Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

La sala de interrogatorios del cuartel de la Guardia Civil en Ibiza Town olía a café rancio, a tabaco negro y a desesperación acumulada durante décadas.

Las paredes estaban pintadas de un beige enfermizo, desconchado en las esquinas, como si el edificio mismo estuviera intentando pelarse la piel.

La luz fluorescente parpadeaba sobre mi cabeza, emitiendo un zumbido constante que se me clavaba en la base del cráneo.

Llevaba cuatro horas sentada en esa puta silla de plástico, con la espalda recta, las manos sobre la mesa, respondiendo las mismas preguntas una y otra vez.

El inspector Martínez me miraba desde el otro lado de la mesa, sus ojos fríos, calculadores, evaluando cada palabra, cada gesto, cada microexpresión que se me escapara.

—Repítame otra vez, doctora Vance —dijo, su voz plana, carente de cualquier emoción—. ¿Cómo llegó su hermana al aeropuerto?

Suspiré, pasándome una mano por la cara. La piel me ardía, reseca por la sal del mar y el sudor de horas de interrogatorio.

—Se lo he explicado cinco veces ya, inspector —repliqué, manteniendo la voz firme, a pesar del cansancio que me aplastaba los hombros—. Elena apareció en el bosque cerca de Es Cubells. Nos dijo que había seguido a Darío. Que sabía que íbamos a por el disco. Que quería ayudar a detener a Costa.

Martínez tomó nota en su libreta, el bolígrafo raspando el papel con un sonido irritante.

—¿Y cómo sabía ella que ustedes iban a por el disco? —inquirió, levantando la vista.

—Porque Darío se lo contó —mentí, la voz plana, clínica. La voz de la morgue—. Cuando despertó en Santa Gertrudis, le llamó. Le explicó el plan.

—¿Y por qué su hermana, que supuestamente llevaba tres años muerta, de repente aparece en el momento exacto en que ustedes van a detener a Costa? —presionó Martínez, inclinándose hacia adelante, los ojos entrecerrados.

—Porque es mi hermana, joder —espeté, la rabia hirviéndome en las venas, quemando el cansancio—. Porque me quiere. Porque no iba a dejar que me mataran. ¿Qué coño quiere que le diga, inspector? ¿Que es una coincidencia? ¿Que es el puto destino?

Martínez me miró un segundo largo, evaluándome. Luego, se recostó en su silla, cruzando los brazos.

—Doctora Vance, voy a ser directo con usted —dijo, la voz bajando a un tono más íntimo, casi conspirador—.

Tenemos un cadáver en el aeropuerto. Víctor Costa, el arquitecto más poderoso de Ibiza.

Muerto de un disparo en la cabeza. Su hermana, que supuestamente estaba muerta, aparece como por arte de magia y le vuela los sesos.

Y luego desaparece. Sin dejar rastro. Sin testigos.

Solo usted, su cuñado y su hermano herido como únicos testigos.

—Elena mató a Costa en defensa propia —contraataqué, apretando los puños bajo la mesa—. Costa intentaba escapar en un helicóptero. Iba a huir de la justicia. Elena le disparó para detenerlo.

—¿En defensa propia? —repitió Martínez, arqueando una ceja—. Con un disparo en la frente, doctora. Eso no es defensa propia. Eso es una ejecución.

—Costa tenía guardaespaldas armados —repliqué, la voz firme—. Elena estaba en peligro. Disparó para neutralizar la amenaza.

Martínez soltó una risa seca, carente de cualquier humor.

—Neutralizar la amenaza —murmuró, sacudiendo la cabeza—. Doctora, usted es forense. Sabe tan bien como yo que un disparo en la frente, a quemarropa, no es neutralizar. Es ejecutar. Y su hermana acaba de convertirse en la sospechosa principal de asesinato.

