CAPÍTULO 10
El primer disparo no sonó como en las películas.
No hubo un eco dramático, ni un silbido romántico de la bala cortando el aire.
Fue un chasquido sordo, supersónico, seguido inmediatamente por el estallido de la teca de birmano que me habría volado la mandíbula de no haberme agachado.
El astillero de madera noble me cortó la mejilla, una línea de fuego que se abrió paso entre la lluvia y el frío.
El olor a pólvora sin humo, acre y químico, se mezcló con el ozono de la tormenta y el sándalo caro que impregnaba las toallas de la cubierta. El lujo de sesenta millones de euros se estaba desmoronando a nuestro alrededor, convertido en serrín y sangre.
—¡A babor! ¡Detrás del tender! —rugió Juan. Su voz era un desgarro en el rugido del mar y el motor diésel.
Me arrastré sobre el vientre. La cubierta estaba resbaladiza, una pista de hielo negra bañada por el aguacero y el rocío salado.
Las balas impactaban a nuestro alrededor, levantando geysers de agua y madera.
El sonido de los fusiles de asalto era ensordecedor, una ametralladora rítmica que me vibraba en los dientes, en la base del cráneo, en la médula.
Me refugié detrás del casco de fibra de carbono del bote auxiliar. Juan se deslizó a mi lado, su pecho subiendo y bajando en espasmos cortos. El cañón de su Sig Sauer humeaba, oliendo a cobre fundido.
—Son seis. Quizás siete. Rusos. Los de la agenda —escupió Juan, asomando el arma un milímetro para disparar dos veces. El retroceso le sacudió el hombro. Alguien gritó en la cubierta inferior, un sonido húmedo, seguido del golpe sordo de un cuerpo contra el acero.
Me apreté contra el casco del bote. El frío de la fibra me calaba hasta los huesos, pero no era nada comparado con el hielo que me había ocupado el pecho desde que leí la letra de Elena.
Para los Volkov. Precio: 5 millones.
La mente humana es un mecanismo de defensa fascinante.
Ante el trauma inminente, el cerebro se desconecta.
Me encontré analizando la trayectoria de los disparos enemigos con la misma frialdad con la que evaluaba un ángulo de degollamiento en la camilla de la morgue.
Fusiles AK-103, probablemente. Munición de 7.
62. Alta penetración. La fibra de carbono del bote auxiliar no los detendría por mucho tiempo.
Ya estaba viendo las microfracturas en la resina, las telarañas blancas que se expandían por el casco negro cada vez que un proyectil impactaba.
—Sofía. —Juan me agarró de la barbilla, obligándome a mirarlo. Sus ojos estaban inyectados en sangre, las pupilas dilatadas hasta devorar el iris. La lluvia le lavaba la sangre de un corte en la frente, diluyéndola en un rosa pálido que caía sobre su cuello—. ¿Estás aquí? ¿Conmigo?
Asentí. El movimiento fue mecánico.
—Tienen cobertura en la escalera de acceso. Si cruzamos la cubierta hacia las barandillas, nos cortarán en dos.
—No vamos a cruzar —comente. Mi voz sonó extrañamente calmada. La voz de la doctora. La voz que observaba, no la que sentía.
Miré hacia arriba. El mástil de comunicaciones se alzaba como un dedo acusador hacia el cielo negro.
Pero mi atención se fijó en el pórtico de popa, la estructura de acero que sostenía la grúa hidráulica del tender.
Las mangueras de presión. Líneas de acero trenzado que bombeaban fluido hidráulico a miles de libras de presión por pulgada cuadrada para mover los brazos de la grúa.
Conocía la anatomía de los sistemas de alta presión.
Sabía cómo se comportaban los fluidos cuando la contención fallaba.
Sabía cómo el cuerpo humano reaccionaba a la inmersión súbita en agua a doce grados.
Mi mente estaba diseccionando el entorno, buscando las venas y las arterias del yate que podían sangrar por nosotros.
—Juan. Las mangueras de la grúa.
Él siguió mi mirada. Entendió. La lógica del superviviente, despojada de cualquier moralidad.
—Cúbreme —apuntó.
—Tienes cuatro balas en el cargador. Ellos tienen cargadores de treinta.
—Me basta con que no levanten la cabeza tres segundos.
Juan respiró hondo. El aire silbó entre sus dientes. Se quitó la chaqueta empapada, dejándola caer sobre la cubierta. Solo con la camisa blanca, pegada a su torso, parecía un fantasma preparado para el entierro.
—A la de tres —arrulló.
—Uno.
Pensé en Elena. No en la hermana que me enseñaba a montar en bici.
Pensé en la mujer que había escrito esa agenda.
La mujer que había calculado el precio de mi vida y la de Juan en cinco millones de euros.
El dolor no era un aguijón; era un bloque de hormigón aplastándome los pulmones.
