Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

Tragué agua salada y cloaca. El sabor fue una explosión de sal, amoníaco y podredumbre. Tosí, escupiendo, pataleando para mantener la cabeza por encima de la superficie. El agua me llegaba ahora al cuello.

—¡El pasador! —señalé, tosiendo, con los ojos ardiendo por la sal. En la esquina superior derecha de la reja, medio oculto por el limo, había un mecanismo de liberación manual. Una palanca de acero.

Me sumergí.

El agua helada me envolvió por completo, silenciando el mundo.

Abrí los ojos en la oscuridad turbia, guiándome por el tacto.

Mis dedos rasparon el hierro, buscando la palanca.

Los pulmones me ardían, pidiendo oxígeno, el diafragma empezando a sufrir los primeros espasmos involuntarios.

La biología del ahogamiento es cruel: primero el pánico, luego la laringe se cierra para proteger los pulmones, y finalmente, cuando el dióxido de carbono satura la sangre, el cuerpo te obliga a inhalar agua.

Encontré la palanca. La agarré con ambas manos y tiré con toda la fuerza que me quedaba.

El metal gimió bajo el agua. El óxido cedió con un chasquido que sentí en las muñecas más que oí.

Salí a la superficie, aspirando aire a bocanadas desesperadas, tosiendo bilis y agua negra.

—¡Está suelta! —grité, escupiendo.

La siguiente ola golpeó la reja. Pero esta vez, sin el pasador bloqueándola, la fuerza del mar la empujó hacia adentro, arrancándola de los goznes inferiores. La pesada estructura de hierro se plegó sobre sí misma, abriendo un hueco de medio metro.

—¡Sal! —empujé a Juan hacia la abertura.

Él se deslizó por el hueco, gimiendo cuando el hierro oxidado le raspó la herida del costado. Lo seguí de inmediato, pasando el torso, las caderas, raspándome la piel contra los bordes cortantes.

El mar me recibió con un golpe brutal.

La corriente me agarró de las piernas, intentando arrastrarme hacia el fondo, hacia las rocas afiladas que hervían de espuma blanca. Pataleé, luchando contra el peso de la ropa empapada, contra el agotamiento muscular, contra la gravedad.

Una mano me agarró del cuello de la chaqueta. Juan. Estaba aferrado a una roca que asomaba sobre el nivel del agua, con la otra mano enganchada en una grieta del acantilado. Tiró de mí con un gruñido animal, arrastrándome fuera del alcance de las olas.

Nos desplomamos sobre una repisa de piedra plana, a tres metros sobre el nivel del mar.

El aire frío de la tarde me golpeó la piel empapada.

Tosi, escupiendo el agua sucia, respirando con espasmos profundos que me desgarraban la garganta.

A mi lado, Juan estaba tumbado de espaldas, con los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando de forma errática.

La sangre de su costado se mezclaba con el agua de mar, creando un halo rosado en la piedra gris.

Me arrastré hasta él. Le palpé el cuello. El pulso seguía ahí, débil, pero presente.

—Estamos fuera —murmuré, más para convencerme a mí misma que para informarle.

Me senté, abrazándome las rodillas, temblando violentamente.

La adrenalina abandonaba mi sistema, dejando un vacío helado y tembloroso.

Miré hacia arriba. Los acantilados de Es Cubells se alzaban como muros infranqueables, coronados por la silueta de la villa de Costa.

No se veían luces, ni movimientos. La UCO ya debía estar registrando la propiedad, encontrando el cadáver del albanés y la sangre de Costa en el salón.

Pero Costa no estaba allí. Había escapado. O eso, o sus hombres lo habían sacado por otra ruta antes de que los federales acordonaran la zona.

Saqué la bolsa impermeable de debajo de mi camiseta. El disco duro y los planos seguían intactos. La prueba. La cabeza de la hidra.

De repente, el crujido de la grava a nuestra espalda me hizo girar.

No estábamos solos en la repisa.

Una silueta se despegó de las sombras de una cueva natural, a unos diez metros de nosotros. No llevaba uniforme de la UCO. No llevaba el traje gris de los sicarios de Costa.

Llevaba un chándal de marca, zapatillas de deporte inmaculadas y una chaqueta de cuero negra. En la mano derecha, sosteniendo una pistola con una naturalidad pasmosa, estaba Darío.

Mi hermano pequeño. El que se suponía que estaba inconsciente en una mesa de operaciones en Santa Gertrudis.

Tenía el rostro pálido, los ojos inyectados en sangre, y el vendaje de su costado izquierdo asomaba por debajo de la chaqueta abierta, manchado de un rojo oscuro y fresco.

—Darío... —articulé, la voz quebrada por la sal y la incredulidad—. ¿Qué cojones haces aquí?

Él no bajó el arma. El cañón negro apuntaba directamente a mi pecho. Su rostro no mostraba la chulería habitual, ni la fiebre del amante traicionado. Mostraba una frialdad absoluta, una máscara de piedra que me heló más que el agua del mar.

—La médica de Santa Gertrudis me contó vuestro plan, Sofía —soltó, dando un paso hacia nosotros. El sonido de sus zapatillas sobre la grava fue seco, definitivo—. Me dijo que ibais a entrar por el túnel. Y que llevabais el disco.

—¿Y has venido a ayudarnos? —inquirió Juan, intentando incorporarse sobre los codos, tosiendo.

Darío sonrió. Una sonrisa torcida, triste, que no le llegó a los ojos.

—No, Juan. He venido a buscar el disco. Costa me llamó hace una hora, antes de que vosotros llegarais a la villa. Me ofreció un trato. Mi vida, la tuya, y la de Sofía. A cambio del disco y de vuestra cabeza.

El viento de levante aulló entre las rocas, llevándose mis palabras antes de que pudiera pronunciarlas.

La guerra por Ibiza no había terminado. Solo acabábamos de descubrir que el enemigo también dormía en nuestra propia casa.