CAPÍTULO 22
Darío llegó veinte minutos después, conduciendo el coche de Juan como si llevara al demonio en el asiento trasero.
Aparcó de cualquier manera frente al puerto, las ruedas subidas a la acera, el motor todavía rugiendo.
Salió del vehículo con un chirrido de frenos que despertó a las gaviotas dormidas en los mástiles de los barcos.
Llevaba una chaqueta de cuero negra, vaqueros oscuros, y una mochila colgada al hombro.
El vendaje de su costado asomaba bajo la tela, una mancha oscura que se extendía como una flor de sangre seca.
Su rostro estaba pálido, los ojos hundidos, pero la mandíbula apretada con esa determinación estúpida que siempre lo había metido en problemas.
—¿Dónde está? —preguntó, sin preámbulos, acercándose a mí. El olor a tabaco y a sudor rancio lo envolvía como una nube.
—No lo sé —respondí, la voz baja, plana—. Pero sé dónde va a estar.
Darío me miró, los ojos entrecerrados, evaluándome.
—¿Y cómo coño sabes eso?
—Porque conozco a mi hermana, Darío. La conozco mejor que tú. Mejor que nadie. —Me pasé una mano por la cara, arrastrando la barba de tres días—. Elena no se esconde en cualquier sitio. Se esconde en los lugares donde nadie mira. En los lugares que la isla ha olvidado.
—¿Y qué lugares son esos? —preguntó, la voz cargada de impaciencia.
—Los pueblos fantasmas —respondí, sacando el móvil del bolsillo—. Las urbanizaciones abandonadas durante la crisis. Las fincas que se quemaron y nunca se reconstruyeron. Los lugares donde los muertos todavía caminan.
Darío soltó una risa seca, carente de cualquier humor.
—Eso es muy poético, Sofía. Pero no me ayuda a encontrarla.
—Sí te ayuda —contraataqué, marcando un número en el móvil—. Porque Elena siempre ha sido dramática. Siempre ha querido desaparecer con estilo. Y si va a huir de la isla, si va a dejar todo atrás, va a querer hacerlo desde un lugar que signifique algo para ella.
—¿Y qué lugar significa algo para ella? —insistió Darío, cruzando los brazos.
El móvil sonó tres veces antes de que contestaran.
—Sí —dijo una voz de mujer, ronca, cargada de desconfianza.
—Lucía, soy yo —dije, la voz baja—. Necesito que me digas algo. ¿Dónde solía ir Elena cuando quería desaparecer? Cuando quería estar sola. Cuando quería pensar.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, un suspiro.
—¿Por qué? —preguntó Lucía, la voz cargada de sospecha.
—Porque la necesito encontrar antes de que lo haga la UCO —repliqué, la voz firme—. Y porque tú eres la única persona que la conoce tan bien como yo.
Otro silencio. Más largo esta vez.
—Había un sitio —murmuró Lucía finalmente, la voz bajando a un susurro—. Cerca de Sant Miquel. Una finca abandonada, quemada hace diez años. Nadie va allí. Los lugareños dicen que está maldita.
—¿Dónde exactamente? —pregunté, sacando un bolígrafo y una servilleta del bolsillo.
—Carretera de Sant Miquel, kilómetro siete. Hay un desvío a la derecha, un camino de tierra que parece un sendero de cabras. La finca está al final. Pero cuidado, doctora. Ese lugar tiene mala fama.
Colgué, guardando el móvil en el bolsillo. Miré a Darío.
—Sé dónde está —dije, la voz firme.
Condujimos hacia el norte en silencio. La carretera serpenteaba entre colinas cubiertas de pinos, el paisaje del interior de Ibiza, lejos de las playas y los clubs. El sol empezaba a salir, tiñendo el cielo de un rosa pálido que se extendía como una mancha de sangre diluida.
Darío llevaba el volante, sus manos aferradas con los nudillos blancos. Yo iba en el asiento del copiloto, el móvil en la mano, buscando en Google Maps la ubicación exacta de la finca abandonada.
—¿Y qué hacemos cuando la encontremos? —preguntó Darío, rompiendo el silencio. Su voz sonaba tensa, cargada de una ansiedad que no intentaba ocultar.
—La sacamos de la isla —respondí, sin levantar la vista del móvil—. Mateo tiene una barca en el puerto de Santa Eulària. Nos espera al amanecer.
—¿Y si la UCO nos sigue? ¿Y si los rusos nos encuentran? —presionó Darío, la voz cargada de miedo.
