Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

La arena se me pegaba a las rodillas como una costra de sal y sangre.

El viento del norte aullaba entre los acantilados, arrastrando el olor a posidonia podrida y a lluvia inminente.

Me incorporé sobre los codos, las articulaciones crujiendo, los músculos protestando con espasmos involuntarios que me hacían temblar.

A mi lado, Elena tosía, escupiendo agua negra, el rostro contraído en una mueca de dolor.

Darío se arrastró hasta nosotros, cojeando, la mano apretada contra el costado.

El vendaje se había deshecho, la herida abierta, la sangre manando oscura y espesa sobre la arena.

El contrabandista apareció detrás, la escopeta en una mano, una cuerda en la otra.

Su rostro estaba pálido, los ojos hundidos, pero la mandíbula apretada con esa determinación de quien ha decidido que no va a morir hoy.

—No podemos quedarnos aquí —masculló, escupiendo arena—. Los rusos van a registrar la playa. Van a encontrar el túnel. Y van a bajarnos a matar.

Me puse de pie, las piernas temblando, el frío calándome hasta los huesos. Miré hacia el mar. Las olas rompían contra las rocas con una violencia sorda, constante, hipnótica. No había barcos a la vista. No había luces. No había esperanza.

—Necesitamos un barco —dije, la voz raspada por la sal y el agotamiento—. Uno que nos saque de aquí. Que nos lleve a Cerdeña. O a Italia. O a donde cojones sea.

El contrabandista escupió al agua. Una flema que flotó un segundo antes de disolverse en la negrura del mar.

—Conozco a un tipo en Es Pujols —murmuró, guardando la escopeta bajo la chaqueta—. Un pescador viejo, borracho, que debe favores. Tiene una lancha. Puede llevarnos a Cerdeña. Pero no va a ser barato.

—No tenemos dinero —replicó Darío, la voz cargada de una desesperación que me aplastaba el pecho—. Gastamos todo en ti. Y tú nos trajiste a una casa abandonada con rusos detrás.

—Os traje a la casa de vuestra abuela —contraatacó el contrabandista, la voz cargada de una rabia que no intentaba ocultar—. Os traje al túnel. Os traje a un lugar donde nadie os encontraría. Si hubiera querido traicionaros, os habría dejado en la playa con los rusos.

Elena se incorporó, apoyándose en mi brazo. Sus ojos estaban vidriosos, las ojeras marcadas como moratones, pero la mirada era firme, cargada de una determinación que me heló la sangre.

—Tiene razón —murmuró, la voz baja, cargada de una convicción que me erizó la piel—. Nos trajo aquí. A la casa de la abuela. Sabía lo que hacía. Sabía que íbamos a necesitar una salida.

—¿Y cómo coño sabes eso? —preguntó Darío, la voz cargada de incredulidad—. ¿Desde cuándo conoces a este tío?

Elena no respondió. Se limitó a mirar al contrabandista, los ojos entrecerrados, evaluándolo, calculando. Luego, asintió, un gesto mínimo, pero suficiente.

—Lo conozco —murmuró, la voz baja, cargada de una nostalgia que me aplastaba el pecho—. De antes. De antes de que todo se pudriera. De antes de que Costa me encontrara. De antes de que me borrara del mapa.

No pregunté más. No había tiempo para preguntas. Solo había tiempo para sobrevivir, para moverse, para no mirar atrás, hacia los acantilados, hacia los rusos que seguramente estaban registrando la casa, buscando sangre.

—Vamos —ordené, ayudando a Elena a incorporarse—. A Es Pujols. Rápido. Antes de que amanezca.

Empezamos a caminar por la playa, pegándonos a los acantilados, evitando las zonas expuestas.

El suelo cambiaba de arena a roca, luego a vegetación baja de sabinas y enebros que nos raspaban las piernas con sus ramas espinosas.

El olor a resina se mezclaba con el de la sal, creando un aroma acre que me quemaba las fosas nasales.

Caminamos en silencio, el viento aullando entre las dunas, el mar rugiendo a nuestra espalda.

