Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

La sala de interrogatorios olía a sudor frío, a café rancio y a esa desesperación líquida que se pega a las paredes después de horas de mentiras. La luz fluorescente parpadeaba sobre mi cabeza, emitiendo un zumbido constante que se me clavaba en la base del cráneo como un taladro.

Martínez me guió por el pasillo, sus pasos resonando en el suelo de linóleo. Los dos guardias que me seguían desde el hospital se quedaron en la puerta, sus rostros inexpresivos, sus manos cerca de las fundas sobaqueras.

—Está ahí dentro —dijo Martínez, deteniéndose frente a una puerta de metal—. Lleva una hora esperando. No ha dicho nada. Solo pidió verte a ti.

Me quedé quieta, la mano en el pomo de la puerta. El metal estaba frío bajo mis dedos.

—¿Por qué ha vuelto? —pregunté, la voz baja, plana.

Martínez se encogió de hombros, un gesto que no revelaba nada.

—Dice que quiere confesar. Que quiere entregar algo. Que solo hablará contigo.

Empujé la puerta. Se abrió con un chirrido agudo.

Elena estaba sentada en la silla de metal, las manos esposadas sobre la mesa.

Llevaba la misma ropa del aeropuerto, pero ahora estaba arrugada, manchada de tierra y sudor.

El pelo cortado a media melena le caía sobre la cara, ocultando parcialmente sus ojos.

Pero cuando levantó la vista, cuando me miró, vi algo que no había visto antes en su mirada.

Rendición.

—Hola, Sofía —indicó, la voz ronca, cargada de cansancio.

Me senté frente a ella, dejando un espacio vacío entre nosotros. La mesa de metal estaba fría bajo mis manos.

—¿Por qué has vuelto? —pregunté, manteniendo la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos.

Elena sonrió. Una sonrisa torcida, triste, que no le llegó a los ojos.

—Porque no podía huir —masculló, bajando la mirada hacia sus manos esposadas—. Porque sabía que iban a venir a por vosotros. A por ti. A por Juan. A por Darío. Y no podía dejar que os mataran por mi culpa.

—¿Qué has hecho, Elena? —insistí, la voz cargada de una frustración que me quemaba la garganta—. ¿Por qué has vuelto? ¿Qué coño quieres confesar?

Elena levantó la vista. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no lloró.

—He matado a Valera —dijo, la voz baja, apenas un susurro—. No Costa. Yo. Yo lo maté.

El mundo se inclinó. El suelo de linóleo pareció moverse bajo mis pies. El olor a sudor y a café rancio se volvió asfixiante, rancio, insoportable.

—¿Qué? —articulé, la voz quebrada—. No es verdad. Costa lo mató. Su Cirujano lo mató.

Elena negó con la cabeza, un gesto lento, pesado.

—No, Sofía. Yo lo maté. —Hizo una pausa, tragando saliva—.

Costa me obligó. Me dijo que si no lo hacía, te mataría a ti.

Que si no entregaba a Valera, que si no lo llevaba a Sa Caleta, entonces tú serías la siguiente.

Entonces yo tuve miedo, Sofía. Tuve tanto miedo que lo entregué.

Que lo llevé a la trampa. Pero cuando los albaneses lo mataron, yo no hice nada. Yo los dejé hacerlo.

—No —repetí, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. No es verdad. Costa te torturó. Te obligó a grabar ese audio. Te obligó a desaparecer.

—No me obligó a matar a Valera, Sofía —replicó Elena, la voz cargada de una tristeza que me aplastaba el pecho—. Eso lo hice yo. Por miedo. Por cobardía. Por amor. Porque te quería más que a mi propia puta alma.

Me quedé quieta, mirándola. Mi hermana. La mujer que había llorado durante tres años. La mujer que había creído muerta. La mujer que acababa de confesar que había entregado a un hombre inocente a la muerte.

—¿Y por qué me lo dices ahora? —pregunté, la voz baja, cargada de una rabia que me quemaba las venas—. ¿Por qué has vuelto para confesar esto? ¿Para que te meta en la cárcel? ¿Para que te juzguen? ¿Para que te maten?

Elena me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era amor. No era culpa. Era determinación.

—Porque quiero que entregues el disco a la UCO —murmuró, la voz firme, cargada de una convicción que me heló la sangre—.

Quiero que entregues los nombres. Quiero que desmantelen la red.

Quiero que Costa pague por lo que hizo. Por lo que me hizo.

Por lo que te hizo. Pero quiero que tú seas libre, Sofía.

Libre de esta isla. Libre de esta puta guerra. Libre de mí.

