CAPÍTULO 18 #2
Elena no respondió. Se limitó a apretar el volante, los nudillos blancos, la mandíbula tensa.
Llegamos al aeropuerto en quince minutos. Elena detuvo el todoterreno frente a la valla perimetral, a cien metros de la pista de aterrizaje.
—El jet está ahí —dijo, señalando hacia un avión privado, blanco y elegante, aparcado en la pista—. Costa está subiendo. Tiene dos guardaespaldas con él. Y el piloto ya está en la cabina.
—¿Cómo vamos a entrar? —pregunté, mirando la valla. Era alta, de metal, con alambre de espino en la parte superior.
—Por ahí —respondió Elena, señalando hacia una puerta lateral, medio oculta por la vegetación—. La puerta de servicio. No está vigilada.
Bajamos del coche. Darío y yo cargamos a Juan, arrastrándolo por el suelo, hasta la puerta de servicio. Elena la abrió con una llave que sacó del bolsillo.
—¿De dónde has sacado esa llave? —pregunté, mirándola.
—De Costa —respondió Elena, la voz baja, calculadora—. Antes de que me torturaran, antes de que me obligaran a desaparecer, robé una copia. Por si algún día necesitaba volver.
Entramos en el aeropuerto. El edificio estaba vacío, las luces apagadas, el silencio absoluto. Solo se escuchaba el zumbido de los motores del jet, un rugido grave y constante que hacía vibrar el suelo.
Caminamos hacia la pista, pegándonos a las sombras, evitando las luces de seguridad. Elena iba delante, la pistola en la mano, escrutando la oscuridad.
Llegamos al jet. La escalerilla estaba bajada, los motores rugiendo. Costa estaba en la puerta, apoyado en el marco, la mano presionando el hombro herido. Llevaba un traje de lino blanco, ahora manchado de sangre, el rostro pálido, los ojos inyectados en sangre.
Dos guardaespaldas estaban a su lado, las pistolas en la mano, escrutando la oscuridad.
—¡Alto! —gritó uno de ellos, al vernos—. ¡Manos arriba!
Elena no dudó. Levantó la pistola y disparó.
El estruendo fue ensordecedor en la noche.
La bala impactó en el pecho del guardaespaldas, levantándolo del suelo y lanzándolo hacia atrás.
El segundo guardaespaldas reaccionó, levantando su arma, pero Darío fue más rápido.
Disparó dos veces, impactándole en el hombro y en la rodilla.
El hombre cayó de rodillas, gritando de dolor.
Costa nos miró. Sus ojos se encontraron con los míos. Y sonrió.
—Doctora Vance —dijo, la voz un hilo ronco, cargado de desprecio—. Qué sorpresa tan agradable.
Me acerqué a él, la pistola apuntando a su pecho. Juan estaba a mi lado, apoyado en Darío, la pistola en la mano. Elena estaba detrás de mí, la pistola apuntando a la cabeza de Costa.
—Se acabó, Costa —dije, la voz firme, a pesar del cansancio que me aplastaba los hombros—. Estás jodido.
Costa soltó una risa seca, carente de cualquier humor.
—¿Jodido? —replicó, escupiendo sangre—. No, doctora. Yo nunca estoy jodido. Siempre tengo un plan B.
Hizo un gesto con la mano. Y entonces, el sonido de un motor se acercó rápidamente. Un helicóptero, negro y elegante, apareció en el horizonte, acercándose a la pista a toda velocidad.
—Mi plan B —murmuró Costa, sonriendo—. El helicóptero de emergencia. Si algo salía mal, si la UCO me pillaba, si vosotros me encontrabais, el helicóptero me sacaría de aquí. Pero vosotros moriríais en la pista.
El helicóptero se acercó, las palas cortando el aire con un rugido ensordecedor. El viento nos golpeó la cara, arrastrando el olor a gasoil y a sal.
—¡Al helicóptero! —gritó Costa, intentando moverse hacia la escalerilla.
Pero Elena fue más rápida. Levantó la pistola y disparó.
La bala impactó en la pierna de Costa. El arquitecto soltó un grito, cayendo de rodillas, la sangre manando entre sus dedos, empapando el traje de lino blanco.
—No vas a ningún sitio, cabrón —siseó Elena, acercándose a él, la pistola apuntando a su cabeza—. Se acabó el juego.
Costa levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de Elena. Y sonrió.
—Elena —murmuró, la voz un hilo ronco, cargado de desprecio—. Siempre fuiste una puta idealista. Incluso cuando te vendiste a los rusos. Incluso cuando me traicionaste. Siempre creíste que podías jugar en la liga de los grandes. Pero la moral es un lujo, ¿recuerda? Y el lujo se paga.
Elena no respondió. Se limitó a apretar el gatillo.
El estruendo fue ensordecedor. La bala impactó en la frente de Costa, levantándolo del suelo y lanzándolo hacia atrás. El cuerpo cayó sobre la pista, la sangre empapando el traje de lino blanco, creando un halo rojo que se extendía bajo las luces de seguridad.
El helicóptero pasó sobre nosotros, las palas cortando el aire con un rugido ensordecedor. Pero ya era tarde. Costa estaba muerto. Y nosotros estábamos vivos.
Elena bajó la pistola. Se giró hacia mí. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era amor. No era culpa. Era alivio.
—Se acabó —murmuró, la voz quebrada—. Se acabó, Sofía.
Asentí, un gesto mínimo, pero suficiente. Me acerqué a ella. La abracé. Por primera vez en tres años, abracé a mi hermana. Y lloré. Lloré por Elena. Lloré por la mujer que había sido. Lloré por la mujer en la que se había convertido.
Y lloré por mí. Por la forense que había dejado de ser. Por la hermana que había dejado de llorar. Por la mujer que había decidido que iba a quemar la isla entera con todos sus secretos dentro.