Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Cala Llentrisca apareció entre los pinos como una herida abierta en la costa.

La cala era pequeña, de arena oscura, rodeada de acantilados rojos que caían a un mar negro y embravecido.

No había luces, ni edificios, ni señales de civilización.

Solo el rugido del mar rompiendo contra las rocas y el olor a salitre y a resina de pino mojada.

Darío detuvo el todoterreno detrás de un muro de piedra seca, oculto tras la vegetación. Apagó el motor. El silencio cayó sobre nosotros como una losa, roto solo por el golpeteo de la lluvia en el techo y el rumor lejano del mar.

—¿Estás segura de esto? —preguntó Darío, la voz baja, cargada de una desconfianza que no intentaba ocultar—. Este tipo es un contrabandista. No sabemos si podemos confiar en él.

—No podemos confiar en nadie —repliqué, sacando la pistola de la funda.

La comprobé, metiendo la bala en la recámara con un chasquido seco—.

Pero no tenemos otra opción. Si esperamos al ferry, si intentamos pasar por los controles, entonces estamos muertos.

Martínez tiene a sus hombres en todos los puertos.

Los rusos nos están cazando. Necesitamos salir de aquí. Ahora.

Elena levantó la vista desde el asiento trasero. Sus ojos estaban vidriosos, las ojeras marcadas como moratones. La carpeta 042 descansaba en su regazo, el papel amarillo bajo la luz tenue del habitáculo.

—Tengo frío —murmuró, la voz quebrada—. Y miedo.

Me giré hacia ella. La miré a los ojos. Ya no veía a la hermana idealista. Veía a una superviviente. A una mujer rota que había aprendido a caminar sobre cristales.

—Lo sé, Elena —dije, acercándome a ella, poniéndole una mano en el hombro—. Pero vamos a salir de aquí. Vamos a llegar a Cerdeña. Después tenemos qué hacemos.

Elena asintió, un gesto mínimo, pero suficiente. Se envolvió en la chaqueta de cuero, apretándola contra su cuerpo como si pudiera protegerla del frío, del miedo, de los recuerdos que empezaban a volver.

Salimos del coche. La lluvia me golpeó la cara, helada, cortante. El aire olía a sal y a posidonia podrida. El suelo estaba cubierto de agujas de pino, una alfombra mullida que amortiguaba nuestros pasos.

Caminamos hacia la orilla, pegándonos a los acantilados, evitando las zonas expuestas. El mar rugía, las olas rompiendo contra las rocas con una violencia sorda, constante, hipnótica. La espuma blanca se extendía sobre la arena oscura, creando un contraste perverso con la negrura del agua.

A cien metros de la orilla, oculto tras una formación rocosa, vi el barco. Era una lancha rápida, de fibra de vidrio, con un motor fuera de borda que brillaba bajo la luz de la luna. No había luces encendidas. Solo la silueta oscura del casco meciéndose en el agua.

Un hombre estaba de pie junto al barco, fumando un cigarrillo. El brillo rojo del tabaco era lo único cálido en aquel paisaje de pizarra y salitre. Llevaba una chaqueta de cuero negra, vaqueros oscuros, y una gorra de béisbol calada hasta los ojos.

Nos acercamos. El hombre nos observó con desconfianza, el cigarrillo suspendido a medio camino de la boca.

—¿La forense? —preguntó, la voz ronca, cargada de tabaco y de años de noches sin dormir.

—Soy yo —respondí, deteniéndome a tres metros de él—. ¿Tienes el barco listo?

El hombre escupió al agua. Una flema que flotó un segundo antes de disolverse en la negrura del mar.

—Listo y esperando —murmuró, apagando el cigarrillo en la suela de la bota—. Pero primero, los nombres.

Saqué la carpeta 042 del bolsillo interior de la chaqueta. La abrí, pasando las páginas hasta llegar a la lista de nombres. Se la tendí.

El hombre la tomó, examinándola bajo la luz de la luna. Sus dedos, largos y callosos, rozaban el papel con una delicadeza obscena. Leyó en silencio, los labios moviéndose ligeramente, como si pronunciara cada nombre en voz baja.

—Esto vale mucho, doctora —dijo finalmente, guardando la carpeta en el bolsillo interior de la chaqueta—. Más de lo que tú crees.

—Entonces cumplimos el trato —repliqué, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. Nos llevas a Formentera. Y luego a Cerdeña.

El hombre asintió, un gesto mínimo, pero suficiente. Hizo un gesto hacia el barco.

