CAPÍTULO 18
El mundo se detuvo. El viento entre los pinos, el rumor del mar a lo lejos, la respiración entrecortada de Juan. Todo se congeló en un instante suspendido, como si el tiempo hubiera decidido tomarse un descanso para observar mi reacción.
Elena estaba a veinte metros, apoyada contra un pino, la pistola apuntando al suelo.
Llevaba vaqueros negros, una camiseta blanca manchada de tierra y una chaqueta de cuero demasiado grande para ella.
El pelo, que recordaba largo y castaño, estaba cortado a media melena, irregular, como si se lo hubiera cortado ella misma con unas tijeras de cocina.
Pero era ella. La cicatriz en la barbilla. La forma en que ladeaba la cabeza cuando sonreía. Los ojos oscuros, profundos, que siempre parecían estar calculando algo.
—¿Elena...? —repetí, la voz quebrada, saliendo como un susurro ahogado.
Juan se incorporó un poco más, apoyándose en el tronco. Sus ojos, entrecerrados por el dolor, se clavaron en la figura de mi hermana.
—No puede ser —murmuró, la voz un hilo ronco—. La viste muerta, Sofía. La sacaste de esa puta fosa.
—Lo sé —respondí, sin apartar la mirada de Elena. El corazón me latía en los oídos, un tambor desbocado que ahogaba cualquier otro sonido—. La vi. La toqué. La autopsié.
Elena dio un paso al frente. El sonido de sus botas sobre las agujas de pino fue seco, definitivo.
—No me autopsiaste, Sofía —dijo, la voz suave, casi cariñosa, la misma voz que había escuchado en el audio del disco—. Autopsiaste a otra persona. Alguien que se parecía a mí. Alguien que Costa preparó para que tú la encontraras.
—¿Qué coño dices? —espeté, dando un paso hacia ella. La rabia empezaba a quemar el shock, abriéndose paso como lava bajo la corteza de mi incredulidad—. Yo vi tu cuerpo. Vi tu cara. Vi el número 42 grabado en tu pecho.
—Viste lo que Costa quiso que vieras —replicó Elena, deteniéndose a cinco metros de mí.
Sus ojos me recorrieron, evaluándome, calculando—.
Costa es meticuloso, Sofía. Siempre deja cabos atados.
Siempre tiene un plan B. Y su plan B, cuando yo intenté venderlo a los rusos, fue hacer creer a todo el mundo que estaba muerta.
Para que tú dejaras de buscar. Para que Juan dejara de preguntar. Para que Darío dejara de sufrir.
—¿Y por qué no estás muerta de verdad? —contraataqué, la voz cargada de desprecio—. ¿Por qué no te largaste a Mónaco con los cinco millones? ¿Por qué volver ahora?
Elena sonrió. Una sonrisa torcida, triste, que no le llegó a los ojos.
—Porque los rusos no pagan por adelantado, Sofía.
Y porque Costa tiene amigos en todas partes.
Incluso en Mónaco. Me encontraron antes de que pudiera entregar el disco.
Me torturaron. Me obligaron a grabar ese audio.
Y luego me devolvieron a Ibiza, con la orden de desaparecer. De hacerme muerta. De dejar de existir.
—Entonces, ¿por qué apareces ahora? —insistí, acercándome un paso más. La pistola seguía en mi mano, pero no la levanté. No podía. No contra ella. No contra mi hermana.
—Porque Costa ha caído —respondió Elena, mirando hacia el sur, hacia los acantilados de Es Cubells—. La UCO está en su villa. Lo han pillado. Pero yo he decidido que es el momento de salir de las sombras. De terminar lo que empecé.
—¿Terminar qué? —pregunté, la voz un susurro.
Elena me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era amor. No era culpa. Era determinación. La determinación de una mujer que ha mirado al abismo y ha decidido saltar.
—A Costa, Sofía. A Costa y a todos los que le siguieron. A los que me usaron. A los que me torturaron. A los que me obligaron a venderme por cinco millones que nunca llegaron. —Hizo una pausa, tragando saliva—. Quiero verlos arder.
Juan soltó una risa seca, carente de humor.
—Llegas tarde, Elena —masculló, tosiendo—. Costa ya está herido. La UCO lo tiene acorralado. Y nosotros ya hemos hecho el trabajo sucio.
—No lo habéis hecho —replicó Elena, girándose hacia él—. Vosotros habéis conseguido el disco. Habéis expuesto la red. Pero Costa no está acorralado. Está escapando. Tiene un jet privado en el aeropuerto. Y si no lo detenemos ahora, en dos horas estará en Dubái, y todo esto habrá sido en vano.
Me quedé mirándola. La mujer que recordaba, la hermana que había llorado durante tres años, la abogada idealista que quería salvar el mundo. Ya no existía. Lo que estaba frente a mí era una desconocida. Una mujer endurecida por la tortura, por la traición, por la supervivencia.
—¿Y qué propones? —pregunté, la voz plana, clínica. La voz de la morgue.
—Ir al aeropuerto —respondió Elena, guardando la pistola en la funda—. Detener a Costa antes de que suba al jet. Y asegurarnos de que no vuelva a pisar esta isla.
—Estamos jodidos —gruñó Juan, intentando incorporarse. El dolor le crispó el rostro, arrancándole una mueca involuntaria—. No podemos ni caminar. ¿Cómo coño vamos a llegar al aeropuerto?
