Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

La furgoneta olía a pescado muerto y a lejía barata, una combinación que se te metía por la nariz y te revolvía el estómago.

El motor tosía a cada acelerón, un sonido asmático que me recordaba que estábamos huyendo en un ataúd con ruedas.

Las luces del salpicadero parpadeaban, proyectando sombras verdes sobre el rostro del contrabandista, que llevaba las manos aferradas al volante como si fuera el mástil de un barco en tormenta.

—¿A dónde coño nos llevas? —pregunté, la voz cargada de una desconfianza que ya no intentaba ocultar.

El contrabandista no apartó la vista de la carretera. Sus dedos tamborileaban sobre el volante, un ritmo irregular que me ponía los nervios de punta.

—Al puerto —respondió, la voz baja, raspada—. Hay un barco. Uno de verdad. No una puta lancha de juguete.

—¿De quién? —insistí.

—Mío.

El silencio que siguió fue denso, cargado de todas las mentiras que nos habíamos contado durante las últimas setenta y dos horas. Miré a Elena. Ella me devolvió la mirada, los ojos entrecerrados, calculando.

—Te llamas Marc —dijo de repente, la voz baja, cargada de una certeza que me heló la sangre—. No eres un contrabandista. Eras pescador. De los de antes. De los que trabajaban con mi padre.

El contrabandista —Marc— apretó la mandíbula. El músculo palpitó bajo la barba de varios días.

—Tu padre me enseñó a navegar —murmuró, la voz quebrándose en la última sílaba—. Antes de que los rusos lo mataran. Antes de que Costa comprara el puerto. Antes de que todo se fuera a la mierda.

Elena cerró los ojos. Un gesto de dolor que le crispó el rostro. Los recuerdos volvían, empujando la anestesia, abriéndose paso a través de la niebla farmacológica.

—Te vi una vez —continuó, la voz apenas un susurro—. En casa. Cenando con mi padre. Trajiste una langosta. Mi madre se rió porque estaba viva todavía.

Marc asintió, un gesto mínimo, pero suficiente. Una lágrima se le escapó, trazando un camino limpio por la suciedad de su mejilla.

—Era el verano del noventa y ocho —murmuró—. Tú tendrías seis años. Llevabas un vestido amarillo.

Me quedé mirándolos. Dos fantasmas que se reconocían en la oscuridad. Dos supervivientes de un naufragio que yo solo había conocido por los cadáveres que llegaban a mi camilla.

—¿Por qué nos ayudas? —pregunté, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. No es por la carpeta. No es por el dinero. Es por ella.

Marc no respondió. Se limitó a pisar el acelerador, la furgoneta rugiendo mientras devorábamos los kilómetros hacia Es Pujols.

El paisaje de Formentera se difuminaba tras las ventanillas sucias: dunas, sabinas, casas bajas con las persianas cerradas.

La isla pequeña, la isla olvidada, la isla que todavía guardaba los secretos de los que habían muerto antes de que nosotros naciéramos.

—Los rusos van a llegar al puerto antes que nosotros —murmuró Darío desde el suelo, la voz un hilo ronco—. Han desembarcado en el este. Están cruzando la isla.

—Lo sé —replicó Marc, la voz plana, clínica—. Por eso no vamos al puerto principal. Vamos a Cala Saona. Hay una cala escondida. Solo la conocen los pescadores de antes. Los que todavía se acuerdan de cómo era esto antes de que llegara el dinero sucio.

—¿Y el barco? —preguntó Elena, abriendo los ojos. La mirada le brillaba con una luz nueva, una luz que no había visto antes. La luz de la memoria recuperada—. ¿Está listo?

—Siempre está listo —respondió Marc, la voz cargada de una convicción que me erizó la piel—. Lo he mantenido preparado durante quince años. Esperando.

—¿Esperando qué? —insistí.

Marc me miró. Sus ojos estaban hundidos en cuencas oscuras, pero brillaban con una determinación que me heló la sangre.

—Esperando a que alguien viniera a reclamarlo —murmuró—. Esperando a que la hija de mi capitán volviera.

El silencio que siguió fue más pesado que el olor a pescado podrido. Elena se llevó una mano a la boca, los ojos llenos de lágrimas que esta vez sí cayeron, calientes, saladas, liberadoras.

—Mi padre —susurró—. Mi padre te pidió que lo guardaras.

—Me pidió que guardara el barco —replicó Marc, la voz quebrada—. Y que guardara la verdad. Que un día, si las cosas se torcían, si los rusos volvían, si Costa ganaba alguien tendría que sacar la mierda a la luz.

—Y ese alguien soy yo —murmuró Elena, más para sí misma que para nosotros.

—Ese alguien siempre fuiste tú —respondió Marc, la voz firme—. Tu padre lo sabía. Yo lo sabía. Y ahora, tú también lo sabes.

Darío se incorporó sobre los codos, la cara pálida, los ojos desorbitados.

—¿De qué coño estáis hablando? —espetó, la voz cargada de una frustración que no intentaba ocultar—. ¿Qué barco? ¿Qué verdad? ¿Qué mierda de plan es este?

Me giré hacia él. Mi hermano pequeño. El que se había dejado tatuar por una mujer que no era quien creía. El que había trabajado para Costa. El que había intentado vendernos por unos días más de vida. El que, al final, había elegido el lado correcto. Aunque ya no supiera cuál era.

