Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

El barro de Ibiza no perdona. Se te mete por las costuras de las botas, te pesa en los tobillos y te chupa la energía con cada paso que das.

Llevábamos dos horas caminando por el sendero de contrabandistas que serpenteaba entre los acantilados de Portinatx, y el frío ya había dejado de ser una sensación para convertirse en un estado mental.

Mi hipotermia seguía un manual de instrucciones predecible.

Primero, los escalofríos violentos, el cuerpo intentando generar calor mediante la contracción muscular.

Luego, la torpeza motora, cuando los vasos sanguíneos periféricos se contraen para salvar los órganos vitales, dejando a los dedos como piezas de madera inútil.

Ahora estábamos en la fase de la confusión. El hipotálamo empezaba a rendirse.

Juan caminaba tres pasos delante de mí. Su silueta era una sombra recortada contra el gris plomizo de la madrugada.

Cojeaba. La herida de bala en el costado, que él insistía en llamar "roce", le estaba pasando factura.

La sangre había empapado la camisa, oscureciendo la tela hasta convertirla en una costra rígida que se agrietaba con cada movimiento de su caja torácica. Olía a óxido y a sudor frío.

—Casi llegamos —gruñó Juan, sin girarse. Su voz era un raspado de grava.

No le respondí. Guardar aire era la única forma de mantener el calor interno.

Mis manos estaban metidas en los bolsillos de la camiseta empapada, aferrando el disco duro y la agenda hinchada por el agua.

El plástico del disco estaba resbaladizo contra mis dedos entumecidos.

Cinco millones de euros. La vida de mi hermana. La puta mentira de mi vida.

La masía apareció entre la niebla como un cadáver olvidado. El tejado hundido, las paredes de piedra seca cubiertas de liquen negro. El olor a resina de pino mojada y a madera podrida me golpeó las fosas nasales, un contraste brutal con el sándalo y el ozono del yate.

Empujé la puerta de madera. El chirrido de los goznes sonó a queja.

El interior estaba en penumbra, iluminado solo por la luz grisácea que se filtraba por las ventanas tapiadas. El olor a moho y a mierda de gato fue reemplazado rápidamente por otro olor más urgente, más metálico. Sangre vieja y fiebre.

Darío estaba donde lo dejamos, tirado sobre el colchón de muelles. Pero no estaba dormido. Tenía los ojos abiertos, fijos en el techo de vigas, y la respiración le salía en silbidos húmedos. La sudadera estaba empapada en una mancha oscura que se extendía desde su costado hasta el suelo de tierra.

Me arrodillé a su lado. El movimiento me mareó, el suelo pareció inclinarse. Me mordí el interior del carrillo hasta saborear la sangre para anclarme a la realidad.

—Juan. Trae el kit. Y el whisky.

Juan dejó su pistola en la mesa y se acercó, dejando un botellín de vino barato que había encontrado en un rincón.

Rasgué la sudadera de Darío con las tijeras de mi kit.

La herida era un desastre. El proyectil había entrado por los oblicuos, rozando la undécima costilla y alojándose en la musculatura lumbar.

No había dañado órganos vitales, pero la infección estaba empezando.

La piel alrededor de los bordes tenía un tono eritematoso, brillante, caliente al tacto.

—Necesito sacarla —comente, más para mí misma que para ellos.

—Sin anestesia, Sofía, se nos va a desmayar del dolor —murmuró Juan, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Si no la saco, la sepsis lo matará en cuarenta y ocho horas. Y no tenemos antibióticos de amplio espectro. —Saqué el bisturí del kit. El acero brilló, frío y absoluto—. Juan, sujeta su pierna. Si se mueve y le corto la arteria lumbar, se desangrará en tres minutos.

Darío giró la cabeza. Sus ojos estaban vidriosos, las pupilas contraídas por la fiebre. Me miró, pero tardó unos segundos en enfocar.

