CAPÍTULO 33
El amanecer en Cerdeña no traía esperanza; traía la certeza de que otro día había empezado y nosotros seguíamos vivos, lo cual, en nuestra situación, era tanto una bendición como una condena.
La luz grisácea se filtraba por las rendijas de la cabina del Elena, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire viciado.
Olía a gasoil, a pescado seco, a sudor acumulado y a ese olor dulzón que deja el miedo cuando lleva días sin ventilación.
Marc estaba en el puente, limpiando la escopeta con movimientos mecánicos, ensayados.
Sus dedos, largos y callosos, rozaban el metal con una delicadeza obscena, como si acariciara a una amante antigua.
El sonido del trapo grasiento contra el cañón era rítmico, hipnótico, un metrónomo que marcaba el compás de nuestra supervivencia.
Darío dormía en la camilla del camarote, la respiración entrecortada, el rostro pálido, los ojos hundidos en cuencas oscuras.
La fiebre había bajado, pero la debilidad seguía anclada a sus huesos, una losa invisible que le aplastaba el pecho con cada inspiración.
La herida del costado había dejado de supurar, pero la piel alrededor seguía enrojecida, brillante, una promesa de que la infección no se había ido del todo, solo estaba esperando.
Me acerqué a ella, sentándome a su lado. El banco de madera estaba frío, húmedo por el rocío de la mañana. La madera crujía bajo mi peso, un sonido seco, definitivo.
—¿Qué piensas? —pregunté, la voz baja, cargada de una precaución que no intentaba ocultar.
Elena no respondió de inmediato. Tardó varios segundos, como si la pregunta hubiera tenido que atravesar capas de anestesia, de negación, de memoria fragmentada.
Cuando finalmente habló, la voz le salió ronca, arrastrada, como si las palabras tuvieran que abrirse paso a través de un espesor viscoso.
—Pienso en mi padre —murmuró, la mirada fija en el horizonte—. En lo que hizo. En por qué lo hizo. En si valió la pena.
—Tu padre era un hombre decente —repliqué, acercándome a ella, poniéndole un brazo sobre los hombros—. Hizo lo que creía que era correcto. Aunque le costara la vida.
—¿Y tú qué crees, Sofía? —preguntó, girándose hacia mí, los ojos brillando con una luz que no había visto antes—. ¿Crees que valió la pena? ¿Crees que publicar los nombres, desmantelar la red, quemar la isla entera, crees que todo esto valió la pena?
No respondí. Porque no tenía respuesta. Porque la verdad es que no lo sabía. Porque había pasado los últimos tres días preguntándome lo mismo, una y otra vez, hasta que la pregunta se había convertido en un eco enfermizo que resonaba en mi cabeza como un taladro.
—No lo sé —murmuré finalmente, la voz quebrada—. Solo sé que no podíamos hacer otra cosa. Solo sé que si no lo hubiéramos hecho, si hubiéramos dejado que Costa ganara, si hubiéramos dejado que Martínez nos comprara, entonces habríamos muerto por dentro. Pero yo prefería morir por fuera.
Elena asintió, un gesto mínimo, pero suficiente. Volvió a mirar el mar, las olas rompiendo contra las rocas con una violencia sorda, constante, hipnótica.
De repente, el sonido de un motor rompió el silencio. Lejano, pero acercándose rápidamente. Marc levantó la vista de la escopeta, escrutando el horizonte. Sus ojos se estrecharon, evaluando, calculando.
—Viene un barco —anunció, la voz tensa, cargada de una urgencia que no intentaba ocultar—. Desde el norte. Rápido.
Me puse de pie, sacando la pistola de la funda. La comprobé, metiendo la bala en la recámara con un chasquido seco. Darío se incorporó en la camilla, la mano apretada contra el costado, el rostro pálido.
—¿Rusos? —preguntó, la voz un hilo ronco.
—No lo sé —replicó Marc, guardando la escopeta bajo el asiento—. Pero no es un pesquero. Es demasiado rápido. Demasiado nuevo.