La había llorado durante tres años. Había convertido mi vida en un altar a su memoria.
Y resultaba que la santa era una puta mercenaria.
—Dos.
Juan se tensó, los músculos del cuello marcados como cables de acero.
—Tres.
Juan se puso de pie. El destello de su arma fue una estrella fugaz en la oscuridad.
Pum. Pum. Dos disparos. El primero le voló la rodilla a un tipo que asomaba por la escotilla.
El segundo le arrancó la mitad de la mandíbula a otro.
El sonido de los huesos maxilares astillándose llegó hasta mí, un crujido húmedo que me revolvía el estómago.
Los rusos devolvieron el fuego. El aire se llenó de un enjambre de avispones metálicos. La fibra de carbono del bote estalló a mi lado, lloviznándome con polvo negro y esquirlas afiladas.
Aproveché la fracción de segundo. Me incorporé, apoyando la espalda en el casco destrozado. Levanté mi Sig Sauer. No apunté a los hombres. Apunté a la anatomía de la máquina.
El disparo rompió la manguera principal de retorno del sistema hidráulico.
No hubo explosión. Hubo un silbido agudo, como el de una serpiente gigante, seguido de un chorro a presión de fluido hidráulico caliente. El líquido, a más de cien grados y a miles de psi, se pulverizó al contacto con el aire frío de la tormenta.
El tipo que estaba en la escalera de acceso intentó cubrirse.
El fluido a presión le impactó en el rostro y el pecho.
El calor fue suficiente para fundir la ropa y la piel en una fracción de segundo.
El hombre soltó el fusil y se llevó las manos a la cara, emitiendo un alarido que no sonaba humano.
Fue un sonido de la garganta, un desgarro de cuerdas vocales intentando procesar un dolor que el cerebro no podía catalogar.
El olor a carne de cerdo asada y aceite quemado me golpeó la garganta, espeso, dulzón, insoportable.
Los otros dos atacantes retrocedieron, cegados por la lluvia de aceite hirviendo y los gritos de su compañero.
—¡El seguro del cabrestante! —grité, señalando la palanca de liberación de emergencia, pintada de amarillo, a tres metros de distancia.
Juan se lanzó. Rodó por la cubierta, esquivando los disparos que ahora iban a ciegas, atravesando la cortina de vapor de aceite. Llegó a la pared de acero del pórtico. Agarró la palanca amarilla y tiró de ella con todo su peso.
El mecanismo de retención cedió con un gemido metálico.
El bote auxiliar, tres toneladas de fibra y motor fuera de borda, cayó en picado.
No aterrizó en el agua. Aterrizó directamente sobre la plataforma de embarque y la escalera de acceso.
El impacto fue sísmico. La cubierta se inclinó violentamente bajo mis pies.
El sonido del metal retorciéndose, la fibra estallando y los huesos humanos aplastándose bajo el peso del bote fue una sinfonía de destrucción.
La plataforma cedió, colapsando hacia el nivel inferior, arrastrando consigo a los tres rusos que quedaban en una cascada de acero retorcido y espuma blanca.
El yate gimió. La estructura había sufrido un daño crítico. El Es Vedrà empezó a escorar hacia babor, inclinándose en un ángulo de quince grados. El mar negro entró por la cubierta inferior, tragándose los gritos de los moribundos.
—¡Al agua! —ordenó Juan, agarrándome del brazo.
La cubierta estaba demasiado inclinada para correr. Nos deslizamos, controlando la caída con las botas, hacia la barandilla de popa. El agua del Mediterráneo estaba abajo, una masa de tinta hirviente y espuma.
Me quité la chaqueta, las botas. El frío del aire sobre mi piel mojada fue un shock, pero nada comparado con lo que venía.
—El disco —dijo Juan, sujetándose a la barandilla con una mano y ofreciéndome la otra.
Me toqué el bolsillo interior de la camiseta. El bulto duro del disco y la agenda seguía allí.
—Lo tengo.
Nos dejamos caer.
El impacto contra el agua me golpeó como un muro de hormigón. El frío fue absoluto, una descarga eléctrica que me paralizó los pulmones, robándome el aire. La oscuridad me engulló. El sabor a sal y a gasoil me llenó la boca.
Bajo la superficie, el mundo era un caos de burbujas y ruido. El yate above nosotros era una bestia herida, sus hélices girando en el aire, emitiendo un chirrido agudo que me perforó los tímpanos.
Pataleé, luchando contra la corriente de succión que el casco inclinado generaba. Mis músculos se quejaban, agarrotados por la hipotermia súbita. Juan apareció a mi lado, una sombra pálida en la negrura del agua. Me agarró por el cinturón de los pantalones, tirando de mí hacia la superficie.
Salí a la superficie, tosiendo, escupiendo agua negra. La lluvia me golpeaba la cara.
