CAPÍTULO 35
Pasamos dos días en Cala Goloritzé. Dos días de silencio, de espera, de no moverse, de no hacer ruido, de no dejar rastro.
El sol caía a plomo sobre la cala, convirtiendo la arena en una sartén que nos quemaba las plantas de los pies.
El agua turquesa era un espejo cegador que nos devolvía la luz con una violencia obscena.
No había sombra. No había refugio. Solo los pinos retorcidos que se aferraban a los acantilados, ofreciendo un cobijo miserable contra el calor asfixiante.
Marc salía en el bote auxiliar al amanecer, volvía al anochecer, trayendo comida, agua, noticias. Decía poco. Solo lo necesario. El resto lo guardaba para sí mismo, como si el peso de los años, de los recuerdos, de la venganza, le aplastara los hombros.
Darío mejoraba lentamente. La fiebre había desaparecido.
La herida del costado había dejado de supurar, los bordes cerrándose con una cicatriz rosada y brillante.
Pero la debilidad seguía anclada a sus huesos, una losa invisible que le aplastaba el pecho con cada inspiración.
Pasaba las horas tumbado bajo la sombra de un pino, la mirada perdida en el horizonte, los ojos entrecerrados contra el sol.
Yo pasaba las horas en el puente, mirando el mar, pensando en Juan. En si estaría bien. En si habría sobrevivido a la operación. En si Martínez lo habría encontrado. En si los rusos lo habrían matado. En si alguna vez volvería a verlo.
La noche del segundo día, Marc volvió con noticias.
—He hablado con Lucía —anunció, saltando del bote auxiliar a la arena, el rostro pálido, los ojos hundidos—. La UCO de Madrid ha tomado el control de Ibiza. Han detenido a una docena de personas. Jueces. Políticos. Empresarios. La red está cayendo.
—¿Y Martínez? —pregunté, incorporándome, la esperanza encendiéndose en mi pecho como una llama débil.
—Sigue desaparecido —respondió Marc, sacudiendo la cabeza, el sudor perlándole la frente—. Pero Lucía tiene una pista. Un informante le dijo que lo vieron hace dos días en el norte de la isla. Cerca de Portinatx. En una finca abandonada.
—¿Qué finca? —preguntó Elena, poniéndose de pie, la carpeta 042 apretada contra el pecho.
—La finca de su padre —replicó Marc, la voz baja, cargada de una resignación que le encorvaba los hombros—.
La que heredó cuando murió. La que nadie sabe que existe.
Porque está a nombre de una sociedad pantalla en las Islas Caimán.
Pero yo la conozco. Tu padre me llevó allí una vez.
Para esconder un cargamento que los rusos querían interceptar.
Está en el acantilado, sobre la cala de s'Arenal. Tiene un búnker.
Elena cerró la carpeta. El sonido del cartón golpeando la madera fue seco, definitivo.
—Nos vamos mañana —dijo. No era una petición. Era una sentencia.
Darío se incorporó. La arena se le pegaba a la espalda, pero no se quejó.
—¿Con qué? ¿Con este cacharro? El motor apenas aguanta la travesía de ida.
—Conozco a un tipo en Olbia —respondió Marc, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Tiene un catamarán. Rápido. Silencioso. Puede llevarnos a la costa norte de Ibiza en seis horas. Si salimos de noche, sin luces, no nos verá ni la UCO ni lo que quede de los rusos.
Me puse de pie. Las rodillas me crujieron. El sol me había quemado la nuca, la piel tirante, llena de ampollas que se rompían con el roce de la camiseta. El dolor era un ancla. Me mantenía aquí.
—¿Y Juan? —pregunté. La voz me salió rasposa. No lo había mencionado en dos días. El nombre me sabía a ceniza.
Marc me miró. Sus ojos, azules como el agua que nos rodeaba, no escondían nada.
—Lucía dice que sigue en la UCI. Intubado. Pero vivo. La UCO lo tiene vigilado, pero no lo han detenido. Porque sin su testimonio, no pueden cerrar el caso contra los de Madrid.
Cerré los ojos. El alivio me golpeó el pecho, seguido inmediatamente por el miedo. Juan estaba vivo. Pero estaba atrapado en una isla que se estaba pudriendo por dentro, rodeado de federales que no sabían en quién confiar y de sicarios que sabían exactamente en quién disparar.
—Nos vamos al anochecer —ordené.
El catamarán de Olbia no olía a pescado.
Olía a fibra de carbono, a gasolina de alto octanaje y a la desesperación de los hombres que huyen.
Marc lo manejaba con una precisión quirúrgica, leyendo el mar como si fuera un libro abierto.
Las olas rompían contra los cascos gemelos con un ritmo sordo, constante, que me vibraba en los dientes.
Iba sentada en la popa, la pistola en el regazo. El metal estaba frío, una certeza absoluta en un mundo de mentiras. Elena dormía a mi lado, agotada por la tensión de los últimos días. Darío estaba en la proa, vigilando el horizonte con unos prismáticos que Marc le había prestado.
A las tres de la mañana, la silueta de Ibiza emergió de la oscuridad.
