Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 29 #2
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CAPÍTULO 29 #2

—Eres tú —repliqué, acercándome a ella, poniéndole las manos en los hombros—. Eres Elena Vance. Y vas a testificar. Vas a entregar los nombres. Vas a desmantelar la red. Después vamos a ver si quedamos vivos para contarlo.

Elena me miró. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no lloró. Asintió, un gesto mínimo, pero suficiente.

—Vale —murmuró, la voz firme, cargada de una convicción que heló la sangre—. Vamos a hacerlo.

De repente, el crujido de la grava fuera nos heló la sangre. Pasos. Varios. Rápidos. Determinados. No eran de animales. Eran de hombres que sabían cómo moverse en silencio, cómo respirar sin hacer ruido, cómo matar sin dudar.

El contrabandista apareció en la puerta, la escopeta en la mano, el rostro pálido, los ojos hundidos.

—Han llegado —murmuró, la voz un hilo ronco—. Tres hombres. Armados. Rusos.

Me puse de pie, sacando la pistola de la funda. La comprobé, metiendo la bala en la recámara con un chasquido seco. Darío hizo lo mismo, cojeando hasta la ventana tapiada, asomando el cañón por una rendija.

—¿Cuántas balas tienes? —preguntó, la voz tensa.

—Siete en el cargador. Una en la recámara —respondí, pegándome a la pared, junto a la puerta.

—Yo tengo cuatro —murmuró Darío, la voz cargada de una resignación que me aplastaba el pecho.

—Y yo tengo seis en la escopeta —añadió el contrabandista, recargando con movimientos expertas—. Pero no van a ser suficientes.

—No necesitamos que lo sean —replicó Elena, poniéndose de pie, la carpeta 042 en la mano—. Solo necesitamos que nos den tiempo suficiente para escapar.

—¿Escapar? —repitió Darío, la voz cargada de incredulidad—. ¿Cómo coño vamos a escapar? Estamos rodeados.

—Por la ventana trasera —respondió Elena, señalando hacia el fondo de la habitación—. Hay una ventana tapiada, pero los tablones están podridos. Si los empujamos, podemos salir. Y luego correr hacia el bosque.

—No vamos a llegar al bosque —contraataqué, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. Los rusos nos van a alcanzar antes de que lleguemos a los árboles.

—Entonces nos escondemos —insistió Elena, la voz cargada de una determinación que no le había visto en días—. Hay un sótano bajo la casa. Lo vi cuando entramos. La trampilla está bajo la alfombra.

Me giré hacia ella. Sus ojos estaban brillando con una luz que no había visto antes.

No era miedo. No era culpa. Era memoria.

Los recuerdos estaban volviendo. Los recuerdos de la casa.

De los veranos de la infancia. De cuando veníamos a Formentera con nuestros padres, antes de que todo se desmoronara.

—Tú conoces esta casa —murmuré, la voz quebrada.

Elena asintió, un gesto mínimo, pero suficiente.

—Era de la abuela —murmuró, la voz baja, cargada de una nostalgia que me aplastaba el pecho—. Antes de que muriera. Antes de que todo se pudriera.

No pregunté más. No había tiempo para preguntas. Solo había tiempo para sobrevivir.

Empujé la alfombra hacia un lado. La trampilla estaba ahí, de madera vieja, con un anillo de hierro oxidado. Tiré de ella. Se abrió con un chirrido agudo, revelando una escalera de piedra que descendía hacia la oscuridad.

—Baja —ordené, señalando a Elena—. Darío, tú también. Yo cubro la retirada.

—No voy a dejarte sola —replicó Darío, la voz cargada de una terquedad que me heló la sangre—. No después de todo lo que hemos pasado.

—No me estás dejando sola —contraataqué, acercándome a él, poniéndole las manos en el pecho—.

Me estás protegiendo. Protegiendo a Elena.

Protegiendo la verdad. Si nos pillan a todos, si nos matan a todos, entonces la carpeta se pierde.

Entonces los nombres se pierden. Entonces todo esto habrá sido en vano.

Darío me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era aceptación. La aceptación de un hombre que ha decidido que va a luchar, aunque sepa que va a perder.

—Vale —murmuró finalmente, la voz quebrada—. Pero si no sales en cinco minutos, vuelvo a buscarte. Y te juro que te voy a matar yo mismo si te quedas ahí arriba esperando a que te maten.

Sonreí. Una sonrisa torcida, triste, que no me llegó a los ojos.

—Trato hecho —respondí, empujándolo hacia la trampilla.

Darío bajó, cojeando, ayudando a Elena. El contrabandista los siguió, la escopeta en la mano, el rostro pálido, los ojos hundidos.

Me quedé sola en la habitación, la pistola en la mano, la respiración entrecortada. Escuché los pasos de los rusos acercándose, el crujido de la grava bajo sus botas, el sonido metálico de las armas siendo amartilladas.

Respiré hondo. El aire olía a moho, a pólvora, a miedo. Me pegué a la pared, junto a la puerta, esperando.

Los pasos se detuvieron fuera. Silencio. Luego, el sonido de la puerta siendo pateada. La madera crujió, astillándose, antes de ceder con un estruendo que resonó en la habitación.

Los rusos entraron. Tres hombres, pasamontañas negros, armas automáticas en las manos. Se movieron con precisión militar, escaneando la habitación, buscando objetivos.

