Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

El humo violeta se disipaba lentamente, arrastrado por la brisa marina hacia los acantilados. El olor acre del permanganato persistía, una película química que se adhería a las fosas nasales y dejaba un sabor metálico en la lengua.

Me aparté de la puerta de la masía, observando cómo los okupas emergían de su escondite.

Se movían con cautela, como animales que han aprendido que el ruido atrae a los depredadores.

Los niños se aferraban a las faldas de sus madres, los hombres mantenían las manos visibles, mostrando las palmas abiertas en un gesto universal de sumisión.

Juan se acercó, cojeando ligeramente. La sangre de su herida había empapado la camisa, oscureciendo la tela hasta convertirla en una costra rígida. Se apoyó contra el tractor oxidado, respirando con dificultad.

—Los bomberos están incapacitados —informó, señalando con la barbilla hacia la nube residual—. Los sicarios han huido. Pero esto no ha terminado. Costa sabrá que hemos fracasado.

Asentí, guardando la pistola en la funda. El metal frío rozó mi muslo a través de la tela empapada.

—Necesitamos mover a Darío —dije, mirando hacia el camión forestal donde mi hermano pequeño permanecía apostado, la pistola de Juan aún en el regazo—. Y necesitamos atención médica real. No puedo seguir operando en masías abandonadas con whisky barato como anestesia.

—Conozco a alguien —murmuró Juan, evitando mi mirada. Se pasó una mano por la cara, arrastrando la barba de varios días—. Una médica en Santa Gertrudis. Atiende a los que no pueden ir al hospital. A los que no quieren dejar rastro.

—¿Confías en ella?

—Confío en que no pregunta. Y en que debe favores.

Me giré hacia el camión. Darío seguía dentro, pálido, con los ojos fijos en el techo del vehículo. Me acerqué y abrí la puerta. El chirrido de los goznes rompió el silencio.

—Darío —llamé, suavemente—. Tenemos que irnos.

Él parpadeó, como si emergiera de un trance. Me miró, y por un segundo, vi al chico que había sido antes de que la isla lo devorara. Antes de que Elena lo marcara con su tatuaje y sus mentiras.

—¿Qué hacemos ahora, Sofía? —preguntó, la voz quebrada—. ¿Seguimos jugando a ser héroes? ¿Seguimos creyendo que podemos salvar esta puta isla?

—No vamos a salvarla —respondí, ayudándole a incorporarse. Su peso me golpeó, obligándome a tensar los músculos de la espalda—. Vamos a quemarla. Vamos a asegurarnos de que Costa y todos los que le siguen ardan con ella.

Darío soltó una risa seca, carente de humor.

—Esa es mi chica —masculló, apoyándose en mi hombro mientras bajaba del camión.

Juan ya había abierto la puerta del conductor.

—Subid —ordenó, poniendo el motor en marcha. El diésel tosió, escupiendo una nube de humo negro—. La médica cierra a las ocho. Tenemos cuarenta minutos.

El trayecto hasta Santa Gertrudis transcurrió en silencio.

La carretera serpenteaba entre colinas cubiertas de pinos y almendros, el paisaje típico del interior de Ibiza, lejos de las playas y los clubs.

El sol empezaba a calentar, evaporando la humedad de la noche anterior, creando una niebla baja que se aferraba al asfalto.

Darío iba recostado en el asiento trasero, los ojos cerrados, la respiración entrecortada.

Juan conducía con las dos manos en el volante, la mandíbula apretada, la mirada fija en la carretera.

Yo iba en el asiento del copiloto, vigilando el retrovisor, escrutando cada coche que nos adelantaba, cada vehículo que aparecía en la distancia.

La paranoia es un estado mental contagioso.

Después de tres días de persecución, de disparos, de cadáveres, mi cerebro había aprendido a analizar cada situación como una amenaza potencial.

Cada coche podía ser un sicario de Costa.

