CAPÍTULO 34
La cala apareció entre dos acantilados de piedra caliza, una cicatriz blanca en la costa norte de Cerdeña.
Marc maniobró el Elena con la precisión de un cirujano, metiendo la proa en el estrecho pasaje entre las rocas, el motor gimiendo en primera, las hélices arañando el fondo de arena y grava.
El agua se volvió de un turquesa obsceno, tan clara que podía verse el fondo a diez metros de profundidad: erizos negros, estrellas de mar, una raya que se deslizaba como una sombra alada sobre la arena blanca.
Apagó el motor. El silencio cayó sobre nosotros como una losa, roto solo por el chapoteo del agua contra el casco y el jadeo entrecortado de Darío, que seguía tumbado en la cubierta, la mano apretada contra el costado, la chaqueta empapada en un rojo oscuro que ya no era sangre fresca, sino el residuo coagulado de tres días de infección y fiebre.
—Aquí estamos —murmuró Marc, saltando al agua. El líquido le llegó a la cintura, helado, transparente. Arrastró una cuerda hasta una argolla de bronce empotrada en la roca, ató el cabo con un nudo de pescador, y se acercó a la borda—. Ayudadme con las amarras.
Marc y yo empujamos el Elena hasta la orilla, la proa varando en la arena con un crujido sordo. El barco se inclinó, la madera gimiendo, antes de estabilizarse. Salimos del agua, empapados, el aire frío de la tarde golpeándonos la piel, secándola en una película de sal que tiraba de los poros.
La cala era un paraíso de postal. Arena blanca, agua turquesa, pinos retorcidos que se aferraban a los acantilados como dedos huesudos.
No había edificios. No había turistas. No había señales de civilización.
Solo el rugido del mar, el viento entre los pinos, y el olor a resina y a sal que se mezclaba con el hedor a pescado podrido que seguía pegado a mi ropa.
—¿Dónde estamos? —preguntó Elena, mirando a su alrededor, los ojos entrecerrados, evaluando.
—Cala Goloritzé —respondió Marc, subiendo al barco para ayudar a Darío—. Solo se llega andando. Cuatro horas desde Baunei, por un sendero de cabras. O en barco, si conoces el paso. Yo lo conozco.
—¿Y cómo coño vamos a salir de aquí? —espetó Darío, dejándose caer en la arena cuando Marc lo bajó del barco. La herida del costado le había vuelto a sangrar, una mancha oscura que se extendía bajo la chaqueta—. Si solo se llega andando, si solo se llega en barco entonces estamos atrapados.
—No estamos atrapados —replicó Marc, arrodillándose junto a él, examinando la herida con dedos expertas—. Estamos escondidos. Hay una diferencia.
Me acerqué a Darío, arrodillándome a su lado.
Le quité la mano del costado. La herida era un desastre.
Los puntos que le había puesto en Formentera habían vuelto a abrirse, la piel enrojecida, los bordes brillantes por la infección.
El olor a pus y a carne dulce me golpeó las fosas nasales, una bofetada dulzona que me revolvió el estómago.
—Necesito drenar esto —dije, sacando mi kit forense de la mochila—. Otra vez. Y necesito antibióticos de espectro amplio. Si no, la sepsis va a matarlo en cuarenta y ocho horas.
Marc asintió, poniéndose de pie.
—Tengo algo en el barco. Guardado. Para emergencias.
Se acercó al Elena, bajó al camarote, y volvió con una caja metálica pequeña, oxidada. La abrió. Dentro, viales de antibiótico, jeringas, gasas, hilo de sutura. Material de primera calidad. No de contrabandista. De profesional.
—¿De dónde has sacado esto? —pregunté, cogiendo un vial de meropenem, el antibiótico más potente que tenía.
—De tu padre —respondió Marc, la voz baja, cargada de una nostalgia que me aplastaba el pecho—. Él lo guardaba. Para mí. Para emergencias.
Elena se acercó, la carpeta 042 todavía apretada contra el pecho. Sus ojos se clavaron en Marc, evaluándolo, calculando.
—Mi padre no era pescador —murmuró, la voz baja, cargada de una certeza que me heló la sangre—. Era algo más. Algo que tú no me has contado.
Marc no respondió. Se limitó a arrodillarse junto a Darío, preparando la jeringa con movimientos mecánicos, ensayados. Sus dedos, largos y callosos, rozaban el metal con una delicadeza obscena.
—Tu padre era informante —dijo finalmente, la voz baja, cargada de una resignación que le encorvaba los hombros—.
