CAPÍTULO 16
El mármol blanco de las escaleras se tiñó de rojo antes de que alcanzáramos el rellano.
El eco de las sirenas de la UCO se filtraba por los conductos de ventilación, un aullido mecánico y distante que hacía vibrar las paredes de piedra de la villa. Arriba, el paraíso de Costa se estaba desmoronando bajo las botas de los federales. Abajo, nosotros nos hundíamos en sus entrañas.
Juan bajaba los peldaños de dos en dos, pero su ritmo era errático.
La mano izquierda la llevaba apretada contra el costado, los dedos resbaladizos por la sangre fresca que había vuelto a brotar de su herida.
El esfuerzo del tiroteo había reabierto el desgarro muscular.
Cada vez que su bota golpeaba el suelo, un espasmo de dolor le crispaba la mandíbula, dejándole los labios exangües.
Alcanzamos la bodega. El olor a corcho rancio y a queso fermentado fue devorado al instante por el hedor que emanaba de la trampilla del suelo. El acceso al sistema de drenaje.
—Levanta la reja —jadeó Juan, apoyando la espalda contra una estantería de roble. Las botellas tintinearon con el impacto.
Me agaché. El hierro forjado estaba oxidado, cubierto de una pátina verdosa y resbaladiza.
Tiré de los barrotes. Los bíceps me ardieron, el ácido láctico inundando las fibras musculares.
La reja cedió con un chirrido agudo, revelando un pozo negro y húmedo.
Una escalera de hierro empotrada en la pared descendía hacia la oscuridad.
El sonido del agua corriendo llegaba desde el fondo, un borboteo sordo y constante.
—Tú primero —ordené, sacando la linterna frontal de la mochila y encendiéndola. El haz de luz cortó la penumbra, iluminando las paredes de hormigón manchadas de salitre y moho.
Juan negó con la cabeza, un movimiento torpe y pesado.
—Vigila la puerta. Si los hombres de Costa bajan, necesito verlos venir.
—Estás perdiendo demasiada sangre, joder —repliqué, agarrándolo por el brazo sano. La piel le ardía al tacto. Fiebre incipiente. El cuerpo empezaba a movilizar sus defensas, quemando energía que no le quedaba—. Si te desmayas ahí abajo, no podré arrastrarte. Bajas tú.
Me miró. Sus ojos, hundidos en cuencas oscuras, carecían del brillo febril de la pelea. Solo había una resignación fría, la mirada de un hombre que acaba de firmar su propia sentencia de muerte al apretar el gatillo contra su patrón.
—Si vienen, les disparo desde arriba y luego bajo —masculló, zafándose de mi agarre. Se sentó en el borde del pozo, buscando los peldaños de hierro con las botas.
Lo vi descender hasta que la oscuridad se lo tragó. Conté hasta cinco y me deslicé tras él, tirando de la reja para dejarla en su sitio. El estruendo metálico resonó en el pozo, amplificándose como un disparo en una catedral vacía.
El fondo del conducto era un túnel cilíndrico de un metro de diámetro.
El agua me llegaba por las rodillas. Estaba helada, densa, y olía a una mezcla letal de excrementos humanos, sulfuro y algas en descomposición.
El hedor me golpeó el paladar, espeso y grasiento, provocándome una arcada seca que logré tragar a la fuerza.
Como forense, había lidiado con cadáveres en avanzado estado de putrefacción, con intestinos perforados y pulmones edematosos.
Pero respirar la mierda viva de la isla, el desecho literal de sus mansiones de lujo, era una humillación que me quemaba las fosas nasales.
—Avanza —apremié, dándole un suave empujón en la espalda a Juan.
Empezamos a caminar. El techo del túnel me obligaba a encorvarme, forzando la columna en un ángulo antinatural.
El agua ofrecía resistencia a cada paso, arremolinándose alrededor de mis muslos, intentando desequilibrarme.
La linterna frontal iluminaba apenas tres metros por delante, revelando la superficie turbia del líquido y las paredes curvas cubiertas de una biopelícula viscosa y negra.
El sonido de nuestras zancadas rompía el flujo del agua. Chap, chap, chap. Un metrónomo húmedo y desesperado.
—La marea está subiendo —siseó Juan. Su voz rebotaba en las paredes de hormigón, sonando hueca, fantasmal.
Lo sabía. Toni, el pescador, lo había advertido.
El túnel solo era transitable con marea baja.
El agua del Mediterráneo empujaba desde la salida, chocando contra el flujo del desagüe, creando una corriente adversa que nos empujaba hacia atrás.
Y el nivel estaba subiendo. Hace diez minutos me llegaba por las rodillas. Ahora me rozaba la ingle.
—Falta poco. Según los planos, el conducto principal tiene unos cuatrocientos metros. Ya hemos recorrido la mitad —mentí. No había mirado el reloj. No quería calcular la velocidad del agua.
Juan se detuvo. El agua rompió contra sus piernas, salpicándonos.
Se apoyó contra la pared curva, resbalando un poco antes de encontrar equilibrio. Su respiración era un silbido agudo, superficial. La hipovolemia estaba haciendo su trabajo. El corazón bombeaba más rápido para compensar la pérdida de volumen, pero la sangre no llegaba a los tejidos periféricos.
