Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

El aire en la sala de interrogatorios se había vuelto espeso, casi viscoso.

Olía a café rancio, a sudor frío y a ese olor metálico que deja el miedo en la piel cuando lleva horas sin ventilación.

La luz fluorescente parpadeaba con un zumbido intermitente que me taladraba las sienes.

Frente a mí, la mujer seguía sentada, las muñecas esposadas a la argolla de la mesa, la mirada fija en un punto invisible sobre mi hombro.

No respiraba como Elena. O sí. No lo sabía.

Mi mente era un campo minado de recuerdos superpuestos, de cadáveres que hablaban y de vivos que mentían.

Martínez apoyaba las caderas contra la pared de azulejos, los brazos cruzados, el rostro impasible. Esperaba. Calculaba. Medía mi reacción con la paciencia de un cirujano que observa cómo sangra una arteria antes de cerrar la incisión.

—Necesito pruebas —dije. La voz me salió plana, desprovista de cualquier temblor. No era una súplica. Era un dictamen—. No voy a tragar tu cuento de la doble, ni tu juego psicológico. Si afirmas ser ella, demuéstralo. Científicamente.

La mujer parpadeó. Un movimiento lento, arrastrado. Sus ojos, oscuros y vidriosos, se posaron en los míos. No hubo desafío en su mirada. Solo un cansancio infinito, esa fatiga que carcome los huesos cuando el alma lleva demasiado tiempo arrastrándose.

—Tengo miedo a las agujas, Sofía —susurró. La voz se quebró en la última sílaba, un hilo ronco que se deshilachó en el aire viciado.

—El miedo no altera el esmalte dental —repliqué—.

No modifica las huellas dactilares. No reescribe la estructura ósea del pómulo.

Martínez, necesito acceso al archivo de identificación de la Guardia Civil.

Cotejo de registros dentales de Elena Vance, expediente trescientos doce.

Y un kit de toma de muestras biológicas. Ahora.

El inspector no se movió de inmediato. Sus ojos se estrecharon, evaluando el peso de mi demanda, sopesando el riesgo. Finalmente, asintió con un gesto seco y salió de la sala. La puerta se cerró con un clic metálico que resonó como el cerrojo de una celda.

Me acerqué a la mesa. El linóleo crujió bajo mis botas.

Me senté frente a ella. A menos de un metro, pude ver lo que antes había ignorado bajo el filtro de la adrenalina y la desesperación.

La cicatriz en la barbilla no era la misma.

La de Elena había sido una fractura vertical por caída infantil.

Esta era oblicua, más fina, con bordes ligeramente elevados.

Microsutura. Cirugía estética reciente. O reconstructiva. O ambas.

—Te operaron —dije, manteniendo la distancia clínica—. No solo el rostro. El cuerpo. Las manos. Las cuerdas vocales. Querían borrarte. Querían que dejaras de existir.

Ella no negó. No afirmó. Se limitó a tragar saliva, el movimiento de su nuez marcando la tensión en el cuello.

Sus dedos tamborilearon contra la mesa, un ritmo irregular, nervioso.

El tatuaje geométrico asomaba por el puño de la camisa, pero los bordes estaban difuminados, borroneados por láser o por ácido.

Habían intentado eliminar la marca. Habían fallado.

Martínez regresó con una carpeta gruesa y una bolsa estéril sellada. La dejó sobre la mesa con un golpe seco.

—Tienes diez minutos, doctora —anunció, la voz baja, cargada de una advertencia que no admitía réplica—. Después, la traslado a la unidad de máxima seguridad. Y si los rusos llegan antes, responde por lo que ocurra.

No respondí. Abrí la bolsa. Saqué el hisopo estéril, la lámpara de Wood, las pinzas, el reactivo de ninhidrina para huellas latentes. Encendí la lámpara. La luz ultravioleta bañó sus manos, revelando lo que el ojo desnudo omitía.

Bajo la piel, trazos azulados. Microincisiones.

Patrones de sutura quirúrgica. No era cirugía estética.

Era modificación facial clandestina. De las que se practican en clínicas no reguladas, con instrumental esterilizado a medias y anestesia local barata.

Costa no solo mataba. Reconfiguraba. Creaba fantasmas con carne prestada.

—Abre la boca —ordené.

Ella obedeció. El olor a clorhexidina y a tabaco rancio me golpeó las fosas nasales.

Iluminé la cavidad oral. Registré la arcada superior.

Molares con reconstrucciones de amalgama.

Incisivos con microfracturas por trauma contuso.

El patrón coincidía. Exactamente. Con las radiografías dentales que Elena se hizo antes de desaparecer.

Tres años atrás. En mi propia clínica de confianza.

Cerré los ojos un segundo. El zumbido de la luz fluorescente se amplificó, volviéndose un taladro en el cráneo. Abrí los ojos. Saqué el hisopo. Lo froté contra la mucosa yugal. Sellé la muestra en el tubo. La guardé en el bolsillo interior de la bata.

—Eres ella —dije. La voz me salió rasposa, cargada de un peso que me doblaba los hombros—. Pero te fracturaron. No solo la cara. La memoria. La identidad. El trauma disociativo no es un juego, Elena. Es una herida que te obliga a sobrevivir negándote a ti misma.

