Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

La lluvia regresó sobre Ibiza con la violencia de un ajuste de cuentas.

No era el aguacero fino de la tarde, sino un diluvio pesado, gris, que caía a plomo sobre el asfalto y convertía las carreteras en espejos negros.

Marc nos dejó a dos kilómetros del Hospital Can Misses, en un camino de tierra flanqueado por algarrobos centenarios.

El motor del catamarán se perdió en la distancia, ahogado por el estruendo del agua golpeando el techo del vehículo y el rugido del viento entre las ramas.

El hospital se alzaba al final de la cuesta como un monolito de hormigón y cristal, sus ventanas superiores apagadas, save por el parpadeo azulado de los monitores en la UCI.

Damos la vuelta al edificio principal, descendiendo por la rampa de servicio que conducía a los sótanos.

El olor a contenedores de basura médica y a lejía industrial nos recibió antes de que la puerta de acero inoxidable apareciera ante nosotros.

Mi dominio. Mi santuario. Mi prisión.

Tecleé el código de acceso en el panel lateral. Los números brillaron en verde con un pitido seco. El cerrojo magnético se retractó. Empujé la hoja metálica, y el aire helado, estéril, cargado de formol y ozono, nos envolvió.

El pasillo de la morgue estaba bañado por la luz de emergencia, un tono verdoso y enfermizo que aplanaba los rasgos y convertía a los vivos en cadáveres prematuros.

El zumbido de los compresores de las cámaras frigoríficas vibraba en el suelo de linóleo, subiendo por las pantorrillas, instalándose en la base de la columna vertebral.

Darío cerró la puerta a nuestra espalda. Giró la llave de seguridad, bloqueando el acceso desde el exterior. El chasquido del metal resonó en el corredor, definitivo.

—Asegura la puerta del muelle de carga —le ordené, señalando el extremo opuesto del pasillo—. Y apaga las luces del pasillo principal. Solo dejad encendidas las de la sala de autopsias dos. Es la que no tiene ventanas al exterior.

Darío asintió, moviéndose con una eficiencia silenciosa que me recordó al chico que había sido antes de que la isla lo rompiera.

Guié a Juan hacia la sala dos. El espacio era un rectángulo perfecto de azulejos blancos y acero inoxidable.

En el centro, la mesa de disección, con sus canales de drenaje y sus grifos de pedal.

En las paredes, los armarios de instrumental y las sierras oscilantes colgando de sus soportes.

El aire aquí era más denso, más frío. Olía a cloro y a la ausencia absoluta de vida.

Ayudé a Juan a sentarse en un taburete de acero junto a la mesa.

Su respiración era un silbido húmedo, superficial.

Le desabroché la chaqueta y levanté la camisa de hospital.

El vendaje que el médico de la UCO le había colocado en la finca de Martínez estaba empapado.

No de suero. De sangre oscura, venosa. La herida había vuelto a abrirse con la caminata bajo la lluvia.

—Necesito material —mascullé, más para mí misma que para ellos.

Me acerqué a los armarios de acero. Mis manos, entrenadas por años de rutina, se movieron solas.

Guantes de nitrilo, gasas estériles, pinzas de Kocher, frascos de povidona yodada y sutura de ácido poliglicólico.

Abrí el frigorífico de reactivos y saqué un vial de adrenalina y una caja de ampollas de ceftriaxona.

No era el antibiótico de amplio espectro que necesitaba, pero era lo único que teníamos a mano.

Elena estaba de pie junto a la puerta, mirando el desagüe central de la mesa de autopsias. Sus ojos, oscuros y vacíos, seguían el trazado de las ranuras de acero por donde, durante años, había visto desaparecer la sangre, los fluidos, los secretos de los muertos de Ibiza.

—Aquí fue —susurró. La voz le salió rasposa, apenas un hilo de aire rozando las cuerdas vocales.

Me detuve, con la gasa empapada en yodo en la mano.

—¿El qué, Elena?

—Donde me examinaste —articuló, sin levantar la vista del desagüe—. Donde abriste a la mujer que creías que era yo.

El silencio en la sala se volvió espeso, casi viscoso. El zumbido de los compresores parecía amplificarse, llenando los huecos que las palabras dejaban.

—No eras tú —repliqué, manteniendo el tono clínico, la coraza que me había permitido sobrevivir a esta habitación durante siete años—.

Era un cuerpo preparado. Una mujer de tu misma complexión, de tu misma edad.

Costa la operó para que pareciera tú. Le grabó el número 42 en el pecho para que yo no tuviera dudas.

Elena levantó la cabeza. La luz verde de la sala le marcaba los pómulos, hundidos por la desnutrición y el estrés.

—¿Y qué sentiste, Sofía? —inquirió, dando un paso hacia la mesa.

Sus dedos rozaron el acero helado—. Cuando le abriste el pecho.

Cuando le sacaste el corazón. Cuando pesaste sus órganos.

¿Sentiste que estabas matándome por segunda vez?

¿O sentiste alivio? ¿El alivio de por fin tener un cadáver que llorar, en lugar de un fantasma que te quitaba el sueño?

