CAPÍTULO 25
La caja fuerte del cuartel de la Guardia Civil olía a metal frío y a secretos archivados.
Martínez la abrió con una combinación que memoricé de reojo mientras firmaba los papeles de entrega.
El disco duro de Costa, envuelto en una bolsa de evidencias plastificada, pasó de mis manos a las suyas con un chasquido seco que resonó en la sala como un disparo.
—Esto cambia todo, doctora —murmuró Martínez, examinando la bolsa contra la luz fluorescente.
Sus dedos, largos y manicurados, rozaban el plástico con una delicadeza obscena—.
Con esto, podemos desmantelar medio gobierno balear.
Podemos meter a jueces, políticos, empresarios.
Podemos limpiar esta isla de una puta vez.
—¿Y mi hermana? —pregunté, la voz plana, cargada de una resignación que me aplastaba el pecho—. ¿Qué va a ser de ella?
Martínez guardó el disco en la caja fuerte, cerrando la puerta con un golpe seco. Se giró hacia mí, los ojos fríos, calculadores.
—Su hermana va a testificar —respondió, la voz baja, cargada de una autoridad que no intentaba ocultar—.
Va a confesar todo. Va a entregar a los rusos, a los albaneses, a todos los que colaboraron con Costa.
Y a cambio, yo me aseguro de que tenga un juicio justo.
De que no pase el resto de su vida en la cárcel. De que salga de esta isla viva.
—¿Y si no cumple su parte del trato? —contraataqué, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. ¿Y si la mete en la cárcel de todos modos? ¿Y si la usa como chivo expiatorio?
Martínez me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era paciencia. La paciencia de un hombre que ha aprendido a jugar el juego, a mover las piezas, a sacrificar peones para ganar la partida.
—Doctora Vance —murmuró, acercándose a mí, la voz bajando a un susurro—, en esta isla, nadie cumple su parte del trato.
Ni usted, ni yo, ni su hermana, ni los rusos, ni los albaneses, ni nadie.
Todos mentimos. Todos traicionamos. Todos hacemos lo que tenemos que hacer para sobrevivir.
Y luego, cuando todo ha terminado, cuando los cadáveres se han enfriado, cuando las pruebas se han archivado, entonces decidimos quién merece la redención y quién merece el olvido.
Me quedé quieta, mirándolo. El inspector de la UCO. El hombre que representaba la ley. El hombre que debía hacer justicia. Y que acababa de admitir, sin ruborizarse, que todo era una puta farsa.
—Entonces, ¿en qué categoría me coloca? —pregunté, la voz baja, cargada de una rabia que me quemaba las venas—. ¿En la de los que merecen la redención? ¿O en la de los que merecen el olvido?
Martínez sonrió. Una sonrisa torcida, triste, que no le llegó a los ojos.
—Eso depende de usted, doctora —murmuró, caminando hacia la salida—.
Depende de lo que haga a partir de ahora.
Depende de si coopera. Depende de si mantiene la boca cerrada.
Depende de si acepta las reglas del juego.
Porque si no, entonces usted y su hermana van a terminar en la misma celda.
Y yo no voy a poder hacer nada para evitarlo.
Salí del cuartel de la Guardia Civil, caminando por el pasillo, los guardias siguiéndome a distancia. El aire frío de la mañana me golpeó la cara, trayendo el olor a sal y a posidonia. El sol empezaba a salir, tiñendo el cielo de un rosa pálido que se extendía como una mancha de sangre diluida.
Conduje hacia el hospital, las manos aferradas al volante con los nudillos blancos.
La adrenalina del interrogatorio se había disipado, dejando un vacío helado y tembloroso en mi pecho.
Las palabras de Martínez resonaban en mi cabeza como un eco enfermizo: "En esta isla, nadie cumple su parte del trato".
Llegué al hospital. Subí a la UCI. Entré en la habitación de Juan. Darío estaba sentado en la silla de plástico, la cabeza entre las manos, los codos apoyados en las rodillas. Levantó la vista cuando entré. Sus ojos estaban inyectados en sangre, las ojeras marcadas como moratones.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, la voz tensa, cargada de una ansiedad que no intentaba ocultar.
Me acerqué a la cama. Juan estaba tumbado, pálido, los ojos hundidos, el tubo de oxígeno en la nariz, el gotero de suero colgando de un soporte junto a la cama. Pero sus ojos, cuando me miraron, estaban despiertos. Alertas. Brillando con esa fiebre que no era de la infección, sino de la obsesión.
—He entregado el disco —dije, la voz baja, plana—. Martínez tiene los nombres. Tiene las pruebas. Tiene todo lo que necesita para desmantelar la red.
—¿Y Elena? —insistió Darío, la voz quebrada—. ¿Qué va a ser de ella?