Ella no lloró. No sonrió. Solo asintió, un gesto mínimo, casi imperceptible. Como si confirmar su propio nombre le costara el último aliento que le quedaba.

Martízon dio un paso al frente. Sus botas resonaron en el linóleo.

—Bonita reconstrucción, doctora —masculló—. Pero no cambia el protocolo. Va a la unidad de máxima seguridad. Testifica. Cumple el trato. Y si sobrevive al proceso, quizás consiga una celda con ventana.

—No va a ninguna unidad —contraataqué, poniéndome de pie. La silla retrocedió con un chirrido metálico—. Va conmigo. A la morgue. Necesito verificar la muestra de ADN con el secuenciador portátil. Y necesito hacerlo fuera del alcance de sus hombres.

Martínez me miró. Sus ojos se volvieron hielo.

—Usted no da órdenes en este cuartel, Vance. Y menos cuando lleva tres días mintiendo a un inspector federal. Entregó el disco. Aceptó el trato. Ahora cúmplalo. O asuma las consecuencias.

El silencio se cerró sobre nosotros como una losa. Solo el zumbido de la luz y la respiración entrecortada de Elena rompían la tensión.

De repente, el móvil de Martínez vibró en su bolsillo. Lo sacó. Miró la pantalla. Su rostro palideció. La mandíbula se tensó. Los dedos apretaron el borde del dispositivo hasta blanquear los nudillos.

—¿Qué pasa? —pregunté, aunque ya lo sabía. Lo sentía en el aire. En la presión atmosférica que precede a la tormenta. En el olor a ozono que se filtra por las rendijas cuando algo se quiebra.

—El puerto —musitó Martínez, la voz un hilo tenso—. Han interceptado una lancha. Cuatro cuerpos. Rusos. Con documentación falsa. Pero en el maletero un explosivo de carga hueca. Calibrado para la zona de carga del cuartel.

No esperé a que terminara. Agarré a Elena por el brazo, la levanté de la silla. Las esposas tintinearon. Martínez reaccionó, pero yo ya había movido la silla entre nosotros, creando una barrera improvisada.

—Darío —grité hacia la puerta—. ¡Lleva el coche al muelle de servicio!

Mi hermano apareció en el umbral, la cara demacrada, el vendaje del costado manchado de un rojo oscuro y fresco. Llevaba una pistola en la mano derecha y las llaves del todoterreno en la izquierda. No preguntó. No dudó. Asintió.

Martínez desenfundó. El cañón negro apuntó directamente a mi pecho.

—Si da un paso más, doctora, le vuelo los sesos —siseó, la voz cargada de una rabia que le crispaba el rostro—. No soy su enemigo. Pero los rusos sí. Y si salen de aquí con la testigo, los arrastrarán a los tres a la puta fosa común.

—Usted ya está en la fosa, inspector —repliqué, sin retroceder—.

Solo que aún no lo sabe. Martínez, escúcheme bien.

Ese disco no era solo contabilidad. Era un seguro de vida.

Y la contraseña no era la fecha de muerte de Elena.

Era su propio número de identificación en la red de blanqueo.

Si abre la carpeta oculta, verá su nombre.

Verá las transferencias. Verá cómo financió la limpieza de Sa Caleta.

Verá cómo pagó al forense que alteró el informe de Valera.

No está limpiando esta isla. Está tapando sus propios crímenes.

Martínez no bajó el arma. Pero el cañón osciló una fracción de milímetro. La duda se coló en sus ojos, resquebrajando la máscara de autoridad.

—No sabe de qué habla —masculló, aunque la voz le tembló en la última sílaba.

—Sé exactamente de qué hablo —afirmé, acercándome un paso.

El olor a pólvora fría y a sudor agrio me envolvió—.

Porque lo descubrí cuando cotejé las cuentas del yate.

Porque lo confirmé cuando analicé las microfracturas en el cráneo de Valera.

Porque su firma está en cada cadáver que esta isla ha devorado.

Y si los rusos llegan, si detonan ese explosivo, no solo morirán Elena y yo.

Morirá usted. Y su nombre aparecerá en todos los informes de la UCO de Madrid.

Como cómplice. Como encubridor. Como el arquitecto de su propia tumba.

Martínez tragó saliva. El movimiento de su nuez fue lento, doloroso. Bajó el arma un centímetro. Luego otro. La culata rozó su muslo. No la guardó. Pero dejó de apuntar.

—Tienen veinte minutos —rezongó, la voz ronca, cargada de una resignación que le encorvó los hombros—. Después, llamo a la unidad táctica. Entonces si no están fuera de la isla, los declaro fugitivos. Con orden de captura y disparo.

No respondí. Agarré a Elena de la muñeca, la arrastré hacia la puerta.

Darío ya tenía el vehículo encendido, el motor rugiendo en el pasillo de acceso.

Subimos. Las puertas se cerraron con un golpe seco.

El todoterreno derrapó sobre el asfalto mojado, saliendo disparado hacia la salida trasera del cuartel.