Elena se puso de pie, la carpeta 042 apretada contra el pecho. Sus ojos estaban brillando con una luz que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era determinación. La determinación de una mujer que ha decidido que va a sobrevivir, aunque sepa que va a perder.
—Si son rusos, si son de Martínez, si son de cualquiera que quiera matarnos —murmuró, la voz firme, cargada de una convicción que heló la sangre—, entonces vamos a pelear. Hasta el final.
—No vamos a pelear hasta el final —contraataqué, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—.
Vamos a escapar. Vamos a escondernos. Vamos a sobrevivir.
Porque si morimos, si nos matan, entonces todo esto habrá sido en vano.
Entonces los nombres no habrán servido para nada.
Entonces la verdad no habrá salido a la luz.
—¿Y qué propones? —preguntó Darío, incorporándose sobre los codos, la voz cargada de una desesperación que no intentaba ocultar—. ¿Cómo coño escapamos? Estamos en un barco, en medio del mar, con un motor que apenas funciona. Si nos persiguen, si nos alcanzan, entonces estamos muertos.
—No nos van a alcanzar —replicó Marc, la voz firme, cargada de una autoridad que no le había visto en días—. Conozco estas aguas. Conozco las calas escondidas. Conozco los pasos secretos. Si nos persiguen, los vamos a perder.
—¿Y si no nos persiguen? —insistí, la voz cargada de una ansiedad que no intentaba ocultar—. ¿Y si vienen a hablar? ¿Y si vienen a ofrecernos un trato?
Marc me miró. Sus ojos estaban hundidos en cuencas oscuras, pero brillaban con una luz que no había visto antes.
No era miedo. No era culpa. Era cansancio.
El cansancio de un hombre que ha esperado quince años para ver a la hija de su capitán convertirse en la mujer que su padre siempre supo que sería.
Y que ahora, ahora se daba cuenta de que quizás había esperado demasiado.
—En estas aguas, doctora —murmuró, la voz baja, cargada de una resignación que le encorvaba los hombros—, nadie viene a hablar. Solo vienen a matar.
El barco se acercaba. Ahora podía verlo con claridad. Era una lancha rápida, negra, sin banderas, sin luces. Cuatro hombres a bordo. Todos llevaban pasamontañas. Todos llevaban armas automáticas.
No eran rusos. No eran de Martínez. Eran algo peor. Eran profesionales. De los que no dejan testigos. De los que no hacen preguntas. De los que solo cumplen órdenes.
—Agárrense —ordenó Marc, arrancando el motor. El diésel tosió, escupiendo una nube de humo azul—. Vamos a hacer algo estúpido.
Pisó el acelerador. El barco escoró, casi volcando, antes de enderezarse. El agua entró por la borda, helada, salada, empapándonos en segundos. Elena gritó, aferrándose a mi brazo con una fuerza que me dejó marcas en la piel.
—¡No podemos escapar! —gritó Darío, la voz cargada de pánico—. ¡Son más rápidos!
—Entonces peleamos —replicó Marc, sacando la escopeta de debajo del asiento—. ¡Agarraos! ¡Voy a hacer una maniobra!
El barco giró bruscamente, describiendo un círculo cerrado en el agua. La lancha negra nos siguió, pero el giro la obligó a reducir la velocidad, a perder terreno.
Marc levantó la escopeta. Apuntó. Disparó.
El estruendo fue ensordecedor, ahogado por el rugido del mar y el aullido del viento.
La bala impactó en el casco de la lancha negra, levantando un chorro de agua y metal.
No fue un impacto letal. Pero fue suficiente para hacerlos dudar, para hacerlos reducir la velocidad, para hacerlos pensar dos veces antes de acercarse.
—¡No van a parar! —grité, aferrándome a Elena—. ¡Van a seguirnos hasta el infierno!
Elena me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era determinación. La determinación de una mujer que ha decidido que va a sobrevivir, aunque sepa que va a perder.
—Entonces que vengan —murmuró, la voz baja, cargada de una convicción que heló la sangre—. Que vengan y vean lo que somos capaces de hacer.
