CAPÍTULO 23
El Hospital Can Misses olía a desinfectante barato, a café quemado y a esa desesperación contenida que solo existe en los pasillos de urgencias a las siete de la mañana.
Las luces fluorescentes parpadeaban sobre mi cabeza, emitiendo un zumbido constante que se me clavaba en la base del cráneo.
Llevaba tres días sin dormir de verdad, solo cabeceos de diez minutos en el coche, con el motor en marcha para no congelarme.
Caminé por el pasillo de la UCI, las botas resonando en el suelo de linóleo.
Dos guardias civiles me seguían a distancia prudente, como sombras pegadas a la pared.
Martínez me había dejado "libre", pero con vigilancia.
Una libertad vigilada, una puta broma. Sabía que cada movimiento que hacía, cada llamada que hacía, cada puta respiración que tomaba, estaba siendo registrada, analizada, archivada.
Llegué a la habitación de Juan. La puerta estaba entreabierta. Darío estaba sentado en la silla de plástico, la cabeza entre las manos, los codos apoyados en las rodillas. Levantó la vista cuando entré. Sus ojos estaban inyectados en sangre, las ojeras marcadas como moratones.
—Ha despertado hace una hora —murmuró, la voz un hilo ronco—. Pero no quiere verme. Quiere verte a ti. Solo a ti.
Me acerqué a la cama. Juan estaba tumbado, pálido, los ojos hundidos, un tubo de oxígeno en la nariz, un gotero de suero colgando de un soporte junto a la cama.
La sábana blanca estaba manchada de sangre en la zona del abdomen, donde los médicos le habían operado.
Pero sus ojos, cuando me miraron, estaban despiertos.
Alertas. Brillando con esa fiebre que no era de la infección, sino de la obsesión.
—Cierra la puerta —dijo, la voz un raspado de lija sobre piedra.
Cerré la puerta. Los guardias se quedaron fuera, pero sabía que estaban escuchando. Siempre estaban escuchando.
Me senté en el borde de la cama. Le tomé la mano. Su piel estaba fría, sudorosa, pero el apretón fue fuerte.
—Elena se ha ido —dije, la voz baja, plana—. La he sacado de la isla. Está en camino a Mónaco.
Juan cerró los ojos. Un gesto de alivio que le relajó los músculos del rostro. Pero solo por un segundo. Luego los abrió, y la fiebre volvió a encenderse en ellos.
—Has hecho una puta estupidez, Sofía —murmuró, la voz cargada de una urgencia que me heló la sangre—. Pero ya no importa. Porque hay algo que no te he contado. Algo que descubrí antes de que Costa me disparara.
Me quedé quieta, esperando. Juan siempre había sido un hombre de secretos. Diez años construyendo diques de mentiras para protegerme de la marea negra. Pero ahora, ahora los diques se estaban rompiendo. Y lo que salía de ellos no era agua. Era veneno.
—El disco que robaste de la caja fuerte del yate —continuó, la voz bajando a un susurro—. No es solo contabilidad. No es solo sobornos. Hay algo más. Algo que Costa guardaba como seguro de vida. Como póliza de seguro contra sus propios socios.
—¿Qué coño hay en ese disco, Juan? —pregunté, apretando su mano con más fuerza.
Juan tragó saliva. El movimiento de su nuez fue lento, doloroso.
—Los nombres de los compradores —murmuró, la voz apenas audible—.
Los rusos no son los únicos. Hay alemanes.
Hay italianos. Hay políticos de Madrid. Hay jueces de Barcelona.
Hay medio gobierno balear. Costa no solo controlaba Ibiza.
Controlaba la red de blanqueo de toda la costa mediterránea. Y los nombres están en ese disco.
El mundo se inclinó. El suelo de linóleo pareció moverse bajo mis pies. El olor a desinfectante se volvió asfixiante, rancio, insoportable.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —espeté, la rabia hirviéndome en las venas, quemando el cansancio—. ¿Por qué coño no me lo dijiste en el aeropuerto? ¿Por qué dejaste que Elena se fuera con la copia?
—Porque no lo sabía hasta anoche —replicó Juan, la voz cargada de una frustración que le crispaba el rostro—.
Lo descubrí cuando Darío me llevó el disco original.
Cuando lo conecté al portátil del hospital, cuando vi los archivos encriptados que no habíamos abierto.
Hay una carpeta oculta, Sofía. Una carpeta que solo se abre con una contraseña.
