Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

El mar nos escupió a las cuatro de la tarde, cuando el sol empezaba a caer y las nubes se arremolinaban sobre el horizonte como una mancha de sangre diluida.

Cerdeña apareció primero como una línea gris en el agua, luego como una masa oscura, finalmente como tierra firme con acantilados, pinos y el olor a resina que el viento nos trajo antes de que el casco rozara la arena.

Marc varó el Elena en una cala escondida al norte de Olbia, lejos de los puertos deportivos, lejos de los yates de millonarios, lejos de cualquier cosa que oliera a dinero sucio.

El motor murió con un estertor, escupiendo la última bocanada de humo negro.

El silencio cayó sobre nosotros como una losa, roto solo por el golpeteo de las olas contra el casco y el jadeo entrecortado de Darío.

Me incorporé sobre los codos, las articulaciones crujiendo, los músculos protestando con espasmos involuntarios.

Llevábamos dieciocho horas en el mar. Dieciocho horas de viento, de sal, de miedo, de no cerrar los ojos, de no bajar la guardia.

Mi cuerpo era un mapa de contusiones, de cortes, de quemaduras de sal en las heridas abiertas.

La piel me tiraba, reseca, agrietada por la deshidratación y el sol.

Darío estaba tumbado en la cubierta, la mano apretada contra el costado, la chaqueta empapada en sangre oscura. Los puntos que le había puesto en Formentera habían vuelto a abrirse. La herida olía a pus y a carne dulce, ese hedor inconfundible de la sepsis que avanza sin prisa pero sin pausa.

Elena estaba sentada en la proa, la carpeta 042 en el regazo, la mirada fija en el agua. No lloraba. No hablaba. Solo miraba, con esa expresión vacía de quien ha cruzado una línea y sabe que nunca podrá volver.

Marc bajó del puente, la escopeta en una mano, una botella de agua en la otra. Se acercó a Darío, le ofreció la botella. Darío bebió con avidez, el agua derramándose por la barbilla, empapando la camisa.

—Necesitas un hospital —dijo Marc, la voz baja, cargada de una preocupación que no intentaba ocultar—. La infección se está extendiendo. Si no te operan en las próximas doce horas, vas a perder el riñón. O la vida.

Darío soltó una risa seca, carente de cualquier humor.

—¿Y a qué hospital coño vamos, Marc? ¿Al de Olbia?

¿Al de Sassari? ¿Al de Cagliari? Si me registro en urgencias, si doy mi nombre, si pongo una sola huella en un puto formulario, la Guardia Civil va a saberlo.

Y Martínez va a enviar a sus hombres. Y los rusos van a enviar a los suyos.

Y voy a terminar en una fosa común antes de que amanezca.

—Entonces morimos aquí —replicó Marc, la voz firme, cargada de una resignación que le encorvaba los hombros—. Porque no hay otra opción.

Me acerqué a Darío, arrodillándome a su lado. Le quité la mano del costado. La herida era un desastre. Los bordes estaban enrojecidos, hinchados, brillantes por la infección. La piel olía a carne podrida, un hedor dulzón que se pegaba al paladar.

—Puedo limpiarla otra vez —dije, sacando mi kit forense de la mochila—. Puedo drenar el pus. Puedo volver a coser. Pero necesito antibióticos. Y necesito que aguantes el dolor.

Darío asintió, los dientes apretados, el sudor perlándole la frente.

—Hazlo —murmuró, la voz un hilo ronco—. Pero rápido. Antes de que me desmaye.

Vertí alcohol sobre la herida. Darío gruñó, un sonido gutural, animal, que se le atascó en la garganta. Su cuerpo se tensó, los músculos del cuello marcados como cables de acero. Le agarré el hombro con una mano, inmovilizándolo, mientras con la otra limpiaba la herida con gasas empapadas en suero.

La sangre salió, oscura, espesa, mezclada con pus y restos de tejido necrótico.

El olor era insoportable, una mezcla de cobre y de carne podrida que me revolvió el estómago.

