CAPÍTULO 15
Costa no se movió. Siguió sentado en su sillón de orejas, la copa de whisky en la mano, observándonos con esa calma obscena de quien sabe que tiene todas las cartas. El tipo del traje gris mantenía la pistola apuntando a mi pecho, el silenciador negro como un dedo acusador.
—Doctora Vance —repitió Costa, saboreando cada sílaba—. Qué sorpresa tan agradable. Y el Cabo Santos, qué honor. Pensé que estaríais muertos en alguna cuneta.
Juan me empujó detrás de él, interponiendo su cuerpo entre mi pistola y la del asesino de traje. Su arma apuntaba al pecho del sicario, pero su dedo no apretaba el gatillo. Dudaba. Calculaba.
—Costa —espetó Juan, la voz un raspado de lija sobre piedra—. Se acabó el puto teatro. Ríndete o te vuelo la puta cabeza.
El arquitecto soltó una risa seca, carente de cualquier calidez. Bebió un sorbo de su whisky, el hielo tintineando contra el cristal.
—¿Rendirme? —replicó, arqueando una ceja—. Cabo, usted lleva diez años trabajando para mí. Diez años cerrando casos, silenciando testigos, enterrando cadáveres. ¿De verdad cree que va a acabar con mi imperio con una pistola de nueve milímetros y una herida de bala que le está sangrando la camisa?
Juan apretó la mandíbula. El músculo palpitó bajo la barba de varios días. No respondió. Sabía que Costa tenía razón. Sabía que estábamos jodidos.
Pero yo no estaba dispuesta a morir de rodillas.
—Elena no era una infiltrada —solté, dando un paso al frente, apartándome de la protección de Juan—. Era una socia. Calculó el precio de su lealtad y se quedó corta. Tú la mataste por higiene, no por justicia.
Costa me miró. Sus ojos, negros y planos como los de un tiburón muerto, me recorrieron de arriba abajo. No había rabia en su mirada. Solo una curiosidad clínica, como si estuviera examinando un espécimen bajo el microscopio.
—Su hermana era brillante, doctora —continuó, girando la copa entre sus dedos—. Demasiado brillante para su propio bien. Creyó que podía jugar en la liga de los grandes. Que podía traicionarme y salir impune. Pero la moral es un lujo, ¿recuerda? Y el lujo se paga.
—Y tú eres el puto cajero —escupí, la rabia hirviéndome en las venas—. El jardinero que arranca las malas hierbas para que las rosas crezcan.
Costa sonrió. Una sonrisa lenta, depredadora, que le estiró las comisuras de los labios sin llegar a los ojos.
—Exacto —asintió, como si estuviera felicitándome por una respuesta correcta en un examen—.
Ibiza es un jardín, doctora. Un jardín caro, exclusivo, que requiere mantenimiento.
Los turistas que vienen a gastar cien mil euros en una semana no quieren ver miseria en la ventana de su suite.
No quieren oler a fritanga barata, a hachís, a sudor.
Quieren ver el paraíso. Y el paraíso tiene un precio.
—El precio de matar a gente —contraataqué, apretando la pistola con más fuerza—. El precio de quemar asentamientos enteros. El precio de ejecutar a chavales de diecisiete años en Sa Caleta.
Costa suspiró, dejando la copa sobre la mesa de cristal. El sonido fue un tintineo suave, casi musical.
—Ustedes los idealistas —murmuró, sacudiendo la cabeza con una condescendencia paternal—, siempre confunden el fin con los medios. Yo no mato por placer, doctora. Mato por necesidad. Por supervivencia. Si dejo que la plaga se extienda, todo el jardín muere. Es matemática pura.
—Matemática pura —repitió Juan, la voz cargada de desprecio—. Eso es lo que le dijiste a Darío cuando le obligaste a tatuar esa puta marca. ¿También era matemática pura cuando le metiste una bala en el costado?
Costa giró la cabeza hacia Juan. Sus ojos se estrecharon, evaluándolo.
—Su hermano es un idiota, Cabo —replicó, con una calma helada—.
Se dejó manipular por una mujer que lo usó como a un puto pañuelo.
Se tatuó mi marca como si fuera un sello de honor.
Y cuando descubrió la verdad, cuando vio que Elena no era la santa que él creía, se rompió.
Como un niño al que le quitan su juguete favorito.
—No hables de mi hermano —rugió Juan, dando un paso al frente, la pistola temblando en su mano.
—¿O qué, Cabo? —provocó Costa, inclinándose hacia adelante, los ojos brillando con una luz peligrosa—. ¿Me va a disparar? ¿Va a matar al hombre que le ha pagado el sueldo durante diez años? ¿Al que le ha permitido mantener su placa, su casa, su puta vida?
