Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

El gas cloro se disipaba lentamente, arrastrado por la ventilación de emergencia que Darío había activado desde el panel de control.

El olor acre, metálico, se mezclaba con el de la pólvora y la sangre fresca, creando una atmósfera densa, casi sólida, que se pegaba al paladar y hacía arder los ojos.

Me arrodillé junto a los tres cadáveres.

El más joven, el que había intentado agarrarme la bota, tenía los labios azulados, la espuma rosada secándose en las comisuras.

Los otros dos presentaban heridas de bala en el pecho y el abdomen, la sangre oscura formando charcos que se extendían hacia el desagüe central de la sala.

—Regístralos —ordené a Darío, señalando los cuerpos con la barbilla—. Necesito saber quiénes son. Si llevan documentación, teléfonos, cualquier cosa que nos diga cuántos quedan y quién los envía.

Darío asintió, guardando la pistola en la funda. Se arrodilló junto al primer cadáver, palpando los bolsillos de la chaqueta táctica negra. Sacó una cartera, un móvil, y un pasaporte croata. Lo abrió, examinando la foto bajo la luz roja.

—Dragan Kovač —murmuró, leyendo el nombre en voz alta—. Cuarenta y dos años. Exmilitar. Historial de servicio en Bosnia y Kosovo.

—El Cirujano —dijo Juan, la voz un hilo ronco, apoyado en la pared, la mano apretada contra el costado—. El que mató a Valera. El que operó a Elena.

Me acerqué al cuerpo de Kovač. Le levanté la cabeza, examinando el rostro bajo la luz de mi linterna frontal. Los rasgos eran eslavos, duros, marcados por años de violencia. La piel tenía el tono grisáceo de la muerte reciente, los labios entreabiertos, los ojos fijos en el techo de azulejos.

Le separé los labios con dos dedos. En la lengua, pegado con una sustancia adhesiva, había un microchip. Lo raspé con las pinzas, dejándolo caer en mi palma enguantada.

—Esto no es documentación —dije, guardando el chip en un tubo estanco—. Es un localizador GPS. Y probablemente un detonador remoto.

—¿Un detonador? —repitió Elena, incorporándose del suelo, la voz cargada de pánico—. ¿Qué coño va a detonar?

—No lo sé —respondí, examinando el chip bajo la luz—. Pero si Kovač era el líder del equipo, si tenía un detonador, entonces hay algo más en este hospital. Algo que va a explotar si no recibimos una señal.

—¿Una bomba? —espetó Darío, poniéndose de pie, la pistola en la mano—. ¿Han puesto una puta bomba en el hospital?

—No en el hospital —repliqué, mirando hacia el techo, hacia la planta baja, hacia las cámaras frigoríficas—. En la morgue. En las cámaras. Si no desactivamos el detonador, si no encontramos la bomba, van a volar los cadáveres. Y con ellos, todo el sótano. Y nosotros.

Juan cerró los ojos, apretando los dientes. El dolor le crispaba el rostro, pero la determinación brillaba en ellos, una luz enfermiza, febril.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó, la voz tensa.

—No lo sé —respondí, guardando el chip en el kit—. Pero si el detonador está conectado a un temporizador, si no recibe una señal cada cierto tiempo, entonces la bomba explota. Tenemos minutos. Quizás menos.

—Entonces tenemos que encontrar la bomba —insistió Darío, la voz cargada de una urgencia que no intentaba ocultar—. Y desactivarla.

—No somos artificieros —contraataqué, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. No sabemos dónde está la bomba. No sabemos cómo está conectada. Si la tocamos, si intentamos desactivarla sin saber lo que hacemos, entonces vamos a volar por los aires.

—Entonces ¿qué coño hacemos? —espetó Darío, la rabia hirviéndole en las venas—. ¿Nos quedamos aquí esperando a que explote? ¿Esperamos a que los que quedan bajen y nos maten?

—No —replicó Elena, la voz firme, cargada de una convicción que me heló la sangre—. Vamos a usar el chip. Vamos a enviar una señal falsa. Vamos a hacerles creer que Kovač sigue vivo. Que todo está bajo control. Y mientras tanto, vamos a encontrar una salida.

—¿Una salida? —repitió Juan, abriendo los ojos, mirándola—. ¿Qué salida? Estamos atrapados en un sótano. Las puertas están bloqueadas. Las escaleras están vigiladas. No hay salida.

