CAPÍTULO 36
La luz del amanecer se filtraba por las ventanas rotas de la finca de Martínez, bañando el salón en un rosa pálido que se extendía como una mancha de sangre diluida.
Los agentes de la UCO seguían registrando la casa, sus botas crujiendo sobre los cristales, sus voces resonando en las paredes de hormigón.
El olor a pólvora y a sangre se había mezclado con el del café rancio que alguien había traído en un termo, creando una atmósfera densa, asfixiante, que se pegaba al paladar.
Juan estaba tumbado en el sofá, los ojos cerrados, la respiración entrecortada.
El médico le había puesto un gotero de suero, conectándolo a una botella portátil que colgaba de un soporte metálico.
La piel le había vuelto a palidecer, los labios cianóticos, el rostro demacrado.
La fiebre había vuelto, una llama oscura que le consumía las fuerzas, que le nublaba la mirada, que le arrancaba gemidos involuntarios cada vez que se movía.
Me arrodillé a su lado, tomándole la mano. Su piel estaba fría, sudorosa, pero el apretón fue fuerte.
—¿Cómo estás? —pregunté, la voz baja, cargada de una preocupación que no intentaba ocultar.
Juan abrió los ojos. Me miró. Sus ojos estaban vidriosos, las pupilas dilatadas por la fiebre y los analgésicos.
—Vivo —murmuró, la voz un hilo ronco—. Por ahora.
Elena se acercó, sentándose en el brazo del sofá. La carpeta 042 descansaba en su regazo, el papel amarillo bajo la luz del amanecer. Sus ojos estaban fijos en Juan, evaluándolo, calculando.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó, la voz baja, cargada de una ansiedad que no intentaba ocultar—. Martínez está muerto. El Cirujano está muerto. La UCO tiene la casa. Tienen las pruebas. Tienen todo lo que necesitan para desmantelar la red.
—No todo —replicó Juan, la voz firme, a pesar del temblor que le sacudía las manos—. Quedan los rusos. Los que están en Ibiza. Los que están en Formentera. Los que están en Cerdeña. Y no van a parar hasta que estemos muertos.
—¿Y qué hacemos con ellos? —insistió Elena, la voz cargada de una desesperación que me aplastaba el pecho—. ¿Cómo los detenemos? ¿Cómo los sacamos de la isla?
Juan cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, la fiebre brillaba en ellos, una luz enfermiza que me heló la sangre.
—No los detenemos —murmuró, la voz baja, cargada de una convicción que me erizó la piel—. Los entregamos. A los rusos de verdad. A los que están en Moscú. A los que no saben lo que han hecho sus hombres aquí. A los que quieren limpiar su propia mierda.
—¿Y cómo coño hacemos eso? —preguntó Darío, acercándose, el rostro pálido, los ojos desorbitados—. ¿Llamamos a la embajada rusa? ¿Les pedimos ayuda? ¿Les decimos que sus hombres han estado matando gente en Ibiza?
—No —replicó Juan, la voz firme, cargada de una autoridad que no le había visto en días—.
Les damos los nombres. Los nombres de los que han estado operando aquí.
Los nombres de los que han estado blanqueando dinero.
Los nombres de los que han estado matando.
Y les decimos que si no los sacan de la isla, si no los detienen, si no los entregan a la justicia, entonces vamos a publicar todo.
En internet. En los periódicos. En la televisión.
En todas partes. Que todo el mundo lo vea. Que todo el mundo sepa la verdad.
Me quedé mirándolo. El hombre que había conocido hacía tres años. El hombre que me había protegido, que me había mentido, que me había follado contra la pared de una morgue. El hombre que acababa de decidir que iba a usar la verdad como arma. Como moneda de cambio. Como escudo.
—Eso es chantaje —murmuré, la voz baja, cargada de una incredulidad que no intentaba ocultar—. Eso es extorsión. Eso es...
—Eso es supervivencia —me interrumpió Juan, la voz firme, cargada de una convicción que me heló la sangre—.
Eso es lo que hacemos en esta puta isla.
Eso es lo que hemos hecho siempre. Eso es lo que vamos a seguir haciendo.
Porque si no, si no usamos la verdad como arma, entonces nos van a matar.
A todos. Y no voy a dejar que eso pase. No después de todo lo que hemos pasado.
No después de todo lo que hemos perdido.
Elena asintió, un gesto mínimo, pero suficiente. Se puso de pie, la carpeta 042 apretada contra el pecho.
—Tengo los nombres —murmuró, la voz firme, cargada de una determinación que me heló la sangre—.
Todos. Los de los rusos. Los de los albaneses.
Los de los que han estado operando aquí.
Los de los que han estado blanqueando dinero.
Los de los que han estado matando. Y los voy a enviar a Moscú.
A la embajada. A los que tienen el poder de detener esto.
—¿Y si no funcionan? —preguntó Darío, la voz cargada de una desesperación que me aplastaba el pecho—. ¿Y si no les importa? ¿Y si nos matan de todos modos?
—Entonces moriremos —replicó Elena, la voz firme, cargada de una convicción que me heló la sangre—. Pero no vamos a morir sin luchar. No vamos a morir sin sacar la mierda a la luz. No vamos a morir sin asegurarnos de que la verdad salga a la luz.
Juan sonrió. Una sonrisa torcida, triste, que le llegó a los ojos por primera vez en días.