—¿Sofía? —susurró. La voz le burbujeaba en el pecho—. ¿Has encontrado a Elena?

El bisturí pesó una tonelada en mi mano. Miré a Juan. Él evitó mi mirada, centrado en sujetar la pierna de su hermano. Los cobardes siempre buscan un punto focal cuando la verdad se vuelve insoportable.

—La encontré, Darío —dije, manteniendo la voz plana, clínica. La voz de la morgue—. Estaba en una fosa en Sa Caleta.

Darío cerró los ojos. Una lágrima se le escapó, trazando un camino limpio por la suciedad de su mejilla.

—Gracias a Dios —jadeó—. Ahora podremos descansar. Ella era buena, Sofía. Murió por intentar salvarnos a todos.

Apoyé la hoja del bisturí sobre la piel inflamada de su costado.

—No —señale.

La palabra cayó en la habitación como una losa. Darío abrió los ojos.

—Elena no murió por salvarnos, Darío. —Apreté el mango del bisturí, buscando el ángulo exacto para entrar por el tracto de la bala sin seccionar el nervio intercostal—. Elena murió porque intentó vender a Costa a los rusos por cinco millones de euros.

El silencio que siguió fue más denso que el aire viciado de la masía. Solo se escuchaba el silbido de la respiración de Darío y el goteo de la lluvia en el alero exterior.

—Mientes —escupió Darío. Intentó incorporarse, pero Juan lo empujó de vuelta al colchón, con cuidado pero con firmeza.

—Tengo su agenda. Tengo el disco duro —dije, sin dejar de mirar la herida—.

Ella no era una infiltrada, Darío. Era una socia.

Calculó el precio de su lealtad y se quedó corta.

Costa la mató por higiene, no por justicia.

Y tú te dejaste tatuar su puta marca por una mujer que te habría vendido por un millón menos.

Darío me miró. El dolor físico en su rostro fue reemplazado por algo mucho más feo. La negación rompiéndose, dejando paso a un vacío absoluto. Empezó a temblar. No por el frío. Por el colapso de su propia narrativa.

—No es verdad. Juan... dile que miente.

Juan no dijo nada. Se limitó a apretar la mandíbula, los músculos de su cuello marcados como cuerdas de acero.

—¡Dile que miente, Juan! —gritó Darío, un sonido roto, animal, que terminó en un acceso de tos. Sangre oscura le manchó los labios.

—Cállate de una puta vez —le ordené, presionando el bisturí. La piel cedió con un chasquido húmedo. Darío arqueó la espalda, un grito ahogado se le atascó en la garganta, y Juan tuvo que usar todo su peso para mantenerlo inmovilizado.

Introduje la pinza hemostática por la herida. El metal rozó el hueso de la costilla. Busqué a ciegas, guiándome por la anatomía, por la resistencia de los tejidos. La bala estaba alojada contra el músculo cuadrado lumbar. La atrapé con la pinza y tiré.

Un trozo de plomo deformado, bañado en sangre negra, cayó sobre la tierra del suelo con un sonido sordo.

Darío se desmayó. Su cuerpo se relajó de golpe, convirtiéndose en un peso muerto.

—Sutura —le ordené a Juan, señalando el hilo de poliamida y la aguja curva.

Mientras Juan, con manos torpes pero decididas, cerraba la herida con puntos de aproximación, yo limpié la zona con gasas empapadas en alcohol y el whisky barato. El olor a carne quemada por el desinfectante se mezcló con el de la sangre.

Terminamos en silencio. Me quité los guantes de nitrilo, manchados de rojo y tierra, y los tiré al rincón. Me senté en el suelo, apoyando la espalda en la pared de piedra. El frío volvía a reclamarme.

—¿Qué hacemos ahora, Sofía? —inquirió Juan. Su voz sonaba vieja. Había envejecido diez años en los últimos diez minutos.