—Va a testificar —respondí, sentándome en el borde de la cama—. Va a confesar todo. Y a cambio, Martínez se asegura de que tenga un juicio justo. De que no pase el resto de su vida en la cárcel.
—¿Y tú te lo crees? —contraatacó Darío, la voz cargada de una rabia que no intentaba ocultar—. ¿De verdad te crees que Martínez va a cumplir su parte del trato? ¿De verdad te crees que va a dejar que Elena salga de esta isla viva?
No respondí. Porque no tenía respuesta. Porque no sabía si Martínez iba a cumplir su parte del trato. Porque no sabía si Elena iba a salir de esta isla viva. Porque no sabía si nada de lo que habíamos hecho iba a servir para algo.
Juan cerró los ojos, un gesto de dolor que le crispó el rostro. Pero solo por un segundo. Luego los abrió, y la fiebre volvió a encenderse en ellos.
—No importa lo que creamos, Darío —murmuró, la voz un raspado de lija sobre piedra—.
Lo que importa es lo que vamos a hacer. Porque si no hacemos nada, si no seguimos adelante, si no desmantelamos la red, entonces todo esto habrá sido en vano.
Entonces Elena habrá muerto en vano. Entonces Valera habrá muerto en vano.
Entonces todos los que han muerto en esta puta isla habrán muerto en vano.
—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Darío, la voz baja, cargada de una desesperación que me aplastaba el pecho—. ¿Cómo vamos a desmantelar la red? ¿Cómo vamos a detener a los rusos? ¿Cómo vamos a limpiar esta isla?
—Con la verdad —respondí, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—.
Con la verdad que Elena va a entregar. Con los nombres que Martínez va a usar.
Con las pruebas que vamos a asegurar. Porque si no hacemos nada, si no seguimos adelante, entonces vamos a terminar como ellos.
Como Costa. Como Valera. Como todos los que han muerto en esta puta isla.
Darío me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era determinación. La determinación de un hombre que ha decidido que va a luchar, aunque sepa que va a perder.
—Vale —murmuró finalmente, la voz quebrada—. Vamos a hacerlo. Vamos a desmantelar la red. Vamos a limpiar esta isla. Vamos a asegurarnos de que Elena no haya muerto en vano.
Juan asintió, un gesto mínimo, pero suficiente. Cerró los ojos, exhausto, el cuerpo rindiéndose al cansancio, a la infección, a la muerte que lo estaba devorando por dentro.
Me acerqué a la ventana. Miré el mar. El mar negro y embravecido que se extendía más allá del hospital. El mar que se había tragado a Elena. El mar que se había tragado a Costa. El mar que se había tragado mi inocencia.
Y supe que la guerra por Ibiza había terminado. Pero que la mía acababa de empezar.
Dos días después, recibí la llamada.
Era de Martínez.
—Doctora Vance —dijo, la voz plana, carente de emoción—. Necesito que venga al cuartel. Ahora.
—¿Qué ha pasado? —pregunté, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos.
—Su hermana —respondió Martínez, la voz baja, cargada de una urgencia que no intentaba ocultar—. Ha intentado escapar.
El mundo se inclinó. El suelo de linóleo pareció moverse bajo mis pies. El olor a desinfectante se volvió asfixiante, rancio, insoportable.
—¿Qué? —articulé, la voz quebrada—. ¿Cómo coño ha intentado escapar?
—Esta mañana, cuando la llevaban a declarar —continuó Martínez, la voz tensa—. Empujó a uno de los guardias. Intentó correr. Intentó escapar del cuartel. Pero cuando la detuvimos dijo algo. Algo que necesito que usted escuche.
—¿Qué dijo? —pregunté, la voz baja, cargada de una desesperación que me aplastaba el pecho.
—Dijo que no era ella —murmuró Martínez, la voz apenas audible—. Dijo que usted sabía la verdad. Que usted sabía que ella no era la que había vuelto. Que usted sabía que la Elena que había vuelto no era su hermana.
Me quedé helada. El corazón me dio un vuelco. La nota. Los rusos. La venganza. Todo se estaba juntando, todo se estaba cerrando sobre mí como una trampa.
—Voy para allá —dije, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. Ahora.
Colgué. Me quedé mirando el móvil, la pantalla negra reflejando mi rostro demacrado, mis ojos hundidos, mi boca apretada en una línea dura.
Elena no era Elena.
La mujer que había vuelto, la mujer que había confesado, la mujer que había intentado escapar no era mi hermana.
Era alguien más. Alguien que se hacía pasar por ella. Alguien que quería destruirnos. Alguien que quería vengarse.
Yo había ayudado a esa persona. Había entregado el disco. Había aceptado el trato. Había traicionado a mi hermana, a Juan, a Darío, a todos.
