Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

El rotor del helicóptero batía el aire con una violencia sorda, levantando una tormenta de arena y papeles que nos golpeaban la cara como proyectiles.

El piloto, un tipo con gafas de sol nocturnas y cara de pocos amigos, inclinó la máquina hacia la izquierda, dudando.

Sin Costa a bordo, sin señal del pasajero, la misión se había convertido en un problema logístico.

Elena seguía con la pistola humeante apuntando al cadáver de Costa. El agujero en la frente del arquitecto era un ojo negro y vacío que miraba al cielo sin ver nada. La sangre se extendía bajo su cuerpo, un charco oscuro que reflejaba las luces de seguridad del aeropuerto como un espejo de aceite.

—Se va —dijo Juan, la voz un graznido. Señaló el helicóptero con la barbilla.

El piloto tomó una decisión. El aparato se elevó, inclinándose hacia adelante, ganando velocidad. En treinta segundos sería un punto negro sobre el mar, camino de Argelia, de Malta, o de donde cojones quisiera ir.

—Déjalo —solté, agarrando a Elena del brazo. Su piel estaba helada bajo la chaqueta de cuero—. Costa está muerto. El helicóptero no importa.

Elena me miró. Sus ojos, esos ojos que habían sido mi refugio durante treinta años, estaban vacíos. No había triunfo en su mirada. No había alivio. Solo un cansancio infinito, la mirada de alguien que ha cruzado una línea y sabe que nunca podrá volver.

—No, Sofía —murmuró, bajando la pistola—. El helicóptero importa. Porque en ese helicóptero va la copia del disco. La que Costa robó de la caja fuerte antes de que nosotros llegáramos.

El mundo se inclinó otra vez. El suelo de asfalto pareció moverse bajo mis pies.

—¿Qué? —articulé, la voz quebrada—. ¿Cómo coño sabes eso?

Elena no respondió. Se limitó a mirar el helicóptero, que ya se alejaba sobre el mar, sus luces de navegación parpadeando como estrellas enfermas.

—Porque yo se la di —confesó finalmente, la voz un hilo ronco—.

Antes de que me torturaran. Antes de que Costa me obligara a desaparecer.

Le di la copia del disco a cambio de mi vida.

Pensé que podría escapar. Pensé que podría irme a Mónaco con los rusos y venderles la original.

Pero Costa me encontró. Me quitó la original.

Y me dejó la copia. Para que creyera que todavía tenía algo que negociar.

—¿Y por qué no nos lo dijiste? —espeté, la rabia hirviéndome en las venas, quemando el cansancio, el frío, el dolor—. ¿Por qué coño no nos lo dijiste antes de matar a Costa?

—Porque no importa —replicó Elena, girándose hacia mí. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no lloró—. Costa está muerto. El disco original está en vuestras manos. La UCO tiene las pruebas. El helicóptero es solo un cabo suelto. Y los cabos sueltos se atan.

—No con sangre, Elena —contraataqué, acercándome a ella, ignorando el dolor de los músculos agarrotados—. No con más sangre. Ya ha habido suficiente.

Elena soltó una risa seca, carente de cualquier humor.

—¿Suficiente? —repitió, la voz cargada de desprecio—.

Sofía, tú no entiendes. Tú nunca has entendido.

Costa no era el final. Era solo el principio.

El helicóptero lleva a los rusos. Y los rusos no van a dejar que esto termine aquí.

Van a venir. Van a buscar venganza. Y si no los detenemos ahora, si no los eliminamos ahora, volverán.

Y la próxima vez, no serán dos tipos con pistolas. Será un ejército.

—Entonces que vengan —repliqué, la voz firme, a pesar del cansancio que me aplastaba los hombros—. Que vengan y los detendremos. Con la ley. Con la UCO. Con el sistema. No convirtiéndonos en monstruos.

Elena me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era amor. No era culpa. Era lástima.

—Tú sigues creyendo en el sistema, Sofía —murmuró, sacudiendo la cabeza—. Después de todo lo que has visto, después de todo lo que has vivido, sigues creyendo que la ley puede protegernos. Que los jueces pueden detener a los rusos. Que la UCO puede ganar una guerra contra un cártel.

—No creo que pueda —respondí, la voz firme—.

Creo que es lo único que tenemos. Si empezamos a matar a todo el que nos amenaza, si empezamos a hacer justicia por nuestra mano, entonces somos iguales que Costa.

Entonces somos iguales que los rusos. Entonces somos iguales que los monstruos que intentamos detener.

