Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 31 #2
76%

CAPÍTULO 31 #2

Me quedé en la popa, mirando la cala que se alejaba. Las luces de Es Pujols parpadeaban a lo lejos, débiles, parpadeantes. Como estrellas enfermas. Como advertencias.

De repente, el sonido de un motor se acercó desde la dirección opuesta. Una lancha rápida, negra, sin luces, con cuatro hombres a bordo. Todos llevaban pasamontañas. Todos llevaban armas automáticas.

Los rusos.

—¡Nos han encontrado! —grité, señalando la lancha—. ¡A babor! ¡Rápido!

Marc giró el timón con violencia. El barco escoró, casi volcando, antes de enderezarse. La lancha rusa nos seguía, ganando terreno, acercándose con cada ola.

—¡No podemos escapar! —gritó Darío, la voz cargada de pánico—. ¡Son más rápidos!

—Entonces peleamos —replicó Marc, sacando una escopeta recortada de debajo del asiento—. ¡Agarraos! ¡Voy a hacer una maniobra!

El barco giró bruscamente, describiendo un círculo cerrado en el agua. La lancha rusa nos siguió, pero el giro la obligó a reducir la velocidad, a perder terreno.

Marc levantó la escopeta. Apuntó. Disparó.

El estruendo fue ensordecedor, ahogado por el rugido del mar y el aullido del viento.

La bala impactó en el casco de la lancha rusa, levantando un chorro de agua y metal.

No fue un impacto letal. Pero fue suficiente para hacerlos dudar, para hacerlos reducir la velocidad, para hacerlos pensar dos veces antes de acercarse.

—¡No van a parar! —grité, aferrándome a Elena—. ¡Van a seguirnos hasta el infierno!

Elena me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era determinación. La determinación de una mujer que ha decidido que va a sobrevivir, aunque sepa que va a perder.

—Entonces que vengan —murmuró, la voz baja, cargada de una convicción que heló la sangre—. Que vengan y vean lo que somos capaces de hacer.

Saqué el móvil. El signal era débil, pero suficiente. Marcé un número que había guardado hacía meses, cuando empecé a sospechar que la isla tenía más capas de las que quería ver.

Sonó tres veces antes de que contestaran.

—¿Sí? —dijo una voz de mujer, ronca, cargada de desconfianza.

—Lucía —dije, la voz baja, plana—. Soy yo. Necesito que hagas algo. Algo grande.

—¿Qué pasa, doctora? —preguntó Lucía, la voz cargada de una urgencia que no intentaba ocultar.

—Tengo los nombres —respondí, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—.

Todos. Los de la red de Costa. Los de Martínez.

Los de los rusos. Los de medio gobierno balear.

Y los voy a enviar a tu correo. Quiero que los publiques.

Todos. En todas partes. En internet. En los periódicos.

En la televisión. Que todo el mundo los vea. Que todo el mundo sepa la verdad.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, un suspiro.

—Eso es suicidio, doctora —murmuró Lucía, la voz cargada de una advertencia que no admitía réplica—. Te van a cazar. Te van a matar.

—Ya me están cazando —repliqué, la voz firme—. Ya me están matando. Cada día que pasa, cada minuto que respiro, es un minuto que le he robado a la muerte. Y no voy a dejar que ese minuto sea en vano.

Lucía no respondió de inmediato. Pude escuchar su respiración al otro lado de la línea, corta, superficial, acelerada. Calculando. Sopesando el riesgo.

—Trato hecho —murmuró finalmente—. Pero rápido. Si los rusos te encuentran antes de que yo pueda publicarlos, entonces todo habrá sido en vano.

—Lo sé —respondí, colgando.

Guardé el móvil en el bolsillo. Miré a Elena. Ella me devolvió la mirada, los ojos brillando con una luz que no había visto antes. La luz de la verdad. La luz de la venganza. La luz de la redención.

—Lo hemos hecho —murmuró, la voz baja, cargada de una convicción que heló la sangre—. Hemos sacado la mierda a la luz.

—Todavía no —repliqué, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. Ahora solo queda sobrevivir.

La lancha rusa se acercaba, ganando terreno, acercándose con cada ola. Marc luchaba con el timón, el barco escorando, el agua entrando por la borda. Darío estaba tumbado en la cubierta, la mano apretada contra el costado, la sangre empapando la chaqueta.

Me acerqué a la borda, sacando la pistola de la funda. La comprobé, metiendo la bala en la recámara con un chasquido seco. Apunté hacia la lancha rusa. Esperé. Esperé a que se acercaran lo suficiente. Esperé a que cometieran un error.

Y entonces, cuando la lancha estuvo a cincuenta metros, cuando pude ver los rostros de los rusos, sus ojos inyectados en sangre, sus bocas abiertas en gritos de rabia, disparé.

El estruendo fue ensordecedor, ahogado por el rugido del mar y el aullido del viento. La bala impactó en el motor de la lancha, levantando un chorro de agua y metal. El motor tosío, escupiendo una nube de humo negro. La lancha redujo la velocidad, perdiendo terreno, alejándose lentamente.

—¡Les hemos dado! —gritó Darío, la voz cargada de una euforia que no intentaba ocultar—. ¡Les hemos dado en el motor!

Marc sonrió. Una sonrisa torcida, triste, que le llegó a los ojos por primera vez en días.

—Ahora agárrense —murmuró, pisando el acelerador—. Vamos a Cerdeña. Pero luego veremos qué hacemos.

El barco aceleró, devorando la distancia, dejando atrás la lancha rusa, dejando atrás Ibiza, dejando atrás Formentera, dejando atrás los secretos, las mentiras, los cadáveres.

Me quedé en la popa, mirando la estela que dejábamos atrás. El agua se cerraba sobre nuestra huella, borrando las pruebas de nuestro paso. Como si nunca hubiéramos estado allí. Como si nunca hubiéramos existido.

Pero yo sabía la verdad. Elena sabía la verdad. Darío sabía la verdad. Y pronto, todo el mundo sabría la verdad.

Porque la verdad, en Ibiza, no se enterraba. Se quemaba.

Aunque nosotros éramos el fuego.