—Mi hermana no es una asesina —espeté, levantándome de la silla, las manos temblando de rabia—. Costa era un monstruo. Un psicópata que controlaba esta isla desde las sombras. Que mataba gente por deporte. Que quemaba asentamientos enteros. Que me torturó, que me obligó a desaparecer, que...

Me detuve. Demasiado tarde. La rabia me había traicionado.

Martínez me miró, los ojos brillando con una luz depredadora.

—¿Que la torturó? —repitió, inclinándose hacia adelante—. ¿Quién la torturó, doctora? ¿Costa? ¿O alguien más?

Me senté de nuevo, apretando los dientes. Había metido la pata. Había dejado que la emoción se colara en mi voz, había revelado demasiado.

—No importa —murmuré, la voz baja, derrotada—. Costa está muerto. Elena ha desaparecido. ¿Qué más da quién la torturó?

—Importa, doctora —replicó Martínez, la voz firme, cargada de autoridad—. Porque si su hermana fue torturada por Costa, entonces hay más gente implicada. Más cómplices. Más cadáveres. Y yo necesito saber quiénes son.

—No lo sé —mentí, la voz plana—. Costa la torturó. Punto. No sé quiénes más estaban implicados.

Martínez me miró un segundo largo. Luego, suspiró, cerrando la libreta.

—Doctora Vance, voy a ser sincero con usted —dijo, la voz bajando a un tono más suave, casi paternal—. No me creo ni una palabra de lo que me ha contado. Sé que su hermana no está muerta. Sé que apareció en el aeropuerto. Sé que mató a Costa. Y sé que usted la ayudó a escapar.

—No tengo ni puta idea de lo que está hablando —espeté, la rabia hirviéndome en las venas—. Si tiene pruebas, acúsenos. Si no, déjeme ir. Mi hermano está en el hospital, herido de bala. Necesito saber cómo está.

Martínez me miró, los ojos fríos, calculadores.

—Su hermano está estable —respondió, la voz plana—. Pero tiene un disparo en el abdomen y una contusión renal. Necesita cirugía. Y cuando despierte, voy a interrogarlo a él también. Y a su otro hermano, Darío. Y vamos a ver si sus versiones coinciden con la suya.

—Nuestras versiones coinciden —repliqué, la voz firme—. Porque todas son verdad.

Martínez se puso de pie, recogiendo su libreta y su bolígrafo.

—Vamos a ver, doctora —murmuró, caminando hacia la puerta—.

Porque si descubro que me ha estado mintiendo, si descubro que su hermana sigue suelta, que los rusos escaparon, que hay más cadáveres de los que usted me ha contado entonces no solo voy a acusarla de encubrimiento.

Voy a acusarla de complicidad en asesinato.

Y entonces, usted va a pasar el resto de su vida en la cárcel.

Abrió la puerta y salió, dejándome sola en la sala de interrogatorios, con el zumbido de la luz fluorescente clavándose en mi cráneo y la certeza de que había metido la pata hasta el fondo.

El Hospital Can Misses olía a lejía, a café quemado y a miedo.

El pasillo de la UCI estaba iluminado con luces fluorescentes que parpadeaban, creando sombras danzantes sobre las paredes blancas.

El sonido de los monitores cardíacos era un ritmo constante, hipnótico, que me recordaba que Juan seguía vivo. Que seguía respirando.

Darío estaba sentado en una silla de plástico junto a la puerta de la habitación de Juan, la cabeza entre las manos, los codos apoyados en las rodillas. Llevaba la misma ropa que en el aeropuerto, manchada de sangre y sudor, el rostro pálido, los ojos hundidos.

Me acerqué a él, sentándome a su lado. El plástico de la silla crujió bajo mi peso.

—¿Cómo está? —pregunté, la voz baja, temiendo la respuesta.

Darío levantó la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre, llenos de una mezcla de cansancio y culpa que me revolvió el estómago.

—Estable —murmuró, la voz un hilo ronco—. Pero no ha despertado todavía. Los médicos dicen que la bala le rozó el hígado. Que necesita reposo absoluto. Que si se mueve demasiado, puede volver a sangrar.