—Mi padre —dijo Elena, la voz firme, cargada de una convicción que me heló la sangre—. Mi padre no era solo pescador. Era informante. Pasaba información a la Guardia Civil sobre los barcos que entraban en el puerto. Sobre los que blanqueaban dinero. Sobre los que traían droga.

—¿Y los rusos lo mataron —continué, entendiendo de repente el patrón, conectando los puntos que había visto en tantas autopsias, en tantos informes archivados, en tantos cadáveres que habían llegado a mi camilla con la etiqueta de “accidente” o “suicidio”?

—Los rusos lo mataron —confirmó Marc, la voz baja, cargada de una rabia que le crispaba el rostro—. Y Costa lo encubrió. Y Martínez cobró por callarse. Y tu padre, Darío tu padre firmó el informe.

Darío se dejó caer de espaldas, la mano apretada contra el costado, la sangre empapando la chaqueta. Cerró los ojos, un gesto de dolor que le crispó el rostro. No era dolor físico. Era el dolor de la verdad, esa que llega tarde, cuando ya no puedes cambiar nada.

—Mi padre —murmuró, la voz quebrada—. Mi padre sabía.

—Tu padre sabía —replicó Elena, la voz cargada de una tristeza que me aplastaba el pecho—. Y vivió con ello. Y te crió con ello. Y murió con ello.

—¿Murió? —preguntó Darío, abriendo los ojos, la voz cargada de una esperanza desesperada—. ¿Mi padre está muerto?

—Hace tres años —respondí, la voz baja, cargada de una culpa que no intentaba ocultar—. Infarto. En casa. Yo firmé el informe.

Darío me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era rabia. No era culpa. Era aceptación. La aceptación de un hombre que ha descubierto que toda su vida había sido una mentira construida sobre los cadáveres de otros.

—Entonces vamos a por ellos —murmuró, la voz firme, cargada de una determinación que me heló la sangre—. Vamos a por Martínez. Vamos a por los rusos. Vamos a por todos los que mataron a mi padre. A tu padre. A Costa. A Valera. A todos.

—No podemos matarlos a todos —contraataqué, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. Pero podemos entregar los nombres. Podemos sacar la mierda a la luz. Podemos asegurarnos de que paguen.

—¿Y cómo coño hacemos eso? —preguntó Darío, la voz cargada de una desesperación que me aplastaba el pecho—. Si se los damos a Martínez, los hace desaparecer. Si se los damos a la UCO de Madrid, los archivan. Si se los damos a la prensa, los compran.

—No se los damos a nadie —replicó Elena, la voz firme, cargada de una convicción que me heló la sangre—. Los publicamos. Todos. En internet. En los periódicos. En la televisión. En todas partes. Que todo el mundo los vea. Que todo el mundo sepa la verdad.

—Eso es suicidio —espetó Darío—. Nos van a cazar. Nos van a matar.

—Ya nos están cazando —replicó Elena, la voz cargada de una rabia que no intentaba ocultar—. Ya nos están matando. Cada día que pasa, cada minuto que respiramos, es un minuto que le hemos robado a la muerte. Y yo no voy a dejar que ese minuto sea en vano.

Marc nos miró por el retrovisor. Sus ojos estaban brillando con una luz que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era orgullo. El orgullo de un hombre que ha esperado quince años para ver a la hija de su capitán convertirse en la mujer que su padre siempre supo que sería.

—Cala Saona —anunció, la voz firme—. Dos minutos.

La furgoneta tomó una curva cerrada, derrapando sobre la grava. El paisaje cambió: acantilados rojos, pinos retorcidos, una cala escondida de arena blanca y agua turquesa. No había edificios. No había turistas. Solo el rugido del mar y el olor a sal y a resina.

En la cala, amarrado a un muelle de piedra medio derruido, había un barco. No era una lancha rápida. No era un yate de lujo. Era un pesquero viejo, de madera, con el casco pintado de azul y el nombre borrado por el tiempo y la sal. Pero estaba entero. Estaba listo.

Marc detuvo la furgoneta. Apagó el motor. El silencio cayó sobre nosotros como una losa, roto solo por el golpeteo del mar contra el casco del barco y el rumor del viento entre los pinos.

—El Elena —murmuró Marc, la voz quebrada—. Mi padre lo bautizó así. El día que nació tu hermana.

Elena se llevó una mano a la boca, las lágrimas cayendo por sus mejillas. No dijo nada. No podía. El peso de los recuerdos, de la verdad, de la venganza, la aplastaba.

Salimos de la furgoneta. El aire frío nos golpeó la cara, trayendo el olor a sal y a posidonia. Darío cojeaba, la mano apretada contra el costado, el rostro pálido. Elena iba a mi lado, temblando, la carpeta 042 apretada contra el pecho.

—Rápido —ordenó Marc, sacando una llave del bolsillo—. Tenemos veinte minutos antes de que los rusos lleguen.

Corrimos hacia el muelle. Marc desató las amarras con movimientos expertas. Yo ayudé a Elena a subir al barco. Darío me siguió, cojeando, la mano apretada contra el costado.

Marc arrancó el motor. El diésel tosió, escupiendo una nube de humo azul. El barco se alejó de la orilla, cortando el agua turquesa con un chillido metálico.