Pasaba información a la Guardia Civil. A los buenos.
A los que todavía creían que la ley servía para algo.
Sobre los barcos que entraban en el puerto.
Sobre los que blanqueaban dinero. Sobre los que traían droga.
—¿Y los rusos lo mataron —continué, entendiendo de repente el patrón, conectando los puntos que había visto en tantas autopsias, en tantos informes archivados, en tantos cadáveres que habían llegado a mi camilla con la etiqueta de “accidente” o “suicidio”?
—Los rusos lo mataron —confirmó Marc, clavando la aguja en el brazo de Darío, empujando el émbolo con el pulgar—. Y Costa lo encubrió. Y Martínez cobró por callarse. Tu padre, Darío, tu padre firmó el informe.
Darío cerró los ojos. Un gesto de dolor que le crispó el rostro. No era dolor físico. Era el dolor de la verdad, esa que llega tarde, cuando ya no puedes cambiar nada.
—Mi padre —murmuró, la voz quebrada—. Mi padre sabía.
—Tu padre sabía —replicó Elena, la voz cargada de una tristeza que me aplastaba el pecho—. Y vivió con ello. Y te crió con ello. Y murió con ello.
—¿Murió? —preguntó Darío, abriendo los ojos, la voz cargada de una esperanza desesperada—. ¿Mi padre está muerto?
—Hace tres años —respondí, la voz baja, cargada de una culpa que no intentaba ocultar—. Infarto. En casa. Yo firmé el informe.
Darío me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era rabia. No era culpa. Era aceptación. La aceptación de un hombre que ha descubierto que toda su vida había sido una mentira construida sobre los cadáveres de otros.
—Entonces vamos a por ellos —murmuró, la voz firme, cargada de una determinación que me heló la sangre—. Vamos a por Martínez. Vamos a por los rusos. Vamos a por todos los que mataron a mi padre. A tu padre. A Costa. A Valera. A todos.
—No podemos matarlos a todos —contraataqué, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. Pero podemos entregar los nombres. Podemos sacar la mierda a la luz. Podemos asegurarnos de que paguen.
—¿Y cómo coño hacemos eso? —preguntó Darío, la voz cargada de una desesperación que me aplastaba el pecho—. Si se los damos a Martínez, los hace desaparecer. Si se los damos a la UCO de Madrid, los archivan. Si se los damos a la prensa, los compran.
—No se los damos a nadie —replicó Elena, la voz firme, cargada de una convicción que me heló la sangre—. Los publicamos. Todos. En internet. En los periódicos. En la televisión. En todas partes. Que todo el mundo los vea. Que todo el mundo sepa la verdad.
—Eso es suicidio —espetó Darío—. Nos van a cazar. Nos van a matar.
—Ya nos están cazando —replicó Elena, la voz cargada de una rabia que no intentaba ocultar—. Ya nos están matando. Cada día que pasa, cada minuto que respiramos, es un minuto que le hemos robado a la muerte. Y yo no voy a dejar que ese minuto sea en vano.
Marc nos miró. Sus ojos estaban hundidos en cuencas oscuras, pero brillaban con una luz que no había visto antes.
No era miedo. No era culpa. Era orgullo.
El orgullo de un hombre que ha esperado quince años para ver a la hija de su capitán convertirse en la mujer que su padre siempre supo que sería.
—Ya los hemos publicado —murmuró, la voz baja, cargada de una convicción que me erizó la piel—. Lucía lo hizo hace dos horas. Los nombres están en todos los periódicos. En todas las televisiones. En internet. Todo el mundo los ha visto. Todo el mundo sabe la verdad.
Me quedé helada. El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué? —articulé, la voz quebrada—. ¿Cuándo? ¿Cómo?
—Mientras vosotros dormíais —respondió Marc, la voz firme—. Lucía me llamó. Me dijo que estaba lista. Que solo necesitaba la confirmación. Y yo se la di.
—¿Por qué no nos lo dijiste? —espeté, la rabia hirviéndome en las venas, quemando el cansancio, el frío, el dolor—. ¿Por qué coño no nos lo dijiste antes?
—Porque no importaba —replicó Marc, la voz cargada de una resignación que le encorvaba los hombros—. Lo que importaba era sacaros de Ibiza. Lo que importaba era manteneros vivos. Lo que importaba era que Elena descubriera la verdad. Y eso ya ha pasado.
Elena se acercó a Marc, poniéndole una mano en el hombro. El gesto fue breve, casi imperceptible, pero cargado de significado.