Elena no respondió. Se quedó quieta, la mirada fija en mí, evaluándome, calculando. El viento del rotor del helicóptero ya era solo un rumor lejano, un zumbido que se perdía sobre el mar.

De repente, el sonido de sirenas rompió la noche. Lejanas, pero acercándose rápidamente. La UCO de Madrid. Los federales. Los buenos.

—Se acabó —murmuró Juan, apoyándose en Darío, la pistola todavía en la mano—. Llegan.

Elena guardó la pistola en la funda. Se pasó una mano por el pelo, un gesto nervioso que no le había visto en años.

—Tenemos que irnos —dijo, la voz baja, calculadora—. Si la UCO nos encuentra aquí, con Costa muerto y nosotros armados, nos van a meter en la cárcel. A todos.

—No podemos irnos —repliqué, dando un paso hacia ella—. Tenemos que quedarnos. Tenemos que explicar lo que pasó. Tenemos que entregar el disco. Tenemos que...

—No, Sofía —interrumpió Elena, la voz firme, cargada de una autoridad que no le conocía—.

No podemos quedarnos. Porque la UCO no va a creer nuestra versión.

Porque van a preguntar cómo sabíamos que Costa iba a escapar.

Cómo sabíamos dónde encontrarlo. Cómo sabíamos que el helicóptero iba a llegar.

Y cuando pregunten, cuando investiguen, van a descubrir que yo llevo tres años trabajando para los rusos.

Que intenté vender a Costa. Que maté a Valera. Que soy cómplice de todo esto.

—No mataste a Valera —contraataqué, la rabia hirviéndome en las venas—. Lo mató Costa. Lo mató su Cirujano.

—Pero yo lo llevé hasta él —replicó Elena, la voz quebrada—. Yo le dije a Valera que fuera a Sa Caleta. Yo le dije que Costa lo estaba buscando. Yo lo entregué, Sofía. Lo entregué para salvarme. Para comprar mi vida con la suya.

El silencio que siguió fue denso, asfixiante. El viento de levante aullaba entre los hangares, arrastrando el olor a gasoil y a sal. Las sirenas estaban cerca ya, a menos de un kilómetro.

—No puedo dejarte ir, Elena —dije, la voz un susurro—. No puedo dejarte huir. No después de todo lo que has hecho. No después de todo lo que hemos pasado.

Elena me miró. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero seguía sin llorar.

—No me estás dejando ir, Sofía —murmuró, acercándose a mí, poniéndome las manos en los hombros—. Me estás salvando. Porque si me quedo, si la UCO me encuentra, voy a pasar el resto de mi vida en la cárcel. Aunque tú vas a pasar el resto de tu vida preguntándote si podías haberme salvado.

—No puedo salvarte si te conviertes en una fugitiva —contraataqué, agarrándola por las muñecas, apretando con fuerza—. No puedo salvarte si te conviertes en lo mismo que Costa.

Elena sonrió. Una sonrisa torcida, triste, que no le llegó a los ojos.

—Ya soy lo mismo que Costa, Sofía —murmuró, la voz quebrada—. Ya lo soy desde el momento en que maté a Valera. Desde el momento en que me vendí a los rusos. Desde el momento en que dejé que Darío se tatuara mi marca. Ya soy un monstruo. Y los monstruos no se salvan. Los monstruos huyen.

Las sirenas estaban a cien metros ya. Los faros de los coches patrulla iluminaban la pista, creando sombras largas y danzantes sobre el asfalto.

—Vete —dije finalmente, la voz un hilo ronco, cargado de una tristeza que me aplastaba el pecho—. Vete, Elena. Y reza para que no te encuentren nunca.

Elena me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era amor. No era culpa. Era gratitud.

—Gracias, Sofía —murmuró, dándome un beso en la mejilla. Sus labios estaban fríos, secos, sin vida—. Gracias por ser la única persona en esta puta isla que sigue creyendo en la justicia.

Se giró y echó a correr hacia la valla perimetral, hacia la oscuridad que se espesaba más allá de las luces del aeropuerto. La vi desaparecer entre las sombras, una silueta que se fundía con la noche, con la isla, con los secretos que la habían devorado.

Me quedé quieta, mirando el lugar donde había estado, hasta que los primeros coches patrulla entraron en la pista, las luces rotativas girando como ojos de insecto gigantes.

Juan se dejó caer de rodillas, la pistola resbalando de su mano, la sangre de su costado empapando el asfalto. Darío se arrodilló a su lado, intentando presionar la herida con las manos temblorosas.