Y la contraseña es la fecha de la muerte de tu hermana.
Me quedé helada. El corazón me dio un vuelco.
—¿La fecha de mi hermana? —repetí, la voz quebrada—. ¿Cómo coño iba a saber Costa la fecha de la muerte de Elena?
—Porque él la mató, Sofía —murmuró Juan, los ojos llenos de una tristeza que me heló la sangre—. Él la mató. Y guardó la fecha como contraseña. Como una puta broma. Como una puta firma.
Me puse de pie, la silla de plástico crujiendo bajo mi peso. La rabia me quemaba las venas, una llama oscura que me consumía por dentro.
—¿Y qué hacemos ahora? —pregunté, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. ¿Abrimos la carpeta? ¿Vemos los nombres? ¿Se los entregamos a la UCO?
Juan me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era determinación.
—No se los entregamos a la UCO —respondió, la voz firme, cargada de una convicción que me heló la sangre—.
Porque la UCO está comprada. Martínez está comprado.
Si les damos los nombres, van a hacer desaparecer el disco.
Van a hacer desaparecer las pruebas. Van a hacer desaparecer a todo el que sepa la verdad.
—¿Entonces qué hacemos? —insistí, acercándome a él, poniéndole las manos en los hombros—. ¿Lo entregamos a la prensa? ¿A los federales de Madrid? ¿A alguien que no esté comprado?
—No —replicó Juan, la voz bajando a un susurro—.
Lo usamos. Lo usamos como moneda de cambio.
Para comprar nuestras vidas. Para comprar la vida de Darío.
Para comprar la tuya. Porque si los nombres de esa carpeta salen a la luz, si esa red se desmantela, entonces los que están detrás van a venir a por nosotros.
Van a venir a por todos los que sabemos la verdad.
Y no van a parar hasta que estemos muertos.
El silencio que siguió fue denso, asfixiante.
El sonido de los monitores cardíacos era el único ruido en la habitación, un ritmo constante, hipnótico, que me recordaba que Juan seguía vivo.
Que seguía respirando. Que seguía siendo el mismo hombre que había conocido hacía tres años.
El mismo hombre que me había protegido, que me había mentido, que me había follado contra la pared de una morgue.
De repente, el móvil de Darío sonó. Lo sacó del bolsillo, miró la pantalla. Su rostro palideció.
—Es Martínez —murmuró, la voz tensa—. Quiere que vayas a la morgue. Ahora.
—¿Por qué? —pregunté, sintiendo cómo el frío me subía desde las botas hasta la garganta.
—Han encontrado un cadáver —respondió Darío, la voz quebrada—. En Sa Caleta. En la misma cala donde enterraron a Elena. Y dice que tú necesitas verlo. Porque es un ruso.
El mundo se inclinó otra vez. El suelo de linóleo pareció moverse bajo mis pies. El olor a desinfectante se volvió asfixiante, rancio, insoportable.
—Los rusos no se han ido —murmuró Juan, la voz un hilo ronco—. Han venido a por venganza. Y han empezado a matar.
Me giré hacia la puerta. La abrí de un tirón. Los dos guardias me miraron, sorprendidos.
—Vamos a la morgue —dije, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. Ahora.
Salí del hospital, caminando por el pasillo, los guardias siguiéndome a distancia. El aire frío de la mañana me golpeó la cara, trayendo el olor a sal y a posidonia. El sol empezaba a salir, tiñendo el cielo de un rosa pálido que se extendía como una mancha de sangre diluida.
Conduje hacia la morgue del Hospital Can Misses, los guardias siguiéndome en su coche patrulla. Las calles estaban vacías, los comercios cerrados, las persianas bajadas. Solo las farolas parpadeaban, proyectando sombras largas y danzantes sobre el asfalto mojado.
Llegué a la morgue. Martínez me esperaba en la entrada, el rostro pálido, los ojos hundidos. Llevaba el traje gris arrugado, la corbata aflojada, como si hubiera pasado la noche en vela.
—Doctora Vance —dijo, la voz plana, carente de emoción—. Gracias por venir.
—¿Qué ha pasado? —pregunté, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos.
Martínez me miró. Sus ojos estaban fríos, calculadores, evaluándome, calculando.
—Hemos encontrado un cadáver en Sa Caleta —respondió, la voz baja—. Un ruso. Disparos múltiples. Tortura. Y hay algo más.