Darío cojeaba, la mano apretada contra el costado, la sangre empapando la chaqueta hasta convertirla en una costra rígida y oscura.

Elena iba a mi lado, temblando, el frío y el miedo consumiéndola por dentro.

El contrabandista iba diez metros por delante, la escopeta oculta bajo la chaqueta, escrutando la oscuridad.

A los treinta minutos, llegamos a una carretera secundaria que cruzaba la isla de este a oeste. No había coches. No había luces. Solo el asfalto mojado por la lluvia reciente, reflejando el cielo plomizo como un espejo enfermo.

—Necesitamos un coche —dije, mirando a ambos lados de la carretera—. No podemos caminar hasta Es Pujols. Los rusos nos van a alcanzar antes de que lleguemos.

El contrabandista se acercó a un muro de piedra seca, buscando algo. Encontró lo que buscaba: una bicicleta vieja, oxidada, apoyada contra la pared. La examinó, girando las ruedas, comprobando los frenos.

—Sirve —murmuró, montando en ella—. Esperad aquí. Voy a por un coche.

—¿Y si no vuelves? —preguntó Darío, la voz cargada de una desconfianza que no intentaba ocultar.

El contrabandista me miró. Sus ojos estaban hundidos en cuencas oscuras, pero brillaban con una luz que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era determinación. La determinación de un hombre que ha decidido que va a luchar, aunque sepa que va a perder.

—Volveré —murmuró, pedaleando hacia la oscuridad—. Siempre vuelvo.

Nos quedamos solos en la carretera, el viento aullando entre las dunas, el mar rugiendo a lo lejos. Elena se sentó en el arcén, abrazándose las rodillas, temblando. Darío se dejó caer a su lado, la mano apretada contra el costado, el rostro pálido.

Me acerqué a Elena, sentándome a su lado, poniéndole un brazo sobre los hombros. Ella se acurrucó contra mí, el cuerpo helado, la respiración entrecortada.

—¿Estás bien? —pregunté, la voz baja, cargada de una preocupación que no intentaba ocultar.

Elena no respondió de inmediato. Tardó varios segundos, como si la pregunta hubiera tenido que atravesar capas de anestesia, de negación, de memoria fragmentada.

Cuando finalmente habló, la voz le salió ronca, arrastrada, como si las palabras tuvieran que abrirse paso a través de un espesor viscoso.

—No lo sé —murmuró—. No sé quién soy. No sé dónde estoy. No sé qué ha pasado. Solo sé que tengo miedo. Y que quiero que esto termine.

—Va a terminar —repliqué, apretándola con más fuerza—. Vamos a llegar a Cerdeña. Vamos a entregar los nombres. Vamos a desmantelar la red. Entonces luego vamos a ver si quedamos vivos para contarlo.

Elena asintió, un gesto mínimo, pero suficiente. Cerró los ojos, apoyando la cabeza en mi hombro. Su respiración se volvió más regular, más profunda, como si el contacto físico la anclara al presente, la protegiera del miedo, de los recuerdos que empezaban a volver.

Darío nos miró, los ojos inyectados en sangre, las ojeras marcadas como moratones. Luego, se giró hacia la carretera, escrutando la oscuridad.

—¿Cuánto tiempo crees que tardará? —preguntó, la voz tensa.

—No lo sé —respondí, mirando el reloj. Eran las cinco de la mañana. El sol empezaría a salir en una hora—. Pero si no vuelve en veinte minutos, nos vamos a pie. No podemos quedarnos aquí esperando.

Darío asintió, un gesto mínimo, pero suficiente. Se incorporó, apoyándose en la pared, la mano apretada contra el costado.

—Voy a echar un vistazo —murmuró, cojeando hacia la carretera—. Solo unos metros. Para ver si viene alguien.

—No te alejes —ordené, poniéndome de pie—. Si ves algo, si oyes algo, vuelve inmediatamente.

Darío asintió, alejándose por la carretera, su silueta difuminándose en la oscuridad. Me quedé con Elena, abrazándola, protegiéndola del frío, del miedo, de los recuerdos que empezaban a volver.

