De repente, la puerta de las escaleras se abrió detrás de nosotros. Darío apareció en el umbral, cojeando, la mano apretada contra el costado, el rostro pálido, cubierto de polvo y sangre. Llevaba la pistola en la mano, el cargador vacío, el cañón humeando.

—Os dije que volvería —murmuró, la voz un hilo ronco, cargado de una sonrisa torcida, triste, que le llegó a los ojos por primera vez en días.

Me acerqué a él, abrazándolo. Su cuerpo estaba helado, empapado, oliendo a pólvora y a sangre. Pero estaba vivo. Estaba aquí. Estaba respirando.

—Idiota —susurré, las lágrimas mezclándose con la lluvia en mi rostro—. Pensé que estabas muerto.

—Casi —replicó él, devolviéndome el abrazo, apretándome con una fuerza que me dejó marcas en la piel—. Pero todavía no.

Nos quedamos allí, en la rampa del hospital, bajo la lluvia, abrazados, temblando. Juan estaba sentado en el suelo, apoyado en la pared, la respiración entrecortada. Elena estaba a su lado, tomándole la mano, mirando hacia el horizonte, hacia el mar, hacia la isla que nos había devorado.