Pero no me detuve. Seguí limpiando, raspando, hasta que la herida quedó limpia, los bordes de la piel expuestos, rosados, vivos.

Saqué la aguja curva, el hilo de poliamida. Empecé a coser, punto a punto, la piel cerrándose bajo mis dedos con una precisión mecánica. Darío respiraba con dificultad, los ojos cerrados, el sudor cayendo por su rostro, empapando el cuello de la camisa.

—Ya está —murmuré finalmente, cortando el hilo con las tijeras—. Pero necesitas antibióticos. Si no, la infección va a volver. Y la próxima vez, no voy a poder coserte.

Darío abrió los ojos. Me miró. Sus ojos estaban vidriosos, las pupilas dilatadas por el dolor y la fiebre.

—Gracias —susurró, la voz un hilo ronco.

No respondí. Me puse de pie, limpiándome las manos en los pantalones. Me acerqué a Elena, que seguía sentada en la proa, la carpeta 042 en el regazo, la mirada fija en el agua.

—¿Estás bien? —pregunté, sentándome a su lado.

Elena no respondió de inmediato. Tardó varios segundos, como si la pregunta hubiera tenido que atravesar capas de anestesia, de negación, de memoria fragmentada.

Cuando finalmente habló, la voz le salió ronca, arrastrada, como si las palabras tuvieran que abrirse paso a través de un espesor viscoso.

—No lo sé —murmuró—. No sé si estoy bien. No sé si alguna vez lo estuve. Solo sé que estoy viva. Y que eso es suficiente.

Me quedé mirándola. Mi hermana. La mujer que había llorado durante tres años. La mujer que había creído muerta. La mujer que acababa de descubrir que su padre había sido un informante, que había muerto por eso, que había dejado un legado de verdad y de venganza que ella ahora tenía que completar.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunté, la voz baja, cargada de una desesperación que no intentaba ocultar—. Lucía va a publicar los nombres. Martínez va a saberlo. Los rusos van a saberlo. Y van a venir a por nosotros. A todos.

Elena me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era determinación. La determinación de una mujer que ha decidido que va a sobrevivir, aunque sepa que va a perder.

—Nos escondemos —respondió, la voz firme, cargada de una convicción que me heló la sangre—. Nos escondemos hasta que la tormenta pase. Hasta que los nombres se publiquen. Hasta que la verdad salga a la luz. Más adelante veremos si quedamos vivos para contarlo.

—¿Y dónde coño nos escondemos? —preguntó Darío desde la cubierta, la voz cargada de una frustración que no intentaba ocultar—. ¿En Cerdeña? ¿En Italia? ¿En Francia? Si nos movemos, si dejamos un rastro, si ponemos una sola puta huella en un puto formulario, nos van a encontrar.

—No nos movemos —replicó Elena, la voz firme, cargada de una autoridad que no le había visto en días—. Nos quedamos aquí. En el barco. En esta cala. Donde nadie nos va a buscar. Donde nadie nos va a encontrar.

—No podemos quedarnos aquí para siempre —contraataqué, la voz cargada de una ansiedad que no intentaba ocultar—. Necesitamos comida. Necesitamos agua. Necesitamos medicinas para Darío. Y si nos quedamos aquí, si no nos movemos, entonces vamos a morir de hambre. O de infección. O de aburrimiento.

—No para siempre —replicó Elena, la voz baja, cargada de una nostalgia que me aplastaba el pecho—.

Solo hasta que pase la tormenta. Solo hasta que los nombres se publiquen.

Solo hasta que la verdad salga a la luz.

Luego nos vamos. A un lugar donde nadie nos conozca.

Donde nadie nos busque. Donde podamos empezar de nuevo.

—¿Y dónde es ese lugar? —preguntó Darío, la voz cargada de una desesperación que me aplastaba el pecho.

Elena no respondió. Se limitó a mirar el mar, las olas rompiendo contra las rocas con una violencia sorda, constante, hipnótica. El viento aullaba, arrastrando el olor a sal y a lluvia.

