Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 35 #2
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CAPÍTULO 35 #2

Fueron las ventanas. Estallaron hacia adentro, una lluvia de cristales templados que llovió sobre el mármol.

Los flashes de los fusiles de asalto iluminaron el salón.

El hombre de la cicatriz saltó hacia atrás, pero las balas lo alcanzaron en el pecho, levantándolo del suelo y lanzándolo contra la pared de cristal.

Cayó hecho un guiñapo, la sangre manando de una docena de agujeros, empapando el traje caro.

Me tiré al suelo, cubriéndome la cabeza con los brazos. Los casquillos llovían a mi alrededor, tintineando contra el mármol. El olor a pólvora era asfixiante, mezclándose con el de la sangre fresca y el tabaco rancio.

—¡UCO! ¡No disparen! ¡Somos los Vance! —gritó una voz desde el porche.

Levanté la cabeza. Entre el humo y los cristales rotos, vi una silueta apoyada en el marco de la puerta.

Llevaba un chaleco antibalas sobre una camisa de hospital.

El rostro estaba pálido, demacrado, con una sonda nasogástrica colgando de la nariz y un gotero de suero que alguien había conectado a una botella portátil.

Juan.

Mi Cabo. Mi carcelero. Mi cómplice.

Estaba vivo. Y había venido a buscarnos.

Pero no estaba solo. Detrás de él, dos agentes de la UCO de Madrid, los verdaderos, los de las insignias doradas y las caras de pocos amigos, mantenían sus armas apuntando a los rusos que intentaban escapar por la puerta trasera.

El tiroteo duró treinta segundos. Luego, el silencio. Solo el zumbido del aire acondicionado y el goteo de la sangre del hombre de la cicatriz sobre el mármol.

Juan se dejó caer de rodillas. El esfuerzo lo había dejado sin aliento. Se llevó una mano al costado, donde la camisa de hospital estaba manchada de un rojo oscuro y fresco.

Me arrastré hacia él, esquivando los cristales. Le agarré la cara con las dos manos. Su piel estaba fría, sudorosa.

—Idiota —susurré, las lágrimas quemándome los ojos—. ¿Cómo coño has salido de la UCI?

Juan sonrió. Una sonrisa torcida, triste, que le llegó a los ojos.

—Me desconecté —murmuró, la voz un hilo ronco—. Tenía que asegurarme de que no la cagarais.

Me incliné y lo besé. No fue un beso suave. Fue un choque de dientes y labios, un beso con sabor a sal, a pólvora y a sangre. Fue el beso de dos náufragos que acaban de descubrir que el otro sigue respirando.

Cuando me separé, Juan miró hacia el cadáver del hombre de la cicatriz.

—Ese es el Cirujano —murmuró, la voz cargada de una fatiga infinita—. El que mató a Valera. El que operó a tu hermana.

Me giré hacia el cuerpo. El hombre yacía en un charco de sangre, los ojos abiertos, mirando el techo de cristal.

Los agentes de la UCO registraron la casa con una eficiencia mecánica.

Sus botas crujían sobre los cristales rotos, levantando destellos bajo las luces tácticas que barrían las habitaciones.

El olor a pólvora se mezclaba con el de la sangre y el tabaco rancio, creando una atmósfera densa, asfixiante, que se pegaba al paladar.

Juan estaba sentado en el sofá de cuero blanco, la camisa de hospital manchada de rojo, la sonda nasogástrica todavía colgando de su nariz como un tentáculo pálido.

Un médico de la UCO le estaba cosiendo la herida del costado, la aguja entrando y saliendo de la piel con un sonido húmedo que me revolvía el estómago.

Juan no se quejó. Solo apretó los dientes, los músculos del cuello marcados como cables de acero.

Me arrodillé a su lado, ignorando al médico, ignorando a los agentes, ignorando todo excepto el rostro de Juan.

Su piel estaba fría, sudorosa, los ojos hundidos en cuencas oscuras.

Había perdido peso. Mucho peso. Las mejillas se le habían hundido, los pómulos se le marcaban como cuchillas bajo la piel.

—¿Cómo coño has salido de ahí? —repetí, la voz quebrada, cargada de una rabia que no intentaba ocultar—. ¿Quién te ha sacado? ¿Cómo has llegado hasta aquí?

Juan cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, la fiebre brillaba en ellos, una luz enfermiza que me heló la sangre.

—Lucía —murmuró, la voz un hilo ronco—. Ella me sacó. Me desconectó. Me puso en un coche. Me trajo hasta aquí.

—¿Lucía? —repitió Darío, acercándose, el rostro pálido, los ojos desorbitados—. ¿La enfermera del Mercado Viejo? ¿Cómo coño sabía ella dónde estabas?

Juan sonrió. Una sonrisa torcida, triste, que no le llegó a los ojos.

