Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

El viento de levante aullaba entre las rocas, arrastrando el olor a salitre y a algas podridas. La luz del atardecer teñía el mar de un violeta amoratado, como un hematoma gigante extendido sobre el horizonte. Las olas rompían contra los acantilados con un rugido sordo, constante, hipnótico.

Darío sostenía la pistola con una firmeza que me heló la sangre.

No era el temblor de un hombre asustado, ni la vacilación de un amante traicionado.

Era la calma de quien ha tomado una decisión y no piensa echarse atrás.

El vendaje de su costado asomaba bajo la chaqueta de cuero, manchado de un rojo oscuro que se extendía como una mancha de vino tinto sobre tela blanca.

—Costa me llamó hace una hora —repitió, dando otro paso hacia nosotros. Sus zapatillas crujieron sobre la grava, un sonido seco, definitivo—. Me ofreció un trato. Mi vida, la de Juan, y la tuya. A cambio del disco y de vuestras cabezas.

Juan intentó incorporarse sobre los codos, tosiendo. La sangre de su costado se mezclaba con el agua de mar, creando un halo rosado en la piedra gris.

—¿Y tú te lo creíste, idiota? —escupió, la voz un raspado de lija sobre piedra—. Costa no deja cabos sueltos, Darío. Nos va a matar a todos de todos modos.

Darío no respondió de inmediato. Se detuvo a cinco metros de nosotros, el cañón de la pistola apuntando a mi pecho. Sus ojos, inyectados en sangre, me recorrieron de arriba abajo, evaluándome, calculando.

—No me lo creí —murmuró, la voz baja, casi un susurro—. Sé que Costa va a matarme. Lo sé desde el momento en que me tatué su puta marca. Pero al menos me dará unos días más. Unos días para intentar olvidar. Para intentar no pensar en Elena. En lo que era. En lo que hizo.

—Entonces no hay trato —repliqué, dando un paso al frente, ignorando el dolor de los músculos agarrotados por el frío y el esfuerzo—. Si le das el disco, Costa nos matará de todos modos. Y tú serás el siguiente.

Darío soltó una risa seca, carente de cualquier humor.

—Lo sé, Sofía. Lo sé. Pero al menos moriré sabiendo que intenté salvar a Juan. Que intenté salvarme a mí mismo. Aunque solo fuera por unos días.

—Eso no es salvarse, Darío —contraataqué, la rabia hirviéndome en las venas, quemando el frío que me calaba los huesos—. Eso es rendirse. Eso es dejar que Costa gane. Eso es dejar que Elena haya muerto en vano.

—¡Elena ya está muerta! —gritó Darío, la voz quebrándose, el control resquebrajándose—.

¡Elena me usó, Sofía! ¡Me usó como a un puto pañuelo!

¡Me dejó tatuar su marca como si fuera un sello de honor!

¡Y cuando descubrí la verdad, cuando vi que ella no era la santa que yo creía, me rompí! ¡Me rompí por dentro!

El eco de su grito rebotó en los acantilados, amplificándose, mezclándose con el rugido del mar. Juan se incorporó un poco más, apoyando la espalda contra la roca. Su rostro estaba pálido, los labios cianóticos, pero sus ojos seguían alerta, escrutando a su hermano, evaluando la situación.

—Darío —articuló Juan, la voz un hilo tenso—.

Escúchame. Sé lo que sientes. Sé lo que es descubrir que la persona que amabas no era quien creías.

Pero esto no es la solución. Si le das el disco a Costa, no solo nos matarás a nosotros.

Estarás matando a todos los que murieron por su culpa.

A Valera. A los chicos de Sa Caleta. A Elena.

Estarás dejando que Costa gane. Que su jardín siga creciendo sobre los cadáveres de los demás.

Darío apretó la mandíbula. El músculo palpitó bajo la barba de varios días. La pistola osciló una fracción de milímetro, pero no bajó.

—No me jodas con la moral, Juan —escupió, la voz cargada de desprecio—. Tú llevas diez años trabajando para Costa. Diez años cerrando casos, silenciando testigos, enterrando cadáveres. ¿Desde cuándo te importa la moral?

