Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

La arena de la playa de Migjorn se pegaba a mi piel empapada como una segunda epidermis, fría y granulosa.

Cada paso era un esfuerzo titánico, los músculos de mis piernas protestando con espasmos involuntarios que me hacían tambalear.

El viento del norte aullaba entre las dunas, arrastrando el olor a salitre y a posidonia podrida, creando una sinfonía de sonidos que se mezclaban con el jadeo entrecortado de Elena y el cojeo arrastrado de Darío.

El contrabandista iba diez metros por delante, la escopeta recortada en una mano, una linterna apagada en la otra.

Su silueta se recortaba contra el cielo plomizo, una sombra más entre las sombras que devoraban la costa sur de Formentera.

No había luces. No había edificios. Solo el rugido del mar y el crujido de la arena bajo nuestras botas.

—No podemos seguir así —mascullé, la voz raspada por la sal y el agotamiento—. Elena no va a aguantar mucho más. Y Darío se está desangrando.

El contrabandista se detuvo. Se giró, el rostro una máscara de sombras bajo la luz difusa del amanecer que empezaba a filtrarse por el horizonte. Sus ojos, hundidos en cuencas oscuras, me recorrieron de arriba abajo, evaluando, calculando.

—Hay una casa —dijo, la voz baja, cargada de una resignación que le encorvaba los hombros—. A dos kilómetros, tierra adentro. De un viejo amigo. Está vacía. Nadie va allí.

—¿Y tu amigo? —pregunté, apretando el brazo de Elena con más fuerza. Su piel estaba helada, los labios cianóticos, la respiración un silbido superficial que me erizaba la piel.

—Muerto —replicó el contrabandista, girándose de nuevo hacia el interior de la isla—. Hace tres años. De un infarto. La casa sigue ahí. Las llaves también.

No pregunté más. No había tiempo para preguntas. Solo había tiempo para caminar, para sobrevivir, para mantener a Elena consciente, para evitar que Darío se desmayara, para no mirar atrás, hacia el mar, hacia los rusos que seguramente estaban llegando a la orilla, buscando sangre.

Caminamos en silencio, pegándonos a las dunas, evitando las zonas expuestas.

El suelo cambiaba de arena a tierra compacta, luego a roca, luego a vegetación baja de sabinas y enebros que nos raspaban las piernas con sus ramas espinosas.

El olor a resina se mezclaba con el de la sal, creando un aroma acre que me quemaba las fosas nasales.

A los veinte minutos, la casa apareció entre los árboles.

Era una construcción baja, de piedra blanca, con el tejado de tejas árabes medio desplomado en un lateral.

Las ventanas estaban tapiadas con tablones de palé, las puertas cerradas con cadenas oxidadas.

No había luces, ni señales de vida. Solo el silencio denso, asfixiante, de un lugar abandonado durante años.

El contrabandista se acercó a la puerta principal.

Sacó un llavero del bolsillo de la chaqueta, buscando entre las llaves con dedos temblorosos.

Encontró la correcta, la deslizó en la cerradura.

El metal gimió, oxidado, antes de ceder con un chasquido seco.

Empujó la puerta. Se abrió con un chirrido que resonó en el silencio de la mañana.

El interior olía a moho, a madera podrida, a años de abandono.

El suelo estaba cubierto de una capa de polvo y hojas secas que crujieron bajo nuestras botas.

Las paredes estaban desconchadas, la pintura amarillenta cayendo en tiras como piel muerta.

En el centro de la habitación, una mesa de madera coja, rodeada de sillas desvencijadas.

En una esquina, un sofá de cuero rajado, el relleno asomando por las grietas como entrañas expuestas.

—Aquí —dijo el contrabandista, señalando el sofá—. Dejadla aquí.

Ayudé a Elena a sentarse. Se dejó caer, el cuerpo flácido, los ojos cerrados, la respiración entrecortada. Darío se sentó a su lado, la mano apretada contra el costado, la sangre empapando la chaqueta hasta convertirla en una costra rígida y oscura.

El contrabandista se acercó a una alacena en la esquina. La abrió, sacando una botella de whisky, dos vasos, y un botiquín de primeros auxilios viejo, manchado de óxido. Lo dejó sobre la mesa, junto a la botella.

—Limpia la herida —me ordenó, señalando a Darío—. Yo voy a vigilar la entrada. Si los rusos llegan, necesito verlos venir.

Asentí, sacando mi kit forense de la mochila impermeable. La abrí, sacando gasas estériles, alcohol, hilo de sutura, agujas. El olor a antiséptico me golpeó las fosas nasales, un contraste perverso con el hedor a moho y a abandono que impregnaba la casa.

Me arrodillé junto a Darío. Rasgué la chaqueta con las tijeras quirúrgicas, exponiendo el vendaje. La tela estaba empapada en sangre oscura, coagulada, pegada a la piel. La retiré con cuidado, tirando de los bordes para no arrancar los puntos que Juan le había puesto en la masía.

La herida era un desastre. Los puntos se habían abierto, la piel inflamada, los bordes enrojecidos, brillantes por la infección. La carne olía a pus y a carne dulce, ese olor inconfundible de la sepsis que empieza a devorar los tejidos.

