Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

El todoterreno devoraba la carretera hacia el norte, los neumáticos escupiendo grava contra los guardarraíles oxidados.

La lluvia golpeaba el parabrisas con una violencia sorda, creando una cortina de agua que distorsionaba las luces de los pueblos lejanos hasta convertirlas en manchas de colores enfermos.

El limpiaparabrisas chirriaba, luchando una batalla perdida contra el diluvio.

Darío llevaba las manos aferradas al volante, los nudillos blancos, la mandíbula bloqueada.

Su perfil, iluminado por el parpadeo intermitente de las farolas, mostraba la tensión acumulada de tres días sin dormir, de tres días corriendo, disparando, matando.

El vendaje de su costado había vuelto a sangrar, una mancha oscura que se extendía bajo la chaqueta de cuero, empapando la tela hasta convertirla en una costra rígida.

—¿Cómo te sientes? —pregunté, sin girarme. La voz me salió baja, cargada de una precaución que no intentaba ocultar.

Elena no respondió de inmediato. Tardó varios segundos, como si la pregunta hubiera tenido que atravesar capas de anestesia, de negación, de memoria fragmentada.

Cuando finalmente habló, la voz le salió ronca, arrastrada, como si las palabras tuvieran que abrirse paso a través de un espesor viscoso.

—No sé quién soy —musitó—. Sé que me llamaron Elena. Sé que tuve una hermana. Sé que hubo un hombre, Costa, que me hizo cosas. Pero no lo recuerdo. No lo siento. Es como si me hablaran de otra persona.

Cerré los ojos un segundo. El zumbido del motor, el golpeteo de la lluvia, el crujido del limpiaparabrisas. Todo se mezclaba en una sinfonía mecánica que le taladraba las sienes.

—La amnesia disociativa no es un olvido, Elena —expliqué, manteniendo la voz plana, clínica—. Es un mecanismo de defensa. Tu cerebro te protegió. Borró lo que no podías soportar. Pero los recuerdos siguen ahí. Enterrados. Y van a volver.

—¿Y cuando vuelvan? —preguntó Elena, la voz quebrándose en la última sílaba—. ¿Qué hago con ellos, Sofía? ¿Cómo vivo con ellos?

No respondí. Porque no tenía respuesta. Porque ella misma estaba aprendiendo a vivir con los suyos.

Con el recuerdo de Valera en la camilla de la morgue.

Con el recuerdo de los chicos ejecutados en Sa Caleta.

Con el recuerdo de Elena en la fosa, los ojos abiertos, mirando un horror que Sofía nunca llegaría a ver.

Darío rompió el silencio, la voz tensa, cargada de una urgencia que no intentaba ocultar.

—No podemos seguir así —indicó, los ojos fijos en la carretera, escrutando la oscuridad—. Los rusos nos están cazando. Martínez nos ha declarado fugitivos. Y Elena necesita atención médica real. No podemos seguir operando en clínicas clandestinas y masías abandonadas.

—Tengo un contacto en Formentera —murmuré, sacando el móvil del bolsillo. La pantalla se iluminó, revelando la lista de contactos. Marcó un número que había guardado hacía meses, cuando empecé a sospechar que la isla tenía más capas de las que quería ver.

Sonó cuatro veces. Cinco.

—Diga —contestó una voz de mujer, ronca, cargada de sueño y desconfianza.

—Soy yo —dije, la voz baja, plana—. La forense.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, un suspiro.

—Hace tiempo que no llamas, doctora.

—Necesito verte —contraataqué, apoyando la espalda contra el asiento—. Tengo a mi hermana. Está herida. Necesita atención médica. Y necesito un lugar seguro. Donde nadie nos encuentre.

Otro silencio. Más largo esta vez.

—¿Quién te sigue? —preguntó Lucía, la voz cargada de sospecha.

—Los rusos. Y Martínez. Y medio cártel de Ibiza que quiere vengar a Costa —respondí, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. Pero no pueden seguirnos si salimos de la isla.

—Formentera no es un escondite, doctora —replicó Lucía, la voz bajando a un susurro—. Es una trampa. Si los rusos llegan, si Martínez envía a sus hombres, no hay salida. Estás acorralada.

—Entonces necesitamos un barco —insistí, apretando el móvil contra mi oreja—. Uno que nos saque del Mediterráneo. Que nos lleve a Italia. A Grecia. A donde cojones sea.

Lucía suspiró, un sonido largo, cansado, que pareció arrastrar años de decepción y de noches sin dormir.

—Conozco a un tipo en La Savina —murmuró finalmente—. Un pescador viejo, borracho, que debe favores. Tiene un velero. Puede llevaros a Cerdeña. Pero cuesta caro. Muy caro.

—Puedo pagar —respondí, sacando la cartera del bolsillo. Conté los billetes arrugados, manchados de sudor y de sangre seca—. Cinco mil euros. Por adelantado.

—No es suficiente, doctora —replicó Lucía, la voz cargada de una advertencia que no admitía réplica—. Con los rusos detrás, con Martínez detrás, el precio sube. Diez mil. Y no pregunto de dónde salen.

Cerré los ojos. Diez mil euros. Era todo lo que me quedaba. Todo lo que había ahorrado en tres años de morgue, de autopsias, de cadáveres que hablaban y de vivos que mentían.

—Trato hecho —murmuré, la voz baja, cargada de una resignación que me aplastaba los hombros—. ¿Dónde nos esperamos?

—En el faro de La Savina. En dos horas. Pero si veo que alguien os sigue, si veo que alguien os reconoce, entonces no subís al barco. ¿Entendido?

—Entendido —respondí, colgando.

Guardé el móvil en el bolsillo. Miré a Darío.