—Subid. Rápido. La marea está subiendo y no quiero estar aquí cuando salga el sol.

Ayudé a Elena a subir al barco. Darío me siguió, cojeando ligeramente, la mano apretada contra el costado. El vendaje había vuelto a sangrar, una mancha oscura que se extendía bajo la chaqueta.

El hombre arrancó el motor. El fuera de borda rugió, escupiendo una nube de humo azul. El barco se alejó de la orilla, cortando el agua negra con un chillido metálico.

Me senté en el banco de popa, abrazando a Elena. Ella se acurrucó contra mí, temblando, el frío y el miedo consumiéndola por dentro. Darío se sentó a mi lado, la pistola en el regazo, los ojos escrutando la oscuridad.

Navegamos en silencio. El mar estaba embravecido, las olas golpeando el casco con una violencia sorda, constante. El viento aullaba, arrastrando el olor a sal y a lluvia. La isla de Ibiza se alejaba lentamente, sus luces parpadeando como estrellas enfermas en el horizonte.

—¿Cuánto falta? —pregunté, la voz baja, cargada de una ansiedad que no intentaba ocultar.

—Una hora hasta Formentera —respondió el contrabandista, sin girarse—. Luego, cuatro horas hasta Cerdeña. Si el tiempo nos respeta.

El tiempo no nos respetó.

A los veinte minutos de navegación, el cielo se oscureció. Las nubes se arremolinaron sobre nosotros, negras y densas, cargadas de lluvia y de relámpagos. El viento aumentó, levantando olas más grandes, más violentas, que golpeaban el casco con la fuerza de un martillo pilón.

—¡Agárrate! —gritó el contrabandista, luchando con el timón—. ¡Se viene una tormenta!

El barco se inclinó violentamente, escorando hacia babor. El agua entró por la borda, helada, salada, empapándonos en segundos. Elena gritó, aferrándose a mi brazo con una fuerza que me dejó marcas en la piel.

—¡Vamos a hundirnos! —gritó Darío, la voz cargada de pánico—. ¡El barco no aguanta!

—¡Cállate y ayuda! —rugió el contrabandista, luchando con el timón—. ¡Saca el agua! ¡Rápido!

Darío obedeció, sacando un cubo de plástico del compartimento de almacenamiento. Empezó a achicar el agua, lanzándola por la borda con movimientos frenéticos, desesperados.

Yo me quedé con Elena, abrazándola, protegiéndola con mi cuerpo. El barco se inclinaba, se enderezaba, se volvía a inclinar. Las olas nos golpeaban, cubriéndonos de agua, ahogándonos.

De repente, un relámpago iluminó el cielo. Y en ese destello cegador, vi algo que me heló la sangre.

A cien metros, a estribor, una lancha rápida nos seguía. No era una lancha de pesca. No era un barco de recreo. Era una lancha militar, negra, sin luces, con cuatro hombres a bordo. Todos llevaban pasamontañas. Todos llevaban armas automáticas.

Los rusos.

—¡Nos han encontrado! —grité, señalando la lancha—. ¡A babor! ¡Rápido!

El contrabandista giró el timón con violencia. El barco escoró, casi volcando, antes de enderezarse. La lancha rusa nos seguía, ganando terreno, acercándose con cada ola.

—¡No podemos escapar! —gritó Darío, dejando caer el cubo—. ¡Son más rápidos!

—Entonces peleamos —replicó el contrabandista, sacando una escopeta recortada de debajo del asiento—. ¡Agarraos! ¡Voy a hacer una maniobra!

El barco giró bruscamente, describiendo un círculo cerrado en el agua. La lancha rusa nos siguió, pero el giro la obligó a reducir la velocidad, a perder terreno.

El contrabandista levantó la escopeta. Apuntó. Disparó.

El estruendo fue ensordecedor, ahogado por el rugido del mar y el aullido del viento.

La bala impactó en el casco de la lancha rusa, levantando un chorro de agua y metal.

No fue un impacto letal. Pero fue suficiente para hacerlos dudar, para hacerlos reducir la velocidad, para hacerlos pensar dos veces antes de acercarse.

—¡No van a parar! —grité, aferrándome a Elena—. ¡Van a seguirnos hasta el infierno!

—Entonces los llevaremos con nosotros —replicó el contrabandista, recargando la escopeta con movimientos expertas—. ¡Agárrate, doctora! ¡Vamos a hacer algo estúpido!

