CAPÍTULO 37 #2
Un sonido sordo, rítmico, amortiguado por la distancia y el grosor de las paredes de hormigón. Pasos. No en las escaleras de emergencia. En el techo. En la planta baja. Estaban arrastrando algo pesado sobre el suelo de linóleo del pasillo principal, justo encima de nuestras cabezas.
—Están bloqueando las salidas —deduje, abriendo los ojos en la penumbra—. Están sellando la morgue. Quieren asegurarse de que no haya testigos cuando bajen.
—¿Cuántos? —preguntó Darío, pegándose a la pared, al lado de la puerta de cristal.
—Imposible saberlo por el ruido —respondí, arrastrándome hacia el armario de productos químicos.
Abrí la puerta con cuidado, evitando que las bisagras chirriaran.
Metí la mano en la oscuridad, guiándome por el tacto.
Frascos de vidrio. Plástico. Encontré lo que buscaba: dos botellas de ácido sulfúrico concentrado, el que usábamos para la digestión de tejidos en casos de identificación forense extrema.
Y un bote de hipoclorito de sodio. Lejía concentrada—.
Si mezclan esto en un espacio cerrado, el gas cloro te quema los alvéolos en segundos.
—No somos químicos, Sofía —gruñó Juan, tosiendo suavemente—. Somos tiradores. Si entran por esa puerta, les disparamos.
—Si entran por esa puerta, serán tres o cuatro, y detrás vendrán seis más —repliqué, sacando las botellas y dejándolas en el suelo, junto a mis pies—. Vamos a usar el entorno. Esta es mi sala. Aquí los muertos obedecen mis reglas. Y los vivos también van a hacerlo.
El sonido de los pasos en el techo cesó.
Luego, el chirrido metálico de la puerta del muelle de carga siendo forzada. La camilla de acero que Darío había usado como barricada cedió con un estruendo sordo que vibró a través de la estructura del edificio.
Estaban dentro.
—Apagad las linternas de los móviles —ordené en un susurro barely audible—. Ni un puto reflejo.
Nos quedamos inmóviles en la oscuridad. La tensión me agarrotaba los músculos, convirtiendo mi cuerpo en un resorte a punto de saltar. El olor a formol parecía intensificarse, como si los cadáveres de las cámaras contiguas supieran que la muerte había bajado a visitarlos.
Escuché el crujido de las botas tácticas sobre el linóleo del pasillo exterior. Eran pasos pesados, metódicos. No tenían prisa. Sabían que estábamos atrapados. Sabían que la trampa estaba cerrada.
Se detuvieron frente a la puerta de la sala de autopsias uno. La que estaba al otro lado del tabique.
El sonido de un cerrojo siendo forzado. Un golpe seco. La puerta cediendo.
—Revisad las cámaras —dijo una voz. Un acento del este, gutural, arrastrado.
No era ruso. Era serbio, o quizás croata.
Los limpiadores de los Balcanes. Los que no dejaban ni los huesos—.
Si la forense está aquí, la quiero viva.
El jefe quiere saber qué más hay en esa carpeta antes de volarle la cabeza.
—¿Y el guardia civil? —preguntó otra voz, más joven, nerviosa.
—Al guardia le abrimos el pecho y le sacamos el corazón. Como a la hermana.
Juan tensó la mandíbula. Lo escuché respirar hondo, conteniendo la rabia, conteniendo el impulso de salir disparando. Le puse una mano en el tobillo, apretando con fuerza. Espera, le transmití con el tacto. Espera.
Los pasos se alejaron hacia las cámaras frigoríficas. El sonido de las manillas de acero siendo giradas. El siseo del aire frío escapando de los cajones. Estaban revisando los cadáveres. Buscándome. Buscando a Elena.
—Ahora —susurré.
Me puse de pie. Agarré la botella de ácido sulfúrico y la de lejía. Salí al pasillo por la puerta trasera de la sala dos, la que daba al almacén de lencería. Darío me cubrió, la pistola levantada, escrutando la penumbra.