—Ahora, leemos el puto disco —dije, sacando el portátil de la mochila impermeable.

Lo encendí. La batería estaba al catorce por ciento. Conecté el disco duro. La pantalla parpadeó, mostrando una ventana de terminal. Encriptación AES-256.

—Joder —murmuré.

—¿Puedes abrirlo?

—No soy la NSA, Juan. Pero Elena era paranoica. Usaba contraseñas basadas en patrones. —Pensé en la agenda mojada. En los números. En las canciones—. HITS fue la de la SD. Probó suerte.

Escribí SEXP. De Sex Pistols. Never Mind the Bollocks. Pista uno.

La terminal escupió una línea de código. Acceso concedido.

Las carpetas se desplegaron en la pantalla. No había hojas de cálculo. Había carpetas de audio. Cientos de ellas. Fechas, horas, ubicaciones.

Abrí la más reciente. Fechada tres días antes de la muerte de Elena.

La voz de Costa llenó la habitación, saliendo de los altavoces de baja calidad del portátil.

"...el problema de Ibiza no es la droga, Víctor.

Es la gente. Los que vienen a trabajar a las obras y se quedan a ocupar.

Los que venden en la playa y ensucian la arena.

Los clientes de los hoteles de cinco estrellas no quieren ver miseria en la ventana de su suite.

Necesitamos limpiar el norte. Sant Mateu, Portinatx.

Hay una finca okupada por subsaharianos.

Quémala. Y asegúrate de que los bomberos tarden en llegar. "

La voz de Elena respondió, fría, calculadora.

"Los bomberos están en mi nómina, Costa. Tardarán veinte minutos. Pero el precio sube. Quiero el diez por ciento de los terrenos recalificados."

"Trato hecho, Elena. Eres una puta maravillosa."

El audio se cortó.

Me quedé mirando la pantalla. El zumbido del ventilador del portátil sonaba como un enjambre de avispas.

—Van a quemar la finca de Sant Mateu —dije, la voz ausente—. Hoy. Los okupas, los inmigrantes están todos dentro.

Juan se puso de pie, olvidando su propia herida. La sangre volvió a manchar su camisa.

—Sant Mateu tiene treinta personas viviendo ahí. Mujeres, niños.

—Costa no lo ve como personas, Juan. Lo ve como plagas. Como ratas. Y hoy es el día de la fumigación.

Miré el reloj del portátil. Eran las seis de la mañana. El sol empezaría a salir en una hora.

—La Guardia Civil de Ibiza no va a mover un dedo —dijo Juan, abrochándose la chaqueta para ocultar la mancha de sangre—. El delegado ya tiene la orden de dejar que la isla se "limpie". Si vamos y avisamos, nos meterán en el calabozo por cómplices de un motín.

—Entonces no vamos a avisar a la Guardia Civil. —Me puse de pie. Las piernas me temblaban, pero la rabia me mantenía erguida. La rabia y el frío. Guardé el disco duro en el bolsillo—. Vamos a ir nosotros.

—¿Nosotros? ¿Tú y yo? ¿Contra los sicarios de Costa y los bomberos comprados? Estamos muertos, Sofía.

—No vamos a luchar contra ellos, Juan. Vamos a luchar contra el fuego.

—Miré mi kit forense, tirado en el suelo.

Las botellas de reactivo. El ácido. El formol.

El cloruro de potasio. La química de la muerte y la preservación—.

Sé cómo hacer que un fuego se descontrole.

Y sé cómo hacer que los bomberos que lleguen se arrepientan de haber venido.

Juan me miró. Vio la locura en mis ojos, o quizás, por primera vez en años, vio la verdad. No había vuelta atrás. La forense había muerto en la playa. Lo que quedaba era algo mucho más peligroso.

—Despierta a tu hermano —dije, agarrando mi pistola y comprobando el cargador—. Tenemos que robar un camión de bomberos. Y vamos a necesitar mucha gasolina.