—Yo tengo un coche —dijo Elena, señalando hacia el sendero—. Aparcado a cien metros. Podemos llevar a Juan. Y podemos llegar al aeropuerto en quince minutos.
—¿Y cómo vamos a detener a Costa? —insistí, dando un paso hacia ella—. Tiene guardaespaldas. Tiene armas. Tiene un jet privado esperando. No podemos simplemente llegar y pedirle que se rinda.
Elena sonrió. Una sonrisa fría, depredadora, que me heló la sangre.
—No vamos a pedirle que se rinda, Sofía. Vamos a matarlo.
El silencio que siguió fue denso, asfixiante. El viento aullaba entre los pinos, arrastrando el olor a resina y a sal. El sol seguía bajando, tiñendo el cielo de tonos cada vez más oscuros, más amoratados.
—No —dije, la voz firme, a pesar del cansancio que me aplastaba los hombros—. No vamos a matarlo. Vamos a detenerlo. Vamos a llevarlo ante un juez. Vamos a asegurarnos de que pague por lo que hizo. Por lo que te hizo.
—Los jueces están comprados, Sofía —replicó Elena, la voz cargada de desprecio—. La policía está comprada. La política está comprada. Si lo llevamos ante un juez, en seis meses estará libre. Y vendrá a por nosotras. A por ti. A por Juan. A por Darío.
—Entonces nos aseguraremos de que no salga de la cárcel —contraataqué, acercándome un paso más—. Tenemos el disco. Tenemos las pruebas. Tenemos a la UCO de Madrid. Si lo entregamos ahora, si nos aseguramos de que los federales lo custodien, no podrá escapar. No podrá comprar a nadie.
Elena me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era rabia. No era miedo. Era duda.
—No confías en el sistema, Sofía —murmuró, la voz baja, casi un susurro—. Después de todo lo que has visto, después de todo lo que has vivido, sigues creyendo que la justicia funciona.
—No creo que funcione —repliqué, la voz firme—.
Creo que es lo único que tenemos. Si empezamos a matar a la gente que nos ha hecho daño, si empezamos a hacer justicia por nuestra mano, entonces somos iguales que Costa.
Entonces somos iguales que los rusos. Entonces somos iguales que los monstruos que intentamos detener.
Elena no respondió. Se quedó quieto, la mirada fija en mí, evaluándome, calculando. El viento aullaba entre los pinos, arrastrando el olor a resina y a sal. El sol seguía bajando, tiñendo el cielo de tonos cada vez más oscuros, más amoratados.
—Vale —murmuró finalmente, la voz quebrada—. Vamos a intentarlo. Vamos a llevarlo ante un juez. Pero si algo sale mal, si intenta escapar, si intenta comprar a alguien, entonces lo matamos. ¿De acuerdo?
Asentí, un gesto mínimo, pero suficiente.
—De acuerdo —respondí, la voz firme.
Elena se giró hacia el sendero.
—El coche está ahí —dijo, señalando hacia la oscuridad que se espesaba con la caída de la noche—. Vamos.
Empezamos a caminar. Darío y yo cargábamos a Juan, arrastrándolo por el sendero, evitando las zonas resbaladizas por el musgo y las agujas de pino. Elena iba delante, la pistola en la mano, escrutando la oscuridad.
Tardamos diez minutos en llegar al coche. Era un todoterreno negro, con los cristales tintados, aparcado bajo un pino. Elena abrió las puertas traseras y nos ayudó a meter a Juan.
—¿Estás bien? —preguntó, mirándolo.
Juan asintió, un gesto torpe y pesado. Su rostro estaba gris, los labios cianóticos, la respiración superficial.
—Conduce —gruñó, la voz un hilo tenso—. Y rápido.
Elena se sentó al volante. Yo me senté a su lado. Darío se quedó atrás, con Juan.
El motor rugió al arrancarlo, escupiendo una nube de humo negro. Elena metió primera y pisó el acelerador. El todoterreno derrapó sobre las agujas de pino, saliendo disparado hacia la carretera.
Condujimos en silencio. La carretera serpenteaba entre colinas cubiertas de pinos y almendros, el paisaje típico del interior de Ibiza, lejos de las playas y los clubs. El sol ya se había puesto, dejando un cielo violeta amoratado, como un hematoma gigante extendido sobre el horizonte.
—¿Cómo sabías dónde estábamos? —pregunté, rompiendo el silencio.
Elena no apartó la vista de la carretera. Sus manos, aferradas al volante, estaban blancas por la tensión.
—Seguí a Darío —respondió, la voz baja, calculadora—. Cuando despertó en la masía de Santa Gertrudis, le puse un GPS en la chaqueta. Sabía que iría a por el disco. Sabía que iría a por Costa. Y sabía que vosotros iríais con él.
—Nos espiaste —espeté, la rabia hirviéndome en las venas—. Nos usaste. Igual que Costa. Igual que los rusos.
Elena me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era amor. No era culpa. Era cansancio.
—No te espié, Sofía —murmuró, la voz quebrada—. Os protegí. Sabía que Costa os mataría si os encontraba solos. Sabía que la UCO no llegaría a tiempo. Y sabía que vosotros erais los únicos que podían detenerlo. Así que os seguí. Os vigilé. Y cuando llegó el momento, aparecí.
—¿Y por qué no apareciste antes? —contraataqué, la voz cargada de desprecio—. ¿Por qué dejaste que Darío se tatuara tu puta marca? ¿Por qué dejaste que Juan trabajara para Costa durante diez años? ¿Por qué dejaste que yo te llorara durante tres años?