—Desde que decidí que no quería morir siendo su perro faldero —replicó Juan, la voz firme, a pesar del dolor que le crispaba el rostro—. Desde que decidí que quería mirar a mi hermano a los ojos y saber que no lo vendí por unos días más de vida.

Darío no respondió. Se quedó quieto, la pistola apuntando a mi pecho, los ojos fijos en Juan. El viento aullaba entre las rocas, arrastrando el olor a salitre y a sangre. El sol seguía bajando, tiñendo el cielo de tonos cada vez más oscuros, más amoratados.

—No voy a dispararos —murmuró Darío, finalmente, la voz quebrada—. No puedo. No puedo mataros a los dos. No puedo matar a mi hermano. No puedo matar a Sofía.

Bajó la pistola, pero no la guardó. La mantuvo en la mano, apuntando al suelo, el cañón oscilando ligeramente.

—Pero tampoco voy a dejar que os llevéis el disco —continuó, dando un paso hacia nosotros—. Si os vais con el disco, Costa nos matará a todos. Y yo no voy a morir por vuestra puta redención.

—Entonces, ¿qué coño propones? —espeté, la rabia hirviéndome en las venas—. ¿Nos quedamos aquí hasta que la marea nos ahogue? ¿Hasta que Costa envíe a sus hombres a rematarnos?

Darío me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era rabia, ni miedo, ni culpa. Era desesperación. La desesperación de un hombre que ha descubierto que todo por lo que ha luchado, todo por lo que ha matado, todo por lo que ha traicionado, era una puta mentira.

—Quiero el disco —dijo, la voz baja, casi un susurro—. Quiero llevárselo a Costa. Quiero negociar mi vida. Y la de Juan. Y la tuya.

—No va a funcionar, Darío —repliqué, dando un paso hacia él, ignorando el dolor de los músculos agarrotados—. Costa no negocia. Costa elimina. Te matará de todos modos. Y luego matará a Juan. Y luego me matará a mí. Y luego quemará la isla entera con todos sus secretos dentro.

—No lo sabes —murmuró Darío, pero la duda se colaba en su voz, resquebrajando la máscara de determinación—. Quizás pueda negociar. Quizás pueda...

—No puedes negociar con un psicópata, Darío —interrumpió Juan, la voz firme, a pesar del dolor que le crispaba el rostro—. Lo sabes tan bien como yo. Lo has visto con tus propios ojos. Lo has vivido en tu propia carne. Costa no deja cabos sueltos. Nunca.

Darío cerró los ojos. El viento aullaba entre las rocas, arrastrando el olor a salitre y a sangre. El sol seguía bajando, tiñendo el cielo de tonos cada vez más oscuros, más amoratados.

—Entonces, ¿qué hacemos? —murmuró, abriendo los ojos, mirándome con una desesperación que me heló la sangre—. ¿Qué coño hacemos, Sofía?

Me acerqué a él. Le quité la pistola de la mano, sin resistencia. La guardé en mi funda. Le puse las manos en los hombros, apretando con fuerza, obligándolo a mirarme.

—Vamos a hacer lo que teníamos que haber hecho desde el principio —dije, la voz firme, a pesar del cansancio que me aplastaba los hombros—.

Vamos a llevar el disco a la UCO de Madrid.

A la de verdad. Vamos a asegurarnos de que Costa y todos los que le siguen ardan con la isla.

Y luego veremos si quedamos vivos para contarlo.

Darío me miró. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no lloró. Se limitó a asentir, un gesto mínimo, pero suficiente.

—Vale —murmuró, la voz quebrada—. Vale. Vamos a por ese cabrón.

Juan intentó incorporarse, apoyándose en la roca. El dolor le crispó el rostro, arrancándole una mueca involuntaria.

—No vamos a ir a ningún sitio —gruñó, la voz un raspado de lija sobre piedra—. Estoy perdiendo demasiada sangre. No voy a llegar a la carretera.

Me giré hacia él. Su rostro estaba gris, los labios cianóticos, la respiración superficial. La hipovolemia estaba haciendo su trabajo. El corazón bombeaba más rápido para compensar la pérdida de volumen, pero la sangre no llegaba a los tejidos periféricos.

