CAPÍTULO 14
El camión forestal devoraba los kilómetros de asfalto derretido, dejando atrás los campos de almendros y las fincas de piedra seca que salpicaban el interior de la isla.
El sol de mediodía caía a plomo, convirtiendo el habitáculo en un horno.
El olor a gasoil mezclado con el sudor agrio de Juan y el aroma medicinal que se me había pegado a la ropa tras la visita a la médica formaban un cóctel asfixiante.
Conduje yo. Juan se había desplomado en el asiento del copiloto, la cabeza ladeada, la respiración entrecortada por la herida del costado.
Cada bache le arrancaba una mueca, un gesto involuntario que le crispaba la mandíbula.
Yo mantenía la vista clavada en la carretera, las manos aferradas al volante con los nudillos blancos, el disco duro y los planos de la médica en el asiento de al lado.
Dejamos atrás Santa Agnès, con su iglesia blanca recortándose contra el azul cobalto del cielo.
Luego Sant Mateu, donde los viñedos se extendían como alfombras verdes hasta el horizonte.
La Ibiza de postal. La Ibiza que los folletos turísticos vendían a los europeos ávidos de sol y de olvido.
Pero yo ya no veía eso. Veía las cicatrices.
Las canteras abandonadas devoradas por la maleza.
Las antenas de telefonía camufladas como pinos.
Los chalets de diseño escondidos tras verjas eléctricas, con sus cámaras de vigilancia girando como ojos de insecto.
—¿Cuánto falta? —preguntó Juan, sin abrir los ojos. Su voz sonaba pastosa, arrastrada por los analgésicos que la médica le había obligado a tragar.
—Diez minutos. La cala está al sur de Cala Llentrisca, pasada la urbanización fantasma.
—La urbanización esa que se quedó a medias con la crisis —murmuró él, incorporándose con esfuerzo. Se frotó la cara, arrastrando la barba de varios días—. Cuidado con los vigilantes de la zona. Costa tiene gente patrullando los accesos a Es Cubells.
Aminoré la marcha al acercarnos a la costa sur. La carretera se estrechó, serpenteando entre acantilados rojos que caían a un mar de un turquesa obsceno. El contraste entre la belleza del paisaje y la podredumbre que se gestaba bajo él me revolvía el estómago.
Giré por un desvío de tierra batida, escondido tras una curva cerrada.
El cartel de "Propiedad Privada" estaba tan descolorido que apenas se leía.
Aparqué el camión entre dos pinos retorcidos, aprovechando la sombra.
Apagué el motor. El silencio cayó sobre nosotros como una losa, roto solo por el canto de las chicharras y el rumor lejano del mar.
—A partir de aquí, a pie —dije, sacando la mochila del asiento trasero.
Juan abrió la puerta con un quejido. Se apoyó en el marco, respirando hondo. El dolor le marcaba las arrugas del rostro, pero sus ojos seguían alerta, escrutando el bosque de pinos que nos rodeaba.
Caminamos en silencio, pegándonos a los troncos, evitando las ramas secas que crujían bajo nuestras botas. El suelo estaba cubierto de agujas de pino, una alfombra mullida que amortiguaba nuestros pasos. El aire olía a resina, a tomillo silvestre y a la sal que traía la brisa marina.
Tardamos veinte minutos en llegar a Cala Llentrisca.
La cala era una postal: arena blanca, agua cristalina, tres barcas de pescadores varadas en la orilla.
Pero no había turistas. Era demasiado temprano, y la zona estaba lejos de las rutas habituales.
Solo un viejo sentado en la proa de una de las barcas, remendando una red con manos expertas.
Nos acercamos. El viejo levantó la vista. Tenía la piel curtida por décadas de sol y sal, los ojos azules como el mar que lo había visto nacer. Un parche negro le cubía el ojo izquierdo.
—Busco a Mateo —dijo Juan, deteniéndose a tres metros de la barca.
El viejo escupió al agua. Una flema que flotó un segundo antes de disolverse en la transparencia del mar.
—Mateo murió hace dos años —respondió, con un acento cerrado, de payés, que arrastraba las vocales—. Yo soy su hijo. ¿Qué queréis?
Juan me miró. Yo di un paso al frente.
—Necesitamos tu barca. Para llegar a los acantilados de Es Cubells. Por la parte de abajo.
El pescador dejó la aguja sobre la red. Nos observó con su único ojo, evaluándonos, calculando. Luego, su mirada se posó en la pistola que asomaba bajo mi chaqueta.
—Esa zona está prohibida —dijo, bajando la voz—. Mi padre me lo dijo antes de morir. "Nunca vayas a Es Cubells por mar, Toni. Hay cosas que es mejor no ver."
—Pues hoy vamos a verlas —repliqué, sacando la pistola y dejándola visible—. Y tú nos vas a llevar.
El pescador no se inmutó. Se limitó a suspirar, rascándose la barba canosa.
—Cinco mil euros. Por adelantado.