Saqué el móvil. El signal era débil, pero suficiente. Marcé un número que había guardado hacía meses, cuando empecé a sospechar que la isla tenía más capas de las que quería ver.
Sonó tres veces antes de que contestaran.
—¿Sí? —dijo una voz de mujer, ronca, cargada de desconfianza.
—Lucía —dije, la voz baja, plana—. Soy yo. Necesito que hagas algo. Algo grande.
—¿Qué pasa, doctora? —preguntó Lucía, la voz cargada de una urgencia que no intentaba ocultar.
—Tengo los nombres —respondí, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—.
Todos. Los de la red de Costa. Los de Martínez.
Los de los rusos. Los de medio gobierno balear.
Y los voy a enviar a tu correo. Quiero que los publiques.
Todos. En todas partes. En internet. En los periódicos.
En la televisión. Que todo el mundo los vea. Que todo el mundo sepa la verdad.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, un suspiro.
—Eso es suicidio, doctora —murmuró Lucía, la voz cargada de una advertencia que no admitía réplica—. Te van a cazar. Te van a matar.
—Ya me están cazando —repliqué, la voz firme—. Ya me están matando. Cada día que pasa, cada minuto que respiro, es un minuto que le he robado a la muerte. Y no voy a dejar que ese minuto sea en vano.
Lucía no respondió de inmediato. Pude escuchar su respiración al otro lado de la línea, corta, superficial, acelerada. Calculando. Sopesando el riesgo.
—Trato hecho —murmuró finalmente—. Pero rápido. Si los rusos te encuentran antes de que yo pueda publicarlos, entonces todo habrá sido en vano.
—Lo sé —respondí, colgando.
Guardé el móvil en el bolsillo. Miré a Elena. Ella me devolvió la mirada, los ojos brillando con una luz que no había visto antes. La luz de la verdad. La luz de la venganza. La luz de la redención.
—Lo hemos hecho —murmuró, la voz baja, cargada de una convicción que heló la sangre—. Hemos sacado la mierda a la luz.
—Todavía no —repliqué, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. Ahora solo queda sobrevivir.
La lancha negra se acercaba, ganando terreno, acercándose con cada ola. Marc luchaba con el timón, el barco escorando, el agua entrando por la borda. Darío estaba tumbado en la cubierta, la mano apretada contra el costado, la sangre empapando la chaqueta.
Me acerqué a la borda, sacando la pistola de la funda. La comprobé, metiendo la bala en la recámara con un chasquido seco. Apunté hacia la lancha negra. Esperé. Esperé a que se acercaran lo suficiente. Esperé a que cometieran un error.
Y entonces, cuando la lancha estuvo a cincuenta metros, cuando pude ver los rostros de los hombres, sus ojos inyectados en sangre, sus bocas abiertas en gritos de rabia, disparé.
El estruendo fue ensordecedor, ahogado por el rugido del mar y el aullido del viento. La bala impactó en el motor de la lancha, levantando un chorro de agua y metal. El motor tosío, escupiendo una nube de humo negro. La lancha redujo la velocidad, perdiendo terreno, alejándose lentamente.
—¡Les hemos dado! —gritó Darío, la voz cargada de una euforia que no intentaba ocultar—. ¡Les hemos dado en el motor!
Marc sonrió. Una sonrisa torcida, triste, que le llegó a los ojos por primera vez en días.
—Ahora agárrense —murmuró, pisando el acelerador—. Vamos a escondernos. En una cala que solo yo conozco. Donde nadie nos va a encontrar. Donde nadie nos va a buscar.
El barco aceleró, devorando la distancia, dejando atrás la lancha negra, dejando atrás Cerdeña, dejando atrás los secretos, las mentiras, los cadáveres.
Me quedé en la popa, mirando la estela que dejábamos atrás. El agua se cerraba sobre nuestra huella, borrando las pruebas de nuestro paso. Como si nunca hubiéramos estado allí. Como si nunca hubiéramos existido.