El barco giró de nuevo, esta vez hacia la lancha rusa. El contrabandista pisó el acelerador, devorando la distancia entre nosotros y ellos.

—¡¿Qué coño haces?! —gritó Darío, la voz cargada de pánico—. ¡Nos van a matar!

—¡No si los embestimos primero! —rugió el contrabandista, los ojos brillando con una locura que me heló la sangre—. ¡Agárrate!

El barco aceleró, lanzándose hacia la lancha rusa como un misil. Los rusos reaccionaron, disparando. Las balas impactaron en el agua, en el casco, en el motor. El ruido fue ensordecedor, una sinfonía de metal y de muerte.

A diez metros de la lancha rusa, el contrabandista giró el timón bruscamente. El barco escoró, casi volcando, antes de enderezarse. Pasamos rozando la lancha rusa, tan cerca que pude ver los rostros de los rusos, sus ojos inyectados en sangre, sus bocas abiertas en gritos de rabia.

El impacto fue brutal. Nuestra proa golpeó el casco de la lancha rusa, levantándola, haciéndola girar sobre sí misma. El agua entró por la borda, inundando el barco ruso. Los hombres gritaron, intentando mantener el equilibrio, intentando no caer al agua.

—¡Ahora! —gritó el contrabandista—. ¡Saltemos!

No esperé a que terminara de hablar. Agarré a Elena, la levanté del banco. Darío me siguió, cojeando, la mano apretada contra el costado. Saltamos al agua.

El frío me golpeó como un muro de hormigón. El agua me cubrió, ahogándome, arrastrándome hacia el fondo. Pataleé, luchando contra el peso de la ropa empapada, contra el agotamiento muscular, contra la gravedad.

Salí a la superficie, tosiendo, escupiendo agua negra.

A mi lado, Elena luchaba por mantenerse a flote, los brazos agitándose en el agua.

Darío apareció a mi izquierda, tosiendo, escupiendo.

El contrabandista nadaba hacia la orilla, la escopeta en una mano, la otra agarrando una cuerda que había atado a un flotador.

Detrás de nosotros, la lancha rusa se hundía lentamente, los hombres gritando, intentando escapar del barco que se iba a pique.

Nadamos hacia la orilla. El agua estaba helada, arrastrándonos con una corriente suave pero constante. Mis músculos se quejaban, agarrotados por la hipotermia súbita. Elena estaba a mi lado, su respiración un jadeo ronco, sincronizado con el golpe de las olas.

Llegamos a la orilla. Nos arrastramos hasta la arena, dejando que las olas nos lameran los pies. El aire frío me golpeó la piel empapada. Tosi, escupiendo agua marina, respirando con espasmos profundos que me desgarraban la garganta.

A mi lado, Elena estaba tumbada de espaldas, con los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando de forma errática. Darío se dejó caer a su lado, la mano apretada contra el costado, la sangre empapando la chaqueta.

El contrabandista se acercó, la escopeta en la mano, el rostro pálido, los ojos hundidos.

—Estamos vivos —murmuró, la voz un hilo ronco—. Pero no por mucho tiempo. Los rusos van a llegar a la orilla. Y cuando lo hagan, van a matarnos a todos.

Me puse de pie, las piernas temblando, el frío calándome hasta los huesos. Miré hacia el mar. La lancha rusa ya no se veía. Solo las olas, negras y embravecidas, rompiendo contra las rocas.

—Tenemos que movernos —dije, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. Tenemos que encontrar un lugar seguro. Tenemos que esperar a que amanezca. Luego veremos qué hacemos.

Darío se incorporó, apoyándose en Elena. Ella abrió los ojos, mirándome con una expresión que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era determinación. La determinación de una mujer que ha decidido que va a sobrevivir, aunque sepa que va a perder.

—Vamos —murmuró Elena, la voz baja, cargada de una convicción que heló la sangre—. Vamos a salir de aquí.

Empezamos a caminar por la playa, pegándonos a los acantilados, evitando las zonas expuestas. El viento aullaba, arrastrando el olor a sal y a lluvia. El mar rugía, las olas rompiendo contra las rocas con una violencia sorda, constante, hipnótica.

Y supe que la guerra por Ibiza no había terminado. Que la guerra por nuestras vidas no había terminado. Que la guerra por la verdad no había terminado.

Pero ya no éramos los mismos. Ya no creíamos en la redención. Ya no confiábamos en la justicia. Ya solo nos quedaba la verdad. Y la verdad, en Ibiza, no se enterraba. Se quemaba.

Yo ya tenía la cerilla.