Juan sacó la cartera del bolsillo trasero. Contó los billetes, arrugados y manchados de sudor, y se los tendió. El pescador los guardó en el bolsillo de su camisa sin contarlos.
—Subid. Pero rápido. Si alguien nos ve, no os conozco.
Nos deslizamos en la barca. El fondo de madera olía a pescado podrido y a gasolina. El motor fuera de borda tosió al arrancarlo, escupiendo una nube de humo azul. El pescador, Toni, tomó los remos y nos alejamos de la orilla, bordeando los acantilados hacia el este.
El mar estaba en calma, una lámina de cristal que reflejaba el cielo sin una sola arruga. El sol nos golpeaba la nuca, calentando la piel hasta quemarla. El olor a sal y a gasoil se mezclaba con el sudor que me empapaba la espalda.
Navegamos en silencio durante media hora. Pasamos delante de calas escondidas, accesibles solo por mar, con sus casetas de obra varadas en la arena y sus amarres vacíos. La Ibiza secreta. La Ibiza que los turistas nunca ven.
—Ahora viene lo jodido —murmuró Toni, señalando con la barbilla hacia adelante.
Los acantilados de Es Cubells se alzaban ante nosotros como una muralla de piedra roja, cortada a pico sobre el mar.
No había playa, solo rocas afiladas que rompían las olas con un rugido sordo.
En la parte superior, asomaba el tejado de tejas árabes de la villa de Costa, rodeada de palmeras y setos recortados.
—La entrada del túnel está ahí —señaló Toni, señalando una grieta en la base del acantilado, medio oculta por la vegetación que colgaba de arriba—. Solo es visible con marea baja. Y solo durante dos horas.
Aproximó la barca a la roca, con cuidado de no golpear el casco contra las piedras. El agua era poco profunda, clara como el cristal, dejando ver los erizos y las estrellas de mar en el fondo.
—Aquí os dejo —indicó Toni, deteniendo el motor—. Yo no bajo. Mi padre me lo prohibió, y yo no soy quien para desobedecer a un muerto.
Asentí, sin decir palabra. Juan me ayudó a bajar de la barca, apoyándose en la borda. El agua me llegó a las rodillas, helada, arrastrando arena fina entre los dedos de mis botas.
Toni nos observó un segundo, con una expresión indescifrable. Luego, metió primera y se alejó, el motor aullando contra el rugido del mar.
Nos quedamos solos, bajo la muralla de piedra roja, con el sol cayendo a plomo y la marea empezando a subir.
—El túnel —apuntó Juan, señalando la grieta.
Me acerqué. La abertura era estrecha, apenas un metro de ancho, y estaba medio sumergida.
El agua se colaba por ella con un sonido sordo, como si la roca respirara.
El olor que salía de dentro era una mezcla de algas podridas, excrementos de gaviota y algo más, algo dulzón y rancio que me revolvió el estómago.
—Espera —dije, sacando la linterna frontal de la mochila.
Me la coloqué en la cabeza y encendí la luz. El haz blanco penetró en la oscuridad del túnel, revelando paredes de roca húmeda, cubiertas de musgo y de algo que parecía hollín. El suelo era de piedra, resbaladizo por el agua y por una capa de limo verdoso.
—No hay vuelta atrás —murmuré, más para mí misma que para Juan.
—Nunca la hubo —respondió él, sacando su pistola y comprobando el cargador con un chasquido metálico.
Me quité las botas, dejándolas en una roca seca, junto con la chaqueta y la mochila. Solo guardé el kit forense, la pistola, el disco duro y los planos. El resto, lo envolví en plástico y lo até con una cuerda, colgándomelo al cuello.
—¿Lista? —inquirió Juan, desabrochándose la camisa, dejando solo la camiseta blanca, ya manchada de sangre y sudor.
—Nací lista —espeté, metiéndome en el agua.
El frío me golpeó como un puñetazo en el pecho, robándome el aire. El agua me llegó a la cintura, luego al pecho, arrastrándome con una corriente suave pero constante. Encendí la linterna y avancé, pegándome a la pared izquierda del túnel, donde el techo era más alto.
Juan me siguió, el agua salpicando a mi alrededor. Su respiración era un jadeo ronco, entrecortado por el dolor de la herida.
Avanzamos en silencio, el sonido del agua ahogando cualquier otro ruido.
El túnel serpenteaba, subiendo y bajando, estrechándose y ensanchándose.
Las paredes estaban cubiertas de grafitis antiguos, nombres y fechas borrados por el tiempo y la humedad.
Alguien había estado aquí antes. Alguien que no había salido.
A los diez minutos, el túnel se bifurcaba. A la izquierda, el conducto principal, más ancho, por donde fluía el agua. A la derecha, un pasadizo más estrecho, seco, que ascendía en pendiente.
Consulté los planos, empapados pero aún legibles.
—Por aquí —mostré, señalando el pasadizo de la derecha.
Entramos. El suelo era de tierra compacta, cubierto de hojas secas y excrementos de rata. El olor a moho era asfixiante, una película pegajosa que se adhería a la piel. La linterna iluminaba telarañas del tamaño de mi mano, colgando del techo como cortinas fantasmales.
