CAPÍTULO 12
El amanecer en Ibiza no trae esperanza; trae la resaca. La luz grisácea se filtraba por las rendijas de la masía, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire viciado. Olía a sangre seca, a moho y a la humedad pegajosa de la ropa que no se ha secado en días.
Darío abrió los ojos. No hubo queja, ni gemido.
Solo el sonido húmedo de su respiración y el crujido de la tierra bajo su peso al intentar incorporarse.
Se llevó una mano al costado. Los puntos de sutura de Juan tiraban de la piel inflamada, pero su rostro no cambió de expresión.
Estaba en shock. O quizás, la anestesia del alma había bloqueado cualquier señal de dolor físico.
—Elena —indicó. Su voz era un raspado de lija sobre madera podrida. No era una pregunta.
Me arrodillé a su lado, dejando el portátil sobre la mesa coja. El disco duro seguía conectado, la luz verde del LED parpadeando como un corazón mecánico e indiferente.
—Lo escuchaste —confesé. Mantuve el tono clínico. La voz de la morgue. Si dejaba que la emoción se colara, se me quebraría la voz, y Darío necesitaba anclas, no dudas.
Él cerró los ojos. El músculo de su mandíbula palpitó.
Esperaba lágrimas, o quizás un grito, la rabia explosiva del amante traicionado.
Pero Darío Santos no era un chico de pueblo enamorado de la chica equivocada.
Era un guardia civil que había jugado a ser mafioso.
Su silencio era el sonido de los cimientos de su propia vida colapsando.
—Me usó —murmuró, más para sí mismo que para mí.
Abrió los ojos y me miró. El brillo febril había desaparecido, reemplazado por una frialdad que me erizó la piel.
Era la mirada de Juan, pero sin la carga de la culpa—.
Me tatúé su puta marca. Me jugué la cárcel, la placa, la vida por una tía que estaba calculando mi precio de venta.
—El precio era cinco millones —dije, guardando el portátil en la mochila—. Y el comprador eran los Volkov.
Darío escupió en la tierra. Una flema roja y espesa.
—Costa va a quemar Sant Mateu a las siete —dijo, ignorando la cifra, centrando la mente en el único lenguaje que entendía: la supervivencia—.
Son las seis y cuarto. La finca está a quince minutos en coche.
Si vamos por la carretera principal, los sicarios de Costa tendrán un vigía en el cruce de San Mateo.
—No iremos por la carretera principal —dijo Juan.
Entró en la habitación desde el porche, trayendo consigo el olor a gasoil y a pino húmedo.
Llevaba las llaves de un vehículo en la mano.
Los dedos le temblaban ligeramente, pero su rostro era una máscara de piedra—.
He encontrado una cuba forestal de la conselleria aparcada en el camino de saca, a un kilómetro.
El guarda forestal estaba en el bar de la carretera echando una copa.
Le he noqueado. No le pasará nada, pero dormirá hasta mañana.
Me puse de pie. Las piernas me pesaban, la hipotermia de la noche anterior había dejado mis músculos agarrotados, pero la adrenalina quemaba las toxinas.
—¿Tiene la bomba de presión operativa? —pregunté.
Juan asintió.
—Diésel. Depósito lleno. Mangueras de treinta metros.
—Perfecto. —Me acerqué a mi kit forense, tirado en el rincón. Saqué los frascos de reactivos. Permanganato de potasio. El polvo violeta, oscuro, casi negro a la luz gris. Y un bote de glucosa en polvo, de la que usaba para los cultivos bacteriológicos.
—¿Qué coño vas a hacer con eso? —preguntó Darío, observando cómo vertía los polvos en una botella de plástico de agua mineral vacía.
—El fuego es un organismo, Darío —dije, agitando la mezcla.
El líquido empezó a calentarse, volviéndose de un púrpura intenso, emitiendo un vapor acre que me picó los ojos—.
Respira oxígeno. Come combustible. Y si le das de comer lo que no debe, se indigesta.
Esta mezcla, al entrar en contacto con la humedad y el calor, genera una reacción exotérmica violenta.
No explota. Pero produce un humo denso, tóxico, de color violeta.
Ciego a cualquiera en un radio de veinte metros y pica los pulmones como si tragaras cristales.
Guardé la botella sellada en el bolsillo de mi chaqueta. Saqué el bisturí y lo limpié con un trapo.
—Costa cree que va a limpiar la isla con fuego —señale, mirando a los dos hermanos—. Le vamos a enseñar cómo se comporta el fuego cuando se siente acorralado.
La cuba forestal era una bestia verde y oxidada, un camión de seis ruedas con un tanque de cinco mil litros en la parte trasera.
El motor diésel tosía al arrancarlo, escupiendo una nube de humo negro que se mezcló con la niebla de la mañana.
Juan llevaba el volante, sus nudillos blancos sobre el plástico desgastado.
Darío iba en el asiento trasero, pálido, con mi chaqueta sobre los hombros y la pistola de Juan en el regazo.