A diez metros, el Es Vedrà ardía. El combustible de los depósitos externos había prendido con la chispa de algún cortocircuito.
Las llamas naranjas bailaban sobre el agua negra, creando un reflejo infernal.
El calor del incendio me lamió la espalda, un contraste perverso con el frío que me estaba matando por delante.
—¡Nada! ¡Hacia los acantilados! —gritó Juan, escupiendo agua.
Empecé a nadar. La braza era ineficaz con la ropa empapada, pero el pánico me daba una fuerza primitiva. Cada vez que sacaba la cabeza del agua, veía el yate consumiéndose. La caja fuerte, el salón de caoba, el cuadro torcido. Todo ardiendo.
Pero Elena.
Elena no estaba en ese yate. Elena estaba en el fondo del mar de mi conciencia, ahogada por la verdad. La hermana que yo amaba había muerto hace tres años en Sa Caleta. La mujer que había sobrevivido, la que escribió esa agenda, era un parásito con mi mismo ADN.
Nadé hasta que los brazos me pesaron como plomo. Hasta que el sabor a sal me cubrió la lengua con una costra blanca. Juan estaba a mi lado, su respiración un jadeo ronco, sincronizado con el golpe de las olas.
Las rocas de la costa norte emergieron de la niebla, negras y afiladas como dientes de tiburón.
Nos arrastramos hasta una cala de guijarros, lejos de las luces de los resorts, lejos de la civilización.
El suelo de piedra me cortó las rodillas, pero no lo sentí.
Me dejé caer de espaldas, mirando el cielo.
La lluvia seguía cayendo, lavando la sangre, el aceite, la sal.
Juan se dejó caer a mi lado. Tosió, escupiendo agua marina. Se llevó una mano al costado, apretando la tela de su camisa.
—Estás herido —señale. Mi voz sonó como lija sobre piedra.
—Un roce. Nada importante —jadeó, girando la cabeza para mirarme. Sus ojos estaban grises, vacíos, agotados—. ¿Lo tienes?
Me llevé la mano al pecho. Saqué el disco duro y la agenda. El plástico estaba empapado, resbaladizo. La agenda de cuero negro había absorbido el agua, hinchándose, deformándose.
—Lo tengo.
Juan cerró los ojos. Apoyó la cabeza en las piedras.
—Costa ha huido. Los rusos están muertos o ardiendo. Pero la UCO de Costa sabrá que el yate cayó. Vendrán a rastrear la costa.
—Darío —murmuré. El nombre de mi hermano pequeño me supo a ceniza. Él estaba en la masía, esperando. Esperando a una hermana que no era la que él creía. Esperando a una forense que acababa de descubrir que toda su guerra era una farsa.
Me incorporé sobre los codos. El frío me estaba provocando los primeros espasmos musculares. Necesitaba calor. Necesitaba un coche. Necesitaba descifrar el disco antes de que los lobos de Costa nos encontraran en esta playa de mierda.
—Levántate, Juan —dije, poniéndome de pie. Las piernas me temblaban, pero las obligué a sostenerme.
Lo miré. El Cabo Santos, el hombre que había construido un dique de mentiras para protegerme de la marea negra. El hombre que me había follado contra la pared de una morgue como si fuera la última vez que iba a sentir algo vivo.
—¿Por qué lo hiciste, Juan? —pregunté, el viento arrancándome las palabras de la boca—. ¿Por qué me protegiste todos estos años? ¿Por qué te acostaste conmigo anoche? ¿Por lástima? ¿Por culpa? ¿O porque sabías que si Elena era un monstruo, tú eras el que me había vendido el espejo?
Juan me miró desde el suelo. La lluvia le lavaba la cara, marcando cada cicatriz, cada año de decadencia moral. No hubo rabia en su respuesta. Solo una verdad cruda, desnuda, que olía a salitre y a fracaso.
—Porque cuando te miraba en la morgue, Sofía eras lo único limpio que quedaba en esta puta isla.
Me quedé mirándolo. El fuego del yate a lo lejos iluminó su perfil por un segundo, convirtiéndolo en una estatua de bronce oxidado.
No le creí. O quizás, lo creí demasiado.
—Vámonos —dije, dándole la espalda para empezar a caminar por los guijarros, hacia la carretera oculta entre los pinos—. Tenemos que llegar a la masía. Si Darío sigue vivo, tenemos que moverlo. Pero luego vamos a quemar el reino entero.
El disco duro pesaba en mi mano. Cinco millones de euros. La vida de mi hermana. La muerte de mi inocencia.
La isla de Ibiza seguía girando, ajena a nuestra miseria. Mañana saldría el sol. Los turistas bajarían de los aviones. La música electrónica volvería a golpear las paredes de los clubs. Y nosotros seguiríamos aquí, en las sombras, limpiando la sangre que ellos no querían ver.
Pero esta vez, no iba a limpiar. Esta vez, iba a mancharlo todo.