Asentí, mirando la puerta cerrada de la habitación. Detrás de esa puerta, Juan estaba luchando por su vida, su cuerpo destrozado por las balas, por la traición, por diez años de complicidad con un monstruo.

—¿Y tú? —pregunté, mirando a Darío—. ¿Cómo estás tú?

Darío soltó una risa seca, carente de cualquier humor.

—¿Yo? —repitió, sacudiendo la cabeza—. Yo estoy jodido, Sofía. Estoy jodido desde el momento en que me tatué la puta marca de Elena. Desde el momento en que me creí que ella era una heroína. Desde el momento en que me vendí a Costa por unos días más de vida.

—No te vendiste a Costa, Darío —contraataqué, la voz firme—. Intentaste sobrevivir. Intentaste proteger a Juan. Intentaste...

—Intentaste una mierda, Sofía —me interrumpió, la voz cargada de desprecio—.

Intenté salvar mi propio culo. Intenté negociar con un psicópata.

Intenté vender a mi hermano y a ti por unos días más de vida.

Y cuando eso no funcionó, cuando vi que Costa iba a matarnos de todos modos, intenté robar el disco. Intenté traicionarte otra vez.

—Pero no lo hiciste —repliqué, acercándome a él, poniéndole una mano en el hombro—. No nos traicionaste. Al final, elegiste el lado correcto. Al final, nos ayudaste.

Darío me miró. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no lloró.

—¿El lado correcto? —repitió, la voz quebrada—. Sofía, no existe el lado correcto en esta puta isla. Solo hay lados. Y todos están manchados de sangre.

No respondí. Porque tenía razón. Porque en Ibiza, la línea entre el bien y el mal era tan borrosa que a veces era imposible distinguirla. Porque todos habíamos hecho cosas de las que no estábamos orgullosos. Todos habíamos traicionado a alguien. Todos habíamos matado, directa o indirectamente.

De repente, la puerta de la habitación se abrió. Una enfermera asomó la cabeza, su rostro cansado, marcado por horas de turno.

—¿Familiares de Juan Santos? —preguntó, la voz baja.

Nos levantamos de un salto, acercándonos a la puerta.

—Sí, somos nosotros —dijo Darío, la voz tensa—. ¿Qué pasa? ¿Está bien?

La enfermera suspiró, abriendo la puerta del todo.

—Ha despertado —informó, la voz plana, carente de emoción—. Quiere verlos. Pero solo unos minutos. Está muy débil.

Entramos en la habitación. Juan estaba tumbado en la cama, pálido, los ojos hundidos, un tubo de oxígeno en la nariz, un gotero de suero colgando de un soporte junto a la cama. La sábana blanca estaba manchada de sangre en la zona del abdomen, donde los médicos le habían operado.

Levantó la vista cuando entramos. Sus ojos, normalmente tan duros, tan calculadores, estaban vidriosos, cansados.

—Sofía... Darío... —murmuró, la voz un hilo ronco, apenas audible.

Me acerqué a la cama, sentándome en el borde. Le tomé la mano, apretándola con fuerza. Su piel estaba fría, sudorosa.

—Estamos aquí, Juan —dije, la voz firme, a pesar de las lágrimas que me quemaban los ojos—. Estamos aquí.

—Costa... —articuló, la voz quebrada—. ¿Está muerto?

Asentí, apretando su mano con más fuerza.

—Está muerto, Juan —respondí, la voz firme—. Elena lo mató. En el aeropuerto.

Juan cerró los ojos, un gesto de alivio que le relajó los músculos del rostro.

—Elena... —murmuró, la voz apenas un susurro—. ¿Dónde está?

No respondí. Miré a Darío, que estaba de pie junto a la cama, el rostro pálido, los ojos fijos en Juan.

—Ha desaparecido, Juan —dijo Darío finalmente, la voz baja—. Se fue. Después de matar a Costa, se fue. No sabemos dónde.