—Entonces dispararemos —repliqué, la voz plana, clínica. La voz de la morgue—. Y si no podemos disparar, entonces correremos. Y si no podemos correr, entonces moriremos. Pero no vamos a dejar que la atrapen, Darío. No después de todo lo que ha hecho. No después de todo lo que hemos hecho.
Darío no respondió. Se limitó a apretar el volante, los músculos de su cuello marcados como cables de acero.
Giramos por el desvío del kilómetro siete.
El camino de tierra era estrecho, lleno de baches que hacían chirriar los amortiguadores del coche.
Los pinos se cerraban sobre nosotros, creando un túnel de sombras que se movían con el viento.
El suelo estaba cubierto de agujas de pino, una alfombra mullida que amortiguaba el sonido del motor.
Tardamos diez minutos en llegar al final del camino.
La finca apareció entre los árboles como un cadáver olvidado.
Era una masía del siglo XVIII, con las paredes de piedra negra quemada por el fuego, el tejado hundido en un lado, las ventanas tapiadas con tablones de palé.
El olor a ceniza y a madera podrida se mezclaba con el de la resina de pino y la sal que traía la brisa marina.
Aparqué el coche detrás de un muro de piedra seca, oculto tras la vegetación. Apagué el motor. El silencio cayó sobre nosotros como una losa, roto solo por el canto de los pájaros y el rumor del viento entre los pinos.
—Quédate aquí —le dije a Darío, sacando la pistola de la funda sobaquera.
—Ni de coña —replicó él, sacando su propia arma del bolsillo de la chaqueta—. Voy contigo.
—Darío, estás herido. Si hay alguien ahí dentro, si hay rusos, si hay...
—Si hay alguien, disparo —me interrumpió, la voz firme, cargada de una determinación que no le había visto en días —. No voy a quedarme aquí como un puto cobarde mientras tú haces todo el trabajo sucio.
Lo miré. Sus ojos estaban inyectados en sangre, la mandíbula apretada, las manos temblando ligeramente. Pero había algo más en su mirada. Algo que no había visto antes. Redención. O quizás, solo la ilusión de ella.
—Vale —murmuré finalmente, abriendo la puerta del coche—. Pero si te digo que corras, corres. Sin discutir. Sin mirar atrás. ¿Entendido?
Asintió, un gesto mínimo, pero suficiente.
Salimos del coche, pegándonos a los árboles, avanzando hacia la finca con las pistolas en la mano.
El suelo crujió bajo nuestras botas, las agujas de pino aplastándose con un sonido seco, rítmico.
El olor a ceniza se volvía más intenso a medida que nos acercábamos a la masía, mezclándose con el de la humedad y el moho.
Llegamos a la puerta principal. Estaba entreabierta, los tablones de palé arrancados, dejando un hueco por el que se colaba la luz grisácea del amanecer. Me acerqué, pegándome a la pared de piedra, asomando la cabeza por el hueco.
El interior estaba en penumbra, iluminado solo por la luz que se filtraba por las ventanas tapiadas. El suelo estaba cubierto de escombros, de trozos de madera quemada, de cristales rotos. En el centro de la habitación, sentada en un sillón de cuero rajado, estaba Elena.
Llevaba vaqueros negros, una camiseta blanca manchada de tierra, y la chaqueta de cuero que le había visto en el aeropuerto.
El pelo cortado a media melena le caía sobre la cara, ocultando parcialmente sus ojos.
Tenía una botella de whisky en la mano, bebiendo directamente del cuello, con esa indiferencia de quien ya no tiene nada que perder.
Levantó la vista cuando entramos. Sus ojos se encontraron con los míos. Y sonrió. Una sonrisa torcida, triste, que no le llegó a los ojos.
—Llegas tarde, Sofía —dijo, la voz ronca, cargada de whisky y de cansancio—. Pensé que no vendrías.
Me acerqué a ella, la pistola todavía en la mano, pero apuntando al suelo. Darío se quedó detrás de mí, vigilando la puerta, escrutando la oscuridad del exterior.
—¿Cómo nos encontraste? —pregunté, sentándome frente a ella, en el suelo de escombros.
Elena soltó una risa seca, carente de cualquier humor. Bebió otro trago de whisky, el líquido ámbar brillando bajo la luz grisácea.