—Sí la hay —respondió Elena, acercándose a la mesa de autopsias, pasando los dedos por el acero helado—. El conducto de evacuación de gases. El que usas para ventilar la sala cuando haces autopsias de cadáveres en avanzado estado de descomposición. El que sale al exterior, al tejado del hospital.

Me quedé helada. El corazón me dio un vuelco.

—El conducto de gases —articulé, la voz quebrada—. Es estrecho. Apenas medio metro de diámetro. Y está lleno de vapores tóxicos, de formaldehído, de fenol. Si entramos ahí, si intentamos salir por el tejado, vamos a asfixiarnos antes de llegar.

—No si cerramos las válvulas de admisión —replicó Elena, la voz firme, cargada de una autoridad que no le había visto en días—. Si cerramos las válvulas, si bloqueamos el flujo de gases, entonces el conducto está vacío. Y podemos salir por el tejado.

—¿Y cómo coño cerramos las válvulas? —preguntó Darío, la voz cargada de incredulidad—. Están en el techo. A tres metros de altura. Y están bloqueadas por rejillas de ventilación.

—No todas —replicó Elena, señalando hacia el fondo de la sala, hacia la pared del fondo—. La válvula principal está en el pasillo de acceso a las cámaras frigoríficas. Justo al lado de la puerta. Si llegamos hasta allí, si cerramos la válvula, entonces el conducto está vacío.

—¿Y si los que quedan están ahí? —insistió Darío, la voz cargada de desesperación—. Si están esperando, si nos tienden una trampa, entonces estamos muertos.

—Entonces dispararemos —replicó Elena, la voz firme, cargada de una determinación que me heló la sangre—. Y si no podemos disparar, entonces correremos. Y si no podemos correr, entonces moriremos. Pero no vamos a morir aquí. No vamos a morir en este sótano. No vamos a morir entre los muertos.

Juan me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era aceptación. La aceptación de un hombre que ha decidido que va a luchar, aunque sepa que va a perder.

—Vamos —murmuró, la voz baja, cargada de una convicción que me erizó la piel—. Vamos a cerrar la válvula. Vamos a salir por el tejado. Luego veremos si quedamos vivos para contarlo.

Salimos de la sala de autopsias dos, pegándonos a las paredes del pasillo, las pistolas en las manos, escrutando la penumbra.

El olor a gas cloro seguía siendo intenso, mordiendo las mucosas, haciendo llorar los ojos.

Pero la respiración era posible. El aire se disipaba lentamente, arrastrado por la ventilación de emergencia.

Llegamos a la puerta de la sala uno. La abrí con cuidado, asomando la cabeza por el marco.

El pasillo de acceso a las cámaras frigoríficas estaba vacío.

Los tres cadáveres seguían en el suelo, la sangre formando charcos oscuros que se extendían hacia el desagüe.

La luz roja de emergencia bañaba la escena en un tono sanguinolento, convirtiendo a los muertos en estatuas de carne y hueso.

Me acerqué a la válvula principal, situada en la pared del fondo, junto a la puerta de las cámaras.

Era una rueda de acero, grande, pesada, con una manivela que giraba en el sentido de las agujas del reloj para cerrar el flujo.

La agarré con las dos manos, tirando con fuerza.

El metal gimió, oxidado, antes de ceder con un chirrido agudo que resonó en el silencio del pasillo.

Cerré la válvula. El flujo de gases se detuvo. El conducto de evacuación estaba vacío.

—Listo —murmuré, soltando la manivela, limpiándome el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Ahora podemos salir por el tejado.

—¿Y la bomba? —preguntó Darío, la voz tensa—. ¿Qué hacemos con la bomba?

—No podemos desactivarla —respondí, guardando el kit en la mochila—. Pero podemos alejarnos de ella. Si salimos por el tejado, si bajamos por las escaleras de emergencia, si nos alejamos del hospital, entonces la bomba puede explotar. Pero nosotros estaremos lejos.

—¿Y si explota antes de que salgamos? —insistió Darío, la voz cargada de pánico—. ¿Si el temporizador está a punto de llegar a cero?

—Entonces correremos —replicó Elena, la voz firme, cargada de una convicción que me heló la sangre—. Y si no podemos correr, entonces moriremos. Pero no vamos a morir sin intentarlo.

