CAPÍTULO 26 #2
La lluvia golpeaba el parabrisas como metralla.
El limpiaparabrisas luchaba contra el diluvio, moviéndose con un ritmo hipnótico que no lograba despejar la cortina de agua.
Miré por el retrovisor. Martínez seguía en el umbral, la figura recortada contra la luz fluorescente, inmóvil.
Como una gárgola vigilando un cementerio.
—¿A dónde vamos? —preguntó Darío, las manos aferradas al volante, los nudillos blancos.
—A la clínica de Es Canar —respondí, secándome la lluvia de la cara con el dorso de la mano—. La que Costa financiaba en negro. Donde operan a los fantasmas. Donde guardan los expedientes de los que desaparecen y los que vuelven cambiados. Necesito acceder al archivo físico. Antes de que lo quemen.
—Los rusos van tras nosotros —murmuró Elena desde el asiento trasero. La voz le salía entrecortada, cada palabra un esfuerzo—. Los vi en el puerto. Llevan pasamontañas. Pistolas con silenciadores. No buscan el disco. Buscan sangre.
—Que la busquen —espeté, girándome hacia ella.
La miré a los ojos. Ya no veía a la hermana idealista.
Veía a una superviviente. A una mujer rota que había aprendido a caminar sobre cristales—.
Pero no van a encontrarla en esta isla. Vamos a sacar las pruebas.
Vamos a exponer la red. Pero luego quemamos los puentes.
Darío pisó el acelerador. El motor aulló, devorando la carretera hacia el sur. El paisaje se difuminaba tras la lluvia, una mancha de verde oscuro y gris plomizo. Los pinos se alzaban como columnas de una catedral en ruinas. El mar rugía a lo lejos, un animal herido que no perdonaba.
Me llevé la mano al bolsillo. El tubo con la muestra de ADN pesaba contra mi muslo. Frío. Real. Incontestable.
Elena estaba viva. Martínez estaba comprado. Los rusos cerraban el cerco. Yo ya no era la forense que examinaba cadáveres. Era la que los nombraba. La que los contaba. La que decidía quién merecía el olvido y quién merecía la verdad.
El todoterreno tomó la curva hacia Es Canar. Las luces del pueblo brillaban a lo lejos, débiles, parpadeantes. Como faros en una tormenta. Como advertencias.
Pisé el freno. El coche se detuvo frente a un edificio de cristal y hormigón, semioculto tras una verja de obra. La clínica. La fábrica de fantasmas.
—Esperad aquí —ordené, abriendo la puerta. La lluvia me golpeó la cara, helada, cortante—. Si no salgo en quince minutos, arrancad. Y no miréis atrás.
Darío no respondió. Solo asintió. Sus ojos brillaban con una determinación oscura, la misma que había visto en los muelles, en los túneles, en los ojos de los hombres que habían decidido cruzar la línea.
Caminé hacia la entrada. La puerta estaba entreabierta. Un hilo de luz amarilla se colaba por la rendija. Olía a éter, a plástico quemado y a ese olor dulzón que deja la carne cuando se deshace sin prisa.
Empujé. Entré.
La recepción estaba vacía. El mostrador de mármol negro brillaba bajo la luz tenue.
Un teléfono sonaba en la oscuridad, un ring metálico que resonaba como una alarma.
No contesté. Caminé hacia el pasillo lateral, pegándome a la pared.
Mis pasos no hacían ruido. El linóleo absorbía el impacto.
El corazón me latía en las sienes, un tambor sordo, constante, implacable.
Al final del pasillo, una puerta de acero. Sin letrero. Sin ventana. Solo un lector de tarjetas magnéticas. Saqué la llave que Lucía me había dado semanas atrás, antes de que todo se desmoronara. La deslicé por la ranura. El LED parpadeó en verde. El cerrojo se retractó con un clic suave.
Abrí la puerta.
El archivo ocupaba la habitación. Estanterías metálicas llenas de carpetas marrones, cajas de plástico, discos duros apilados.
El olor a papel viejo y a tinta me golpeó las fosas nasales.
Me acerqué a la primera estantería. Abrí la primera carpeta.
Fotografías. Nombres. Fechas. Cirugías. Modificaciones.
Testimonios borroneados. La red de Costa no solo blanqueaba dinero.
Blanqueaba identidades. Creaba fantasmas.
Y los usaba como moneda de cambio, como escudos, como armas.
Busqué. Revisé. Cotejé. Hasta que encontré lo que necesitaba.
Una carpeta roja. Sin nombre. Solo un número grabado en la portada: 042.
La abrí.
Dentro, una radiografía dental. Un informe quirúrgico. Una fotografía de antes y después. Y una nota manuscrita, con la letra inconfundible de Costa:
"Sujeto Vance, E. Reconstrucción facial completa.
Alteración vocal parcial. Inducción de amnesia disociativa mediante protocolo farmacológico de escopolamina y midazolam.
Estado: operativo. Lealtad: condicionada.
Riesgo de recuperación de memoria: alto.
Protocolo de neutralización: activo en caso de fuga o delación. "
Cerré la carpeta. La apreté contra el pecho. El papel crujía bajo mis dedos. La verdad pesaba. Y pesaba como el plomo.
De repente, un crujido en el pasillo. Pasos. Varios. Rápidos. Determinados. No eran de la Guardia Civil. Eran de hombres que sabían cómo moverse en silencio, cómo respirar sin hacer ruido, cómo matar sin dudar.
Los rusos.
Apagué la luz. Me pegué a la pared. Saqué la pistola de la funda. El metal estaba helado contra mi palma. Conté los pasos. Tres. Cuatro. Se detenían frente a la puerta.
El pomo giró.
No esperé a que abrieran. Disparé.
El estruendo rebotó en las paredes de acero.
La puerta saltó hacia adentro. Un cuerpo cayó al suelo, la sangre empapando el linóleo.
Los otros dos reaccionaron. Las balas impactaron en las estanterías, levantando nubes de polvo y papel.
Los archivos se dispersaron, volando por el aire como hojas muertas.
Me arrastré tras el mostrador. Disparé de nuevo. Impacto en el hombro. Grito ahogado. Caída. El tercero retrocedió, buscando cobertura. No se la di. Me incorporé. Apunté. Disparé.
Silencio.
Solo el goteo de la sangre y mi propia respiración, corta, superficial, acelerada. Olía a pólvora, a cobre, a éter rancio. Me incorporé. Caminé hacia los cuerpos. No los miré a la cara. No me importaban. Eran herramientas. Y las herramientas se rompen.
Volví a la estantería. Recogí la carpeta roja. La guardé en la chaqueta. Salí de la habitación. Caminé por el pasillo. La lluvia golpeaba el techo de cristal, un sonido sordo, constante, hipnótico.
Llegué a la entrada. Darío tenía el motor encendido. Elena estaba en el asiento trasero, la mirada fija en el vacío, las manos temblorosas. Subí. Cerré la puerta.
—Arranca —dije.
Darío pisó el acelerador. El todoterreno derrapó, saliendo disparado hacia la carretera. La lluvia nos envolvía, lavando la sangre, el polvo, la pólvora. El mar rugía a lo lejos. La isla seguía girando, ajena a nuestra miseria, ajena a nuestros secretos.
Pero ya no éramos los mismos. Ya no creíamos en la redención. Ya no confiábamos en la justicia. Ya solo nos quedaba la verdad. Y la verdad, en Ibiza, no se enterraba. Se quemaba.
Pero yo ya tenía el fósforo.