—Porque sabía que vendrías —respondió, la voz baja, casi un susurro—. Porque te conozco, Sofía. Porque sé que no ibas a dejarme morir en esta puta isla. Porque sé que, a pesar de todo, a pesar de lo que hice, a pesar de lo que soy, todavía me quieres.
—Te quiero, Elena —repliqué, la voz quebrada, las lágrimas quemándome los ojos—. Pero no sé quién eres. No sé en quién te has convertido.
Elena me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era amor. No era culpa. Era cansancio. El cansancio de una mujer que ha mirado al abismo y ha descubierto que el abismo le devolvía la mirada con su propia cara.
—Yo tampoco lo sé, Sofía —murmuró, bajando la botella de whisky—.
Pero sé una cosa. Sé que no voy a dejar que me metan en la cárcel.
Sé que no voy a pasar el resto de mi vida en una celda, pensando en lo que pude haber sido, en lo que pude haber hecho.
Y sé que, si la UCO me encuentra, me van a matar. O me van a encerrar para siempre.
—Entonces vámonos —contraataqué, acercándome a ella, poniéndole una mano en el hombro—. Mateo tiene una barca. Nos espera en el puerto de Santa Eulària. Podemos sacarte de la isla. Puedo enviarte a un lugar donde nadie te encuentre.
Elena me miró. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no lloró.
—¿Y tú, Sofía? —preguntó, la voz quebrada—. ¿Qué va a ser de ti? ¿Vas a venir conmigo? ¿Vas a dejar todo atrás? ¿Vas a dejar a Juan? ¿A Darío? ¿A la UCO?
No respondí. Porque no tenía respuesta. Porque no sabía qué iba a hacer. Porque no sabía si podía dejar todo atrás, si podía dejar la isla, si podía dejar la vida que había construido durante tres años.
—No puedo irme, Elena —murmuré finalmente, la voz quebrada—. No puedo dejar a Juan. No puedo dejar a Darío. No puedo dejar todo lo que he construido.
Elena asintió, un gesto mínimo, pero suficiente. Se puso de pie, la botella de whisky todavía en la mano.
—Entonces, adiós, Sofía —dijo, la voz baja, cargada de una tristeza que me aplastaba el pecho—. Gracias por intentarlo. Gracias por ser la única persona en esta puta isla que todavía cree en mí.
Se acercó a la puerta, caminando hacia la salida, hacia la libertad, hacia el olvido. Pero antes de salir, se detuvo. Se giró hacia mí.
—Una cosa más, Sofía —murmuró, la voz un hilo ronco—. Si alguna vez necesitas encontrarme, si alguna vez necesitas ayuda, hay un buzón en el puerto de Mónaco. Debajo del tercer banco, contando desde la izquierda. Deja un mensaje allí. Y yo te encontraré.
Asentí, las lágrimas cayendo por mis mejillas, calientes, saladas.
—Adiós, Elena —dije, la voz quebrada—. Cuídate.
Elena sonrió. Una sonrisa torcida, triste, que le llegó a los ojos por primera vez en días.
—Siempre lo hago, Sofía —murmuró, la voz baja, cargada de una convicción que me heló la sangre—. Siempre lo hago.
Salió de la finca, caminando hacia el coche de Darío, hacia la libertad, hacia el olvido. La vi desaparecer entre los árboles, una silueta que se fundía con la luz del amanecer, con la isla, con los secretos que la habían devorado.
Me quedé allí, sentada en el suelo de escombros, la pistola en la mano, las lágrimas cayendo por mis mejillas. Darío se acercó a mí, sentándose a mi lado, poniéndome un brazo sobre los hombros.
—¿Estás bien? —preguntó, la voz baja, cargada de una preocupación que no le había visto en años.
No respondí. Porque no estaba bien. Porque había dejado ir a mi hermana. Porque había traicionado la ley, la justicia, todo en lo que creía. Porque había ayudado a una asesina a escapar. Porque me había convertido en cómplice de un crimen.
Pero lo peor de todo, era que no me arrepentía.
Porque al final, la isla siempre gana. La isla siempre devora a los que intentan cambiarla. Yo ya no era la forense que examinaba los cadáveres. Era uno más de los cadáveres que la isla había devorado.
Y mientras el sol salía sobre Ibiza, mientras las luces de los clubs se apagaban, mientras los turistas bajaban de los aviones, me quedé allí, sentada en los escombros de una finca abandonada, llorando por mi hermana, por la mujer que había sido, por la mujer en la que se había convertido.
Adivine que la guerra por Ibiza había terminado. Pero que la mía, acababa de empezar.