Yo iba en el asiento del copiloto, vigilando la manguera enrollada y calculando la química del desastre.
Dejamos la pista forestal y nos adentramos en el sendero de tierra que rodeaba la finca de Sant Mateu por el norte. El paisaje era una cicatriz en la isla. Pinos quemados de incendios anteriores, tierra roja erosionada, y al fondo, la masía okupada.
Era una construcción de piedra de dos plantas, con el tejado hundido en un lateral. Alrededor, chabolas de madera, palés y lonas azules. El asentamiento. El vertedero humano que Costa quería borrar del mapa.
Juan detuvo el camión detrás de un muro de piedra seca, a cien metros de la finca. Apagó el motor.
El silencio del interior de Ibiza es engañoso. No es paz; es la contención del aliento antes del golpe. Y entonces, lo olí.
A pesar de la brisa matinal, el olor era inconfundible. Gasolina de noventa y cinco octanos. Mezclada con el olor dulzón y químico del acelerante líquido para barbacoas.
Saqué los prismáticos del salpicadero y enfoqué la masía.
Había cuatro hombres rodeando el perímetro. Llevaban bidones amarillos. Vertían el líquido en los marcos de las puertas y en las pilas de madera seca acumuladas contra las paredes. Eran los sicarios. Los limpiadores.
Pero lo que me heló la sangre no fueron ellos.
Fueron los dos camiones de bomberos aparcados a cincuenta metros de la entrada principal.
Las luces rotativas apagadas. Los motores encendidos, pero en punto muerto.
Los bomberos estaban dentro de las cabinas, fumando.
Esperando. Esperando a que los sicarios terminaran, a que las llamas alcanzaran el techo, para entonces "llegar tarde". La burocracia del infierno.
—Son seis sicarios y cuatro bomberos corruptos —musité, bajando los prismáticos.
El sabor a bilis me subió por la garganta.
Dentro de la masía, las siluetas de los okupas empezaban a moverse.
Alguien había olido la gasolina. Una mujer asomó la cabeza por una ventana del primer piso, con un niño en brazos.
—Si disparamos, matamos a los de dentro en el fuego cruzado —expresó Juan, siguiendo mi línea de visión.
Su voz era un hilo tenso—. Y los bomberos darán la alarma.
Dirán que fuimos nosotros los que empezamos el tiroteo.
Costa tiene a la prensa en el bolsillo; mañana saldrá en la portada que unos guardias civiles locos atacaron un asentamiento.
—No vamos a disparar —dije. Abrí la puerta del camión.
El aire frío me golpeó la cara, trayendo el olor acre de la gasolina a mis fosas nasales—.
Vamos a ahogar el fuego antes de que nazca.
Darío, quédate en la cabina. Si ves que alguien sale corriendo hacia el bosque, no dispares a matar. Tírale a las piernas.
—No soy un puto ángel, Sofía —gruñó Darío, amartillando la pistola con un chasquido metálico.
Me deslicé por la puerta y caí al suelo de tierra. Juan me siguió, desenganchando la manguera de la bobina trasera. El metal pesaba, frío y rígido.
—Abre la válvula de presión —le ordené.
Juan giró la rueda de acero en la parte trasera del tanque. Un rugido sordo, grave, vibró en el chasis del camión. La bomba de presión empezó a empujar los cinco mil litros de agua hacia la manguera. El nylon se tensó, poniéndose rígido como una serpiente a punto de atacar.
—Sígueme —dije.
Corrimos agachados, usando los muros de piedra seca y los matorrales de lentisco como cobertura. El suelo estaba húmedo por el rocío, pero bajo la capa de tierra seca, mis botas resbalaban. El olor a gasolina era ahora asfixiante, una película grasienta que se pegaba al paladar.
Llegamos al flanco norte de la masía. Uno de los sicarios estaba de espaldas a nosotros, vertiendo el último bidón sobre la pila de madera de la puerta principal. Llevaba un mechero Zippo en la mano derecha. Lo giró. La chispa brilló, diminuta y obscena, en la penumbra del amanecer.
—¡Ahora! —vociferé.
Juan giró la boquilla de la manguera hacia el chorro recto y abrió el grifo de la lanza.
El agua salió disparada a diez bares de presión.
No fue un chorro; fue un mazo hidráulico.
El impacto del agua a alta velocidad golpeó al sicario en la espalda.
El sonido fue el de un saco de cemento cayendo desde un tercer piso.
El hombre salió despedido hacia adelante, aterrizando de cara en el charco de gasolina y agua.
El mechero voló por los aires, cayendo en la tierra húmeda, lejos del combustible.
El estruendo del agua golpeando la piedra de la masía despertó a los durmientes. Gritos en árabe, en rumano, en español roto. La mujer de la ventana se echó hacia adentro, protegiendo al niño.
Los otros tres sicarios reaccionaron. Sacaron pistolas de sus chaquetas.
—¡Al suelo! —rugió Juan, soltando la manguera y sacando su arma. Se parapetó tras el muro de piedra.