—Sofía —articuló, la voz apenas un hilo ronco—. Déjame aquí.
Me detuve y me giré. El haz de mi linterna le iluminó el rostro. Estaba gris. La piel tenía la textura de la cera fría, la misma que veía cada día en las camillas de acero inoxidable. Los labios estaban cianóticos, teñidos de un azul oscuro.
—No digas gilipolleces —espeté, acercándome.
Le quité la mano del costado. La camiseta blanca era una masa negra y empapada.
Presioné dos dedos contra la arteria radial de su muñeca.
El pulso era débil, filiforme, taquicárdico.
Más de ciento veinte pulsaciones por minuto—.
Estás entrando en shock hipovolémico. Si te quedas aquí, el agua te subirá por encima de la cabeza en menos de veinte minutos. Y morirás ahogado en una puta cloaca.
—Si sigo... me desangro —gruñó, cerrando los ojos. El dolor le arrancaba muecas involuntarias—. Te estoy retrasando. Costa tiene razón. Soy un puto lastre. Diez años comiendo de su mano, Sofía. Diez años mirando hacia otro lado. Me merezco esta mierda.
La culpa. El veneno más lento y eficaz del mundo. Lo había visto en los ojos de los suicidas, en las notas garabateadas con caligrafía temblorosa. La culpa no te mata de golpe; te va paralizando las extremidades hasta que te rindes.
Le agarré la cara con las dos manos. Mis dedos, entumecidos por el agua helada, apretaron sus mejillas barbudas. Lo obligué a mirarme.
—Escúchame bien, Cabo de los cojones —siseé, acercando mi rostro al suyo, ignorando el hedor a cobre y sudor que emanaba de su piel—.
Elena me vendió a los rusos. Darío se dejó tatuar por una zorra.
Y tú has sido el perro faldero de un psicópata.
Todos estamos jodidos. Todos tenemos las manos manchadas de mierda.
Pero si te rindes ahora, si te dejas ahogar en este tubo de hormigón, Costa gana.
Y yo no voy a dejar que ese cabrón gane. ¿Me entiendes?
Juan abrió los ojos. Las pupilas estaban dilatadas, buscando anclaje en la oscuridad.
—No te pido que me perdones, Juan. Te pido que camines.
Tragó saliva. El movimiento de su nuez fue lento, doloroso. Asintió una vez, un gesto mínimo, pero suficiente.
Solté su cara y volví a colocar mi mano sobre su herida, aplicando presión directa.
—Apoya tu peso en mí. Vamos.
Reanudamos la marcha. El agua ya me llegaba a la cintura. El frío era una entidad física, un animal de dientes afilados que me mordía los músculos, entumeciéndome las articulaciones. La hipotermia empezaba a nublarme el juicio. Mi cerebro, privado de calor, empezaba a jugar malas pasadas.
En las sombras que se proyectaban en las paredes curvas, creía ver siluetas.
El contorno de Elena, flotando en el agua, con el pecho marcado por el número 42.
El rostro del albanés al que le inyecté cloruro de potasio, mirándome con ojos vacíos.
La mente humana, ante el estrés extremo y la privación sensorial, rellena los huecos con sus propios demonios.
Parpadeé con fuerza, mordiendo el interior del carrillo hasta que el sabor a sangre real me ancló al presente.
—Veo luz —murmuró Juan.
Levanté la vista. A unos cincuenta metros, al final del túnel, un resplandor grisáceo se filtraba por la abertura. La salida. La cala escondida bajo los acantilados de Es Cubells.
Pero la luz no traía esperanza. Traía el rugido del mar.
El agua en la salida del túnel no fluía hacia afuera.
El mar estaba empujando hacia adentro. La marea había subido más rápido de lo previsto, o el viento de levante estaba empujando el oleaje contra el acantilado.
Una pared de agua espumosa y oscura golpeaba la rejilla de salida, retrocediendo y volviendo a golpear con la violencia de un ariete hidráulico.
—La reja está sumergida —grité por encima del estruendo del oleaje. El agua me llegaba ahora al pecho, presionándome el tórax, dificultando la expansión de los pulmones.
Llegamos al final del conducto. La abertura estaba protegida por una rejilla de hierro forjado, similar a la de la entrada, pero incrustada por décadas de salitre y óxido.
A través de los barrotes, veía el mar abierto, las olas rompiendo contra las rocas afiladas de la base del acantilado.
El sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de un morado amoratado, como un hematoma gigante en la atmósfera.
—Ayúdame a empujar —ordené, guardando la linterna en el bolsillo y apoyando ambas manos en el hierro oxidado.
Juan se colocó a mi lado. Juntamos fuerzas, empujando con los hombros, con las piernas, con lo poco que nos quedaba.
La reja no cedió. Ni un milímetro. El óxido y la presión del mar la mantenían sellada como la tapa de un ataúd.
—¡Joder! —rugió Juan, golpeando los barrotes con la culata de su pistola. El metal resonó, un sonido inútil y ahogado por el bramido del agua.
Una ola más grande que las anteriores golpeó el exterior. El agua se comprimió dentro del túnel, subiendo de nivel de golpe, cubriéndome la boca y la nariz.