CAPÍTULO 21
Salí del hospital a las tres de la mañana.
El aire de Ibiza Town me golpeó la cara como una bofetada húmeda, cargado de salitre y de ese olor dulzón a basura fermentada que solo existe en las ciudades turísticas cuando los clientes se van a dormir.
Las calles estaban vacías, los bares cerrados, las persianas bajadas.
Solo las farolas parpadeaban, proyectando sombras largas y danzantes sobre el asfalto mojado.
Conduje sin rumbo fijo, las manos aferradas al volante con los nudillos blancos. La adrenalina del interrogatorio se había disipado, dejando un vacío helado y tembloroso en mi pecho. Las palabras de Martínez resonaban en mi cabeza como un eco enfermizo: "Voy a acusarla de complicidad en asesinato".
¿Cuánto tiempo tardarían en encontrar a Elena?
¿Cuánto tiempo antes de que la UCO rastreara sus movimientos, sus contactos, sus huellas?
Ella era inteligente, sí. Llevaba tres años sobreviviendo en las sombras.
Pero los federales tenían recursos que ella no podía igualar.
Tenían tecnología, tenían informantes, tenían tiempo.
Y el tiempo era el único recurso que nos quedaba.
Giré hacia el puerto viejo. Los yates se mecían en sus amarres, golpeando los neumáticos con un sonido sordo, rítmico.
Las luces de los bares se reflejaban en el agua negra, creando manchas de color que se deshacían con cada ola.
Aparqué frente a un edificio abandonado en la zona de Vara de Rey, un antiguo almacén de redes que ahora servía de refugio para los sin techo de la isla.
No venía a buscar a Elena. Venía a buscar a alguien que pudiera saber dónde se escondía.
Saqué el móvil del bolsillo. Marcé un número que había guardado hacía meses, cuando empecé a sospechar que la isla tenía más capas de las que quería ver.
Sonó cuatro veces. Cinco.
—Diga —contestó una voz de mujer, ronca, cargada de sueño y desconfianza.
—Soy yo —dije, la voz baja, plana—. La forense.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, un suspiro.
—Hace tiempo que no llamas, doctora.
—Necesito verte.
—No es buen momento.
—Es el único momento —contraataqué, apoyando la espalda contra la pared fría del edificio—. La UCO me está interrogando. Mi hermana está fugitiva. Y tú eres la única persona en esta puta isla que sabe cómo moverse sin dejar rastro.
Otro silencio. Más largo esta vez.
—Ven al Mercado Viejo. En una hora. Pero si veo que alguien te sigue, desapareces.
Colgó.
Guardé el móvil en el bolsillo y encendí un cigarrillo.
El humo me quemó la garganta, pero el dolor físico me ancló al presente.
Miré el edificio abandonado. Las ventanas tapiadas con tablones de palé, los grafitis borrados por la lluvia, el olor a orina seca que emanaba de la entrada.
Este era el verdadero Ibiza. No el de los clubs de lujo, no el de los yates de millonarios.
El Ibiza de los que caían, de los que la maquinaria de Costa trituraba y escupía.
Conduje hacia el Mercado Viejo, una zona de naves industriales abandonadas en las afueras de la ciudad, donde los okupas y los traficantes de poca monta habían establecido su territorio.
Aparqué a dos calles del lugar, oculta tras un contenedor de obra.
Caminé el resto del camino, pegándome a las sombras, evitando las luces de las farolas.
El Mercado Viejo era un laberinto de pasillos estrechos, cubiertos de grafitis y carteles de fiestas ilegales arrancados por la humedad.
El olor a moho, a marihuana y a comida podrida se mezclaba con el de la lluvia reciente.
Encontré a la mujer en una de las naves traseras, sentada en un sofá de cuero rajado, rodeada de velas encendidas que proyectaban sombras danzantes sobre las paredes desconchadas.
Se llamaba Lucía. Había sido enfermera en el hospital antes de que la despidieran por robar medicamentos para venderlos en la calle. Ahora vivía aquí, atendiendo a los que no podían ir al hospital, a los que no querían dejar rastro. A los invisibles.
—Pareces una mierda —dijo, sin levantarse del sofá. Su rostro estaba marcado por años de drogas y de noches sin dormir, pero sus ojos seguían siendo afilados, calculadores.
—Necesito tu ayuda —repliqué, sentándome frente a ella. El sofá crujió bajo mi peso, soltando un polvo que me hizo toser—. Elena está fugitiva. La UCO la busca. Y necesito saber dónde puede esconderse.
Lucía encendió un cigarrillo, el humo formando espirales perezosas en el aire viciado.
—Tu hermana es inteligente, doctora. Sabe cómo desaparecer. Lleva tres años haciéndolo.
—Pero esta vez es diferente —contraataqué, acercándome a ella—. Esta vez tiene a la UCO detrás. Y a los rusos. Y a medio cártel de Ibiza que quiere vengar a Costa. No puede seguir escondiéndose para siempre.
Lucía me miró, los ojos entrecerrados, evaluándome.
—¿Y qué quieres que haga yo? ¿Que la encuentre? ¿Que la traicione? ¿Que la entregue a la UCO?
—No —espeté, la rabia hirviéndome en las venas—. Quiero que me ayudes a encontrarla antes de que lo haga la UCO. Quiero sacarla de la isla. Quiero enviarla a un lugar donde nadie la encuentre.
Lucía soltó una risa seca, carente de cualquier humor.