—Gracias —murmuró, la voz baja, cargada de una gratitud que me aplastaba el pecho—. Gracias por esperar. Gracias por protegerme. Gracias por no rendirte.
Marc no respondió. Se limitó a asentir, un gesto mínimo, pero suficiente. Luego, se puso de pie, mirando hacia el mar, hacia la entrada de la cala, hacia el mundo que habíamos dejado atrás.
—Ahora viene lo difícil —murmuró, la voz baja, cargada de una advertencia que no admitía réplica—.
Ahora que los nombres están publicados, ahora que la verdad ha salido a la luz, ahora que la red se ha desmantelado, ahora vienen a por nosotros.
Todos. Martínez. Los rusos. Los que quedan.
Y no van a parar hasta que estemos muertos.
—¿Y qué hacemos? —pregunté, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. ¿Cómo nos protegemos? ¿Cómo sobrevivimos?
—Nos escondemos —replicó Marc, la voz firme, cargada de una determinación que me heló la sangre—. Nos escondemos aquí. En esta cala. Donde nadie nos va a buscar. Donde nadie nos va a encontrar. Hasta que la tormenta pase. Hasta que los que quedan se cansen. Hasta que podamos volver.
—¿Volver? —repitió Darío, la voz cargada de incredulidad—. ¿Volver a Ibiza? ¿A la isla que nos ha devorado? ¿A la isla que ha matado a nuestros padres? ¿A la isla que ha matado a Costa, a Valera, a todos?
—Sí —respondió Elena, la voz firme, cargada de una convicción que me heló la sangre—.
Vamos a volver. Porque Ibiza es nuestra.
Porque es la isla de nuestro padre. Porque es la isla donde hemos nacido.
Y no vamos a dejar que los que quedan la devoren.
No vamos a dejar que la conviertan en un vertedero.
Vamos a limpiarla. Vamos a quemarla. Y vamos a reconstruirla.
Me quedé mirándola. Mi hermana. La mujer que había llorado durante tres años. La mujer que había creído muerta. La mujer que acababa de descubrir que su padre había sido un informante, que había muerto por eso, que había dejado un legado de verdad y de venganza que ella ahora tenía que completar.
—¿Y cómo coño vamos a hacer eso? —pregunté, la voz cargada de una desesperación que no intentaba ocultar—. Si volvemos a Ibiza, si nos movemos, si dejamos un rastro, entonces nos van a encontrar. Y nos van a matar.
—No nos van a encontrar —replicó Elena, la voz firme, cargada de una autoridad que no le había visto en días—. Porque no vamos a volver como víctimas. Vamos a volver como cazadores. Vamos a volver con un plan. Vamos a volver con una estrategia. Y vamos a volver con la verdad de nuestro lado.
—¿Y cuál es ese plan? —insistí, la voz cargada de una ansiedad que no intentaba ocultar—. ¿Cuál es esa estrategia? ¿Cómo coño vamos a limpiar una isla que lleva veinte años pudriéndose?
Elena me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era determinación. La determinación de una mujer que ha decidido que va a sobrevivir, aunque sepa que va a perder.
—Empezamos por Martínez —murmuró, la voz baja, cargada de una convicción que heló la sangre—.
Él es la clave. Él es el que ha vendido a todos.
Él es el que ha cobrado por callarse. Él es el que ha firmado los informes falsos.
Si lo encontramos, si lo detenemos, si lo entregamos a la UCO de Madrid, entonces el resto caerá.
Entonces los rusos se irán. Entonces los que quedan se rendirán. Entonces Ibiza será nuestra.
—¿Y dónde coño está Martínez? —preguntó Darío, la voz cargada de una frustración que no intentaba ocultar—. Lucía dijo que había desaparecido. Que su casa estaba vacía. Que su coche estaba en el aeropuerto. Pero él no estaba. Ha huido. O lo han secuestrado. O lo han matado.
—No ha huido —replicó Elena, la voz firme, cargada de una certeza que me heló la sangre—. No ha sido secuestrado. No lo han matado. Está escondido. En Ibiza. En algún lugar que solo él conoce. En algún lugar que solo nosotros podemos encontrar.
—¿Y cómo coño sabes eso? —pregunté, la voz cargada de incredulidad—. ¿Desde cuándo sabes dónde está Martínez?
Elena no respondió. Se limitó a mirar el mar, las olas rompiendo contra las rocas con una violencia sorda, constante, hipnótica. El viento aullaba, arrastrando el olor a sal y a lluvia.