No les di tiempo a encontrarme.

Disparé.

El estruendo fue ensordecedor, ahogado por el silencio de la casa. La bala impactó en el pecho del primer ruso, levantándolo del suelo y lanzándolo hacia atrás. Los otros dos reaccionaron, disparando. Las balas impactaron en las paredes, levantando nubes de polvo y yeso.

Me arrastré tras el sofá, disparando de nuevo. Impacto en el hombro. Grito ahogado. Caída. El tercero retrocedió, buscando cobertura. No se la di. Me incorporé. Apunté. Disparé.

Silencio.

Solo el goteo de la sangre y mi propia respiración, corta, superficial, acelerada. Olía a pólvora, a cobre, a moho. Me incorporé. Caminé hacia los cuerpos. No los miré a la cara. No me importaban. Eran herramientas. Y las herramientas se rompen.

Bajé por la trampilla, cerrándola detrás de mí. La oscuridad me envolvió, absoluta, densa. Solo se escuchaba el goteo del agua en algún lugar lejano y nuestra propia respiración.

Encendí la linterna. El haz de luz iluminó el sótano. Era pequeño, de piedra, con las paredes húmedas, cubiertas de musgo y salitre. En el centro, una mesa de madera vieja, rodeada de sillas desvencijadas. En una esquina, un colchón manchado, cubierto con una manta raída.

Elena estaba sentada en el colchón, la carpeta 042 en el regazo, la mirada perdida en un punto invisible. Darío estaba a su lado, la mano apretada contra el costado, el rostro pálido. El contrabandista estaba de pie, junto a la escalera, la escopeta en la mano, escrutando la oscuridad.

—Estamos vivos —murmuré, guardando la pistola en la funda—. Pero no por mucho tiempo. Los rusos van a registrar la casa. Van a encontrar la trampilla. Y van a bajarnos a matar.

—Entonces necesitamos un plan —replicó Elena, la voz firme, a pesar del temblor que le sacudía las manos—. No podemos quedarnos aquí esperando a que nos maten.

—¿Y qué propones? —preguntó Darío, la voz cargada de una desesperación que me aplastaba el pecho—. ¿Cómo coño salimos de aquí?

Elena me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era determinación. La determinación de una mujer que ha decidido que va a sobrevivir, aunque sepa que va a perder.

—Conozco un túnel —murmuró, la voz baja, cargada de una nostalgia que me heló la sangre—. Conecta el sótano con la playa. La abuela lo usaba para esconderse de los contrabandistas. Para escapar cuando las cosas se ponían feas.

—¿Dónde está? —pregunté, acercándome a ella.

—En la pared del fondo —respondió Elena, señalando con la barbilla hacia el fondo del sótano—. Detrás de esa estantería.

Me acerqué a la estantería. Estaba pegada a la pared, llena de botellas viejas, polvo, y telarañas del tamaño de mi mano. La empujé. No se movió. Empujé con más fuerza. La madera crujió, antes de ceder, revelando una abertura oscura, estrecha, apenas lo suficiente para que pasara una persona.

—Es por aquí —murmuré, encendiendo la linterna.

El túnel era de piedra, bajo, estrecho, el suelo cubierto de arena y agua estancada. El olor a salitre y a moho era asfixiante, una película pegajosa que se adhería a la piel. Avancé, pegándome a la pared, el techo rozándome la cabeza, obligándome a encorvarme.

Los otros me siguieron, en silencio, la respiración entrecortada, los pasos amortiguados por la arena húmeda.

El túnel serpenteaba, subiendo y bajando, estrechándose y ensanchándose.

Las paredes estaban cubiertas de grafitis antiguos, nombres y fechas borrados por el tiempo y la humedad.

Alguien había estado aquí antes. Alguien que no había salido.

A los diez minutos, el túnel desembocaba en una playa escondida, bajo los acantilados del sur de Formentera. No había nadie. Solo el rugido del mar, el viento aullando entre las rocas, y el olor a sal y a posidonia podrida.

Salimos del túnel, cayendo de rodillas en la arena, respirando con espasmos profundos que nos desgarraban la garganta. El aire frío nos golpeó la piel empapada, un contraste perverso con el calor asfixiante del túnel.

—Estamos vivos —murmuró Darío, la voz un hilo ronco—. Pero no por mucho tiempo. Los rusos van a seguirnos. Van a registrar la playa. Van a encontrarnos.

—Entonces necesitamos un barco —replicó Elena, poniéndose de pie, la carpeta 042 apretada contra el pecho—. Uno que nos saque de aquí. Que nos lleve a Cerdeña. O a Italia. O a donde cojones sea.

—No tenemos dinero —contraataqué, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. Gastamos todo en el contrabandista. Y él nos traicionó.

—No nos traicionó —replicó Elena, la voz cargada de una convicción que heló la sangre—. Nos trajo aquí. A la casa de la abuela. Al túnel. Sabía lo que hacía. Sabía que íbamos a necesitar una salida.

—¿Y cómo coño sabes eso? —preguntó Darío, la voz cargada de incredulidad.

Elena no respondió. Se limitó a mirar el mar, las olas rompiendo contra las rocas con una violencia sorda, constante, hipnótica. El viento aullaba, arrastrando el olor a sal y a lluvia.