—¿Y por qué coño iba a ayudarte, doctora? ¿Por lástima? ¿Por solidaridad sororal? Tu hermana me usó, ¿sabes? Me usó para conseguir medicamentos, para conseguir documentos falsos, para conseguir lo que necesitaba. Y cuando ya no me necesitó, me dejó aquí, pudriéndome en este puto vertedero.
—Elena no es perfecta, Lucía —repliqué, la voz firme, a pesar del cansancio que me aplastaba los hombros—. Pero es mi hermana. Y no voy a dejar que la metan en la cárcel por matar a un monstruo.
Lucía me miró un segundo largo. Luego, suspiró, apagando el cigarrillo en el cenicero de latón.
—Conozco a un tipo en Sant Carles —murmuró, la voz baja, calculadora—. Un pescador viejo, tuerto. Se llama Mateo. Tiene una barca. Puede llevarla a Formentera. Desde allí, hay rutas hacia Argelia, hacia Italia, hacia donde cojones quiera ir.
—¿Dónde está Mateo? —pregunté, sacando el móvil del bolsillo.
—En el puerto de Santa Eulària. Pero cuidado, doctora. Mateo no trabaja gratis. Y si la UCO te sigue, si alguien te ve con él, entonces estás tan jodida como tu hermana.
Asentí, guardando el móvil en el bolsillo. Me puse de pie, el sofá crujiendo bajo mi peso.
—Gracias, Lucía —dije, caminando hacia la salida.
—Doctora —me llamó, antes de que saliera. Me giré. Ella me miraba desde el sofá, las velas proyectando sombras en su rostro—. Ten cuidado. Tu hermana no es la persona que tú crees. Nunca lo fue.
No respondí. Porque ya lo sabía. Porque lo había descubierto hacía días, cuando encontré su cuerpo en la fosa de Sa Caleta. Cuando descubrí que había intentado vender a Costa a los rusos. Cuando descubrí que había matado a Valera.
Pero era mi hermana. Y la sangre pesaba más que la moral.
El puerto de Santa Eulària estaba vacío a las cuatro de la mañana.
Los barcos de pesca se mecían en sus amarres, golpeando los neumáticos con un sonido sordo, rítmico.
El olor a pescado podrido y a gasoil se mezclaba con el de la sal y la lluvia reciente.
Encontré a Mateo en una de las barcas más pequeñas, remendando una red con manos expertas.
Era un hombre de unos sesenta años, con la piel curtida por décadas de sol y sal, los ojos azules como el mar que lo había visto nacer. Un parche negro le cubía el ojo izquierdo.
—Busco a Mateo —dije, acercándome a la barca.
El viejo levantó la vista. Me observó con su único ojo, evaluándome, calculando.
—¿Quién pregunta? —respondió, con un acento cerrado, de payés, que arrastraba las vocales.
—Sofía Vance. La forense. Lucía me envía.
Mateo dejó la aguja sobre la red. Escupió al agua. Una flema que flotó un segundo antes de disolverse en la transparencia del mar.
—¿Qué quieres? —preguntó, la voz baja, cargada de desconfianza.
—Necesito tu barca. Para llevar a alguien a Formentera. Y desde allí, a Argelia. O a Italia. A donde sea.
Mateo me miró, los ojos entrecerrados.
—Eso cuesta caro, doctora. Muy caro.
—Puedo pagar —repliqué, sacando la cartera del bolsillo. Conté los billetes, arrugados y manchados de sudor, y se los tendí—. Cinco mil euros. Por adelantado.
Mateo contó los billetes, uno por uno, con dedos expertas. Luego, los guardó en el bolsillo de su camisa.
—¿Quién es el pasajero? —preguntó, la voz baja.
—Mi hermana —respondí, la voz firme—. Está en peligro. Necesita salir de la isla.
Mateo me miró un segundo largo. Luego, suspiró, rascándose la barba canosa.
—Tráela al amanecer —murmuró, volviendo a su red—. Pero si la UCO te sigue, si alguien te ve, entonces no la llevo. ¿Entendido?
Asentí, un gesto mínimo, pero suficiente. Me giré para irme, pero Mateo me detuvo con la voz.
—Doctora.
Me giré. Él me miraba desde la barca, el único ojo brillando bajo la luz de las farolas.
—Tu hermana no es la primera que intento sacar de esta isla. Ni será la última. Esta isla devora a los que intentan cambiarla. Entonces los que sobreviven se convierten en lo mismo que intentaron destruir*.
No respondí. Porque ya lo sabía. Porque lo había visto en Elena. Porque lo había visto en Juan. Porque lo había visto en mí misma.
Me alejé del puerto, caminando por el paseo marítimo vacío, las luces de los bares reflejándose en el agua negra.
El mar estaba en calma, las olas lamiendo la arena con un sonido suave, rítmico.
Pero bajo la superficie, bajo la calma aparente, las corrientes eran fuertes, peligrosas, capaces de arrastrarte al fondo sin que te dieras cuenta.
Y yo ya estaba en el fondo. Ya estaba siendo arrastrada. Ya estaba siendo devorada.
Saqué el móvil. Llamé a Darío.
—¿Sofía? —contestó, la voz dormida, cargada de sueño y desconfianza.
—Sé dónde está Elena —dije, la voz baja, plana—. Sé cómo sacarla de la isla. Pero necesito tu ayuda.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, un suspiro.
—¿Dónde estás? —preguntó Darío.
—En Santa Eulària. En el puerto.
—Voy para allá.
Colgué. Me quedé mirando el mar, las olas lamiendo la arena, las luces de los bares reflejándose en el agua.
Elena no había desaparecido. Elena estaba a punto de desaparecer de verdad. Y yo iba a asegurarme de que esta vez, nadie la encontrara.
Aunque me costara la vida.