Llegué a la rejilla de ventilación principal, situada en el techo del pasillo, justo encima de la puerta que conectaba con la sala uno, donde estaban los sicarios. Subí a una camilla de acero. Desenrosqué la rejilla con las manos temblando, el metal frío mordiéndome las palmas.
—Aquí no hay nada —gritó la voz joven desde la sala uno—. Solo hay dos John Does. Ni rastro de la mujer.
—Registrad el almacén de químicos —ordenó la voz gutural—. Y romped los conductos de desagüe. Si se han escondido en las tuberías, los ahogamos.
Vertí el ácido sulfúrico dentro del conducto de ventilación. Luego, la lejía concentrada.
La reacción química fue instantánea. Un siseo violento, como el de una serpiente gigante, resonó en el interior del tubo de metal. El gas cloro, denso, pesado, de un color amarillo verdoso incluso en la penumbra, empezó a caer por la rejilla de ventilación de la sala uno, justo sobre sus cabezas.
—¿Qué coño es ese olor? —tosió la voz joven.
—¡Mascarillas! ¡Poneos las... —la voz gutural se cortó en un acceso de tos violenta, desgarradora! El gas cloro quema las mucosas al instante, convirtiendo la humedad de los pulmones en ácido clorhídrico.
Escuché el estruendo de un cuerpo cayendo contra una camilla de acero.
Luego, disparos. Disparos a ciegas, al techo, a las paredes, el pánico ciego de los hombres que se están asfixiando en la oscuridad.
Las balas atravesaron el tabique de pladur, astillando los azulejos de la sala dos, a centímetros de donde Elena estaba agachada.
—¡Darío, la puerta! —grité, saltando de la camilla.
Darío corrió hacia la puerta de la sala uno. La abrió de una patada.
El gas amarillo se derramó por el pasillo, mordiéndonos los ojos, quemándonos la garganta.
Me tapé la nariz y la boca con el faldón de la chaqueta.
A través de la niebla tóxica, vi a dos hombres en el suelo, retorciéndose, escupiendo espuma rosada, las manos arañándose el cuello, intentando arrancarse la piel para poder respirar.
Sus armas estaban en el suelo, inútiles.
Un tercer hombre, más grande, con una mascarilla de gas a medio poner, intentó levantar su fusil de asalto.
Darío no dudó. Dos disparos secos. El hombre cayó hacia atrás, el cráneo golpeando el acero de la mesa de autopsias con un sonido hueco, antes de deslizarse al suelo, dejando un rastro de sangre oscura sobre el linóleo.
Me acerqué a los dos que se asfixiaban. El gas me hacía llorar, los ojos me ardían como si me hubieran frotado cristales machacados.
Me arrodillé junto al más joven. Sus ojos estaban inyectados en sangre, las pupilas dilatadas por el terror y la hipoxia.
Me agarró la bota, con una fuerza desesperada, animal.
Le pisé la muñeca, inmovilizándolo. Me incliné, acercando mi rostro al suyo, a través de la nube tóxica.
—Dile a tu jefe —susurré, la voz ronca, cargada de una frialdad que me asustó a mí misma—, que en la morgue de Ibiza, los que entran, no salen.
Le di una patada en el pecho, soltándome de su agarre. Me puse de pie, arrastrando a Darío por la chaqueta hacia la sala dos, cerrando la puerta hermética a nuestra espalda para bloquear el gas.
Juan estaba apoyado en la pared, pálido, sudoroso, pero con una sonrisa torcida en los labios. Elena seguía en el suelo, temblando, con las manos tapándose los oídos para no escuchar los estertores de los hombres que morían al otro lado del cristal.
—Tres menos —masculló Darío, escupiendo en el suelo, limpiándose las lágrimas que el gas le había provocado—. Pero el ruido de los disparos va a atraer a los que estén arriba.
—Que bajen —respondí, mirando los frascos de reactivos que aún quedaban en los armarios, las sierras oscilantes, los bisturíes, las herramientas de mi oficio—. Esta es mi casa. Y todavía no he terminado de limpiar.