—Juan, joder... —murmuró Darío, la voz quebrada.

Me acerqué a ellos, arrodillándome al lado de mi hermano. Le quité las manos de la herida, evaluando el daño con ojos clínicos. La arteria ilíaca estaba comprometida. La pérdida de volumen era masiva. Sin intervención quirúrgica en menos de treinta minutos, entraría en shock irreversible.

—Necesitamos una ambulancia —dije, mirando a los guardias civiles que bajaban de los coches, las armas en la mano, los rostros tensos—. ¡Ahora!

Uno de los guardias, un tipo joven con cara de pocos amigos, se acercó, la pistola apuntando a mi pecho.

—¡Manos arriba! —gritó—. ¡Todos al suelo!

—Soy la doctora Sofía Vance, forense del Hospital Can Misses —dije, la voz firme, a pesar del pánico que me aplastaba el pecho—. Este hombre es el Cabo Juan Santos, de la Guardia Civil de Ibiza. Está herido de bala. Necesita atención médica inmediata.

El guardia me miró, dudando. Luego, bajó la pistola un milímetro.

—¿Quién más está con ustedes? —preguntó, mirando alrededor—. ¿Dónde está Costa?

Señalé el cadáver del arquitecto, tirado a diez metros de nosotros, la sangre extendiéndose bajo su cuerpo como un charco de vino tinto.

—Muerto —respondí, la voz plana, clínica. La voz de la morgue—. Lo mató mi hermana.

El guardia me miró, confundido.

—¿Su hermana? —repitió—. ¿Qué hermana?

No respondí. Me limité a mirar el lugar donde Elena había desaparecido, hacia la oscuridad que se espesaba más allá de las luces del aeropuerto. Hacia la isla. Hacia los secretos que la habían devorado.

La ambulancia llegó cinco minutos después. Los sanitarios se hicieron cargo de Juan, estabilizándolo, cargándolo en la camilla. Darío subió con él, agarrándole la mano, murmurándole palabras que no llegaban a mis oídos.

Me quedé sola en la pista, rodeada de guardias civiles, de coches patrulla, de luces rotativas que me cegaban. El helicóptero de los rusos ya estaba lejos, un punto negro sobre el mar, camino de donde cojones quisiera ir.

Un inspector de la UCO se acercó, un tipo de unos cuarenta años, con cara de pocos amigos y un traje gris que le sentaba como un guante.

—Doctora Vance —dijo, la voz plana, carente de emoción—. Soy el inspector jefe Martínez, de la UCO de Madrid. Necesito que me explique qué cojones ha pasado aquí.

Lo miré. Sus ojos estaban fríos, calculadores, evaluándome, calculando.

—Le voy a explicar todo, inspector —respondí, la voz firme, a pesar del cansancio que me aplastaba los hombros—. Le voy a explicar todo. Desde el principio.

Y empecé a hablar. Le conté todo. Le conté lo de Valera. Lo de Sa Caleta. Lo de Elena. Lo de Costa. Lo del disco. Lo del helicóptero. Le conté todo, excepto una cosa.

No le conté que Elena seguía viva. No le conté que había huido. No le conté que los rusos todavía estaban sueltos.

Porque si se lo contaba, si les daba esa información, la UCO iba a cazar a Elena. Iban a cazarla como a un animal. Iban a meterla en la cárcel, o peor, iban a matarla. Y yo no podía dejar que eso pasara. No después de todo lo que había hecho. No después de todo lo que habíamos pasado.

Así que me callé. Y dejé que Elena huyera. Y dejé que los rusos escaparan. Y dejé que la isla siguiera girando, ajena a nuestra miseria, ajena a nuestros secretos.

Porque al final, la isla siempre gana. La isla siempre devora a los que intentan cambiarla. Y yo ya no era la forense que examinaba los cadáveres. Era uno más de los cadáveres que la isla había devorado.

Y mientras el inspector Martínez tomaba nota de mis declaraciones, mientras los guardias civiles acordonaban la zona, mientras la ambulancia se llevaba a Juan hacia el hospital, me quedé mirando el mar.

El mar negro y embravecido que se extendía más allá del aeropuerto.

El mar que se había tragado a Elena. El mar que se había tragado a los rusos. El mar que se había tragado a Costa.

Comprendí que la guerra por Ibiza no había terminado. Solo acabábamos de descubrir que el enemigo también dormía en nuestra propia casa. Y que la casa estaba construida sobre arena.