—Necesitamos llegar a Formentera —dije, con la voz firme a pesar del temblor que me sacudía las manos—. Hay un pescador en La Savina que puede sacarnos de aquí.

Darío asintió, un gesto mínimo, pero suficiente. Giró el volante, tomando la salida hacia el puerto de Ibiza. El todoterreno derrapó sobre el asfalto mojado, corrigiendo el derrape con un movimiento brusco que hizo chirriar los neumáticos.

—¿Y Elena? —preguntó, la voz tensa—. ¿Cómo va a aguantar el viaje? Está en shock. Necesita atención médica.

—Aguantará —respondí, girándome hacia su hermana—. Porque no tiene otra opción.

Elena levantó la vista. Sus ojos estaban llenos de algo que Sofía no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era determinación. La determinación de una mujer que ha decidido que va a sobrevivir, aunque sepa que va a perder.

—Aguantaré —murmuró, la voz baja, cargada de una convicción que heló la sangre de Sofía—. Porque si no lo hago, si me rindo ahora, entonces todo esto habrá sido en vano. Entonces Valera habrá muerto en vano. Entonces todos los que han muerto en esta puta isla habrán muerto en vano.

No respondí. Porque tenía razón. Porque si se rendían ahora, si dejaban que los rusos los alcanzaran, si dejaban que Martínez los encerrara, entonces todo habría sido en vano. Entonces Elena habría sido modificada en vano. Entonces Costa habría ganado.

Yo no iba a dejar que Costa ganara. Ni en la muerte. Ni en la vida.

El puerto de Ibiza estaba vacío a las cuatro de la mañana.

Los barcos de pesca se mecían en sus amarres, golpeando los neumáticos con un sonido sordo, rítmico.

El olor a pescado podrido y a gasoil se mezclaba con el de la sal y la lluvia reciente.

Las luces de los bares se reflejaban en el agua negra, creando manchas de color que se deshacían con cada ola.

Darío detuvo el todoterreno frente a un almacén abandonado, oculto tras una pila de contenedores de obra. Apagó el motor. El silencio cayó sobre ellos como una losa, roto solo por el golpeteo de la lluvia en el techo y el rumor lejano del mar.

—¿Cómo llegamos a Formentera? —preguntó Darío, sacando la pistola de la funda. La comprobó, metiendo la bala en la recámara con un chasquido seco.

—Hay un ferry que sale a las seis —respondí, consultando el móvil—. Pero no podemos arriesgarnos. Si Martínez tiene a sus hombres vigilando el puerto, si los rusos nos están esperando, entonces estamos muertos.

—Entonces necesitamos otro barco —insistió Darío, la voz cargada de una urgencia que no intentaba ocultar—. Uno que no pase por los controles. Uno que nos saque de aquí sin que nadie nos vea.

Pensé un segundo. Luego, asentí.

—Conozco a alguien —murmuré, sacando el móvil del bolsillo—. Un contrabandista en Cala Llentrisca. Tiene una lancha rápida. Puede llevarnos a Formentera en menos de una hora. Pero no va a ser barato.

—No tenemos dinero —replicó Darío, la voz tensa—. Gastamos todo en Lucía.

—Entonces pagaremos con información —respondí, tenía la voz firme, cargada de una determinación que no me había visto en días—. Le daremos los nombres. Los nombres del disco. Los nombres de la red. A cambio, nos lleva a Formentera. Y luego a Cerdeña.

Darío la miró. Sus ojos estaban inyectados en sangre, las ojeras marcadas como moratones. Pero había algo más en su mirada. Algo que no había visto antes. Aceptación. La aceptación de un hombre que ha decidido que va a luchar, aunque sepa que va a perder.

—Vale —murmuró finalmente, la voz quebrada—. Hagámoslo.

Marqué un número en el móvil. Sonó tres veces antes de que contestaran.

—¿Sí? —dijo una voz de hombre, ronca, cargada de desconfianza.

—Soy la forense —respondí, con la voz baja, plana—. Necesito tu lancha. Para llegar a Formentera. Y luego a Cerdeña.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, una risa seca, carente de cualquier humor.

—Eso cuesta caro, doctora. Muy caro.

—Puedo pagar con información —repliqué con voz firme—. Los nombres del disco. Los nombres de la red. Los nombres de los que blanquean dinero en Ibiza. A cambio, nos llevas a Formentera. Y luego a Cerdeña.

Otro silencio. Más largo esta vez.

—¿Qué nombres? —preguntó el contrabandista, la voz bajando a un susurro.

—Jueces. Políticos. Empresarios. Medio gobierno balear —respondí, la voz cargada de una advertencia que no admitía réplica. Si nos llevas a Formentera y si nos llevas a Cerdeña, entonces te doy los nombres. Todos. Y tú puedes venderlos al mejor postor. O usarlos como seguro de vida.

El contrabandista no respondió de inmediato. Sofía pudo escuchar su respiración al otro lado de la línea, corta, superficial, acelerada. Calculando. Sopesando el riesgo.

—Trato hecho —murmuró finalmente—. Pero rápido. La Guardia Civil está rastreando los puertos. Si nos pillan, entonces estamos jodidos.

—¿Dónde nos esperamos? —pregunté.

—En Cala Llentrisca. En una hora. Pero si veo que alguien os sigue, si veo que alguien os reconoce, entonces no subís al barco. ¿Entendido?

—Entendido —respondí, colgando.

Guardé el móvil en el bolsillo. Miré a Darío.

—Nos espera en Cala Llentrisca —dije, a pesar del temblor que me agitaba las manos—. En una hora.

Darío asintió, metiendo primera. El motor rugió, devorando la carretera hacia el sur. La lluvia nos envolvía, lavando la sangre, el polvo, la pólvora. El mar rugía a lo lejos. La isla seguía girando, ajena a nuestra miseria, ajena a nuestros secretos.