—¿Qué? —pregunté, sintiendo cómo el frío me subía desde las botas hasta la garganta.
—En el bolsillo del cadáver —continuó Martínez, sacando una bolsa de evidencias del bolsillo de su chaqueta—. Había una nota. Escrita a mano. En ella dice que esto es solo el principio. Que van a venir a por todos los que saben la verdad. Y que usted, doctora, es la siguiente.
Me quedé helada. El corazón me dio un vuelco. La nota. Los rusos. La venganza. Todo se estaba juntando, todo se estaba cerrando sobre mí como una trampa.
—Necesito ver el cadáver —dije, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos—. Necesito hacer la autopsia. Necesito saber qué coño está pasando.
Martínez asintió, un gesto mínimo, pero suficiente. Me guió hacia la sala de autopsias, abriendo la puerta con una tarjeta magnética.
El cadáver estaba en la camilla de acero inoxidable, desnudo, pálido bajo las luces quirúrgicas.
Era un hombre de unos cuarenta años, rubio, con los ojos azules, el rostro hinchado por los golpes.
Tenía los dedos rotos, las uñas arrancadas, la piel cubierta de hematomas.
Lo habían torturado. Lo habían interrogado. Y luego lo habían matado.
Me puse la bata, los guantes, la mascarilla. El ritual de siempre. Cada gesto, calculado. Cada movimiento, preciso.
Empecé por el rostro. Rasgos eslavos, piel cetrina, cabello rubio corto, bien cuidado. Las manos confirmaban lo que había sospechado: uñas arrancadas, dedos rotos, callos en las yemas de los dedos índice y medio de la mano derecha. Exmilitar. O exsicario.
Desvestí el cadáver con cuidado. La ropa era de marca, cara. La camiseta interior, de algodón egipcio. La ropa interior, Calvin Klein. Todo nuevo, todo caro. Esto no era un mantero. Esto era alguien importante. Alguien con dinero, con contactos. Alguien que los rusos querían muerto.
Procedí a la autopsia.
La Y incisión fue limpia. El bisturí se deslizó por la piel con la facilidad de un cuchillo caliente sobre mantequilla.
Separé los colgajos, exponiendo la cavidad torácica.
Los órganos estaban en su sitio, sin signos de enfermedad.
El corazón era fuerte, los pulmones limpios.
Este hombre no fumaba, no bebía en exceso, se cuidaba.
Examiné las heridas de bala más de cerca. Tres disparos. Dos en el pecho, uno en la cabeza. El ángulo de entrada era de abajo a arriba, de derecha a izquierda. El asesino era diestro, mide al menos un metro setenta y conoce el cuerpo humano. Pero había algo más. Algo que me heló la sangre.
En el pecho del cadáver, justo sobre el esternón, había una marca. No era el símbolo geométrico. Era una quemadura. Un círculo perfecto, del tamaño de una moneda de dos euros, con la piel carbonizada y levantada.
Me incliné más, el olor a carne quemada y putrefacción revolviéndome el estómago. Dentro del círculo, grabado en la carne viva antes de cauterizarla, había un número.
43.
El número en el pecho de Elena era 42. Este era 43.
¿Qué coño era esto? ¿Una cuenta atrás? ¿Una lista? ¿Una puta firma?
Saqué la cámara del kit. Empecé a disparar. Flash tras flash, iluminando la escena con destellos blancos y cegadores. Documenté la marca, la herida, la posición del cuerpo. Luego, pasé a la inspección táctil.
En la boca del cadáver, pegado con una sustancia viscosa, había un objeto pequeño y duro.
Metí dos dedos. Lo rasgué. Cayó en mi palma enguantada.
Una micro-SD.
Guardé la tarjeta en un tubo estanco.
De repente, el móvil de Martínez sonó. Lo sacó del bolsillo, miró la pantalla. Su rostro palideció.
—Doctora Vance —dijo, la voz tensa—. Necesito que venga a la sala de interrogatorios. Ahora.
—¿Por qué? —pregunté, sintiendo cómo el frío me subía desde las botas hasta la garganta.
—Porque hemos encontrado a alguien —respondió Martínez, la voz quebrada—. Alguien que sabe la verdad. Alguien que quiere hablar.
—¿Quién? —insistí, la voz firme, a pesar del temblor que me sacudía las manos.
Martínez me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era sorpresa.
—Su hermana, doctora —murmuró, la voz apenas audible—. Elena ha vuelto. Y quiere confesar.