—Lucía no es una enfermera, Darío —respondió, la voz cargada de una fatiga infinita—. Es mi contacto. Mi informante. La que me pasó la información sobre Costa. La que me dijo dónde estaba la finca de Martínez. La que me ha estado protegiendo durante tres años.

Me quedé helada. El corazón me dio un vuelco.

—¿Tres años? —articulé, la voz quebrada—. ¿Tres años trabajando con ella? ¿Tres años sin decirme nada?

Juan me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era cansancio. El cansancio de un hombre que ha cargado con el peso de la isla durante demasiado tiempo.

—No podía decírtelo, Sofía —murmuró, la voz baja, cargada de una resignación que le encorvaba los hombros—. Si te lo hubiera dicho, si te hubiera involucrado, entonces te habrían matado. A ti. A Elena. A Darío. Yo no podía dejar que eso pasara.

—Pero me involucraste de todos modos —contraataqué, la rabia hirviéndome en las venas, quemando el cansancio, el frío, el dolor—.

Me involucraste cuando me follaste contra la pared de la morgue.

Cuando me mentiste. Cuando me protegiste de la verdad.

Cuando dejaste que Elena desapareciera. Cuando dejaste que Darío se tatuara esa puta marca.

Juan no respondió. Se limitó a cerrar los ojos, el médico terminando de coser la herida, la aguja entrando y saliendo de la piel con un sonido húmedo.

Elena se acercó, la carpeta 042 apretada contra el pecho.

Se arrodilló frente a Juan, mirándolo con una expresión que no había visto antes.

No era amor. No era culpa. Era reconocimiento.

El reconocimiento de una mujer que acaba de descubrir que el hombre que creía su enemigo era, en realidad, el que la había protegido.

—Gracias —murmuró, la voz baja, cargada de una gratitud que me aplastaba el pecho—. Gracias por protegerme. Gracias por no rendirte. Gracias por no dejarme morir.

Juan abrió los ojos. Miró a Elena. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era amor. No era culpa. Era alivio. El alivio de un hombre que acaba de descubrir que la mujer que creía haber fallado estaba viva. Estaba aquí. Estaba respirando.

—No te dejé morir, Elena —murmuró, la voz un hilo ronco—. Te dejé vivir. Porque sabía que algún día ibas a volver. Algún día ibas a sacar la mierda a la luz. Algún día ibas a limpiar esta puta isla.

El médico terminó de coser la herida. Cortó el hilo con unas tijeras, limpió la zona con gasas empapadas en alcohol, y se puso de pie.

—Necesitas reposo —dijo, la voz plana, carente de emoción—. Y antibióticos. Y comida. Y dormir. Si sigues así, vas a morir de nuevo. Y esta vez, no voy a poder coserte.

Juan sonrió. Una sonrisa torcida, triste, que le llegó a los ojos por primera vez en días.

—Lo sé —murmuró, la voz baja, cargada de una convicción que me heló la sangre—. Pero todavía no he terminado.

Un agente de la UCO se acercó, un tipo de unos cuarenta años, con cara de pocos amigos y un traje gris que le sentaba como un guante. Llevaba una carpeta en la mano, gruesa, llena de papeles.

—Cabo Santos —dijo, la voz plana, carente de emoción—. Soy el inspector jefe Ramírez, de la UCO de Madrid. Necesito que me explique qué cojones ha pasado aquí.

Juan se incorporó, apoyándose en el sofá. El dolor le crispó el rostro, arrancándole una mueca involuntaria. Pero no se quejó. Solo apretó los dientes, los músculos del cuello marcados como cables de acero.

—Le voy a explicar todo, inspector —respondió, la voz firme, a pesar del temblor que le sacudía las manos—. Le voy a explicar todo. Desde el principio.

Y empezó a hablar. Le contó todo. Le contó lo de Costa. Lo de Martínez. Lo de los rusos. Lo de Elena. Lo de la carpeta 042. Lo de la finca. Lo del Cirujano. Le contó todo, excepto una cosa.

No le contó que Lucía era su informante. No le relató que había estado trabajando con ella durante tres años. No le detalló que había sido él quien había pasado la información sobre la finca de Martínez.

Porque si se lo contaba, si les daba esa información, la UCO iba a cazar a Lucía. Iban a cazarla como a un animal. Iban a meterla en la cárcel, o peor, iban a matarla. Y él no podía dejar que eso pasara. No después de todo lo que había hecho. No después de todo lo que habían pasado.

Así que se calló. Y dejó que Lucía desapareciera. Y dejó que la UCO se llevara los créditos. Y dejó que la isla siguiera girando, ajena a nuestra miseria, ajena a nuestros secretos.

Porque al final, la isla siempre gana. La isla siempre devora a los que intentan cambiarla. Pero él ya no era el Cabo que examinaba los cadáveres. Era uno más de los cadáveres que la isla había devorado.