—Esa es mi chica —murmuró, la voz baja, cargada de una gratitud que me aplastaba el pecho—. Esa es la mujer que mi padre siempre supo que serías.
Elena no respondió. Se limitó a mirar el mar a través de las ventanas rotas, las olas rompiendo contra las rocas con una violencia sorda, constante, hipnótica. El viento aullaba, arrastrando el olor a sal y a lluvia.
Pasaron tres días. Tres días de silencio, de espera, de no moverse, de no hacer ruido, de no dejar rastro. La UCO había acordonado la finca de Martínez, sus agentes patrullando el perímetro, sus coches patrulla aparcados en la grava, las luces rotativas girando como ojos de insecto gigantes.
Juan mejoraba lentamente. La fiebre había bajado.
La herida del costado había dejado de supurar, los bordes cerrándose con una cicatriz rosada y brillante.
Pero la debilidad seguía anclada a sus huesos, una losa invisible que le aplastaba el pecho con cada inspiración.
Pasaba las horas tumbado en el sofá, la mirada perdida en el techo, los ojos entrecerrados contra la luz.
Elena pasaba las horas en el porche, el móvil en la mano, enviando correos, haciendo llamadas, contactando con la embajada rusa, con los federales de Moscú, con los que tenían el poder de detener esto.
Decía poco. Solo lo necesario. El resto lo guardaba para sí misma, como si el peso de los años, de los recuerdos, de la venganza, le aplastara los hombros.
Darío pasaba las horas vigilando el perímetro, la pistola en la mano, escrutando el horizonte, buscando señales de los rusos, de los que quedaban, de los que venían a por nosotros.
Hablaba menos. Sonreía menos. Como si la verdad que habíamos descubierto, la verdad sobre su padre, sobre mi padre, sobre la isla, le hubiera robado algo que no podía recuperar.
Yo pasaba las horas con Juan, tomándole la mano, hablándole en voz baja, contándole historias del pasado, de cuando éramos niños, de cuando la isla todavía era nuestra, de cuando no sabíamos que iba a devoraros.
La noche del tercer día, Elena entró en el salón, el rostro pálido, los ojos hundidos. Llevaba el móvil en la mano, la pantalla iluminando su rostro demacrado.
—Han respondido —murmuró, la voz baja, cargada de una ansiedad que no intentaba ocultar—. La embajada rusa. Han dicho que van a enviar un equipo. Que van a detener a los que quedan. Que van a limpiar la isla.
—¿Y cuándo llegan? —preguntó Juan, incorporándose, el dolor crispándole el rostro.
—Mañana —respondió Elena, la voz firme, cargada de una convicción que me heló la sangre—. Mañana a mediodía. Mientras tanto tenemos que sobrevivir.
—¿Y cómo coño sobrevivimos? —espetó Darío, entrando en el salón, la pistola todavía en la mano, el rostro pálido—.
Si los rusos saben que vamos a entregarlos, si saben que vamos a publicar los nombres, entonces van a venir a por nosotros.
Antes de que llegue el equipo. Antes de que sea demasiado tarde.
—Entonces nos escondemos —replicó Elena, la voz firme, cargada de una autoridad que no le había visto en días—. Nos escondemos hasta que llegue el equipo. Hasta que los rusos de verdad detengan a los que quedan. Hasta que la isla esté limpia.
—¿Y dónde coño nos escondemos? —preguntó Darío, la voz cargada de una desesperación que me aplastaba el pecho—. Si la UCO tiene la finca vigilada, si los rusos nos están buscando, si medio cártel de Ibiza quiere vengar a Costa, entonces no hay lugar seguro.
—Sí lo hay —replicó Juan, la voz firme, cargada de una convicción que me heló la sangre—. Hay un lugar. Un lugar que solo yo conozco. Un lugar donde nadie nos va a buscar. Donde nadie nos va a encontrar.
—¿Dónde? —pregunté, acercándome a él, poniéndole una mano en el hombro.
Juan me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era determinación. La determinación de un hombre que ha decidido que va a luchar, aunque sepa que va a perder.
—En la morgue —murmuró, la voz baja, cargada de una convicción que me erizó la piel—. En la morgue del Hospital Can Misses. En el lugar donde yo te conocí. En el lugar donde empezamos todo. En el lugar donde vamos a terminar.
Me quedé helada. El corazón me dio un vuelco.
—¿La morgue? —articulé, la voz quebrada—. ¿Cómo coño nos vamos a esconder en la morgue?
—Porque nadie va a buscar allí —replicó Juan, la voz firme, cargada de una autoridad que no le había visto en días—.
Porque la morgue es el único lugar de la isla donde los muertos hablan.
Y los muertos no mienten. Los muertos no traicionan.
Los muertos no venden. Aunque nosotros vamos a escondernos entre ellos.
Hasta que pase la tormenta. Hasta que los rusos de verdad lleguen. Hasta que la isla esté limpia.
Elena asintió, un gesto mínimo, pero suficiente. Se puso de pie, la carpeta 042 apretada contra el pecho.
—Entonces vamos —murmuró, la voz firme, cargada de una determinación que me heló la sangre—. Vamos a la morgue. Vamos a escondernos entre los muertos. Y vamos a esperar. Hasta que llegue el momento. Hasta que llegue la verdad. Hasta que llegue la justicia.
Darío no respondió. Se limitó a guardar la pistola en la funda, a mirar el mar a través de las ventanas rotas, a escuchar el rugido de las olas rompiendo contra las rocas.