Cada peatón, un vigía. Cada sombra, un asesino esperando el momento adecuado.

Llegamos a Santa Gertrudis a las siete y cuarenta. El pueblo era un conjunto de casas blancas de una sola planta, con las persianas verdes cerradas contra el sol. La iglesia dominaba la plaza central, su campanario recortándose contra el cielo azul.

Juan detuvo el camión frente a una casa discreta, con las contraventanas cerradas y un pequeño jardín delantero lleno de hierbas aromáticas. El olor a romero y a lavanda flotaba en el aire, un contraste perverso con el hedor a sangre y pólvora que nos acompañaba.

—Esperad aquí —ordenó Juan, bajando del vehículo.

Caminó hasta la puerta de la casa y llamó tres veces, haciendo una pausa entre cada golpe. Esperó. Volvió a llamar, esta vez con un ritmo diferente: dos golpes rápidos, uno lento.

La puerta se entreabrió. Una mujer de unos cincuenta años, con el pelo canoso recogido en un moño y gafas de pasta negra, asomó la cabeza. Intercambiaron unas palabras en voz baja. Luego, la mujer nos hizo señas para que entráramos.

Aparqué el camión en el jardín delantero, aplastando las hierbas. Bajamos a Darío, que apenas podía mantenerse en pie. Lo cargamos entre Juan y yo, arrastrándolo hasta el interior de la casa.

El recibidor olía a medicinal, a alcohol y a hierbas secas. Las paredes estaban cubiertas de estanterías llenas de libros médicos y frascos de cristal con líquidos de colores. Una mesa de operaciones portátil ocupaba el centro de la sala, cubierta con sábanas blancas inmaculadas.

—Ponedlo ahí —indicó la mujer, señalando la mesa.

La obedecimos, depositando a Darío con cuidado. Ella se acercó, examinándolo con ojos profesionales. Le levantó los párpados, le tomó el pulso, presionó suavemente su abdomen.

—Contusión renal, posible hemorragia interna, infección en la herida de bala —diagnosticó, la voz plana, carente de emoción—. Necesita antibióticos de amplio espectro, suero y reposo absoluto. Al menos una semana.

—No tenemos una semana —dije, apoyándome contra la pared. Las piernas me temblaban, la adrenalina empezaba a abandonarme, dejando paso al agotamiento—. Costa nos busca. Si no lo paramos hoy, no habrá semana para nadie.

La mujer me miró. Sus ojos, detrás de las gafas, eran fríos, calculadores.

—¿Quién es Costa para ti, niña? —preguntó, mientras preparaba una jeringa con un líquido transparente.

—Es el hombre que mató a mi hermana —respondí, la voz firme a pesar del cansancio—. Y el que va a matarnos a todos si no lo detenemos.

Ella asintió, como si mi respuesta confirmara algo que ya sabía. Se acercó a Darío y le inyectó el líquido en el brazo.

—Esto le bajará la fiebre y le quitará el dolor —explicó—. Pero necesita un hospital. No puedo operarlo aquí.

—No puede ir a un hospital —intervino Juan—. La Guardia Civil le busca.

La mujer suspiró, dejándose caer en una silla. Se quitó las gafas, frotándose los ojos.

—Entonces estáis jodidos —murmuró—. Porque yo no puedo hacer milagros.

Me acerqué a Darío. Su respiración se había vuelto más regular, el color empezaba a volver a sus mejillas. Le aparté el pelo de la frente, un gesto involuntario, maternal.

—¿Qué hacemos, Juan? —pregunté, sin mirarlo—. ¿Cómo paramos a Costa?

Juan se había quedado de pie junto a la puerta, vigilando la calle a través de una rendija de las contraventanas. Se giró hacia mí, el rostro demacrado, los ojos hundidos.

—Costa está en su villa de Es Cubells —dijo, la voz baja, calculadora—. La fortaleza. Tiene a sus hombres allí, esperando instrucciones. Si el yate se hundió, si los rusos están muertos, si los bomberos han fracasado está acorralado. Y un animal acorralado es peligroso.