—No puedo hacer eso, Elena —contraataqué, la voz quebrada—. Si entrego el disco, si entrego los nombres, entonces los que están detrás van a venir a por nosotros. Van a venir a por todos los que sabemos la verdad. Y no van a parar hasta que estemos muertos.

—Entonces que vengan —replicó Elena, la voz firme, cargada de una rabia que no le había visto en años—.

Que vengan y que ardan. Porque si no hacemos nada, si no los detenemos ahora, entonces van a seguir matando.

Van a seguir destruyendo. Van a seguir devorando esta isla y a todos los que viven en ella.

Yo no voy a dejar que eso pase. No después de lo que he hecho. No después de lo que soy.

Me quedé mirándola. La mujer que recordaba, la hermana que había llorado durante tres años, la abogada idealista que quería salvar el mundo. Ya no existía. Lo que estaba frente a mí era una desconocida. Una mujer endurecida por la culpa, por la traición, por la supervivencia.

—No puedo dejarte aquí, Elena —murmuré finalmente, la voz quebrada—. No puedo dejarte en la cárcel. No puedo dejarte morir.

Elena sonrió. Una sonrisa torcida, triste, que le llegó a los ojos por primera vez en días.

—Ya estoy muerta, Sofía —murmuró, la voz baja, cargada de una convicción que me heló la sangre—. Morí el día que entregué a Valera. Morí el día que me vendí a los rusos. Morí el día que dejé que Darío se tatuara mi marca. Ya soy un cadáver, Sofía. Solo que todavía no me he dado cuenta.

No respondí. Porque tenía razón. Porque Elena estaba muerta. Porque la mujer que había conocido, la hermana que había amado, había muerto hacía tres años en Sa Caleta. Lo que quedaba era un fantasma. Un eco. Una sombra de lo que había sido.

Me puse de pie, la silla de metal crujiendo bajo mi peso.

—Voy a hablar con Martínez —dije, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. Voy a ver qué puedo hacer.

Elena asintió, un gesto mínimo, pero suficiente.

—Gracias, Sofía —murmuró, la voz quebrada—. Gracias por ser la única persona en esta puta isla que todavía cree en mí.

Salí de la sala de interrogatorios, cerrando la puerta detrás de mí. Martínez me esperaba en el pasillo, el rostro pálido, los ojos hundidos.

—¿Qué ha dicho? —preguntó, la voz baja, cargada de una urgencia que no intentaba ocultar.

—Ha confesado —respondí, la voz plana, clínica. La voz de la morgue—. Ha dicho que ella mató a Valera. Que ella lo entregó a los albaneses. Que Costa la obligó, pero que ella lo hizo por miedo.

Martínez me miró, los ojos entrecerrados, evaluándome.

—¿Y qué propone, doctora? —preguntó, la voz baja, cargada de una sospecha que me erizaba la piel—. ¿Cree que es verdad? ¿Cree que su hermana es una asesina?

—Creo que mi hermana está muerta —repliqué, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. Creo que lo que queda de ella es un cadáver que todavía respira. Y creo que va a morir en esta puta isla si no hacemos algo.

Martínez me miró un segundo largo. Luego, suspiró, pasándose una mano por la cara.

—Doctora Vance, voy a ser sincero con usted —dijo, la voz bajando a un tono más íntimo, casi conspirador—.

Su hermana ha cometido un crimen grave. Ha entregado a un hombre inocente a la muerte.

Ha colaborado con un cártel. Ha traicionado a su propio país.

Y si la llevamos a juicio, va a pasar el resto de su vida en la cárcel. O peor.

—¿Y qué propone? —pregunté, la voz baja, cargada de una desesperación que me aplastaba el pecho.

Martínez me miró. Sus ojos estaban fríos, calculadores, evaluándome, calculando.

—Propongo un trato —murmuró, la voz bajando a un susurro—.

Su hermana testifica contra Costa. Contra los rusos.

Contra toda la red. Entrega los nombres.

Entrega las pruebas. Entonces a cambio yo me aseguro de que no pase el resto de su vida en la cárcel.

A cambio yo me aseguro de que tenga un juicio justo.

A cambio yo me aseguro de que salga de esta isla viva.

—¿Y si no acepto? —contraataqué, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos.

—Entonces la acusamos de complicidad en asesinato —replicó Martínez, la voz plana, carente de emoción—. La acusamos de encubrimiento. La acusamos de traición. Y la metemos en la cárcel junto a su hermana. A usted, a Juan, a Darío. A todos.

Me quedé quieta, mirándolo. El inspector de la UCO. El hombre que representaba la ley. El hombre que debía hacer justicia. Y que acababa de amenazar con destruir a toda mi familia si no cooperaba.

—Necesito hablar con Juan —dije finalmente, la voz baja, cargada de una resignación que me aplastaba los hombros—. Necesito hablar con Darío. Necesito pensar.