La pregunta me golpeó en el esternón, justo donde las costillas protegen el músculo que bombea la sangre. Bajé la gasa. Me quité los guantes de nitrilo con un chasquido seco y los tiré al contenedor de residuos biológicos.

—Sentí que me arrancaban las entrañas a mí —confesé, la voz plana, desprovista de cualquier artificio—.

Sentí que el mundo se acababa. Y luego, sentí la necesidad de encontrar al que lo hizo.

Esa necesidad es la única razón por la que sigues respirando hoy, Elena.

No me pidas que me disculpe por haber hecho mi trabajo.

Por haber tratado a ese cadáver con la dignidad que merecía, creyendo que eras tú.

Elena cerró los ojos. Una lágrima solitaria se le escapó, trazando un camino brillante por la suciedad de su mejilla. No dijo nada más. Se limitó a alejarse de la mesa y sentarse en el suelo, en la esquina más oscura de la sala, abrazando sus rodillas.

Terminé de curar a Juan. Limpié la sangre coagulada, inyecté el antibiótico directamente en el músculo del muslo y volví a vendar la herida con compresión firme. Él no se quejó. Solo apretó los dientes, los músculos de la mandíbula palpitando bajo la barba de tres días.

—El equipo ruso llegará al mediodía —señaló Juan, mirando el reloj de pared. Las manecillas marcaban las cuatro de la madrugada—. Ocho horas. Tenemos que aguantar ocho horas en este agujero sin que nadie sepa que estamos aquí.

Darío entró en la sala, cerrando la puerta corrediza de cristal esmerilado a su espalda. Traía el olor a lluvia y a miedo.

—La puerta del muelle está bloqueada con una camilla de acero cruzada en el pasillo —informó, apoyando la espalda contra los azulejos—.

Y he desconectado el panel de control de los ascensores de servicio.

Si alguien quiere bajar a la morgue, tendrá que usar las escaleras de emergencia.

Y esas dan al pasillo principal, que está a oscuras.

—Bien —asentí, lavándome las manos en el lavabo de pedal. El agua helada me mordió los dedos, entumeciéndolos—. La UCO cree que estamos en la finca de Martínez. Los rusos locales creen que hemos huido a la península. Nadie va a buscar en el sótano de un hospital.

—Nadie excepto el que limpie los cabos sueltos —replicó Darío, deslizando el cargador de su pistola para comprobar las balas.

Nueve milímetros. Quince proyectiles. Una miseria contra un escuadrón de limpieza—.

Si Martínez tenía un seguro de vida, si el Cirujano tenía un jefe, ese jefe va a revisar los cuerpos. Va a revisar la morgue.

—Pues que vengan —masculló Juan, intentando ponerse de pie. Las piernas le temblaron, y tuve que empujarlo de nuevo al taburete—. Aquí jugamos en casa. Sofía conoce cada rincón, cada conducto de ventilación, cada salida de gases. Si entran, los vamos a desangrar en la mesa de autopsias.

Lo miré. Sus ojos brillaban con esa fiebre que no era solo biológica, sino moral. La fiebre del hombre que ha cruzado la línea y ha descubierto que le gusta el otro lado.

—No vamos a matar a nadie a menos que sea estrictamente necesario, Juan —le advertí, secándome las manos con una toalla de papel—. Si matamos a un federal, o a un policía local que solo está haciendo su ronda, la UCO nos declarará terroristas. Y entonces ni los rusos de Moscú podrán salvarnos.

—Los que bajen aquí a estas horas no van a venir a poner multas, Sofía —espetó Darío, guardando el cargador con un golpe seco—. Van a venir a silenciarnos.

Antes de que pudiera responderle, la luz fluorescente del techo parpadeó. Una vez. Dos veces.

Luego, se apagó.

El zumbido de los compresores de las cámaras frigoríficas murió.

El silencio cayó sobre la sala, absoluto, pesado, roto solo por el goteo rítmico de un grifo mal cerrado en la sala contigua.

La oscuridad nos envolvió, densa, impenetrable.

Solo la luz roja de la salida de emergencia, al fondo del pasillo, filtraba un resplandor sanguinolento por el cristal esmerilado de la puerta.

—Han cortado la corriente del sótano —susurró Darío. El sonido de su pistola al amartillarse fue un chasquido metálico que resonó como un latigazo en la quietud.

—No solo la corriente —añadió Juan, la voz tensa, arrastrándose hacia la pared para quedar fuera del ángulo visual de la puerta—. Han bloqueado los generadores de respaldo. Alguien sabe que estamos aquí.

Me agaché junto a la mesa de autopsias, el acero helado rozándome la espalda. Saqué mi pistola. El metal pesaba en mi mano, una extensión de mi propio brazo. Cerré los ojos un segundo, dejando que mis otros sentidos se agudizaran, adaptándose a la ceguera forzada.

Escuché.

El goteo del grifo. La respiración entrecortada de Elena en la esquina. El silbido pulmonar de Juan.

Y luego, algo más.