—Entonces vamos a por él —dije, sintiendo cómo la rabia volvía a encenderse en mi pecho, quemando el cansancio—. Vamos a su villa. Lo sacamos de allí. Lo llevamos ante un juez. O lo matamos. Me da igual.

—No es tan sencillo, Sofía —repuso Juan, acercándose a mí—. La villa está vigilada. Hay al menos diez hombres armados. Y Costa tiene contactos en la policía. Si vamos directamente, nos matarán antes de llegar a la puerta.

—Entonces no vamos directamente —intervino la médica, que había estado escuchando en silencio—. Hay otra forma de entrar en esa villa.

La miramos, sorprendidos. Ella se puso de pie, caminando hacia una estantería llena de archivadores. Sacó una carpeta marrón, la abrió y sacó unos planos.

—Yo diseñé el sistema de saneamiento de esa villa hace quince años —explicó, desplegando los planos sobre la mesa—.

Hay un túnel de acceso, un conducto de desagüe que conecta con la playa de abajo.

Costa lo sabe, pero cree que está sellado.

No lo está. Yo dejé una puerta de acceso oculta, por si necesitaba revisar las tuberías.

Juan se acercó, examinando los planos. Sus dedos siguieron las líneas, trazando la ruta.

—Es un conducto de un metro de diámetro —murmuró—. Apenas cabe un hombre. Y está lleno de mierda.

—Pues tendréis que nadar en ella —respondió la médica, con una sonrisa torcida—. Porque es la única forma de entrar sin que os vean.

Me acerqué a los planos. Los estudié, memorizando cada giro, cada recoveco. El conducto partía de una cala escondida bajo los acantilados de Es Cubells, subía por la ladera y desembocaba en el sótano de la villa.

—¿Cuánto tiempo necesitamos para llegar a la cala? —pregunté.

—Una hora en coche, si vamos por las carreteras secundarias —respondió Juan, consultando su reloj—. Pero necesitamos un barco. Para llegar a la cala por mar.

—Conozco a un pescador en Cala Llentrisca —dijo la médica—. Tiene una lancha pequeña. No hace preguntas. Y me debe un favor.

Asentí, guardando los planos en mi bolsillo. Me giré hacia Darío, que seguía inconsciente en la mesa.

—Cuídalo —le dije a la médica—. Cuando despierte, dile que lo siento. Que no pude salvar a Elena. Pero que voy a asegurarme de que Costa pague por lo que hizo.

La médica asintió, poniéndome una mano en el hombro. Un gesto breve, casi imperceptible, pero cargado de significado.

—Ten cuidado, niña —murmuró—. Costa no es un hombre. Es una plaga. Y las plagas no se detienen hasta que lo han devorado todo.

Salimos de la casa. El sol ya había subido, calentando el asfalto, evaporando la niebla. Juan volvió a ponerse al volante. Yo me senté a su lado, los planos en el regazo, la pistola en la funda.

—¿Estás segura de esto, Sofía? —preguntó Juan, arrancando el motor—. Una vez que entremos en esa villa, no habrá vuelta atrás. O morimos nosotros, o muere Costa.

—No hay vuelta atrás desde hace mucho tiempo, Juan —respondí, mirando por la ventanilla mientras el pueblo desaparecía en el retrovisor—.

Desde que encontré a Elena en esa fosa. Desde que descubrí que mi hermana era un monstruo.

Desde que decidí que iba a quemar esta isla entera con todos sus secretos dentro.

Juan no respondió. Se limitó a pisar el acelerador, el camión forestal rugiendo mientras nos alejábamos de Santa Gertrudis, hacia el sur, hacia Es Cubells, hacia la fortaleza de Costa.

La guerra por Ibiza había entrado en su fase final. Yo ya no estaba dispuesta a negociar.