No era la Ibiza de las postales. No había luces de clubs, ni neones parpadeando en el puerto.
La isla estaba a oscuras, bajo un toque de queda no oficial impuesto por el pánico y la UCO.
Solo el faro de Botafoc giraba su haz blanco sobre el agua negra, como el ojo de un dios ciego y cruel.
—Apaga las luces de navegación —ordenó Marc. El motor bajó de revoluciones, convirtiéndose en un ronroneo apenas audible. Nos deslizamos hacia la costa norte, pegados a los acantilados de piedra roja.
El olor a resina de pino y a salitre me golpeó las fosas nasales. Ibiza. Mi casa. Mi tumba.
Dejamos el catamarán varado en una cala de arena negra, al sur de Portinatx, lejos de los accesos principales.
El viento del norte aullaba, arrastrando el frío del Atlántico.
Nos adentramos en el bosque de pinos, pegándonos a las sombras.
La tierra estaba húmeda, cubierta de agujas que amortiguaban nuestros pasos.
La finca de Martínez no aparecía en los mapas. Estaba escondida tras una cortina de cipreses y un muro de piedra seca que el tiempo había cubierto de hiedra. Marc nos guió hasta una brecha en la vegetación. Desde allí, podíamos ver la casa.
No era una masía. Era una fortaleza de hormigón y cristal, diseñada para mimetizarse con el paisaje y, al mismo tiempo, dominarlo.
Las ventanas estaban a oscuras, pero el débil resplandor de una luz de emergencia bañaba el porche de entrada.
Dos todoterrenos negros estaban aparcados en la grava.
No eran coches de la UCO. Eran blindados.
—Hay gente dentro —susurró Darío, bajando los prismáticos.
—No son federales —respondió Marc, sacando la escopeta de debajo de la chaqueta—. Los federales no usan blindados rusos.
El corazón me dio un vuelco. Los rusos. No se habían ido. Habían enviado a los limpiadores. A los que no dejan testigos. A los que vienen a borrar las pruebas, y a los que las conocen.
—Martínez no está solo —murmuré, el sabor a bilis subiendo por mi garganta—. Lo han encontrado antes que nosotros.
—O lo han vendido —corrigió Elena. Su voz era un hilo tenso, desprovisto de cualquier emoción.
Nos acercamos a la casa, usando los arbustos de buganvilla seca como cobertura. Las espinas me rasgaron los vaqueros, arañándome las pantorrillas. El dolor era agudo, pero me mantenía despierta.
Llegamos a la terraza trasera. Las puertas de cristal estaban entreabiertas. El aire acondicionado zumbaba en el interior, un sonido mecánico que contrastaba con el aullido del viento. El olor a tabaco caro, a whisky añejo y a algo más. Algo metálico. Algo dulce.
Sangre.
Me asomé por el marco de la puerta. El salón era un mausoleo de lujo. Sofás de cuero blanco, mesas de mármol, cuadros de artistas que no reconocía. En el centro, sentado en una silla de madera, estaba Martínez.
O lo que quedaba de él.
Le habían arrancado la ropa. El torso estaba cubierto de cortes precisos, quirúrgicos. No había sangre en el suelo. La habían limpiado. Pero el olor a cobre y a heces era insoportable. Le habían arrancado los ojos. Las cuencas estaban vacías, negras, mirando un horror que solo él podía ver.
—Dios mío —susurró Darío, tapándose la boca con la mano.
—No es Dios —dijo una voz desde las sombras.
Me giré, levantando la pistola. Marc hizo lo mismo, la escopeta apuntando al pasillo.
Un hombre salió de la oscuridad del corredor. Llevaba un traje oscuro, impecable. No era ruso. Era más bajo, más delgado. Tenía el cabello canoso, peinado hacia atrás, y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda. Sostenía un pañuelo blanco, manchado de rojo oscuro.
—El inspector Martínez fue muy cooperativo —dijo el hombre. Su acento era del este, pero el español era perfecto, casi académico—. Nos dio los nombres de los que quedan. Los que no estaban en la carpeta de su hermana, doctora Vance.
Me quedé helada. Sabía mi nombre. Sabía lo de la carpeta.
—¿Quién coño eres? —espeté, manteniendo el cañón de la pistola apuntado a su pecho.
El hombre sonrió. No fue una sonrisa de burla. Fue una sonrisa de tristeza.
—Soy el que limpia los errores —respondió, guardando el pañuelo en el bolsillo de la chaqueta—. Y ustedes son el error más grande que ha cometido esta isla en veinte años.
De repente, el sonido de motores. Fuera. Muchos. El rugido de diésel, el chirrido de frenos neumáticos. Luces azules y rojas empezaron a girar, bañando el salón en un estroboscopio de colores enfermos.
La UCO.
El hombre de la cicatriz me miró. No pareció sorprendido. No pareció asustado.
—Parece que su tiempo se ha acabado, doctora —murmuró, levantando las manos lentamente—. Pero el mío también.
Se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta.
—¡Al suelo! —gritó Marc.
Pero no fue él quien disparó.