Juan abrió los ojos, mirándonos. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era alivio. No era tristeza. Era miedo.

—Tenéis que encontrarla —murmuró, la voz tensa, cargada de urgencia—. Tenéis que encontrarla antes de que la UCO lo haga. Porque si la encuentran, la van a matar. O la van a meter en la cárcel para siempre. Pero ella no merece eso.

—Juan, Elena mató a Costa —repliqué, la voz firme—. Es una fugitiva. Si la encontramos, tenemos que entregarla a la UCO.

—No —espetó Juan, la voz cargada de una autoridad que no le había visto en años—. No la entregamos. La protegemos. Porque ella no mató a Costa por maldad. Lo mató porque era la única forma de detenerlo. Porque era la única forma de salvarnos a todos.

—Juan, estás en shock —contraataqué, la voz firme—. No sabes lo que dices. Elena es una asesina. Una traidora. Una...

—Elena es tu hermana, Sofía —me interrumpió Juan, la voz firme, cargada de una convicción que me heló la sangre—. Y yo la voy a proteger. Aunque tenga que enfrentarme a la UCO entera. Aunque tenga que enfrentarme a ti.

El silencio que siguió fue denso, asfixiante.

El sonido de los monitores cardíacos era el único ruido en la habitación, un ritmo constante, hipnótico, que me recordaba que Juan seguía vivo.

Que seguía respirando. Que seguía siendo el mismo hombre que había conocido hacía tres años.

El mismo hombre que me había protegido, que me había mentido, que me había follado contra la pared de una morgue.

—No puedes protegerla, Juan —murmuré finalmente, la voz quebrada—. Porque no sé dónde está. Porque desapareció. Porque se fue.

Juan me miró, los ojos fijos en los míos, evaluándome, calculando.

—Tú sabes dónde está, Sofía —dijo, la voz baja, cargada de una certeza que me heló la sangre—. Lo sé. Te conozco. Sé cuándo mientes. Sé cuándo ocultas algo. Y sé que tú ayudaste a Elena a escapar.

No respondí. Porque tenía razón. Porque yo había ayudado a Elena a escapar. Porque había dejado que huyera. Porque había mentido a la UCO. Porque había traicionado la ley, la justicia, todo en lo que creía.

—Juan, ella me lo pidió —murmuré finalmente, la voz quebrada—. Me pidió que la dejara ir. Que la protegiera. Que no dejara que la UCO la encontrara.

—¿Y tú lo hiciste? —preguntó Juan, la voz tensa.

Asentí, las lágrimas cayendo por mis mejillas, calientes, saladas.

—La dejé ir —confesé, la voz quebrada—. La dejé huir. Porque es mi hermana. Porque la quiero. Porque no podía dejar que la metieran en la cárcel por matar a un monstruo.

Juan cerró los ojos, un gesto de alivio que le relajó los músculos del rostro.

—Hiciste lo correcto, Sofía —murmuró, la voz baja, cargada de una convicción que me heló la sangre—. Hiciste lo correcto.

Me quedé mirándolo, las lágrimas cayendo por mis mejillas, la certeza de que había cruzado una línea que no tenía vuelta atrás. De que había traicionado la ley, la justicia, todo en lo que creía. De que había ayudado a una asesina a escapar. De que me había convertido en cómplice de un crimen.

Aunque lo peor de todo era que no me arrepentía.

Porque al final, la isla siempre gana. La isla siempre devora a los que intentan cambiarla. Yo ya no era la forense que examinaba los cadáveres. Era uno más de los cadáveres que la isla había devorado.

Pero mientras Juan dormía, mientras Darío lloraba en silencio, mientras la UCO buscaba a Elena por toda la isla, me quedé mirando el mar a través de la ventana de la habitación.

El mar negro y embravecido que se extendía más allá del hospital.

El mar que se había tragado a Elena. El mar que se había tragado a Costa.

El mar que se había tragado mi inocencia.