A los diez minutos, Darío volvió. Corriendo, cojeando, el rostro pálido, los ojos desorbitados.

—Viene alguien —masculló, llegándose a nosotros, la respiración entrecortada—. Un coche. Faros apagados. Viene rápido.

—¿Rusos? —pregunté, sacando la pistola de la funda.

—No lo sé —replicó Darío, la voz cargada de pánico—. No pude ver bien. Pero viene hacia aquí.

Me puse de pie, ayudando a Elena a incorporarse. El contrabandista seguía sin aparecer. El coche se acercaba, los faros apagados, el motor rugiendo en la oscuridad.

—Escondámonos —ordené, señalando un muro de piedra seca a unos veinte metros de la carretera—. Detrás de ese muro. Rápido.

Corrimos hacia el muro, pegándonos a la piedra fría, escrutando la carretera. El coche apareció, un todoterreno negro, sin luces, avanzando a toda velocidad. Pasó de largo, el motor aullando, los neumáticos chirriando sobre el asfalto mojado.

—No nos ha visto —murmuró Darío, soltando el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Todavía no —repliqué, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. Pero va a volver. Va a registrar la zona. Y va a encontrarnos.

De repente, el sonido de un motor se acercó desde la dirección opuesta. Otro coche. Este sí llevaba las luces encendidas. Dos faros amarillos que cortaban la oscuridad, acercándose rápidamente.

—¿El contrabandista? —preguntó Elena, la voz cargada de esperanza.

—No lo sé —respondí, sacando la pistola, apuntando hacia la carretera—. Preparados.

El coche se detuvo a cincuenta metros de nosotros. Un hombre bajó, la silueta recortada contra los faros. Llevaba una chaqueta de cuero negra, vaqueros oscuros, y una gorra de béisbol calada hasta los ojos.

—¿Sofía? —llamó, la voz ronca, cargada de tabaco y de años de noches sin dormir.

El contrabandista.

Salí del escondite, la pistola todavía en la mano, pero apuntando al suelo. Darío y Elena me siguieron, cojeando, el rostro pálido.

—¿Dónde coño estabas? —espeté, la rabia hirviéndome en las venas—. Pensamos que nos habías traicionado.

El contrabandista se acercó, el rostro pálido, los ojos hundidos. Detrás de él, el coche. No era un coche normal. Era una furgoneta de reparto, blanca, con el logo de una empresa de pescados en la puerta.

—Tuve que robar esto —murmuró, señalando la furgoneta—. No había nada mejor. Pero sirve. Nos llevará a Es Pujols. Y desde allí, a Cerdeña.

—¿Y los rusos? —preguntó Darío, la voz tensa—. El todoterreno que pasó antes...

—Los rusos —replicó el contrabandista, la voz cargada de una resignación que le encorvaba los hombros—. Ya están aquí. Han llegado en una lancha rápida. Han desembarcado en la playa del este. Y están registrando la isla.

—¿Cuántos son? —pregunté, sintiendo cómo el frío me subía desde las botas hasta la garganta.

—Seis —respondió el contrabandista, la voz baja—. Armados. Peligrosos. Y no van a parar hasta que nos encuentren.

—Entonces necesitamos movernos —contraataqué, abriendo la puerta de la furgoneta—. Rápido. Antes de que nos encuentren.

Ayudé a Elena a subir a la furgoneta. Darío me siguió, cojeando, la mano apretada contra el costado. El contrabandista se sentó al volante, arrancando el motor. La furgoneta rugió, escupiendo una nube de humo blanco.

—Agarraos —murmuró, metiendo primera—. Vamos a hacer algo estúpido.

Pisó el acelerador. La furgoneta derrapó sobre el asfalto mojado, saliendo disparada hacia Es Pujols. El viento aullaba, arrastrando el olor a sal y a lluvia. El mar rugía a lo lejos. La isla seguía girando, ajena a nuestra miseria, ajena a nuestros secretos.