Martínez asintió, un gesto mínimo, pero suficiente.

—Tiene veinticuatro horas —murmuró, caminando hacia la salida—. Después de eso, o aceptamos el trato, o los acusamos a todos.

Salí del cuartel de la Guardia Civil, caminando por el pasillo, los guardias siguiéndome a distancia. El aire frío de la mañana me golpeó la cara, trayendo el olor a sal y a posidonia. El sol empezaba a salir, tiñendo el cielo de un rosa pálido que se extendía como una mancha de sangre diluida.

Conduje hacia el hospital, las manos aferradas al volante con los nudillos blancos.

La adrenalina del interrogatorio se había disipado, dejando un vacío helado y tembloroso en mi pecho.

Las palabras de Martínez resonaban en mi cabeza como un eco enfermizo: "O aceptamos el trato, o los acusamos a todos".

Llegué al hospital. Subí a la UCI. Entré en la habitación de Juan. Darío estaba sentado en la silla de plástico, la cabeza entre las manos, los codos apoyados en las rodillas. Levantó la vista cuando entré. Sus ojos estaban inyectados en sangre, las ojeras marcadas como moratones.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, la voz tensa, cargada de una ansiedad que no intentaba ocultar.

Me acerqué a la cama. Juan estaba tumbado, pálido, los ojos hundidos, el tubo de oxígeno en la nariz, el gotero de suero colgando de un soporte junto a la cama. Pero sus ojos, cuando me miraron, estaban despiertos. Alertas. Brillando con esa fiebre que no era de la infección, sino de la obsesión.

—Elena ha vuelto —dije, la voz baja, plana—. Ha confesado que mató a Valera. Que lo entregó a los albaneses. Que Costa la obligó, pero que ella lo hizo por miedo.

Juan cerró los ojos. Un gesto de dolor que le crispó el rostro. Pero solo por un segundo. Luego los abrió, y la fiebre volvió a encenderse en ellos.

—¿Y qué ha dicho Martínez? —preguntó, la voz un raspado de lija sobre piedra.

—Ha propuesto un trato —respondí, sentándome en el borde de la cama—.

Elena testifica contra Costa. Contra los rusos.

Contra toda la red. Entrega los nombres.

Entrega las pruebas. Y a cambio, Martínez se asegura de que no pase el resto de su vida en la cárcel.

De que tenga un juicio justo. De que salga de esta isla viva.

—¿Y si no aceptamos? —insistió Juan, la voz cargada de una urgencia que me heló la sangre.

—Entonces nos acusa a todos —repliqué, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. De complicidad en asesinato. De encubrimiento. De traición. Y nos mete en la cárcel. A todos.

Juan me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era determinación.

—Entonces aceptamos el trato —murmuró, la voz firme, cargada de una convicción que me heló la sangre—.

Porque si no lo hacemos, si no entregamos los nombres, si no desmantelamos la red, entonces van a seguir matando.

Van a seguir destruyendo. Van a seguir devorando esta isla y a todos los que viven en ella.

Yo voy a dejar que eso pase. No después de lo que he hecho. No después de lo que soy.

Me quedé mirándolo. El hombre que había conocido hacía tres años.

El hombre que me había protegido, que me había mentido, que me había follado contra la pared de una morgue.

El hombre que acababa de decidir que iba a entregar a su propia cuñada a la justicia.

A cambio de la verdad. A cambio de la redención. A cambio de la puta isla.

—Vale —murmuré finalmente, la voz quebrada—. Aceptamos el trato.

Juan asintió, un gesto mínimo, pero suficiente. Cerró los ojos, exhausto, el cuerpo rindiéndose al cansancio, a la infección, a la muerte que lo estaba devorando por dentro.

Darío se puso de pie, acercándose a mí.

—¿Y ahora qué? —preguntó, la voz baja, cargada de una desesperación que me aplastaba el pecho.

—Ahora entregamos el disco —respondí, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. Ahora entregamos los nombres. Ahora desmantelamos la red. Ahora quemamos la isla entera con todos sus secretos dentro.

—¿Y Elena? —insistió Darío, la voz quebrada—. ¿Qué va a ser de ella?

No respondí. Porque no tenía respuesta. Porque no sabía qué iba a ser de Elena. Porque no sabía si iba a sobrevivir a esto. Si iba a salir de la cárcel. Si iba a volver a verla. Si iba a volver a ser mi hermana.

Me acerqué a la ventana. Miré el mar. El mar negro y embravecido que se extendía más allá del hospital. El mar que se había tragado a Elena. El mar que se había tragado a Costa. El mar que se había tragado mi inocencia.