Pasaron tres días. Tres días de silencio, de espera, de no moverse, de no hacer ruido, de no dejar rastro.

Marc salía en el bote auxiliar al amanecer, volvía al anochecer, trayendo comida, agua, medicinas.

Decía poco. Solo lo necesario. El resto lo guardaba para sí mismo, como si el peso de los años, de los recuerdos, de la venganza, le aplastara los hombros.

Darío mejoró. La fiebre bajó. La herida dejó de supurar.

Los antibióticos que Marc trajo hicieron su trabajo, la infección retrocediendo, la piel cerrándose, cicatrizando.

Pero Darío no era el mismo. Sus ojos estaban más hundidos, más oscuros, más cansados.

Hablaba menos. Sonreía menos. Como si la verdad que habíamos descubierto, la verdad sobre su padre, sobre mi padre, sobre la isla, le hubiera robado algo que no podía recuperar.

Elena pasaba las horas sentada en la proa, la carpeta 042 en el regazo, leyendo y releyendo los nombres, los expedientes, las fotografías.

Memorizando. Archivando. Preparándose. Porque sabía que cuando los nombres se publicaran, cuando la verdad saliera a la luz, ella tendría que testificar.

Tendría que enfrentarse a Martínez, a los rusos, a todos los que habían matado a su padre, a mi padre, a Costa, a Valera, a todos los que habían convertido Ibiza en un vertedero.

Yo pasaba las horas en el puente, mirando el mar, pensando en Juan. En si estaría bien. En si habría sobrevivido a la operación. En si Martínez lo habría encontrado. En si los rusos lo habrían matado. En si alguna vez volvería a verlo.

La noche del tercer día, Lucía llamó.

Estaba en el puente, sola, el móvil pegado a la oreja, el viento aullando entre las jarcias, el mar rugiendo contra el casco. La señal era débil, intermitente, pero suficiente.

—Doctora —dijo Lucía, la voz ronca, cargada de tabaco y de años de noches sin dormir—. Lo he hecho. Los nombres están publicados. En todos los periódicos. En todas las televisiones. En internet. Todo el mundo los ha visto. Todo el mundo sabe la verdad.

Me quedé quieta, el corazón martilleándome en el pecho, la respiración entrecortada.

—¿Y qué ha pasado? —pregunté, la voz baja, cargada de una ansiedad que no intentaba ocultar—. ¿Qué ha dicho Martínez? ¿Qué han dicho los rusos? ¿Qué ha dicho la UCO?

—Martínez ha desaparecido —respondió Lucía, la voz cargada de una satisfacción que no intentaba ocultar—. Su casa está vacía. Su coche está en el aeropuerto. Pero él no está. Ha huido. O lo han secuestrado. O lo han matado. Nadie lo sabe.

—¿Y los rusos? —insistí, la voz cargada de una urgencia que no intentaba ocultar.

—Los rusos están en guerra —replicó Lucía, la voz cargada de una satisfacción que me heló la sangre—.

Los que estaban en Ibiza han recibido órdenes de volver.

Los que estaban en Formentera han recibido órdenes de esconderse.

Los que estaban en Cerdeña están muertos.

Los han encontrado en una fosa común, a las afueras de Olbia.

Cuatro cuerpos. Con un disparo en la cabeza.

Me quedé helada. El corazón me dio un vuelco.

—¿Quiénes? —pregunté, la voz quebrada—. ¿Quiénes los han matado?

—No lo sé —respondió Lucía, la voz baja, cargada de una resignación que me aplastaba el pecho—.

Pero no han sido los nuestros. No han sido la Guardia Civil.

No han sido la UCO. Han sido otros. Otros rusos.

Otros cárteles. Otros enemigos. Porque cuando sacas la mierda a la luz, cuando publicas los nombres, cuando traicionas a los tuyos, entonces todos se vuelven contra ti.