Porque al final, la isla siempre gana. La isla siempre devora a los que intentan cambiarla. Yo ya no era la forense que examinaba los cadáveres. Era uno más de los cadáveres que la isla había devorado.
Conduje hacia el cuartel de la Guardia Civil, las manos aferradas al volante con los nudillos blancos.
La adrenalina del shock se había disipado, dejando un vacío helado y tembloroso en mi pecho.
Las palabras de Martínez resonaban en mi cabeza como un eco enfermizo: "Dijo que usted sabía la verdad".
Llegué al cuartel. Subí a la sala de interrogatorios. Entré.
La mujer estaba sentada en la silla de metal, las manos esposadas sobre la mesa.
Llevaba la misma ropa del aeropuerto, pero ahora estaba arrugada, manchada de tierra y sudor.
El pelo cortado a media melena le caía sobre la cara, ocultando parcialmente sus ojos.
Pero cuando levantó la vista, cuando me miró, vi algo que no había visto antes en su mirada.
No era Elena.
No era mi hermana.
Era una desconocida. Una actriz. Una impostora. Una mujer que se hacía pasar por Elena para destruirnos.
Yo la había ayudado. La había protegido. La había dejado escapar.
Porque al final, la isla siempre gana. La isla siempre devora a los que intentan cambiarla. Yo ya no era la forense que reconocía los cuerpos. Era uno más de los cadáveres que la isla había devorado.
—Hola, Sofía —dijo la mujer, la voz ronca, cargada de cansancio—. Siento haberte hecho esperar tanto.
Me quedé quieta, mirándola. La mujer que no era mi hermana. La mujer que se hacía pasar por ella. La mujer que había destruido todo por lo que había luchado.
—¿Quién eres? —pregunté, la voz baja, cargada de una rabia que me quemaba las venas—. ¿Quién coño eres?
La mujer sonrió. Una sonrisa torcida, triste, que no le llegó a los ojos.
—Soy Elena —murmuró, la voz baja, cargada de una convicción que me heló la sangre—. Siempre he sido Elena. Entonces tú Sofía, tú siempre lo supiste.
El mundo se inclinó. El suelo de linóleo pareció moverse bajo mis pies. El olor a sudor y a café rancio se volvió asfixiante, rancio, insoportable.
—No —repetí, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. No es verdad. Tú no eres Elena. Elena está muerta. Elena murió en Sa Caleta. Yo la vi. Yo la toqué. Yo la autopsié.
La mujer me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era amor. No era culpa. Era lástima.
—No, Sofía —murmuró, la voz baja, cargada de una tristeza que me aplastaba el pecho—.
No me autopsiaste. Autopsiaste a otra persona.
A alguien que se parecía a mí. A alguien que Costa preparó para que tú la encontraras.
Para que dejaras de buscar. Para que Juan dejara de preguntar. Para que Darío dejara de sufrir.
—¿Y por qué no estás muerta de verdad? —contraataqué, la voz cargada de desprecio—. ¿Por qué no te largaste a Mónaco con los cinco millones? ¿Por qué volver ahora?
La mujer sonrió. Una sonrisa torcida, triste, que le llegó a los ojos por primera vez en días.
—Porque los rusos no pagan por adelantado, Sofía —murmuró, la voz quebrada—.
Y porque Costa tiene amigos en todas partes.
Incluso en Mónaco. Me encontraron antes de que pudiera entregar el disco.
Me torturaron. Me obligaron a grabar ese audio.
Y luego me devolvieron a Ibiza, con la orden de desaparecer. De hacerme muerta. De dejar de existir.
—Entonces, ¿por qué apareces ahora? —insistí, acercándome un paso más. La pistola seguía en mi mano, pero no la levanté. No podía. No contra ella. No contra mi hermana.
—Porque Costa ha caído —respondió la mujer, mirando hacia el sur, hacia los acantilados de Es Cubells—. La UCO está en su villa. Lo han pillado. Yo he decidido que es el momento de salir de las sombras. De terminar lo que empecé.
—¿Terminar qué? —pregunté, la voz un susurro.
La mujer me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era amor. No era culpa. Era determinación. La determinación de una mujer que ha mirado al abismo y ha decidido saltar.
—A Costa, Sofía —murmuró, la voz baja, cargada de una convicción que me heló la sangre—. A Costa y a todos los que le siguieron. A los que me usaron. A los que me torturaron. A los que me obligaron a venderme por cinco millones que nunca llegaron.
Me quedé mirándola. La mujer que recordaba, la hermana que había llorado durante tres años, la abogada idealista que quería salvar el mundo. Ya no existía. Lo que estaba frente a mí era una desconocida. Una mujer endurecida por la tortura, por la traición, por la supervivencia.