Los disparos de los sicarios resonaron, secos y crueles. Las balas impactaron en el tanque de agua del camión, levantando geysers de agua a presión que nos rociaron con una lluvia fina y helada.
Me arrastré por el barro, acercándome a la pila de madera empapada.
El sicario que había sido derribado por el chorro de agua se movía, tosiendo, intentando sacar una navaja del cinturón.
Me puse de pie sobre su mano. El hueso crujió bajo mi bota.
Él aulló, un sonido agudo que se perdió en el ruido del agua. Le apunté a la cabeza con mi Sig Sauer.
—Ni se te ocurra —dije. Mi voz era un susurro helado.
El hombre se quedó quieto, la sangre de su mano rota mezclándose con el barro y la gasolina.
A mi izquierda, Juan mantenía a raya a los otros dos sicarios, que se habían refugiado tras un tractor oxidado. El fuego cruzado era intermitente.
De repente, las puertas de los camiones de bomberos se abrieron. Los cuatro bomberos bajaron, pero no sacaron mangueras. Sacaron escopetas recortadas. No venían a apagar el fuego. Venían a asegurar la limpieza.
—¡Juan! ¡Bomberos! —chillé.
Juan maldijo, recargando su arma tras la cobertura.
—¡Sofía, la puta química! —clamó él, devolviendo dos disparos que hicieron a los bomberos agacharse.
Metí la mano en el bolsillo. Saqué la botella con la mezcla de permanganato y glucosa. El plástico estaba caliente. La reacción exotérmica estaba en su punto máximo. Destapé la botella con los dientes y escupí el tapón.
Miré a los bomberos. Estaban a quince metros, avanzando agachados hacia nuestra posición, las escopetas apuntando a la cabeza de Juan.
Lancé la botella abierta directamente contra el suelo de tierra, a medio camino entre nosotros y ellos.
El plástico reventó al impactar contra las piedras. El líquido púrpura salpicó la tierra húmeda y los restos de gasolina.
La reacción no fue una explosión. Fue una erupción.
Una columna de humo denso, de un color violeta eléctrico, cegador, se elevó del suelo con un silbido agudo. El humo se expandió con una velocidad antinatural, devorando el oxígeno, llenando el espacio entre los bomberos y nosotros en una fracción de segundo.
El olor fue instantáneo. Azufre, ácido y algo dulzón, como caramelo quemado.
Los bomberos empezaron a toser. Una tos profunda, de pecho, que sonaba como madera partiéndose. Soltaron las escopetas, llevándose las manos a los ojos, a la garganta. El humo de permanganato no solo cegaba; irritaba las mucosas con una violencia extrema. Era como tragar cuchillas de vidrio.
—¡Avanza! —le grité a Juan.
Él no lo dudó. Salió de detrás del muro, corriendo hacia la nube violeta.
Los bomberos estaban de rodillas, escupiendo, llorando, completamente incapacitados.
Juan pasó entre ellos como un fantasma, golpeando la nuca de uno con la culata de su pistola, pateando la rodilla de otro.
En diez segundos, los cuatro "héroes" de la extinción estaban gimiendo en el barro, cegados y asfixiándose.
Los dos sicarios que quedaban tras el tractor, al ver a sus socios caer en la nube púrpura, perdieron el nervio. Tiraron las armas y echaron a correr hacia el bosque de pinos.
—¡Dejadlos ir! —increpé, tosiendo, con los ojos llorosos por el humo químico.
Juan se detuvo, respirando con dificultad, apoyado en el tractor. Me miró a través de la neblina violeta. Su rostro estaba manchado de barro y sangre, pero sus ojos brillaban con una luz que no le había visto en años. No era la luz de la culpa. Era la de la absolución.
El agua de la manguera seguía corriendo, empapando la madera, lavando la gasolina, ahogando el fuego antes de que pudiera nacer.
Me acerqué a la puerta de la masía. La madera estaba empapada, huele a gasoil y a agua estancada. Empujé.
Dentro, en la penumbra, había docenas de ojos mirándome. Rostros asustados, curtidos por el sol y la miseria. Mujeres con pañuelos, hombres con las manos llenas de cal de la obra, niños pegados a las faldas de sus madres. El olor a miedo humano, a sudor y a cebolla frita, me golpeó.
Una mujer mayor, con el pelo canoso y las manos temblorosas, dio un paso al frente. Me miró la ropa empapada, la pistola en la mano, el humo violeta ardiendo fuera.
—¿Quién eres? —preguntó en un español roto, con acento magrebí.
Me guardé la pistola en la funda. Me quité los guantes de nitrilo, manchados de barro y sangre, y los tiré al suelo. La miré a los ojos. Por primera vez en tres años, no me sentía como una forense mirando a una víctima futura.
—Soy la que apaga el fuego —dije.
Detrás de mí, el humo violeta empezaba a disiparse, llevado por la brisa del norte, hacia el mar, hacia los yates de lujo, hacia la isla que creía que podía limpiar su mierda con gasolina y balas.
Pero la mierda seguía ahí. Y yo acababa de decidir ensuciarme las manos con ella.