—¿Y la UCO? —insistí, la voz cargada de una desesperación que no intentaba ocultar—. ¿Qué ha dicho la UCO de Madrid? ¿Qué han dicho los federales?

—La UCO está investigando —replicó Lucía, la voz cargada de una satisfacción que no intentaba ocultar—.

Han abierto una investigación oficial. Han enviado equipos a Ibiza.

Han enviado equipos a Formentera. Han enviado equipos a Cerdeña.

Van a detener a todos los que aparecen en los nombres.

Van a desmantelar la red. Van a limpiar la isla.

—¿Y nosotros? —pregunté, la voz baja, cargada de una ansiedad que no intentaba ocultar—. ¿Qué va a pasar con nosotros? ¿Con Elena? ¿Con Darío? ¿Con Marc? ¿Conmigo?

—Vosotros sois testigos —respondió Lucía, la voz firme, cargada de una convicción que me heló la sangre—.

Sois los que habéis sacado la mierda a la luz.

Sois los que habéis publicado los nombres.

Sois los que habéis desmantelado la red.

Y la UCO os va a proteger. Os va a dar inmunidad. Os va a dejar en paz.

—¿Y Martínez? —insistí, la voz cargada de una urgencia que no intentaba ocultar—. ¿Y los rusos que quedan? ¿Y los que saben que nosotros hemos publicado los nombres? ¿Van a dejarnos en paz?

—No —respondió Lucía, la voz baja, cargada de una resignación que me aplastaba el pecho—.

No van a dejarnos en paz. Porque vosotros sabéis demasiado.

Porque vosotros habéis visto demasiado. Porque vosotros habéis matado demasiado.

Los que quedan van a venir a por vosotros.

A todos. Y no van a parar hasta que estéis muertos.

Me quedé quieta, el corazón martilleándome en el pecho, la respiración entrecortada. El viento aullaba entre las jarcias, el mar rugía contra el casco, las olas rompían contra las rocas con una violencia sorda, constante, hipnótica.

—Entonces tenemos que escondernos —murmuré, la voz baja, cargada de una desesperación que no intentaba ocultar—. Tenemos que desaparecer. Tenemos que dejar de existir. Porque si no, si nos quedamos aquí, si nos movemos, si dejamos un rastro entonces nos van a encontrar. Y nos van a matar.

—Ya lo sé, doctora —replicó Lucía, la voz baja, cargada de una tristeza que me aplastaba el pecho—.

Por eso os he llamado. Para deciros que os vayáis.

Que os escondáis. Que dejéis de existir.

Porque si os quedáis aquí, si os movéis, si dejáis una huella entonces os van a localizar. Y os van a matar.

—¿Y a dónde coño vamos? —pregunté, la voz cargada de una desesperación que no intentaba ocultar—. ¿Dónde nos escondemos? ¿Dónde dejamos de existir?

—No lo sé, doctora —respondió Lucía, la voz baja, cargada de una resignación que me aplastaba el pecho—.

Pero sé una cosa. Sé que no podéis quedaros aquí.

Sé que no podéis volver a Ibiza. Sé que no podéis volver a Formentera.

Sé que tenéis que iros. Lejos. Muy lejos.

Donde nadie os conozca. Donde nadie os busque. Donde nadie os encuentre.

—¿Y dónde es ese lugar? —pregunté, la voz baja, cargada de una ansiedad que no intentaba ocultar.

—No lo sé, doctora —replicó Lucía, la voz baja, cargada de una tristeza que me aplastaba el pecho—.

Pero sé una cosa. Sé que vosotros lo vais a encontrar.

Porque sois los que habéis sacado la mierda a la luz.

Sois los que habéis publicado los nombres.

Sois los que habéis desmantelado la red.

Ahora sois los que tenéis que sobrevivir.

Colgué. Me quedé mirando el mar, las olas rompiendo contra las rocas con una violencia sorda, constante, hipnótica. El viento aullaba, arrastrando el olor a sal y a lluvia.