Juan dudó. El cañón de su arma osciló una fracción de milímetro. Vi el conflicto en sus ojos, la lucha entre la lealtad y la rabia, entre el miedo y la redención.
—Juan —siseé, agarrándolo del brazo—. No lo escuches. Es un puto manipulador.
—Cállese, doctora —me ordenó Costa, sin mirarme.
Sus ojos seguían fijos en Juan, hipnotizándolo con esa calma de depredador—.
Cabo, usted sabe que tengo razón. Sabe que sin mí, esta isla sería un vertedero.
Sabe que he protegido lo que es nuestro.
Solo le pido que me deje ir. Que finja que no me ha encontrado.
Que siga cobrando su sueldo, siga cerrando casos, siga viviendo su puta vida.
—A costa de qué —replicó Juan, la voz quebrada—. A costa de cuántos muertos más. A costa de cuántas vidas destrozadas.
Costa se encogió de hombros, un gesto casi indiferente.
—A costa de lo que sea necesario —respondió, con una frialdad que me heló la sangre—. El progreso siempre tiene un precio, Cabo. Y alguien tiene que pagarlo.
El tipo del traje gris, que había estado observando la conversación en silencio, dio un paso al frente. Su pistola seguía apuntando a mi pecho.
—Jefe —interrumpió, la voz un murmullo grave—, tenemos un problema. La UCO de Madrid está a veinte minutos. Han recibido los archivos del disco. Vienen a por usted.
Costa cerró los ojos un segundo, como si estuviera calculando mentalmente. Luego, los abrió, y su mirada se endureció.
—Cambio de planes —anunció, poniéndose de pie con un movimiento fluido—. Cabo, doctora, ha sido un placer. Pero el jardín necesita ser podado, y yo soy el jardinero.
Hizo un gesto con la mano. El tipo del traje gris levantó la pistola, apuntando directamente a la cabeza de Juan.
—Dispara —ordenó Costa.
Pero antes de que el sicario pudiera apretar el gatillo, yo me moví.
No pensé. No calculé. Simplemente reaccioné.
Levanté mi pistola y disparé.
El estruendo fue ensordecedor en el salón cerrado. La bala impactó en la muñeca del sicario, destrozando el hueso con un crujido húmedo. El hombre soltó un grito ahogado, la pistola cayendo al suelo con un chasquido metálico. La sangre brotó de su muñeca, empapando la manga de su traje gris.
Juan no desaprovechó la oportunidad. Se lanzó hacia adelante, golpeando al sicario en el pecho con la culata de su pistola. El hombre cayó de espaldas, estrellándose contra la mesa de cristal, que se hizo añicos bajo su peso.
Costa reaccionó con una rapidez que me pilló por sorpresa. Sacó una pistola de debajo de la chaqueta, una Walther PPK plateada, y apuntó directamente a mi cabeza.
—Puta zorra —escupió, el rostro deformado por la rabia.
Pero Juan fue más rápido. Se giró, levantó su arma y disparó.
La bala impactó en el hombro de Costa. El arquitecto soltó un grito, la Walther cayendo al suelo. Cayó de rodillas, la mano presionando el hombro herido, la sangre manando entre sus dedos, empapando el traje de lino blanco.
—¡Joder, Juan! —grité, corriendo hacia él.
Juan mantuvo la pistola apuntando a Costa, el pecho subiendo y bajando en espasmos cortos. Su rostro estaba pálido, la sangre de su propia herida volviendo a manchar su camisa.
—Se acabó, Costa —siseó, la voz un hilo tenso—. Estás jodido.
Costa levantó la vista. Su rostro estaba contraído por el dolor, pero sus ojos seguían brillando con esa luz fría, calculadora.
—No, Cabo —murmuró, escupiendo sangre—. Esto acaba de empezar.
De repente, el sonido de sirenas rompió el aire. Lejanas, pero acercándose rápidamente. La UCO de Madrid.
—Tenemos que irnos —urgí, agarrando a Juan del brazo—. Ahora.
Juan asintió, sin apartar la pistola de Costa. Retrocedimos hacia las escaleras, manteniéndonos pegados a la pared.
Costa nos observó, una sonrisa torcida en los labios manchados de sangre.
—Nos veremos en el infierno, doctora —susurró, la voz apenas audible sobre el sonido de las sirenas—. Y cuando lleguemos, yo seguiré siendo el jardinero. Y usted será el abono.
Bajamos las escaleras de dos en dos, corriendo hacia la salida, hacia el túnel, hacia la libertad. O hacia la siguiente trampa.