Subimos en silencio, los pulmones ardiendo por el esfuerzo, las piernas temblando por la fatiga. A los cinco minutos, el pasadizo desembocaba en una habitación subterránea.
Era una bodega. Botellas de vino apiladas en estanterías de madera, cubiertas de polvo. En el centro, una mesa de piedra con restos de comida podrida y vasos manchados de vino tinto. El olor a corcho rancio y a queso fermentado me golpeó las fosas nasales.
—Estamos en el sótano de la villa —susurró Juan, apagando la linterna.
La oscuridad nos envolvió, absoluta, densa. Solo se escuchaba el goteo del agua en algún lugar lejano y nuestra propia respiración.
Saqué el móvil. La pantalla iluminó la habitación con un resplandor azul. Eran las tres y cuarto de la tarde.
—Costa debe estar en la planta superior —murmuré, consultando los planos—. La salida de la bodega da al pasillo principal. Desde ahí, las escaleras suben al salón.
Juan asintió, sacando la pistola. La luz del móvil iluminó su rostro, marcando cada arruga, cada cicatriz.
—¿Y si hay alguien en la bodega? —preguntó.
—Entonces dispararemos —respondí, guardando el móvil y sacando mi propia arma.
Nos acercamos a la puerta de madera que daba al pasillo. Estaba entreabierta. Un hilo de luz se colaba por la rendija, iluminando el polvo que flotaba en el aire.
Apoyé la oreja en la madera. Escuché voces. Lejanas, amortiguadas por las paredes de piedra, pero voces al fin y al cabo. Dos, quizás tres. Hablaban en español, con ese acento afrancesado que usaba Costa en las entrevistas.
—Están en el salón —susurré, girando el pomo con cuidado.
La puerta se abrió con un chirrido que me heló la sangre. Pero las voces no se detuvieron. Seguían hablando, ajenas a nuestra presencia.
Salimos al pasillo. Las paredes estaban forradas de madera oscura, con cuadros de paisajes ibicencos colgados a intervalos regulares. El suelo era de mármol blanco, pulido hasta reflejar nuestras siluetas como fantasmas.
Avanzamos en silencio, pegándonos a la pared, hasta llegar a las escaleras. Subimos, peldaño a peldaño, evitando las zonas que crujían, apoyando el peso en los bordes.
Al llegar al rellano, nos asomamos.
El salón era una obra de arte obscena. Sofás de cuero blanco, mesas de cristal, paredes forradas de caoba. En el centro, una chimenea de mármol negro, apagada. Y frente a la chimenea, sentado en un sillón de orejas, Víctor Costa.
Llevaba un traje de lino blanco, impecable, a pesar de la tarde calurosa.
Sostenía una copa de cristal con un líquido ámbar, sorbiendo con calma.
Frente a él, de pie, había dos hombres. Uno era el albanés de la cicatriz en la ceja, el que había intentado matarme en Sa Caleta.
El otro era un tipo que no reconocía, más joven, con el pelo engominado y un traje gris que le sentaba como un guante.
—...el yate está a flote, pero inservible —estaba diciendo el albanés, con su acento gutural—. Los rusos están muertos. La UCO de Madrid ha recibido una llamada anónima con los archivos del disco. Están enviando un equipo.
Costa sonrió, un gesto lento, depredador, que no llegó a sus ojos.
—Tranquilo, amigo mío —expuso, con esa voz pedagógica, casi cariñosa, que usaba para dar órdenes de muerte—. La UCO de Madrid llegará demasiado tarde. Yo ya estaré en mi jet privado, camino de Dubái. Y tú, querido, estarás en el fondo del Mediterráneo, con los rusos.
El albanés palideció. Abrió la boca para protestar, pero el tipo del traje gris se movió con una rapidez sobrenatural. Sacó una pistola con silenciador de debajo de la chaqueta y disparó dos veces.
El sonido fue un estornudo metálico, apenas audible. El albanés se llevó las manos al pecho, la sangre brotando entre sus dedos, empapando la camisa. Cayó de rodillas, luego de lado, con un golpe sordo que resonó en el silencio del salón.
Costa ni se inmutó. Siguió bebiendo su whisky, observando el cadáver con la indiferencia de quien contempla una mosca muerta.
—Limpia eso —le ordenó al tipo del traje gris—. Y avisa a los chicos. Nos vamos en una hora.
Me quedé helada, la pistola apuntando al suelo, el corazón martilleándome en el pecho. Acabábamos de presenciar una ejecución. Una ejecución ordenada con la misma calma con la que se pide un café.
Juan me agarró del brazo, tirando de mí hacia atrás. Pero ya era tarde.
El tipo del traje gris se giró. Nos vio.
—¡Ahí están! —gritó, levantando la pistola.
Costa levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los míos. Y sonrió.
—Doctora Vance —indicó, con esa voz suave, casi cariñosa—. Qué sorpresa tan agradable.