De repente, el sonido de pasos en el pasillo principal. Pasos pesados, metódicos. No eran de los sicarios que habíamos matado. Eran de hombres que sabían cómo moverse en silencio, cómo respirar sin hacer ruido, cómo matar sin dudar.

—Nos han encontrado —susurró Darío, levantando la pistola, apuntando hacia la puerta del pasillo principal.

—¿Cuántos? —preguntó Juan, la voz un hilo ronco, apoyado en la pared.

—Imposible saberlo —respondí, sacando mi pistola, apuntando hacia la puerta—. Pero van a entrar. Y van a matarnos.

—Entonces peleamos —replicó Elena, la voz firme, cargada de una determinación que me heló la sangre—. Peleamos hasta el final.

Los pasos se detuvieron frente a la puerta del pasillo principal. El sonido de un cerrojo siendo forzado. Un golpe seco. La puerta cediendo.

—Aquí están —dijo una voz. Un acento del este, gutural, arrastrado. No era ruso. Era serbio, o quizás croata. Los limpiadores de los Balcanes. Los que no dejaban ni los huesos—. Matadlos a todos. Y quemad la morgue.

Cuatro hombres entraron en el pasillo. Llevaban pasamontañas negros, chalecos antibalas, fusiles de asalto con silenciadores. Se movieron con precisión militar, escaneando el pasillo, buscando objetivos.

No les di tiempo a encontrarnos.

Disparé.

El estruendo fue ensordecedor, ahogado por el silencio del sótano. La bala impactó en el pecho del primer hombre, levantándolo del suelo y lanzándolo hacia atrás. Los otros tres reaccionaron, disparando. Las balas impactaron en las paredes, levantando nubes de polvo y yeso.

Me arrastré tras una camilla de acero, disparando de nuevo. Impacto en el hombro. Grito ahogado. Caída. El tercero retrocedió, buscando cobertura. No se la di. Me incorporé. Apunté. Disparé.

Darío y Elena se unieron al fuego cruzado, sus pistolas disparando en ráfagas cortas, precisas. Los hombres cayeron uno tras otro, la sangre empapando el linóleo, formando charcos oscuros que se extendían hacia el desagüe.

Silencio.

Solo el goteo de la sangre y nuestra propia respiración, corta, superficial, acelerada. Olía a pólvora, a cobre, a formol. Me incorporé. Caminé hacia los cuerpos. No los miré a la cara. No me importaban. Eran herramientas. Y las herramientas se rompen.

—Cuatro más —murmuró Darío, recargando su pistola con movimientos expertas—. Pero van a venir más. Muchos más.

—Entonces corramos —replicó Elena, la voz firme, cargada de una convicción que me heló la sangre—. Corramos hacia el conducto de gases. Corramos hacia el tejado. después veremos si quedamos vivos para contarlo.

Empezamos a correr por el pasillo, hacia la sala de autopsias dos, hacia el conducto de evacuación. El sonido de más pasos en el pasillo principal. Más hombres bajando. Más armas siendo amartilladas.

Llegamos a la sala dos. Abrí la rejilla de ventilación en el techo. Subí a la mesa de autopsias, agarrando el borde del conducto. El metal estaba frío, resbaladizo por la condensación.

—Tú primero —ordené a Elena, ayudándola a subir—. Luego Darío. Luego Juan. Yo cubro la retirada.

Elena obedeció, metiéndose en el conducto, arrastrándose hacia la oscuridad. Darío la siguió, cojeando, la mano apretada contra el costado. Juan subió el último, apoyándose en mis hombros, el dolor crispándole el rostro.

Me quedé sola en la sala, la pistola en la mano, la respiración entrecortada. Escuché los pasos acercándose, el crujido de las botas tácticas sobre el linóleo, el sonido metálico de las armas siendo amartilladas.

Subí a la mesa, metiéndome en el conducto.

El metal estaba frío, resbaladizo, oliendo a formaldehído y a fenol.

Me arrastré hacia adelante, el techo rozándome la cabeza, obligándome a encorvarme.

El conducto serpenteaba, subiendo, estrechándose, llevándome hacia el tejado, hacia la libertad, hacia la vida.

Detrás de mí, escuché el estruendo de la puerta de la sala siendo pateada. Los hombres entraron, disparando. Las balas impactaron en la mesa de autopsias, levantando astillas de acero.

Pero ya estaba fuera de su alcance. Ya estaba en el conducto. Ya estaba a salvo. Arrastrándome hacia el tejado. Hacia la luz. Hacia la vida.