—Necesito coser esto de nuevo —dije, la voz plana, clínica. La voz de la morgue—. Pero primero tengo que limpiar la infección. Va a doler.

Darío asintió, los dientes apretados, el sudor perlándole la frente. No dijo nada. Solo cerró los ojos, preparándose.

Vertí el alcohol sobre la herida. Darío gruñó, un sonido gutural, animal, que se le atascó en la garganta.

Su cuerpo se tensó, los músculos del cuello marcados como cables de acero.

Le agarré el hombro con una mano, inmovilizándolo, mientras con la otra limpiaba la herida con gasas empapadas en suero.

La sangre salió, oscura, espesa, mezclada con pus y restos de tejido necrótico.

El olor era insoportable, una mezcla de cobre y de carne podrida que me revolvió el estómago.

Pero no me detuve. Seguí limpiando, raspando, hasta que la herida quedó limpia, los bordes de la piel expuestos, rosados, vivos.

Saqué la aguja curva, el hilo de poliamida. Empecé a coser, punto a punto, la piel cerrándose bajo mis dedos con una precisión mecánica. Darío respiraba con dificultad, los ojos cerrados, el sudor cayendo por su rostro, empapando el cuello de la camisa.

—Ya está —murmuré finalmente, cortando el hilo con las tijeras—. Pero necesitas antibióticos. Si no, la infección va a volver. Y la próxima vez, no voy a poder coserte.

Darío abrió los ojos. Me miró. Sus ojos estaban vidriosos, las pupilas dilatadas por el dolor y la fiebre.

—Gracias —susurró, la voz un hilo ronco.

No respondí. Me puse de pie, limpiándome las manos en los pantalones. Me acerqué a Elena, que seguía sentada en el sofá, los ojos cerrados, la respiración entrecortada.

Me arrodillé a su lado. Le tomé el pulso. Débil, filiforme, taquicárdico. La hipotermia había hecho su trabajo, el cuerpo luchando por mantener el calor interno, sacrificando las extremidades, los órganos periféricos.

—Elena —llamé, suavemente—. Elena, despierta.

No respondió. Le levanté los párpados. Las pupilas estaban contraídas, reactivas a la luz. No había daño neurológico. Solo shock, agotamiento, y el trauma de la amnesia disociativa que empezaba a romperse, los recuerdos volviendo como una marea negra que amenazaba con ahogarla.

Saqué una manta de la mochila, la extendí sobre ella, cubriéndola hasta el cuello. Luego, vertí un poco de whisky en un vaso, me acerqué a sus labios.

—Bebe —ordené, la voz firme, cargada de una autoridad que no sentía—. Necesito que despiertes. Necesito que estés consciente.

Elena entreabrió los ojos. Me miró. Sus ojos estaban vacíos, perdidos, como si no me reconociera. Como si no supiera dónde estaba, quién era, qué había pasado.

—¿Sofía? —murmuró, la voz quebrada, cargada de una confusión que me aplastaba el pecho.

—Sí, soy yo —respondí, acercando el vaso a sus labios—. Bebe.

Elena obedeció, tragando el whisky con dificultad, el líquido ámbar bajando por su garganta con un sonido sordo. Tosió, escupiendo, pero luego tragó de nuevo, y de nuevo, hasta que el vaso estuvo vacío.

El color empezó a volver a sus mejillas, un rosa pálido que contrastaba con la palidez mortecina de su rostro. Sus ojos se enfocaron, reconociéndome, reconociendo la habitación, reconociendo a Darío sentado a su lado, la mano apretada contra el costado, el rostro pálido.

—¿Dónde estamos? —preguntó, la voz ronca, cargada de una desorientación que me heló la sangre.

—Formentera —respondí, sentándome a su lado, poniéndole una mano en el hombro—. Estamos en una casa abandonada. El contrabandista nos trajo aquí. Los rusos nos siguen. Martínez nos busca. Pero Elena, necesito que me escuches. Necesito que te concentres.

Elena me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era determinación. La determinación de una mujer que ha decidido que va a sobrevivir, aunque sepa que va a perder.

—Te escucho —murmuró, la voz firme, a pesar del temblor que le sacudía las manos.

—La carpeta 042 —dije, sacándola del bolsillo interior de la chaqueta—.

La que robé de la clínica de Es Canar. Tiene tu expediente.

Tu cirugía. Tu amnesia. Todo. Y tiene los nombres.

Los nombres de la red de Costa. Los nombres de los que blanquean dinero en Ibiza.

Los nombres de los que mataron a Valera.

De los que te torturaron. De los que intentaron borrarte del mapa.

Elena tomó la carpeta con manos temblorosas.

La abrió, pasando las páginas, leyendo en silencio.

Sus ojos se movían rápidamente, absorbiendo la información, procesándola, archivándola.

Cuando llegó a la última página, cuando vio su propia fotografía, la de antes y la de después, la carpeta se le escapó de las manos, cayendo al suelo con un golpe sordo.

—Soy yo —murmuró, la voz quebrada—. Soy yo. Pero no soy yo.