—Vamos a necesitar ayuda —dije, mirando a Darío—. Conoces a alguien en la zona. Alguien que no pregunte. Alguien que pueda coser a mi hermano antes de que se desangre en esta puta roca.

Darío asintió, guardando la pistola en la funda. Se acercó a Juan, ayudándolo a incorporarse.

—Conozco a un médico en Sant Antoni —murmuró, pasando el brazo de Juan por sus hombros—. Un tipo que atiende a los que no pueden ir al hospital. A los que no quieren dejar rastro.

—¿Confías en él? —pregunté, ayudando a Juan por el otro lado.

—Confío en que no pregunta —replicó Darío, la voz baja, calculadora—. Y en que debe favores.

Empezamos a caminar por la repisa, pegándonos a la pared del acantilado, evitando las zonas resbaladizas por el musgo y el agua de mar. El viento aullaba entre las rocas, arrastrando el olor a salitre y a sangre. El sol seguía bajando, tiñendo el cielo de tonos cada vez más oscuros, más amoratados.

Tardamos veinte minutos en llegar a un sendero que subía por el acantilado, serpenteando entre la vegetación. El suelo estaba cubierto de agujas de pino, una alfombra mullida que amortiguaba nuestros pasos. El aire olía a resina, a tomillo silvestre y a la sal que traía la brisa marina.

Dejamos atrás los acantilados de Es Cubells, adentrándonos en el bosque de pinos que cubría el interior de la isla.

La luz del atardecer se filtraba por las copas de los árboles, creando un mosaico de sombras y destellos dorados.

El sonido de nuestras zancadas rompía el silencio del bosque, un ritmo constante, desesperado.

—¿Cuánto falta? —preguntó Juan, la voz un hilo tenso, arrastrada por el dolor y el agotamiento.

—Diez minutos —respondió Darío, ajustando el brazo de Juan sobre sus hombros—. El médico vive en una masía cerca de Sant Antoni. No tiene cartel, ni letrero. Solo una puerta roja.

Seguimos caminando. El bosque se espesaba, los pinos se alzaban como columnas de una catedral natural, sus copas entrelazadas formando un techo verde y oscuro.

El suelo estaba cubierto de agujas de pino, una alfombra mullida que amortiguaba nuestros pasos.

El aire olía a resina, a tomillo silvestre y a la sal que traía la brisa marina.

De repente, el crujido de una rama bajo nuestras botas me heló la sangre.

Me detuve, aguzando el oído. El sonido del viento entre los pinos, el rumor de nuestras zancadas, la respiración entrecortada de Juan. Y algo más. Algo que no encajaba.

—Alguien nos sigue —susurré, sacando la pistola de la funda.

Darío dejó a Juan apoyado contra un tronco y sacó su propia arma. Nos pegamos a los árboles, escrutando la oscuridad que se espesaba con la caída de la noche.

El crujido se repitió. Más cerca. Más definido.

Una silueta se despegó de las sombras, a unos veinte metros de nosotros. No llevaba uniforme de la UCO. No llevaba el traje gris de los sicarios de Costa.

Llevaba un chándal de marca, zapatillas de deporte inmaculadas y una chaqueta de cuero negra. En la mano derecha, sosteniendo una pistola con una naturalidad pasmosa, estaba...

Elena.

Mi hermana.

Viva.

El mundo se inclinó. El suelo de agujas de pino pareció moverse bajo mis pies. El olor a resina y a sal se volvió asfixiante, rancio, insoportable.

—¿Elena...? —articulé, la voz quebrada por la incredulidad, por el shock, por la imposibilidad de lo que estaba viendo.

Elena dio un paso al frente. La luz del atardecer iluminó su rostro. Era ella. Sin duda. Los mismos ojos oscuros, la misma boca pequeña, la misma cicatriz en la barbilla que se había hecho de niña, cayéndose de la bici.

Pero había algo diferente. Algo en su mirada, en la forma en que sostenía la pistola, en la frialdad con la que nos observaba.

—Hola, Sofía —dijo, la voz suave, casi cariñosa, la misma voz que había escuchado en el audio del disco—. Siento haberte hecho esperar tanto.